Sonetos a Orfeo


                                        
Escritos, como monumento funerario

                                        
para Vera Ouckama Knof


Y se elevó un árbol. ¡Oh pura elevación!
¡Oh canto de Orfeo! ¡Oh gran árbol frondoso en la oreja!
Y todo calla. Sin embargo, en el vasto silencio
hay un nuevo principio, una señal y un cambio.

Animales de quietud salen de la clara
y liberada selva de guaridas y de nidos;
y entonces revelan que no por astucia
ni por angustia se han callado,

sino para escuchar. Rugidos, gritos, bramidos
parecían pequeños a sus corazones. Y ahí donde apenas
había una choza para acoger el canto,

un humilde refugio nacido del más obscuro anhelo,
con una entrada de temblorosos quiciales, ahí creaste tú un templo en el oído.

                                           * * *

Y era casi una niña la que surgió
de esa ventura única del canto y de la lira
y que brilló a través del velo de la primavera
y que se hizo un lecho en mi oreja.

Y se durmió en mí. Y todo era su sueño:
Los árboles que un día admiré
esa lejanía sensible, esa pradera sentida
y cada asombro que me embargaba.

Ella dormía el mundo. Dios cantor,
¿cómo la has hecho tan perfecta que no haya codiciado
ante todo despertar? Ve, ella surgió y se durmió.

¿Dónde está su muerte? ¿Oh, ese motivo, podrás aún
inventarlo, antes de que se consuma tu canto?
¿A dónde se me va, lejos de mí?... Casi una niña...

                                           * * *

Sólo un dios puede hacerlo. Mas, dime,
cómo lo seguiría un hombre sobre la estrecha lira?
Su espíritu está hendido. En la encrucijada
de dos caminos del corazón, no hay templo para Apolo.

El canto, como lo enseñas, no es codicia
ni búsqueda de algo aún no alcanzado;
el canto es existencia. Para el dios, cosa fácil.
Pero nosotros ¿cuándo somos? ¿Y cuándo dirige él

hasta nuestro ser la tierra y las estrellas?
Todavía no eres nada, joven, cuando amas,
aun si también la voz te abre a fuerzas la boca: aprende

a olvidar que cantas. Cantar es cosa fluida.
En verdad, cantar es otro soplo. Un soplo en torno a nada
Un hálito en Dios... Viento.

                                           * * *

No elevéis ninguna estela. Sólo dejad que la rosa
cada año florezca para su gloria,
pues es Orfeo. Ved su metamorfosis
en esto o aquello. No nos afanemos

en buscar otros nombres. Una vez por todas
es Orfeo cuando canta. Viene y se va.
¿No es ya mucho que a la copa de rosas
a veces sobreviva unos días?

¡Ojalá comprendáis que tiene que esfumarse!
Aunque a él mismo le angustie desaparecer,
mientras que su palabra prolonga su existencia.

Está ya lejos donde no podéis acompañarlo.
La reja de la lira no constriñe sus manos.
Y él obedece cuando penetra en el más allá.

                                           * * *

¿Es de la tierra? No, de los dos reinos
se alimenta su amplia naturaleza.
Con más arte doblaría las ramas de los sauces
quien tomó su saber de sus raíces.

Cuando os acostéis, no dejéis sobre la mesa
ni el pan ni la leche: atraen a los muertos.
Pero él, el encantador, que mezcle,
bajo la mansedumbre de sus párpados,
su presencia en toda cosa vista;
el hechizo de la adormidera y de la armaga
es para él tan verdadero como la relación más clara.

Nada puede estropearle la legítima imagen;
sacada de la tumba o de los aposentos,
ya sea que celebre el anillo, el broche o el cántaro.

                                           * * *

¡Celebrar, eso es! Su oficio es celebrar.
Surge, como un mineral, del silencio de la piedra.
Su corazón es el lagar perecedero
de un vino inagotable para los hombres.

Jamás, ante el polvo, le hace falta la voz,
cuando de él se apodera el ejemplo divino.
Todo se vuelve vino o se torna racimo,
todo madura en el medio día sensitivo.

Para él ni la carne putrefacta de los reyes en las tumbas
ni la sombra que cae de los dioses
acusarán a la gloria de mentira.

Es uno de los mensajeros perdurables
y mucho más allá de las puertas del infierno
él sostiene unas copas con las frutas de gloria.

                                           * * *

Sólo en el espacio de la alabanza tiene cabida la
    lamentación,
la ninfa de la fuente que llora
y que vigila nuestro desaliento
pues debe purificarse en la misma roca

que sostiene los arcos y los altares.
Mira, en torno de sus tranquilos hombros alborea
el presentimiento de que ella ha de ser la más joven
entre las que son hermanas por el alma.

El júbilo sabe, la nostalgia confiesa,
sólo la lamentación aprende todavía; sus manos virginales
cuentan noches enteras el antiguo mal.

Pero de pronto, con movimiento oblicuo e inexperto,
lleva una constelación de nuestra voz
al cielo que no empaña su aliento.

                                           * * *

Os saludo, vosotros que jamás habéis dejado de
    conmoverme,
sarcófagos antiguos que el agua jubilosa
en los tiempos romanos
atravesaba con su canción errante.

O bien aquellos abiertos como el ojo
de un pastor mañanero
—por dentro llenos de quietud y de abrojos
de donde volaban embriagadas mariposas.

A todos los que se salvaron de la duda
los saludo, bocas de nuevo abiertas
que ya sabían lo que significa el silencio.

Y nosotros, amigos ¿lo sabemos acaso?
La hora morosa forma ambas cosas
sobre los rostros humanos.