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alfonso-reyes-50.jpg Alfonso Reyes
Ifigenia cruel



Nota introductoria
de Carlos
Montemayor



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Nota introductoria

 

Ifigenia Cruel es uno de los poemas clásicos de nuestras letras. Clásico en el sentido en que lo son Sindbad el Varado o Muerte sin Fin, y no sólo por su referencia griega. Junto con otros trece o catorce poemas, constituye lo que Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-1959), dejó de perdurable en poesía, a la altura de su vasta obra de polígrafo, la obra de mayor dimensión de nuestras letras (es bueno recordar esto ahora, cuando en nuestro país la inteligencia y la cultura se confunden con muchas cosas).

Reyes dedicó algunas páginas para justificar este espléndido poema dramático. No eran necesarias, pero constituyen una de las interpretaciones más nítidas que sobre el poema pueden hacerse. El tema es el sacerdocio de Ifigenia en Táuride. En Eurípides, Ifigenia se vengaba de lo padecido en Áulide; en Reyes, lo hace sin venganza y sin memoria. En Eurípides, su hermano la cree inmolada; en Reyes, viene en su busca, pues sabe que está ahí. En Eurípides, el monarca es bárbaro; en Reyes, es sabio y compasivo. En Eurípides, Ifigenia regresa como sacerdotisa de la diosa; en Reyes, regresaría para desposarse con otro y asegurar descendencia, ya no como virgen sagrada.

Además de esta diferencia, hay una dualidad permanente en el poema de Reyes, que lo hace un poema fundamentalmente moderno. No acosa a Ifigenia el pasado, sino su conciencia; la acosa una oscura sensación de no ser sólo ella, sino también la otra, la que recuerda subterráneamente, sin compartirse. En hechos sangrientos vive, creyendo que nace; así recuerda que en sangrientos festines ha nacido: su linaje nuevo es como el antiguo. Ella olvida, pero después recuerda lo que Orestes ignora; el olvido tiene más recuerdos que nosotros. Ella debió morir, pero vive; debió ser sacrificada, y es sacrificadora; es el castigo para los que a esas playas llegan y, sin embargo, es la castigada. Se divide ella misma entre la imaginación, poblada de fantasmas, y la lealtad del cuerpo (división difícil de plantear en una Ifigenia antigua). Su cuerpo fue leal con ese pueblo bárbaro; su deseo, con su linaje. Ella, la sacerdotisa, fue conminada por su hermano a descender de ese desdoblamiento y ser mujer, ser madre, ser cuidadora de su telar familiar. Se le pidió que fuera lo opuesto, no la que mata, sino la dadora de vida. Ifigenia se negó a hacerlo. Más parece con esto una versión suavizada de una diosa mexicana, dadora de muerte, que la sacerdotisa griega que en Eurípides retorna amorosa a su país.

Ahora bien, el punto central del poema es cómo llega Ifigenia a ser libre. Ya abriste pausa en los destinos, dice el Coro cuando lo ha logrado. Tal libertad no lo fue de lo sangriento; tampoco de su linaje; tampoco de la diosa, del país o de Orestes: su libertad consistió no en haber detenido los sangrientos hechos de los hijos de Tántalo, sino en aceptarlos, en continuarlos aún, resistiéndose a convertirse en madre de muchos hijos. En sí misma reunió los sacrificios antiguos con los suyos, elevados ya a rituales: su libertad fue haber elevado la muerte a un altar, a una sacralidad. Reyes creyó haber expresado otra cosa: la superación de hechos políticos dolorosos en su familia, pero se engañó. Lo que pudo lograr fue que esos hechos permanecieran en las manos sangrientas de Ifigenia sacralizados, voluntarios. En Eurípides, Ifigenia logró el deseo de Reyes; en este poema, lo rechazó. Y el acto de libertad no provino de una emancipación de su familia: no fue la salvación de su familia o estirpe, sino de ella misma respecto a la otra, la oscura que por fin llegó a mostrarse ante las palabras de Orestes: la que apartó, la que expulsó de sí misma para quedar libre, vencida por el peso propio de la sangre de los sacrificados, defendida y oculta en el templo, cual virgen cruel, sola, amando este bárbaro país donde los sacrificios humanos continúan.

 

Carlos Montemayor

 

 


 

IFIGENIA CRUEL



PERSONAS:

IFIGENIA, sacerdotisa y sacrificadora.
ORESTES, náufrago.
PÍLADES, su amigo.
TOAS, rey de los tauros.
PASTOR, mensajero de noticias.
CORO de mujeres de Táuride. Gente marinera y pastores, adornados con cuernecillos.

TARDE, COSTA DE TÁURIDE. CIELO, MAR. PLAYA, BOSQUE, TEMPLO,
PLAZA: EMPIEZA LA CIUDAD

 

 


I


IFIGENIA


que ha perdido la memoria de su vida anterior:


Hay de mí, que nazco sin madre
y ando recelosa de mí,
acechando el ruido de mis plantas
por si adivino adónde voy.

Otros, como senda animada,
caminan de la madre hasta el hijo,
y yo no —suspensa del aire—,
grito que nadie lanzó.

Porque un día, al despegar los párpados,
me eché a llorar, sintiendo que vivía;
y comenzó este miedo largo,
este alentar de un animal ajeno
entre un bosque, un templo y el mar.

Yo estaba por los pies de la Diosa,
a quien era fuerza adorar
con adoración que sube sola
como una respiración.

—Y pusiste en mi garganta un temblor,
hinchiendo mis orejas con mis propios clamores;
me llenabas toda poco a poco
—jarro ebrio del propio vino—,
si ya no me hacías llorar
a los empellones de mi sangre.

De tus anchos ojos de piedra
comenzó a bajar el mandato,
que articulaba en mí los goznes rotos,
haciendo del muñeco una amenaza viva.

Tu voluntad hormigueaba
desde mi cabeza hasta el seno,
y colmándome del todo el pecho,
se derramaba por mis brazos.

Nacía entre mi mano el cuchillo,
y ya soy tu carnicera, oh Diosa.


CORO

Respetemos el terror
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.

A osadas pretendía hablar
como no hablan viento y mar,
sacudiendo ansiosa los árboles
que respondían a gritos de pájaros,
o arrancando caricias rotas
en el reventar de las olas.

—Hija salvaje de palabras:
¿quién te hizo sabia en destazar la víctima?
¿Quién te enseñó el costado donde esconde
su corazón el náufrago extranjero?

Íbamos a envolverte compasivas,
a ti, montón de cólera desnuda,
cuando nos traspasaste con los ojos,
hecha ya nuestra ama.


IFIGENIA

Otros se juntan en fáciles corros
apurando mieles del trato:
yo no, que si intento acercarme,
huyo, de mí misma asustada,
como si otro por mi voz hablara.

Otros prenden labios a labios
y promesas se ofrecen con los ojos,
gozando en conciliarse voluntades:
yo no, que amanezco cada día
al tronco de mí misma atada.

Otros, en figuras de baile
alternan amigos y familias,
contrastando los suyos con los pasos de otros:
y yo no, que caigo cada noche
en mi regazo propio.


CORO

¿Te dio Artemisa su leche de piedra,
mujer más fuerte que todos los guerreros?
¡Qué cosa es verte retorcer los brazos
en el afán de ahogar a un hombre!

Prefieres la víctima iracunda,
vencida primero y luego abierta
para que Artemisa respire
la exhalación de sus entrañas.

¡Oh cosa sagrada y feroz!
Una fuerza que desconoces
está anudada en tu entrecejo.

Y con todo, entre temor y antojo,
te amamos como a fiera joven,
y mil veces, señora, vamos a acariciarte,
cuando he aquí que de pronto nace el rayo
por la sobrehaz de tu piel.

¡Oh cabellera híspida que no puedo peinar!
¡Oh frente y nuca broncas de besar!
¡Brazos redondos, piernas ágiles,
pies elásticos y perfectos!

¡Vaso precioso de mujer arisca:
dinos, dinos al menos
si no puedes ser dulce un solo instante;
dime si al fin podré besarte
las leves puntas de las manos!


IFIGENIA

Y, sin embargo, siento que circula
una fluida vida por mis venas:
algo blando que, a solas, necesita
lástimas y piedades.

Quiero, a veces, salir a donde haya
tentación y caricia.
Pero yo sólo suelto de mí espanto y cólera.
Y cuando, henchida de dulces pecados,
me prometo una aurora de sonrisas,
algo se seca dentro de mí misma;
redes me tiendo en que yo misma caigo;
siendo yo, soy la otra…
Y me estremezco al peso de la Diosa,
cimbrándome de impulso ajeno;
y apretando brazos y piernas,
siento sed de domar algún cuerpo enemigo.

¡Oh amor mejor que vuestro amor, mujeres!
Os corre un vigor frío por la espalda:
ya son las manos dos tenazas,
y toda yo, como pulpo que se agarra.

Y en la gozosa angustia
de apretar a la bestia que me aprieta,
entramos en el mundo
hasta pisar con todo el cuerpo el suelo.

Libro un brazo, y descargo
la maza sorda de la mano.
Hinco una rodilla, y chasquean
debajo los quebrados huesos.

¡Ya es mío! ¡Ya es tuyo, Artemisa!
Y subo, con un grito, hasta la eterna oreja.

Pero al furor sucede un éxtasis severo.
Mis brazos quieren tajos rectos de hacha,
y los ojos se me inundan de luz.
Alguien se asoma al mundo por mi alma;
alguien husmea el triunfo por mis poros;
alguien me alarga el brazo hasta el cuchillo;
alguien me exprime, me exprime el corazón.


CORO

Respetemos el dolor
de la que se salió de la muerte
y brotó como un hongo en las rocas del templo.

Sacerdotisa pura en traza de mujer,
nunca divagaré por sus dos senos
de virgen atleta,
ni gozaré tejiendo sus cabellos.

Nunca disfrutarán su piel mis manos,
ni ha de tocarla sino el aire,
o el agua donde suele romper con el contento
del cabello sediento.

—Y te envidio señora,
el agrio gusto de ignorar tu historia.


IFIGENIA

Es que reclamo mi embriaguez,
mi patrimonio de alegría y dolor mortales.
¡Me son extrañas tantas fiestas humanas
que recorréis vosotras con el mirar del alma!

Cuando, en las tardes, dejáis andar la rueca,
y cantáis solas, a fuerza de costumbre,
unas tonadas en que yo sorprendo
como el sabor de algún recuerdo hueco;
canciones hechas en el hilo lento,
canciones confidentes y cómplices
que, siempre con iguales palabras,
esconden cada vez hurtos distintos
y mordiscos secretos en la pulpa de la vida;
que, mientras manan sin esfuerzo de la boca,
dan libertad para otros pensamientos—,

entonces yo adivino que andáis errando lejos
de la labor que ocupa vuestras manos,
dueñas de lo que sólo es vuestro
y que en vano atisban los maridos
en la joya robada de los ojos.

Ninguna costumbre os sujeta
y, en lícita infidelidad,
abrís con la llave que lleváis al cinto
una cerradura sin chirridos.

Y os envidio, mujeres de Táuride,
alargando mis manos a la canción perdida.
(¿Veis? Magníficamente nace del mar la sombra
cuando, en las colinas violetas,
asoman, de regreso, los pastores de toros…)


CORO


Canta, con aire monótono:


Cantemos, dando al tiempo
alma y copo, rueca y voz.

Horas inútiles tejen
tierra y cielo, tarde y mar.

Arañita de la casa,
no me dan oficio mejor.

Consejos me da la rueca,
sintiéndome a solas reír.

Hay quien de noche duerme,
y hay quien de día trabaja.

Hay quien aún se acuerda,
y secretea y calla.

Hay quien perdió sus recuerdos
y se ha consolado ya.


Calla un instante. Dice luego:


¿Callas, señora? ¡Solamente callas!
Y, como a aquel que canta contra el aire,
nuestra canción parece caernos en la cara,
queriéndose volver de nuevo al pecho.

¡Oh mujer de rodillas duras!
No acertamos a compadecerte.
Fuerza será llorar a cuenta tuya,
a ver si, de piedad, echas del seno
ese reacio aborto de memoria
que te tiene hinchada y monstruosa.

No hay de nosotras quien no ceda a la canción
poniendo en ella lo que cada una sabe a solas,
si no eres tú, pregunta sin respuesta,
a quien vivimos parteando el alma con afán.

No hay de nosotras quien a las lágrimas no acuda,
con esa gula íntima de probar un secreto,
donde comienza el juntarse de las almas
en un temblor de miedo y amistad.

¡Pero tú, que ni nos engañas siquiera!
Tú que nos das la nada que te llena,
¿no harás, al menos, por forjar un sueño,
una memoria hechiza que nos pague
la sed de consolarte que tenemos?

No; rechina entre tus dientes la voz:
ni recordar ni soñar sabes,
ni mereces los senos en el pecho,
ni el vientre, donde sólo crías la noche.


IFIGENIA

Os amo así: sentimentales para mí,
haciendo, a coro, para mi uso, un alma
donde vaya labrada la historia que me falta,
con estambre de todos los colores
que cada una ponga de su trama.

Tal vez me apunta un resabio de memoria
hecha de vuestras ansias naturales,
y en el imán de vuestras voluntades,
parece que la estatua que soy arriesga un pálpito.

Pero soy como me hiciste, Diosa,
entre las líneas iguales de tus flancos:
como plomada de albañil segura,
y como tú: como una llama fría.

Sobre el eje de tu nariz recta,
nadie vio doblarse tus cejas,
ni plegarse los rinconcillos
inexorables de tu boca,
por donde huye un grito inacabable,
penetrado ya de silencio.

¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?

¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?

¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?

En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!

Y al cabo, lo que en ti más venero:
los pies, donde recibes la ofrenda
y donde tuve yo cuna y regazo;
los haces de dedos en compás
donde puede ampararse un hombre adulto;
las raíces por donde sorbes
las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.

 


II


CORO

Pero callemos, que un pastor color de tierra,
vago engendro de lanas y hojarasca,
se acerca aquí, como bulto que echa a andar,
filtrando una mirada de ansia y susto
por entre el heno de la barba y las cejas.

Con el cayado sólo bate el aire,
y parece irradiar palabras con la honda;
que al hombre cogido entre sorpresas
no hay útil cuyo oficio no se esconda;

y —todo él lanzado ariete—
devuelve al alma oscura la luz de los sentidos,
y es ya todo intenciones, todo oídos,
todo aspavientos, todo interrogación;

En vano la pesuña elemental
se articula en los cinco dedos ágiles,
ni el unánime ruido animal
se distribuye en cortadas palabras.

Ya olvida el habla, ya descuida el andar;
de su vetusta cojera no se acuerda,
y de lejos nos tiende la mano temblorosa,
como si en esa mano sus noticias trajera.


Entra el


PASTOR

Náufragos, náufragos hay, señora,
si lo es el que pisa tierra ingrata a sus plantas,
aun cuando no lo ruede el mar hasta la orilla,
ni el barco entre la playa con el costado abierto.


IFIGENIA

¿De dónde son?


PASTOR

Helenos.

Uno llamaba Pílades al otro.
Son dos amigos como dos manos bien trabadas;
donde pregunta el uno, el otro le contesta;
donde uno dicta, el otro le obedece.

Son como un alma repartida en dos cuerpos;
cuando habla el uno, calla el otro,
y se completan como dos porciones
de una misma necesidad.


IFIGENIA

¿Y los habéis cazado?


PASTOR

Nuestros y tuyos son.—Y de la Diosa.


IFIGENIA

Pero ¿qué harán los pastores en el mar,
a deshoras corriendo tras las olas
y enloquecidos por vellones de espuma?

Pero ¿qué andáis juntando los rebaños del agua?
¿De dónde trocasteis los oficios,
confundiendo remos y cayados,
redes y ondas, maldiciones y canciones?

Oh padres apacibles de la tierra
domesticada y quieta,
médicos de zampona y melodía
y abuelos de la oveja preferida:

¿Qué hacíais entre el sobresalto sin fondo
que se burla con velas y con leños,
cuerdas y puños y gritos de furor?


PASTOR

Íbamos a bañar las reses en la cueva
que sirve de refugio al pescador de púrpura,
porque el toro, señora, vuelve al mar como el río,
para cobrar allí sangre, valor y brío.

Muge el novillo; late el can. Es hora
en que la última tarde se dora,
y el mar se deja traspasar el pecho
por un haz de espadas de plata.

Hiere la luz, pero no alumbra;
y sorda sensación de una presencia humana
nos cohíbe de pronto, al saludar las cuevas.

Sobrecogido retrocedo entonces,
de puntillas y torciendo la señal del silencio,
de miedo que algún dios desconocido
habite el mar; que bate las Simplégadas,
hijo de la marina. Leucotea,
Palemo —o algún otro poeta de las aguas.

Y es verdad; que, al rumor que alzamos,
salta en figura de doncel armado
y, echando espumarajos por la boca,
a tajos y a mordiscos cae sobre las reses,
gritando: "¡Oh Furias, oh Dragón,
oh mala hembra que muerta me persigues,
oh vergüenza de Micenas de oro,
oh baño ensangrentando en sangre del esposo!"

El otro, Pílades, en vano lo sujeta,
como a demente que mira sólo el fuego
profundo de su alma, y finge formas
y torna objetos, y cambia el sueño de los ojos
por el sueño de su corazón.

Y, sea que el instinto nos avise
que bajo su locura humana alienta un dios,
o que las armas vibren respetos en su mano,
huimos, como huían los ganados,
para sólo volver y dar sobre el intruso
cuando el otro lo tiene ya sujeto.

Y es fuerza que les valga algún conjuro
o que vengan ungidos de aceites prestigiosos,
para que no perezcan en los nudos
de brazos de pastores y gente campesina
que se junta al tumulto.

Gracias que estamos ilesos unos y otros
y que tu sacrificio, Madre, será perfecto.

 


 

III


Entran hombres con los dos cautivos atados.


ORESTES


Atado, apedreado, delira así:


Cabra de sol y Amaltea de plata
que, en la última ráfaga, suspiras
aire de rosas, palabras de liras,
sueño de sombras que los astros desata;

al viejo Dios leche difusa y grata,
y, del reflejo mismo en que te miras,
hacendosa hilandera, porque estiras
en hebra y copos el vellón que labras;

tarde, en fin, quieta como impropicia y dura:
prueba pues, ya que a tanto conspiran mis estrellas,
a exaltar otra vez mi razón en locura,

para que yo, que vivo amamantado en ellas,
no sufra el tacto de otra piedra impura
sin estallar mil veces en centellas.


IFIGENIA

(Dice, a solas, palabras que apenas se tienen unidas,
como el que sale, bandeando, del torpor de un sueño;
mas hay una oscura voluntad que atisba
—perro fiel— junto a la embriaguez de su dueño.)

—Helenos:
¿De dónde traéis carga de destinos,
para dar en playas donde mueren los hombres?
¿Qué irritados espíritus tenéis sedientos
de sal y aceite que apaciguan hambres del cielo?

Helenos: la fortuna está en no buscarla,
y habéis tentado todos los pasos del mar.
No os basta la ciudad medida a las plantas humanas
y, rompiendo los límites del cielo,
¿os sorprende ahora caer en la estrella sin perdón?

Helenos: forzadores de la virgen del alma:
los pueblos estaban sentados, antes de que echarais a
andar.
Allí comenzó la Historia y el rememorar de los males,
donde se olvidó el conjugar
un solo horizonte con un solo valle.

La sabiduría ya estaba descubierta;
los brazos ya estaban cruzados sobre el pecho;
los ojos se escrutaban a sí mismos
para desanudar en su revés el mundo;
y el índice de piedra
sujetaba en racimos el espacio profundo.

Se apaciguaba, helenos, el gotear del agua eterna;
y en el reló dormido del estero
lanzasteis la bellota profana.

Y cedisteis al inmenso engaño
partido en diminutas y graciosas mentiras;
y con el bien y el mal terribles
hicisteis moderadas apariencias
para cebar la codiciosa bestia,
oh falsificadores de lágrimas y risas.

Os acuso, helenos, os acuso
de prolongar con persuasión ilícita
este afrentoso duelo, esta interrogación...

Así deis con la frente en las esferas últimas,
y os sienta el último fantasma
rodar entre peñascos en declive,
surtiendo por el pecho maldición de volcanes,
¡oh instrumentos de la cósmica injuria,
oh borrachos de todos los sentidos!


ORESTES


grita:


¡Raza vencida de la tierra:
reconoce a tu domador!
¡Tú que temblabas, gusanera aplastada,
bajo los Siete Días orientales
de la Creación!

Tú que apenas usabas como alma
un escozor de pánico,
y que desfallecías, heredera
de todos los pavores animales;
devuelta con arrobamiento al fango
lodacero que criabas raíces
para enredar los talones bailátiles
de los hijos de Prometeo:

¿Qué me acusas, ojos de arcilla?
Frentes hacia abajo, ¡qué sabéis
de levantar con piedras y palabras
un sueño que reviente los ojos de los dioses,

otra simiente de naturaleza,
hija pura y radiosa del humano deseo,
oro de eternidad, diamante pleno
labrado en los martillos
impecables del corazón!


IFIGENIA

En vano, por primera vez, aguardo
que me sacuda en cólera la Diosa.
—Librad al griego; recoged mi manto:
sobran horas al tiempo.


Apercíbese Ifigenia con vasos lustrales. Pílades, atado, da un paso hacia Orestes, como a socorrerlo.


ORESTES

Detente, Pílades, que siento
el indeciso vaho de los dioses;
y, entre los ojos de la carnicera,
me sorprende el halago de una mirada rubia.

No en vano las aguas se abren y se juntan;
no en vano los vientos y el elástico mar,
no en vano gimen y aúllan
en torno a la nave del griego que sabe esperar.

No fue ciega la ira que me devolvió a Micenas,
incubando en el monte mis furores de niño;
nodriza ruda me criaba para el cuchillo,
y soy dardo de mano derechera.

¿Nada te dice, amigo, el portento que te sale al paso?
¿Dónde está la tierra de las Amazonas guerreras?
¿Cuándo viste, Pílades, combatiendo brazo a brazo
a la sacerdotisa con las víctimas extranjeras?

Bien que la barbarie, educada en el desorden del mundo,
pisotee los prodigios como las yerbas,
confundiendo árboles y fieras y hombres y sexos,
sin distinguir lo propio de lo desorbitado y súbito.

Pero tú, filósofo en cuyos brazos descanso,
¿me enseñaste acaso a concebir mujeres
como la Quimera, con garras y crestas y fauces,
o sacerdotisas mezcladas de leonas?

Sólo cuando el dios anda rondando los montes
miras volar los árboles y oyes hablar a los pájaros.
Así me devuelves, mujer, la confianza en Apolo,
sólo con tu furia y con tu locura sólo.

No está lejos, no, la fuerza que me trajo rodando:
y ya no vacilo, que estoy en tierra de Tauros.
De Artemisa es, Pílades, el templo que venimos buscando,
y esta mujer—


IFIGENIA

—¡Oh calla, por tus enemigos dioses!
Mira que estás por quebrar la puerta sorda
donde yo golpeo sin respiración.
Mira que me doblo con influjos desconocidos,
juntas en imploración estas manos mías tan ásperas.

Tengo miedo, calla, la Diosa nos oye.
Ella me implica toda: yo crecí de sus plantas.
Si tú sabes más, tejedor de palabras
—pues así adivinas tierras y hombres
ensartando lo que ignoras con lo que conoces—,

calla, por tus amuletos; calla, por tus cabellos,
en los que reclavo con ansia mis dedos;
calla, por tu mano derecha;
calla, por tus cejas azules;
y por ese lunar que hay en tu cuello,
gemelo —mira—,
gemelo del lunar que hay en mi hombro.

Calla, porque me aniquila el peso del nombre que espero;
oh vencedor extraño, calla, porque, al fin, no quiero
saber —oh cobarde seno— quién soy yo.


ORESTES

¿Callaré, Pílades, cuando vine a decirlo?


PÍLADES

No.

CORO

Dos animales de la misma cría
no se juntan mejor. Uno conduce,
y la otra le sigue —antes tan fiera.
Manda el varón, y al fin es hembra ella.

Pero ¿esas miradas que se hunden
la una en la otra, como en propio elemento?
Y la gota negra de aquel cuello
resbala aquí, camino de este seno.

Un mismo arte de naturaleza
concertó los dos sones de gargantas...
¡Mil cosas misteriosas nos relatan los viejos,
y yo, sin serlo, he visto tantas!

 

 


IV


Toas y el séquito.
Suspensión entre los que llegan y los que estaban presentes.


TOAS

Soy el rey Toas, de leves pies como las aves.
Como quien manda, olvido mis cuidados
por oír el rumor que corre el pueblo.

Hecha de mar y roca, alta señora,
sacerdotisa que llevas la clava
desde que el cielo apedreó a la tierra
con el poder de la nocturna Diosa
—Díctina de la selva, hija de Leto:

Prepárense los vasos y los cestos,
y arda el fuego de la salsa mola;
echad el llanto, hombres oscuros:
la Diosa no perdona.

Ejércitos de abejas amarillas
aplaquen —cediendo miel— las tumbas.
Iras de Inmortales reclaman
la miel salobre y roja de otra ofrenda.


IFIGENIA

Oye la voz de tu sacerdotisa,
rey de nombre de ave:
éstos me vencieron sin manos
y me ataron con la amenaza.

No los quiere la Diosa; traen a cuestas
el nombre que he pedido.


TOAS

El nombre que tenías lo has perdido en el mar.


IFIGENIA

Éstos, del fondón de los mares
llegan, vomitados de olas.


TOAS

Náufragos son, ley igual los condena.


IFIGENIA

Ley que un hombre trazó y otro quebranta.


TOAS

Escrita está en las plantas de Artemisa.


IFIGENIA

—Que es superior a ella y con los pies la pisa.


TOAS

¿Qué pretendes?


IFIGENIA

Que hablen.


TOAS

Hablad, hombres oscuros.

 


V


ORESTES

¿Diré, Pílades, el nombre que azuce
las bandadas de nombres temerosas?
Evitaré más bien el torbellino
que alzan los vientos súbitos,
y habré de conducirla paso a paso,
como a ciega extraviada que tantea el camino,
hasta dejarla donde la perdí.

—Oye, sacerdotisa: devuélveme las manos,
porque no sé contar sin libertad mi historia.


Ademán de Ifigenia. Desatan a Orestes, que continúa:


Dos veces Urano engendraba en el seno de Gea,
ensayando monstruos que la vergüenza rechaza.
Voluntad oscura, sus intentos multiplicando,
mezclaba impetuosos crímenes con virtudes severas.
En los Cíclopes era espanto la mal trazada frente
y los brazos de Briareo eran fuerza desperdiciada.
Y el Padre deshacía sus horripilantes juguetes,
bien como alfarero que ensaya el jarro dos veces.

Perra ululante, Gea sus cachorros le disputaba.
—¡Hijos del Padre loco! ¿Quién me vengará? —les decía—
Y el último, Cronos, contraído bajo sus tetas,
tiembla de furor y designios.
Era creada ya la raza del blanco acero.
Cronos esconde la hoz, y Urano un deseo aventura;
pero, segadas a punto las informes flores del sexo,
la sangre del Padre loco fecunda todavía el suelo.

Erinies y Gigantes y Ninfas brotan y Diosas,
y sobre el mar, la deseada rosa:
Afrodita la llaman, hija de las espumas;
Citerea, vecina de la isla;
Kiprigenia, porque llega a Chipre batida de olas;
Filomedea, en fin, hija de los anhelos.
Así la vital angustia, derramada en sangría,
Gea, perra ululante, sigue fomentando tus crías.

Ya está mezclado el crimen en la masa del mundo.
Dioses recelosos de sus proles indeseadas
acechan a las diosas que se acuestan con hombres.
Los padres de tribus a los mancebos devoran,
y el justo Edipo, testigo insobornable,
se descuaja los ojos contra el error del cielo.

Hubo un rey en Lidia cuya casa honraba el Olimpo,
¡y osó hacer festín de las carnes de su hijo!

Como torres gigantes, los Inmortales, mudos,
contemplan la ofrenda de Tántalo mezclada de horrores.
¿Qué hacías, Diosa hambrienta, olvidadiza Deméter,
devorando, sin saberlo, el hombro arrancado de Pélope?
Zeus Tempestuoso hinca los ojos en Tántalo,
que entra desbarrancado en los Infiernos,
donde con boca reseca jadea tras el agua que huye;
donde, por hurtárselas, los árboles sus pomas degluten.

Júntanse las partes, y Pélope vuelve a vivir;
se alza cetro en mano, y el hombro de marfil.

Pero la maldición vuela, contaminando
a todos los brotes de su gente.
Niobe deshijada, piedra que llora ríos,
ve traspasados sus hijos con flechas de oro,
y Tiestes y Atreo, en festines horrendos,
vomitan, desfallecidos, la sangre criminal del abuelo.

Y nacieron, uno de otro,
Tántalo, Pélope y Atreo,
y Agamemnón, castigador de Troya
y hermano vengador del zaino hermano.
Igual deslealtad les esperaba
con Clitemnestra, hembra matadora del macho,
y con Helena, por quien tiene hartazgo
de cadáveres la ciudad de los pájaros.
Mientras las naves huecas deshacían la ruta de Ilion,
tramaba Clitemnestra con Egisto;
y Agamemnón cayó a mansalva,
vencido entre los brazos de su casa.

Entre los que crecían en palacio,
el mayor de los hijos
era menor que la venganza: Electra,
hermana blanca; pero, providente,
me hizo nutrir de tierra y de raíces,
abrigado de cuevas y de pieles,
montaraz y distante,
intacto cazador de Apolo.

Y, en la incertidumbre de sus noches,
el sueño de la madre dio presagios:
me veía dragón, me padecía
estrujando y sorbiendo en sus pezones
fango de leche y sangre.

Y al fin, entre relámpagos de crimen,
bajo el furor de Apolo cómplice
y la tronante cólera del cielo,
y bajo las legiones espantadas
y saltonas de Furias,
el cazador cazó a la madre adúltera.

¡Oh vino soberano
que un día me embriagaste para siempre!
¡Nunca probara yo de tu delirio,
y no me persiguiera
la indignada caterva de mi madre!


IFIGENIA

Los nombres que pronuncias irrumpen por mi frente
y se abren paso entre tumultos de sombra;
y, por primera vez, mi dorso cede
con un espanto conocido.

Me devuelvo a un dolor que presentía;
me reconozco en tu historia de sangre,
y gime, sin que yo lo entienda todavía,
un grito en mis orejas que dice: "¡Áulide! ¡Áulide!"


CORO

Asisto a los misterios —y callo.


IFIGENIA

Siento, como en la ácida mañana,
madrugar al pavor de estar despierta:
cenizosa conciencia
que torna a la mentira de los días
con una lumbre todavía de sueño,
hecha de luz funesta que transparenta el mundo.


ORESTES

Te asiré del ombligo del recuerdo;
te ataré al centro de que parte tu alma.
Apenas llego a ser tu prisionero,
cuando eres ya mi esclava.

En Áulide, los vientos no prosperan
o los adversos dioses redoblan el resuello;
y para que los leños flotantes de las naves
sigan el curso, piden sacrificios.
La sangre de una virgen Artemisa reclama.


IFIGENIA

¡Oh Diosa, voy a ti, pues tú me llamas!


ORESTES

Aguarda, hay tiempo aún.—Ya los oráculos
designan a Ifigenia.


IFIGENIA

¡Oh Diosa!


ORESTES

Aguarda.

La casta de adivinos es ávida de males.
Hija de Agamemnón: fuerza es traerte
engañada hasta el sitio de la ofrenda,
donde adelanta en pago de lágrimas la madre
el crimen que ha de cometer más tarde.


IFIGENIA

Al fin es madre, Orestes;
y espera, en las edades de la hija,
que la fruta de nietos se le rinda.
Al fin es madre, Orestes, y prolonga
hasta la pubertad el gusto de mi cuna.

Al fin, en cada hora presentía
la cosecha de una caricia nueva;
porque es todo inquietudes y sorpresas
el logro minucioso de la hija.

Odiseo me trajo prometida
al lecho de un valiente —Aquiles.— (Oye:
al crear este nombre con esfuerzo,
tengo piedad yo misma de mis labios.)
—Pero ¿qué hago, Diosa? ¿Salgo de tu misterio?
Amigas, huyo: ¡esto es el recuerdo!
Huyo, porque me siento
cogida por cien crímenes al suelo.
Huyo de mi recuerdo y de mi historia,
como yegua que intenta salirse de su sombra.


Sujétanla.


ORESTES

Sujetadla y que beba la razón
hasta lo más reacio de sus huesos.
Hínchate de recuerdos,
óyelo todo: En Áulide fuiste sacrificada;
pero Artemisa te robó a su templo
a la hora en que Calcas descargaba el cuchillo,
y cayó en tu lugar, forjada de tu miedo,
cierva temblona que mugió con muerte.


IFIGENIA

Orestes, soy tu hermana sin remedio,
y en el torrente de la carne siento
latir la maldición de Tántalo.

Pero contéstame, pues me castigas
de envidiar la miseria de las hijas de Táuride
y desear la vida compartida
—humano pan de donde todos coman—,

¿no me estaba yo bien, guijarro de esta roca,
arista desgajada de la Diosa?
¿No me fuera más dulce la sombra en que yacía
y el destazar continuo de las víctimas?
¿A qué trajiste el rayo de mi casa
a la ribera en que estaba yo perdida?

¡Ay hermano de lágrimas, crecido
entre la palidez y el sobresalto!
¡Déjame, al menos, que te mire y palpe,
oh desvaída sombra de mi padre!


CORO

Entran los ojos en los ojos. Andan
tentándose las manos con las manos.
Y en la arena, la huella de la hermana
acomoda a la huella del hermano.


ORESTES

Y déjame que alivie tanto llanto
—¡ay hermana que fuiste mi nodriza!—
viendo rodar mi lloro por tu cara
y latir en tu cuello mi fatiga.


CORO

¡Señora! ¿Y te acaricia? ¡Y tú te doblas
debajo de su barba! Y nos pareces
más pequeñita, al paso que reviven
y te van apretando las memorias.


IFIGENIA

¡Suelta, suelta, que mi dolor no importa!
No me abandones, Diosa,
y permite que huya de mí propia
como yegua que intenta salirse de su sombra.


ORESTES

¿Recuerdas?


IFIGENIA

Sí.—Llegamos en el carro:
mi madre —porque es mi madre, Orestes—,
tú, tierno niño que sólo ríe y llora,
yo, y los presentes de mi boda.

Me bajaron en brazos las muchachas de Calcis,
como a la prometida del nieto de Nereo;
y a ti, con delicadas manos,
para no sacudir tu frágil sueño;
que eran asustadizos los caballos,
y no obedecían a la voz.

Saltamos como terneras sueltas en prado.
Ignorando las rudezas del campamento,
yo, corazón nupcial, fiesta hacía de todo.

Y he visto a los dos Áyaces, amigos de armas;
y a Protesilao y Palamedes
que jugaban con unas figurillas;
y a Diomedes, hecho a lanzar el disco;
y al portentoso Merión, raza de Ares;
y al hijo de Laertes, engañoso;
y al hermoso Nireo, el más hermoso.

A pie, de lejos, disputaba Aquiles
—oh sienes mías hechas al dolor—
victorias de carrera a la cuadriga
de Eumelo, que acosaba a los caballos
blancos del yugo,
y a los rojos manchados que iban a larga rienda.


CORO

¡Oh Paris, Paris, que con la flauta frigia
apacentabas novillos en el Ida!
¡Oh juez de diosas y ladrón de hogares,
cómo va a perecer por ti la flor del año!

ORESTES

Di, ¿conociste a Aquiles?


IFIGENIA

No, sino con el relato de mi madre
que, con estrago de dolor y miedo,
se echó a sus pies, pudores olvidando.

Alumno de Quirón, hijo de diosa,
era ajeno al engaño, y fue a salvarme.
Lloraba sin rubor: ¡era tan joven!
No negaba el pavor: ¡era tan bravo!
No quiso conocerme: ¡era tan casto!


ORESTES

Prosigue.


IFIGENIA

¡Infierno, Infierno!
Tu boca misma habló por Clitemnestra.
Me hizo llegar, trayéndote en el manto,
y a mí, que lo quería más que todos,
me redujo a escuchar lo que le dijo al padre.


CORO

Un gran dolor ahoga la vergüenza.


IFIGENIA:

Dijo: —"Me arrebataste a mi primer marido;
y, arrancándomelo de los pechos,
estrellaste a mi primer hijo contra el suelo.
Mi padre hizo la paz en los hermanos,
y fui casta y sobria en tu palacio.
Tres hijas y un hijo te he dado.
Te sales de tus tierras por ajenos agravios,
y, además de tu aposento vacío,
¿quieres que llore ahora la muerte de Ifigenia?
¿Y qué frente ofrecerás mañana
al beso de tus hijos sin hermana?
Que ceda Menelao a su hija Hermione:
suya es la ofensa, no son ciegos los dioses.
¡Oh mano que mandas de lejos!
¿Arrastrarás tu propia hija por los cabellos
hasta el ara de la Divina Cazadora,
y yo la seguiré, sin soltar sus vestidos,
hecha consternación de tus ejércitos?"


ORESTES

¿Y yo, entretanto?


IFIGENIA

No sabías hablar, ¡oh el más amado!
Con lágrimas y brazos implorantes
tú me ayudaste, en fin, cuanto podías.
Estreché con el tuyo el cuerpo de mi padre,
como con elocuente rama de suplicantes:

—"Yo la primera te he llamado padre;
tú la primera me llamaste hija;
gozosas nupcias prometiste un día,
y yo soñaba en acogerte, anciano,
entre próspera bulla de la prole.
Insano afán de navegar a tierras bárbaras
te hace dejar la tierra
donde cortan jacintos y rosas los que dio a luz mi madre.
Mas yo no debo amar demasiado la vida.
—¡Dispón, oh Calcas, de mi ración de sangre"

Y desvié los ojos
del bulto convulsivo de mi madre.
Calcas alzó la mano: ¿se oyó el golpe?


ORESTES

He aquí que te encuentro muerta y viva,
sacrificada y sacrificadora.


IFIGENIA


Con sospecha:


¿A qué viniste, di?


ORESTES

En busca tuya.


IFIGENIA


Recobrando su arrogancia perdida:


¿Para que siga hirviendo en mis entrañas
la culpa de Micenas, y mi leche
críe dragones y amamante incestos;
y salgan maldiciones de mi techo
resecando los campos de labranza,
y a mi paso la peste se difunda,
mueran los toros y se esconda la luna?

¿En busca mía, para que conciba
nuevos horrores mi carne enemiga?
¿Para que aborten las madres a mi paso,
y para que, al olor de la nieta de Tántalo,
los frutos y las aguas huyan de mi contagio?


ORESTES

Por el sello que llevas en la frente,
hija de Agamemnón, ante los tauros
oye la orden que traigo de Apolo:
Me seguirás hasta Micenas de oro,
y volverás a la casera rueca,
y cumplirás con dar los brotes nuevos
a la familia en que naciste hembra.

Fuerza será que, complaciente esposa,
te alimente en su casa algún príncipe aqueo.
No se corta la sangre sin mandato divino.


IFIGENIA

Huiré de mí propia,
como yegua acosada que salta de su sombra.


ORESTES

Me seguirás, y ceñirás la vida
a que las altas normas te condenan.
Cualquier dolor pasado
es, a los mismos dioses, duro espanto.
¿Quieres romper con la Necesidad,
vuelta contra el latido que llevas en el vientre?
¿Y qué harás, insensata,
para quebrar las sílabas del nombre que padeces?


IFIGENIA

¡Virtud escasa, voluntad escasa!
¡Pajarillo cazado entre palabras!
Si la imaginación, henchida de fantasmas,
no sabrá ya volver del barco en que tú partas,
la lealtad del cuerpo me retendrá plantada
a los pies de Artemisa, donde renazco esclava.

Robarás una voz, rescatarás un eco;
un arrepentimiento, no un deseo.
Llévate entre las manos, cogidas con tu ingenio,
estas dos conchas huecas de palabras: ¡No quiero!


Refugiase en el templo, desapareciendo de la escena.


TOAS

He aprendido a llorar ajenos males
y a gozar con mesura el bien que alcanzo.
No puede el noble decir lo que le plazca.
¡Qué vanas apariencias nos gobiernan!
Cierto es que servimos a la plebe.
Licencia tienen otros para clamar a voces,
no el monarca prudente,
que sólo con el ceño engendra nubes.


CORO

Nadie que no sea sensato
mande en las plazas de los hombres.
Oh rey de leves pies de ave:
hay sed de tu clemencia.


TOAS


Como dirigiéndose a Ifigenia:


Todo lo sé: la onda cordial desata,
voluntad que anulaste la porfía
del bien y el mal; dureza generosa,
basa de templos, muralla de ciudades.

Boca de dictar leyes,
mano de hacer y deshacer cadenas,
frente para corona verdadera,
¿qué nombre te daremos?

Todo lo sé: la onda cordial desata,
cólmate de perdón hasta que sientas
lo turbio de una lágrima en los ojos:
Mata el rencor, e incéndiate de gozo.


CORO

Alta señora cruel y pura:
compénsate a ti misma, incomparable;
acaríciate sola, inmaculada;
llora por ti, estéril;
ruborízate y ámate, fructífera;
asústate de ti, músculo y daga;
escoge el nombre que te guste
y llámate a ti misma como quieras:
ya abriste pausa en los destinos, donde
brinca la fuente de tu libertad.


TOAS

Destuerzan la senda los náufragos.
Dadles, tauros, remos y velas.
Oh mar: tuyo era el mensaje:
guárdalos tú de tus procelas.


Seguidos del pueblo, aléjanse hacia el mar Pílades y Orestes, brazo
en el hombro, dobladas las barbas sobre el pecho.



CORO

¡Oh mar que bebiste la tarde
hasta descubrir sus estrellas:
no lo sabías, y ya sabes
que los hombres se libran de ellas!


Ha anochecido. Las primeras luces se atreven.






Tomado del Tomo X de las Obras
Completas
de Alfonso Reyes del
Fondo de Cultura Económica.