Nota introductoria

 

Libidinal, enhiesto de la sierra de Hidalgo (1877), Efrén Rebolledo fue uno de esos modernistas mexicanos en los que pareció reunirse la suficiente dosis de anacronismo como para haber pasado de moda aun antes de empezar a escribir. Su obra, formada por una decena de libros de poesía y antologías, una obra de teatro y tres o cuatro noveletas, es puntal del lugar común de nuestro modernismo rescatable, de ese modernismo semimuerto de origen en el que la pálida joyería parnasiana ya se mezcla con los póstumos hedores del numinoso dariano. Su obra, también, es la capitulación de un balbuciente cosmopolitismo moral y la nómina para el postrer desfile de todos los convencionalismos fin de siécle sin olvidar el americanismo, el fervor de la bicicleta o la entrega a la esoteria de Blavatzky o de Peladán. La obra de Rebolledo equivale, en su habilidad sincrética, a la de ciertos modernistas menores como Bernardo Couto Castillo: vaciar, en el veleidoso perol de una modernidad más asumida que habitada, todas las ocurrencias y recurrencias del arribismo estético de la hora. A Rebolledo, no obstante, lo salva como poeta la sazón con que pudo mejorar tal guiso: el erotismo.

Esa sazón es en Rebolledo una alquimia o, mejor, una metáfora sostenida siempre: su afán artificializante lo lleva, cuando se asume esteta, a transmutar lo abstracto y lo natural en bisutería inorgánica, y cuando se acepta erótico, a convertirlo todo en "carne victoriosa". Este sistema de reversiones lo llevó a alternar una poética gautierana de la elegancia (que es francamente olvidable, como lo insinúa Villaurrutia) con una poética espasmódica de la deyección y de lo orgánico. Así, cuando Rebolledo se aproxima a la distinción, logra sugerir un ámbito en el que la materia, como los personajes o las voces, se suavizan y someten, dúctiles, al designio erótico: las "blancas esculturas" se mudan en "carne sensible" y las "duras cornalinas" en "sangre caliente". El proyecto es un sueño que cuaja en el deseo: es Galatea, ante el ojo inflamado de Pygmalión, eternamente suspendida a la mitad de la mutación. El valor del erotismo poético de Rebolledo radica en la habilidad para conseguir esos estados que, a la vez, consiguen para él la supervivencia en el parnaso mexicano. De no haber sido por eso, su obra hubiera quedado como curiosidad dentro de ese discurso enumerativo y exhuberante que marca todo nuestro modernismo menor. Rebolledo también usó y abusó de las cosas: medievales, japonesas, joyeles, mitologías excéntricas; la urbe comatosa, el fjord serafítico, o el jardín oriental suspendido en su etereidad son todos escenarios sustituibles, pero cuando en ellos se dramatizan los devaneos del falo y la tiranía del deseo, con todo y sus hábiles eufemismos y la truculencia de sus aberraciones, consigue atmósferas de gran delicadeza sexual y una intensidad que toca el desafuero. Es entonces cuando Villaurrutia, en 1939, habla de "los mejores poemas de amor sexual de la poesía mexicana" para agregar de inmediato que esos poemas no son ya como una joya sino una joya. Esa joya, por otra parte, es el soneto que distingue a Rebolledo de sus maestros de poesía erótica, Swinburne y Richepin en Europa, Darío y Lugones en América. Y el soneto como forma tendrá en él un secuaz notable.

Los doce sonetos de Caro Victrix ("Carne victoriosa", literalmente) significan el momento en que Rebolledo logra evadirse de la rutilante monorritmia de buena parte de su obra anterior por el hueco hasta entonces casi inhollado del amor sexual como asunto poético. Se trata, por supuesto, de una poesía que ha dejado su cuidado entre las azucenas olvidado, que ha dejado toda gazmoñería y todo planteamiento velador. Ritmo, imágenes, alusiones celebran y refinan el goce con una plasticidad visual extraordinaria que no quita del todo el velo, pero que logra hacer de él un acicate más para el disfrute. En ellos triunfa la carne en su sentido más epidérmico, desenfadadamente nervioso, menos "interesado en la idealización que en el contacto", como dice Carlos Monsiváis. La entrega, como en "Posesión" es "generosa", si bien el goce que de ella nace deja una sensación "de delicia y de congoja". ¿Podría ser, en esta época, de otra manera? Los dioses de Rebolledo impelen a su acólito a las mismas crisis: como Hannon, como Huysmans, como Darío mismo, este erótico alterna la erupción con el arrepentimiento, si bien en él el dilema ya es más tema literario que preocupación interna. Caro Victrix y su fina intemperancia logra sacudirse el resquemor de la culpa decadentista y los signos de la época que ahí se manipulan acentúan su especial vigor antes que distraer con sus cargas convencionales.

La selección de los poemas se ha normado por el criterio que para el caso sugiere Villaurrutia en su prólogo a las Obras escogidas de Rebolledo editadas en 39 por editorial Cvltvra. Decía entonces el sonámbulo: "tratar de representar aislada, en lo posible, la nota erótica de Efrén Rebolledo, aislar esa cualidad personal y valiosa, equivale a ejercer un acto de justicia con un poeta digno de atención y memoria". Reticente cuando piensa en la calidad de Rebolledo, honesto cuando ve en él lo meritorio de su actitud ante el erotismo, Villaurrutia justifica la presencia de nuestro poeta en esta colección de "Poesía moderna". Su modernidad no es sólo el gesto, el golpe que estos cuantos poemas marcan sobre los belfos solemnes de nuestra sociedad pacata; lo moderno es, sobre todo, la calidad del que, gozoso, también se sabe artista.

Después de años dedicados al servicio exterior mexicano, el licenciado Rebolledo murió en funciones en Madrid, en 1929. Sus Obras completas se deben, como en varios otros casos, a la dedicación de Luis Mario Schneider quien las publicó en Ediciones de Bellas Artes, México, 1968.

 

Guillermo Sheridan