Los cuadernos de Malte Laurits Brigge

 

 
 

Así pues, aquí viene la gente a vivir, o mejor dicho, aquí se muere. Salí. Vi hospitales. Vi a un hombre tambalearse y caer. La gente se agrupó en torno suyo, lo cual me ahorró lo demás. Vi a una mujer encinta arrastrarse pesada cerca de un muro largo, caliente, que a ratos palpaba a tientas, como para cerciorarse de que estaba ahí. Sí, todavía estaba ahí. ¿Y detrás? Busqué en mi guía: Maison d'accouchement. Bueno. Ya cuidarán de su parto: eso si se puede hacer. Más lejos, rue Saint-Jacques, un gran edificio con una cúpula. El plano dice: Val-de-Grâce, Hôpital Militaire. Esto, no necesito saberlo; pero, en fin, no perjudica. La calle empieza a oler por todos lados. Huele, en cuanto se puede distinguir, a yodoformo, a grasa de pommes frites, a angustia. Todas las ciudades huelen en verano. Luego vi una casa de paredes ciegas; no se encontraba en el plano; pero sobre la puerta, se veía, bastante legible, un rótulo: Asyle de Nuit. Cerca de la entrada estaban los precios. Los leí. No era caro.
  ¿Y fuera de eso? Un niño en un cochecito: era gordo, verdoso y tenía una erupción en la frente. No cabía duda que estaba casi curado y que no le dolía. El niño dormía con la boca abierta, respirando yodoformo, pommes frites, angustia. Así era, simplemente. Lo importante es que se vivía. Eso era lo importante.
    ¿Por qué no podré dormir más que con la ventana abierta? Tranvías eléctricos cruzan con estruendo por mi cuarto. Pasan sobre mí automóviles. Una puerta se cierra. En alguna parte, un vidrio se hace trizas y oigo los pedazos grandes reírse a carcajadas y los pequeños con risitas burlonas. Luego, de repente, un ruido sordo, cerrado, que viene del otro lado, del interior de la casa. Alguien sube la escalera, viene incesantemente. Se detiene mucho tiempo. Luego, sigue subiendo. Una muchacha grita: Ah, tais-toi, je ne veux pas. El tranvía eléctrico pasa apresurado y se aleja de todo. Alguien llama, corre la gente, quieren adelantarse los unos a los otros. Un perro ladra. ¡Qué alivio: un perro! Al amanecer, hasta canta un gallo, y es un bienestar sin límites. Luego, de repente, me duermo.

   Estos son los ruidos; pero hay algo aún más terrible: la calma. Creo, que en los grandes incendios, hay un instante de suma tensión en que los chorros de agua caen, en que los bomberos ya no suben por las escaleras, en que nadie se mueve. Una corniza negra se desprende sin ruido y una alta pared envuelta en llamas se inclina en silencio. Todos esperan inmóviles, con los hombros alzados, y las caras concentradas en los ojos, el golpe terrible. Así es aquí la calma.

    Aprendo a ver. No sé en qué consiste que todo se vuelva más profundo en mí y no permanezca en el lugar que antes ocupaba hasta el fin. Tengo un yo interior del que nada sabía. Todo va a dar allá. No sé lo que allá pasa.
    Hoy escribí una carta y mientras la escribía, me sorprendí al pensar que llevo ya tres semanas aquí. Tres semanas en otro lugar, por ejemplo en el campo, podrían pasar como un día; pero aquí son como años. Ya no quiero escribir una sola carta. ¿Para qué decirle a alguien que estoy cambiando? Si cambio, ya no soy el que era, y si soy diferente, es claro que no tengo ningún conocido. Y a extraños, a gente que no me conoce, es imposible que les escriba.
    ¿Ya lo dije? aprendo a ver. Sí, ya empiezo. La cosa todavía anda mal; pero quiero aprovechar el tiempo.
  ¡Que jamás se me haya ocurrido cuántas caras puede haber! Hay una multitud de seres humanos, pero aún más caras, pues cada uno tiene varias. Hay gente que lleva una cara todo un año; naturalmente se usa, se pone sucia, se rompe en los pliegues, se estira como un guante que se ha puesto uno durante un viaje. Hay gente ahorrativa, sencilla, que jamás cambia de cara, que nunca la deja limpiar. Es lo bastante buena, afirma. ¿Y quién demostraría lo contrario? Ahora bien, podrán preguntarse, si tienen muchas caras ¿qué hacen con las demás? Se las quitan. Sus hijos se las pondrán; pero también sucede que sus perros salgan con ellas. ¿Y por qué no? una cara es una cara.
    Otros se ponen sus caras con alarmante rapidez una tras otra y las gastan. Al principio les parece que las tienen para siempre; pero apenas llegan a cuarenta y ya están en las últimas. Esto tiene naturalmente su lado trágico. No están acostumbrados a economizar sus caras, la última queda fuera de uso en ocho días, tiene agujeros, en algunos lugares está delgada como papel, y luego, poco a poco, va saliendo el forro, la ausencia de cara, y con ella van y vienen.
    Pero la mujer, la mujer: había caído toda ella de bruces sobre sí misma, sobre sus manos. Era en la esquina de la rué Notre-Dame des Champs. Comencé a caminar sin ruido tan luego como la vi. Cuando los pobres cavilan, no hay que molestarlos. Quizás se les está ocurriendo algo.
    La calle estaba demasiado vacía, su vacío se aburría y retiraba mi paso bajo mis pies y con él tocaba las castañuelas, y luego jugaba con él como con un zueco. La mujer se asustó y alzó la vista tan aprisa que su cara se quedó entre sus manos. Pude verla, ahí quedó el hueco de su forma. Me costó un esfuerzo indescriptible permanecer cerca de esas manos sin ver lo que se había arrancado de ellas. Tuve miedo de ver en esas manos una cara; pero temí mucho más ver la cabeza desollada, desnuda, sin cara.

    Tengo miedo. Contra el miedo hay que hacer algo cuando lo siente uno. Sería horrible caer enfermo aquí y que se le ocurriera a alguien llevarme al Hôtel-Dieu, donde moriría de seguro. Este Hotel es una mansión agradable, un hotel, enormemente concurrido. No se puede sin peligro contemplar la fachada de la catedral de París por temor a que lo atropellen a uno los muchos coches que cruzan el atrio tan rápidamente como pueden para recorrer el espacio libre que los separa de la entrada. Son pequeños ómnibus que avanzan haciendo sonar una campana y el mismo Duque de Sagan tendría que detener su tronco de caballos cuando a un pequeño moribundo se le haya metido en la cabeza querer entrar directamente al Hôtel-Dieu. Los moribundos son testarudos, y todo París se inmoviliza cuando Mme. Llegrand, broncanteuse de la rue des Martyrs es transportada a cierta Plaza de la Cité. Es de notar que estos endemoniados carruajitos tienen sugestivos vidrios esmerilados, detrás de los cuales puede uno representarse las más regias agonías: basta para ello la fantasía de una Concierge. Si uno tuviera más imaginación y la dirigiera por otras direcciones, las conjeturas serían infundadas; pero he visto también a menudo coches de punto llegar con su capota abierta conduciendo al cliente a la tarifa usual: dos francos por la última hora.
    Este excelente Hotel es muy viejo, ya en tiempos del rey Clodoveo, la gente moría ahí en unas cuantas camas. Ahora se muere en 559 camas: claro que son muertes al mayoreo. En tan enorme producción la muerte ya no se ejecuta con tanto cuidado; pero ¿qué importa? Lo que cuenta es la cantidad. ¿Quién se preocupa hoy en día por el buen acabado de una muerte? Nadie. Hasta los ricos que podrían darse el lujo de una muerte ejecutada con esmero, empiezan a ser descuidados e indiferentes. El deseo de tener una muerte propia se está volviendo cada vez más raro. No tardará en ser tan raro como el de una vida propia. Llega uno y encuentra una vida ya hecha: sólo falta ponérsela.