efrenrebolledo-46.jpg Efrén Rebolledo



Selección y nota
introductoria de
Guillermo Sheridan



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Nota introductoria

 

Libidinal, enhiesto de la sierra de Hidalgo (1877), Efrén Rebolledo fue uno de esos modernistas mexicanos en los que pareció reunirse la suficiente dosis de anacronismo como para haber pasado de moda aun antes de empezar a escribir. Su obra, formada por una decena de libros de poesía y antologías, una obra de teatro y tres o cuatro noveletas, es puntal del lugar común de nuestro modernismo rescatable, de ese modernismo semimuerto de origen en el que la pálida joyería parnasiana ya se mezcla con los póstumos hedores del numinoso dariano. Su obra, también, es la capitulación de un balbuciente cosmopolitismo moral y la nómina para el postrer desfile de todos los convencionalismos fin de siécle sin olvidar el americanismo, el fervor de la bicicleta o la entrega a la esoteria de Blavatzky o de Peladán. La obra de Rebolledo equivale, en su habilidad sincrética, a la de ciertos modernistas menores como Bernardo Couto Castillo: vaciar, en el veleidoso perol de una modernidad más asumida que habitada, todas las ocurrencias y recurrencias del arribismo estético de la hora. A Rebolledo, no obstante, lo salva como poeta la sazón con que pudo mejorar tal guiso: el erotismo.

Esa sazón es en Rebolledo una alquimia o, mejor, una metáfora sostenida siempre: su afán artificializante lo lleva, cuando se asume esteta, a transmutar lo abstracto y lo natural en bisutería inorgánica, y cuando se acepta erótico, a convertirlo todo en "carne victoriosa". Este sistema de reversiones lo llevó a alternar una poética gautierana de la elegancia (que es francamente olvidable, como lo insinúa Villaurrutia) con una poética espasmódica de la deyección y de lo orgánico. Así, cuando Rebolledo se aproxima a la distinción, logra sugerir un ámbito en el que la materia, como los personajes o las voces, se suavizan y someten, dúctiles, al designio erótico: las "blancas esculturas" se mudan en "carne sensible" y las "duras cornalinas" en "sangre caliente". El proyecto es un sueño que cuaja en el deseo: es Galatea, ante el ojo inflamado de Pygmalión, eternamente suspendida a la mitad de la mutación. El valor del erotismo poético de Rebolledo radica en la habilidad para conseguir esos estados que, a la vez, consiguen para él la supervivencia en el parnaso mexicano. De no haber sido por eso, su obra hubiera quedado como curiosidad dentro de ese discurso enumerativo y exhuberante que marca todo nuestro modernismo menor. Rebolledo también usó y abusó de las cosas: medievales, japonesas, joyeles, mitologías excéntricas; la urbe comatosa, el fjord serafítico, o el jardín oriental suspendido en su etereidad son todos escenarios sustituibles, pero cuando en ellos se dramatizan los devaneos del falo y la tiranía del deseo, con todo y sus hábiles eufemismos y la truculencia de sus aberraciones, consigue atmósferas de gran delicadeza sexual y una intensidad que toca el desafuero. Es entonces cuando Villaurrutia, en 1939, habla de "los mejores poemas de amor sexual de la poesía mexicana" para agregar de inmediato que esos poemas no son ya como una joya sino una joya. Esa joya, por otra parte, es el soneto que distingue a Rebolledo de sus maestros de poesía erótica, Swinburne y Richepin en Europa, Darío y Lugones en América. Y el soneto como forma tendrá en él un secuaz notable.

Los doce sonetos de Caro Victrix ("Carne victoriosa", literalmente) significan el momento en que Rebolledo logra evadirse de la rutilante monorritmia de buena parte de su obra anterior por el hueco hasta entonces casi inhollado del amor sexual como asunto poético. Se trata, por supuesto, de una poesía que ha dejado su cuidado entre las azucenas olvidado, que ha dejado toda gazmoñería y todo planteamiento velador. Ritmo, imágenes, alusiones celebran y refinan el goce con una plasticidad visual extraordinaria que no quita del todo el velo, pero que logra hacer de él un acicate más para el disfrute. En ellos triunfa la carne en su sentido más epidérmico, desenfadadamente nervioso, menos "interesado en la idealización que en el contacto", como dice Carlos Monsiváis. La entrega, como en "Posesión" es "generosa", si bien el goce que de ella nace deja una sensación "de delicia y de congoja". ¿Podría ser, en esta época, de otra manera? Los dioses de Rebolledo impelen a su acólito a las mismas crisis: como Hannon, como Huysmans, como Darío mismo, este erótico alterna la erupción con el arrepentimiento, si bien en él el dilema ya es más tema literario que preocupación interna. Caro Victrix y su fina intemperancia logra sacudirse el resquemor de la culpa decadentista y los signos de la época que ahí se manipulan acentúan su especial vigor antes que distraer con sus cargas convencionales.

La selección de los poemas se ha normado por el criterio que para el caso sugiere Villaurrutia en su prólogo a las Obras escogidas de Rebolledo editadas en 39 por editorial Cvltvra. Decía entonces el sonámbulo: "tratar de representar aislada, en lo posible, la nota erótica de Efrén Rebolledo, aislar esa cualidad personal y valiosa, equivale a ejercer un acto de justicia con un poeta digno de atención y memoria". Reticente cuando piensa en la calidad de Rebolledo, honesto cuando ve en él lo meritorio de su actitud ante el erotismo, Villaurrutia justifica la presencia de nuestro poeta en esta colección de "Poesía moderna". Su modernidad no es sólo el gesto, el golpe que estos cuantos poemas marcan sobre los belfos solemnes de nuestra sociedad pacata; lo moderno es, sobre todo, la calidad del que, gozoso, también se sabe artista.

Después de años dedicados al servicio exterior mexicano, el licenciado Rebolledo murió en funciones en Madrid, en 1929. Sus Obras completas se deben, como en varios otros casos, a la dedicación de Luis Mario Schneider quien las publicó en Ediciones de Bellas Artes, México, 1968.

 

Guillermo Sheridan


 

Cuarzos

Sculpte, lime, cisèle,
Que ton rêve flottant
Se scelle
Dans le bloc résistant.

 

Th. Gautier

 

Prólogo

A José Juan Tablada


Uncioso amante de opulentos
Cofres cuajados de ornamentos,
Donde guardar mis pensamientos,
Viví en el místico santuario
Del arte, y mudo y solitario
Como paciente lapidario,
En las sortijas y diademas
Rimé sonetos y poemas
Con las estrofas de las gemas,
Puliendo joyas de oro fino
Para que ardiera mi divino
Sueño en esmalte peregrino.
Por su tersura y transparencia
Grabé en la clara refulgencia
De los diamantes mi paciencia.
Mi fe es el jaspe veteado,
Y en el zafiro inmaculado
Está mi anhelo cincelado.
Con el carbunclo que derrama
Su luz más roja que una llama
De mi amor digo la flama.
En la turquesa de agua pura
Ríe destellos mi ventura
Y llora el ónix mi amargura,
Y así, labrando en la faceta
De los cristales o en la veta
De oro el ensueño del poeta,
Al pensamiento más sencillo
Le transmití pureza y brillo
Con los cinceles y el martillo.

De Cuarzos (1896-1901)

 


 

Santa Teresa

 

El misticismo de la celda: brilla
En la sombra el reflejo de la lámpara,
Oscilando como una moribunda
Pupila que se estrecha y se dilata.
Qué tristeza en la llama que agoniza,
Qué blancas las paredes de la estancia,
Qué implacable silencio de sepulcro
En la indecisa claridad. La Santa
Reposa sobre el lecho inmaculado,
El lecho que se eleva como un ara
En uno de los ángulos sombríos;
Por su frente que han hecho mustia y pálida
Tanta meditación y tanto ayuno
Corre el sudor en transparentes lágrimas;
Sus ojos siempre abiertos por el éxtasis
Se entornan abatiendo sus pestañas;
En sus labios enjutos y apacibles
Perfumados con mirras de plegarias
Se despiertan los besos voluptuosos,
Y sus brazos, más blancos que las sábanas,
Queriendo rodear algo invisible,
Se retuercen, se agitan y se enlazan.
Sueña: sueña que el Cristo macilento,
El cuerpo exangüe y celestial que ama,
Sonríe tras su mueca de amargura,
Que sus frescas heridas se restañan
Y sus lívidos miembros se coloran
Y se cierran las bocas de sus llagas;
Sueña que su mirada se ilumina
Y del madero ignominioso baja
Más radiante que un ángel y más bello
Al lecho que se eleva como un ara,
Y que mezclan y juntan sus alientos
Y que sus cuerpos vírgenes se enlazan,
Y que en un beso trémulo y sonoro
Se confunden sus bocas invioladas.

De Cuarzos

 


 

Los besos


Dame tus manos puras: una gema
Pondrá en cada falange transparente
Mi labio tembloroso, y en tu frente
Cincelará una fúlgida diadema.
Tus ojos soñadores, donde trema
La ilusión, besaré amorosamente,
Y con tu boca rimará mi ardiente
Boca un anacreóntico poema.
Y en tu cuello escondido entre las gasas
Encenderé un collar, que con sus brasas
Queme tus hombros tibios y morenos,
Y cuando al desvestirte lo desates,
Caiga como una lluvia de granates
Calcinando los lirios de tus senos.

De Cuarzos

 


 

 

Hacia el ideal (fragmento)

 

V


Me asomé a tus pupilas, donde nada
El húmedo esplendor de las turquesas,
Y una nube preñada de promesas
Obscureció el cristal de tu mirada.
Sonreía tu boca, más rosada,
Más dulce que la pulpa de las fresas,
Y entumidas y torpes de estar presas
Mis ansias escapáronse en parvadas.
Ocultando a mi vista su misterio,
Despedía su lúbrico sahumerio
Tu carne, satinada como el raso,
Y cuando al fin miré tus perfecciones,
Combándose mi anhelo como un vaso
Recibió la primicia de tus dones.

De Cuarzos

 


 

La vejez del sátiro

A Luis Barreda

Junto con los silvanos juguetones
Animó las florestas sosegadas,
Y enseñó a las sonoras enramadas
A repetir sus rústicas canciones.
A la sombra de verdes pabellones
Desfloró pudorosas hamadriadas,
Y corrió tras las ninfas asustadas
Al par de los centauros garañones.
Hoy el soplo glacial de los inviernos
Ha doblado las puntas de sus cuernos,
Su flauta de carrizos está muda,
Y lleno de pesares y congojas,
Al mirar una náyade desnuda
Suspira de impotencia entre las hojas.

De Cuarzos

 


 

Joris Karl Huysmans

A Alberto Leduc


¡Oh maestro sañudo! yo he creído tus males,
He probado tu estilo de implacable ironía,
Y sufriendo torturas y disgustos iguales
Hacia ti me dirijo por fatal simpatía.
Con el jugo de tu Arte dilaceras mi herida,
Me haces ver la existencia más penosa y más larga,
Y a través de tus frases adivino tu vida
Desbordante de absintio y de bilis amarga.
Soñador encerrado en tu torre severa
Tienes sueños de raras pesadillas poblados,
O contemplas la Luna descubriendo en su esfera
Las montañas abruptas y los mares helados.
Perturbado hondamente por tu espíritu extraño
Tienes sed de creencias y piadosas verdades,
Y negando tu siglo, taciturno y huraño
Resucitas la pompa de extinguidas edades.
En la Edad Media mira tu malsano exotismo
Misas negras horribles y rituales austeros,
Y renueva la magia del potente exorcismo
Y convoca Aquelarres y revive hechiceros.
Mas ni el vil sacrilegio ni la paz de la Trapa
Tu marasmo disipan ni te inspiran ternura,
Por tu senda prosigues al pasar cada etapa,
Más cruel, más enfermo de incurable amargura.
En la Mística llena de prestigio sagrado
Desentierras prodigios y grandiosos misterios,
Y en los templos silentes entretienes tu enfado
Con cristianos fervores y olorosos sahumerios.
Pero nunca un destello de cordial alegría
Ilumina tu boca que contrae el disgusto,
Y caminas aislado por la ruta sombría
Destilando tus cóleras de misántropo adusto.
Yo adivino la pena de tu alma proscrita,
Como tú guardo el luto de extinguidas edades,
Y me alienta, ¡oh Maestro!, tu ambición infinita
De pasadas creencias y piadosas verdades.

[1900]
De Poemas no coleccionados

 

 


 

Magna voluptas


Enciende en la obsidiana de tus ojos
La mirada más tierna y más amante,
Y matiza el marfil de tu semblante
Con la lumbre solar de tus sonrojos.
Cierra tus brazos nítidos y flojos
En torno de mi cuello palpitante,
Y restrega en mi pecho jadeante
Tus pezones coléricos y rojos.
Mírame dulcemente, dulcemente,
Destilando tu beso disolvente
Y sonoro en mi labio que se inclina,
Y déjame chupar tu lengua untuosa
Que exacerba mi fiebre voluptuosa
Y me tienta como una golosina.

 

[1901]
De Poemas no coleccionados

 


 

Reliquia

 

A mis amigos los redactores y dibujantes
de la
Revista Moderna de México.


Me llevé el deslumbramiento
De tu blanquísima tez,
Y en mis manos voluptuosas
La sensación de tu piel,
Y recordaba tu imagen,
Acordándome también
De las liras, de las ánforas
Y de las alas, tal vez,
Porque remedan contornos
Y gálibos de mujer,
Y en la noche saturada
De tu memoria, soñé
Que era un escultor de Atenas,
Y que estaba en un taller
Lleno de hermosas estatuas
Del Arte y la Forma prez,
Y que tú estabas desnuda
Y mi labio era un cincel,
Y que pulía tu cuerpo
Muriéndome de placer
Desde tu bendita frente
Hasta tus divinos pies.

De Hilo de Corales (1902-03)

 


 

De Hoffmann

 

Tengo miedo a ese murciélago con las alas extendidas
Que en el blanco cielo raso pone un triángulo luctuoso,
Produciendo escalofríos en tus formas ateridas
Y llenando nuestras almas de terror supersticioso.
Tengo miedo de la noche, tengo miedo hasta del brillo
De la luna y del reflejo de ese agudo rayo blanco
Que desgarra el cortinaje como una hoja de cuchillo
Y se entierra en la blancura transparente de tu flanco.
Me acobarda ver la mata de tu pelo tumultuoso
Que desata sus crespones enlutando tu belleza,
Y en tus hombros se divide cual si un cuervo tenebroso
Extendiera sus dos alas al posarse en tu cabeza.
Todo excita mis temores: ese lívido destello
Que te alumbra, y ese soplo que sacude tu cortina,
Y esa angosta cinta roja que da vuelta por tu cuello
Cual señal de haberte herido la sangrienta guillotina.
Ya el murciélago agorero del plafón se ha deslizado
Temeroso de la llama que agoniza bajo el dombo
De la lámpara, y ahora representa estar bordado
Con estambres funerarios en la seda de tu biombo.
Cuál me espanta ver tu cuerpo que semeja el de una
muerta,
Cuál me asustan los rumores que perciben mis oídos,
Y el enorme mastín pardo que vigila ante tu puerta
Y estirándose en la alfombra lanza lúgubres aullidos.
Están pálidos tus Miembros, está yerta tu sonrisa,
Tu garganta con nervioso sobresalto se conmueve,
Y tus senos, bajo el lino virginal de tu camisa,
Están gélidos y blancos cual los copos de la nieve.
Manchan dos gotas de sangre la blancura de tu pecho,
Tus pies se unen cual si un clavo se tuviera en ellos fijo,
Y al abrir tus finos brazos retorciéndote en tu lecho
Reproduces la figura de un exangüe crucifijo.
En la calle lanza el viento su gemido de amargura,
Tus tapices se conmueven con extrañas sacudidas,
Y en la esfera de tu vientre, profanando su blancura,
Está el fúnebre murciélago con las alas extendidas.

De Hilo de Corales


 

Tú no sabes lo que es ser esclavo


Tú no sabes lo que es ser esclavo
De un amor imperioso y ardiente,
Y llevar un afán como un clavo,
Como un clavo metido en la frente.
Tú no sabes lo que es la codicia
De morder en la boca anhelada,
Resbalando su inquieta caricia
Por contornos de carne nevada.
Tú no sabes los males sufridos
Por quien lucha rendido y que ruega,
Y que tiene los brazos tendidos
Hacia un cuerpo que nunca se entrega.
Y no sabes lo que es el despecho
De pensar en tus formas divinas
Revolviéndose solo en su lecho
Que el insomnio ha sembrado de espinas.


De Hilo de Corales

 


 

Croquis nocturno


Una canora flauta con sus melifluas gamas
Los velos de la noche salpica de dulzura,
Y con sus raros signos y sus inciertas llamas
Polícromas linternas orlan la calle obscura.
Hondo silencio reina: pero hay en los umbrales,
En el jardín umbroso y en los convexos puentes,
Miradas que contemplan los líquidos cristales,
Las sombras caprichosas y el cielo refulgente.
Y el sueño que recama de luz las fantasías
Sin desflorar los labios lo dice en glosas tiernas
La flauta que desgrana sus dulces melodías
En la ciudad obscura puntuada de linternas.

De Rimas japonesas (1915)

 


 

Caro victrix (1916)

 

 

Posesión

El beso de Safo

Ante el ara

Tristán e Isolda

Salomé

El vampiro

La tentación de san Antonio

Leteo

En las tinieblas

Claro de luna

El duque de Aumale

Insomnio


 



Posesión

 

Se nublaron los cielos de tus ojos,
Y como una paloma agonizante,
Abatiste en mi pecho tu semblante
Que tiñó el rosicler de los sonrojos.
Jardín de nardos y de mirtos rojos
Era tu seno mórbido y fragante,
Y al sucumbir, abriste palpitante
Las puertas de marfil de tus hinojos.
Me diste generosa tus ardientes
Labios, tu aguda lengua que cual fino
Dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
Que gime cuando pasa el torbellino,
Gemiste de delicia y de congoja.

 

 



El beso de Safo

 

Más pulidos que el mármol transparente,
Más blancos que los blancos vellocinos,
Se anudan los dos cuerpos femeninos
En un grupo escultórico y ardiente.
Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
Combas rotundas, senos colombinos,
Una lumbre los labios purpurinos,
Y las dos cabelleras un torrente.
En el vivo combate, los pezones
que se embisten, parecen dos pitones
Trabados en eróticas pendencias,
Y en medio de los muslos enlazados,
Dos rosas de capullos inviolados
Destilan y confunden sus esencias.

 

 



Ante el ara

 

Te brindas voluptuosa e impudente,
Y se antoja tu cuerpo soberano
Intacta nieve de crestón lejano,
Nítida perla de sedoso oriente.
Ebúrneos brazos, nunca transparente,
Aromático busto beso ufano,
Y de tu breve y satinada mano
Escurren las caricias lentamente.
Tu seno se hincha como láctea ola,
El albo armiño de mullida estola
No iguala de tus muslos la blancura,
Mientras tu vientre al que mi labio inclino,
Es un vergel de lóbrega espesura,
Un edén en un páramo de lino.

 

 



Tristán e Isolda

 

Vivir encadenados es su suerte,
Se aman con un anhelo que no mata
La posesión, y el lazo que los ata
Desafía a la ausencia y a la muerte.
Tristán es como el bronce, obscuro y fuerte
Busca el regazo de pulida plata,
Isolda chupa el cáliz escarlata
Que en crespo matorral esencias vierte.
Porque se ven a hurto, el adulterio
Le da un sutil y criminal resabio
A su pasión que crece en el misterio.
Y atormentados de ansia abrasadora,
Beben y beben con goloso labio
Sin aplacar la sed que los devora.

 

 



Salomé

 

Son cual dos mariposas sus ligeros
Pies, y arrojando el velo que la escuda,
Aparece magnífica y desnuda
Al fulgor de los rojos reverberos.
Sobre su obscura tez lucen regueros
De extrañas gemas, se abre su menuda
Boca, y prodigan su fragancia cruda
Frescas flores y raros pebeteros.
Todavía anhelante y sudorosa
De la danza sensual, la abierta rosa
De su virginidad brinda al tetrarca,
Y contemplando el lívido trofeo
De Yokanán, el núbil cuerpo enarca
Sacudida de horror y de deseo.

 


 



El vampiro

 

Ruedan tus rizos lóbregos y gruesos
Por tus candidas formas como un río,
Y esparzo en su raudal crespo y sombrío
Las rosas encendidas de mis besos.
En tanto que descojo los espesos
Anillos, siento el roce leve y frío
De tu mano, y un largo calosfrío
Me recorre y penetra hasta los huesos.
Tus pupilas caóticas y hurañas
Destellan cuando escuchan el suspiro
Que sale desgarrando mis entrañas,
Y mientras yo agonizo, tú, sedienta,
Finges un negro y pertinaz vampiro
Que de mi ardiente sangre se sustenta.

 

 



La tentación de san Antonio

 

Es en vano que more en el desierto
El demacrado y hosco cenobita,
Porque no se ha calmado la infinita
Ansia de amar ni el apetito ha muerto.
Del obscuro capuz surge un incierto
Perfil que tiene albor de margarita,
Una boca encarnada y exquisita,
Una crencha olorosa como un huerto.
Ante la aparición blanca y risueña,
Se estremece su carne con ardores
Febriles bajo el sayo de estameña,
Y piensa con el alma dolorida,
Que en lugar de un edén de aves y flores,
Es un inmenso páramo la vida.

 


 



Leteo

 

Saturados de bíblica fragancia
Se abaten tus cabellos en racimo
De negros bucles, y con dulce mimo
En mi boca tu boca fuego escancia.
Se yerguen con indómita fragancia
Tus senos que con lenta mano oprimo,
Y tu cuerpo suave, blanco, opimo,
Se refleja en las lunas de la estancia.
En la molicie de tu rico lecho,
Quebrantando la horrible tiranía
Del dolor y la muerte exulta el pecho,
Y el fastidio letal y la sombría
Desesperanza y el feroz despecho
Se funden en tu himen de ambrosía.

 

 



En las tinieblas

 

El crespón de la sombra más profunda
Arrebuja mi lecho afortunado,
Y ciñendo tus formas a mi lado
De pasión te estremeces moribunda.
Tu cabello balsámico circunda
Los lirios de tu rostro delicado,
Y al flotar por mis dedos destrenzado
De más capuz el tálamo se inunda.
Vibra el alma en mi mano palpitante
Al palpar tu melena lujuriante,
Surca sedosos piélagos de aromas,
Busca ocultos jardines de delicias,
Y cubriendo las flores y las pomas
Nievan calladamente mis caricias.

 


 



Claro de luna

 

Como un cisne espectral, la luna blanca
En el espacio transparente riela,
Y en el follaje espeso, filomela
Melifluas notas de su buche arranca.
Brilla en el fondo obscuro de la banca
Tu peinador de vaporosa tela,
Y por las frondas de satín se cuela
O en los claros la nivea luz se estanca.
Después de recorrer el mármol frío
De tu pulida tez, toco una rosa
Que se abre mojada de rocío;
Todo enmudece, y al sentir el grato
Calor de tus caricias, mi ardorosa
Virilidad se enarca como un gato.

 

 

 



El duque de Aumale

 

Bajo la obscura red de la pestaña
Destella su pupila de deseo
Al ver la grupa de esplendor sabeo
Y el albo dorso que la nieve empaña.
Embiste el sexo con la enhiesta caña
Igual que si campara en un torneo,
Y con mano feliz ase el trofeo
De la trenza odorífera y castaña.
El garrido soldado de Lutecia
Se ríe de sus triunfos, mas se precia
De haber abierto en el amor un rastro,
Y gallardo, magnífico, impaciente,
Como un corcel se agita cuando siente
La presión de su carga de alabastro.

 


 



Insomnio

 

Jidé, clamo, y tu forma idolatrada
No viene a poner fin a mi agonía;
Jidé, imploro, durante la sombría
Noche y cuando despunta la alborada.
Te desea mi carne torturada,
Jidé, Jidé, y recuerdo con porfía
Frescuras de tus brazos de ambrosía
Y esencias de tu boca de granada.
Ven a aplacar las ansias de mi pecho,
Jidé, Jidé, sin ti como un maldito
Me debato en la lumbre de mi lecho;
Jidé, Jidé, Jidé, y el vano grito
Rasga la noche lóbrega y eterna.