Salvador
Díaz Mirón



Selección y nota
de Héctor Valdés



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Nota introductoria

 

El 14 de diciembre de 1853 nació Salvador Díaz Mirón en el Puerto de Veracruz y el 12 de junio de 1928 murió en la misma ciudad. Estudió en el seminario, como muchos jóvenes del siglo pasado; pero su formación fue liberal. Siendo niño, en su casa recibió su primera educación; su padre fue también poeta y luchó con las armas al lado de los liberales. Por razones políticas, ambos se exilian en Nueva York; de aquel entonces data el primer poema conocido de Díaz Mirón: “Mística”, 1867.

La biografía del escritor más parece la de un personaje de novela de aventuras que la de un periodista y poeta; un temperamento explosivo lo lleva a enfrentarse a tiros con sus contrincantes políticos, y a la prisión en distintas ocasiones. Pero tal vez el hecho más triste de su vida fueron los cuatro años que pasó en la cárcel de Veracruz a partir de 1892, por haber matado, aunque en defensa propia, a Federio Wólter, de Tlacotalpan. Al volver a la vida activa, Díaz Mirón ya no es el mismo de antes. El paladín de las causas populares, el defensor de los menesterosos a quien la justicia social debe versos tan conocidos como: Sabedlo, soberanos y vasallos, / proceres y mendigos: / nadie tendrá derecho a lo superfino / mientras alguien carezca de lo estricto; el émulo de Víctor Hugo y de Lord Byron, de quienes aprendió el cultivo de los temas soberbios y altivos y la rebeldía, sale de la prisión a una existencia menos riesgosa, más conciliadora, al menos en apariencia.

Continúa su labor como periodista; en la política pronto comenzarán a verse sus flaquezas: directa o indirectamente apoya, siendo diputado, la dictadura de Porfirio Díaz. ¿Se debió a ello a que gracias al presidente pudo salir de la cárcel? En la celebración del Centenario de la Independencia, es el poeta oficial de los festejos; su poema “Al buen cura”, fechado el 16 de septiembre de 1910, no tiene el aliento que requería un homenaje tan solemne. Y es que también la obra de Díaz Mirón ha decaído, hecho que se liga a la indigna actuación que tiene frente a los sucesos de la Revolución. Hace clasistas y retóricas críticas a los revolucionarios, del mismo modo que las hicieron los periódicos fieles a Porfirio Díaz.

Posteriormente y en el colmo de la debilidad o del oportunismo, acepta la invitación de Victoriano Huerta —consumada ya la traición a Madero— a dirigir El Imparcial, el periódico oficial del régimen. A la caída de Huerta huye a España y posteriormente va a La Habana, donde se mantiene como profesor.

Gracias a la paz constitucional que, a partir de 1917, permite organizar la vida del país en la medida de lo posible, los intelectuales infieles a la Revolución comienzan a regresar a México. Venustiano Carranza los ha amnistiado y también ha invitado a muchos de ellos a participar en la vida pública.

Álvaro Obregón ofrece en 1921 una pensión a Díaz Mirón, pero éste no la acepta. En 1927, rechaza también un homenaje nacional que un grupo de escritores quiere hacerle. Este mismo año es nombrado director del Colegio Preparatorio de Veracruz (antes había dirigido el de Xalapa), en donde golpea a un alumno. Estalla la huelga estudiantil. Díaz Mirón renuncia al cargo y se encierra en su casa. Al año siguiente, después de una enfermedad que dura algunos meses, muere a los setenta y cinco años de edad.

La vida de Díaz Mirón, azarosa y controvertida, está sólo relativamente ligada a su poesía, que deja ver en ocasiones y como súbitamente iluminada un “alma negra” donde bullen pasiones incontroladas, alentadas a veces por un romanticismo heroico pero también arbitrariamente desatadas. Y es justamente aquel heroísmo ideal el que alimenta sus “poesías de la primera época” (1876-1891). La “segunda época” (1892-1901) está toda resumida en el único libro que editó, Lascas, 1901.

El libro recoge poemas que escribió en la prisión y después en Xalapa. El poeta indomable ha perdido aquel brío y aquel orgullo que lo caracterizaban; ha hecho un giro hacia la intimidad pero su poesía ha ganado en mesura, se ha refrenado y se ha perfeccionado. Lascas es la consagración de Díaz Mirón como poeta. Si antes la crítica no le había escatimado elogios, con este libro confirma que está frente a uno de los poetas más importantes de la lengua española. Rubén Darío había exaltado en Azul… su estrofa, “cuadriga de águilas bravas”, que luego pagó tributo al modernismo más característico, y en Lascas, sin abandonar los rasgos de escuela, llega a la perfecta adecuación entre la forma impecable que “persiguió” y la expresión artística más acabada. Los temas nobles y elevados lo sedujeron; sus versos tendían a lo épico. Pocas veces encontramos en sus poemas expresiones líricas suavizadas por el sentimiento. Encontramos en cambio la fuerza de las ideas, las descripciones parnasianas, imágenes como esculturas en mármol cuyas líneas resaltan nítidas, vibrantes, no tanto por la vida que en ellas late como por la belleza con que están creadas.

La tercera y última época (1902-1928) de su obra fue un intento muchas veces desafortunado por conseguir aún mayor perfección formal. Buscar nuevas combinaciones de sonidos, acentos, ritmos; suprimir partículas, experimentar en lo formal, fue su actividad poética final. Sus poesías completas son poco más de un centenar; casi no hay composiciones desdeñables; algunas parecen hechas para ser leídas en voz alta. Todas son una conquista del poeta, también artífice, cuya tenaz labor hizo brillar de manera única la poesía mexicana.

 

Héctor Valdés


Sursum

A Justo Sierra

¡Cuán grata es la ilusión a cuyos lampos
tienen perenne vida los amores,
inmarcesible juventud los campos
y embriagadora eternidad las flores!
¡Cuán vívido es el iris que colora,
magia oriental, la suspirada orilla
y a cuyo hermoso resplandor de aurora
radia hasta el fango que después mancilla!
La verdad, si engrandece la conciencia,
devora el corazón nunca sumiso;
es el fruto del árbol de la ciencia
y siempre hace perder el paraíso.
Mas aunque el bardo mate la quimera
y desvíe y aparte de sus ojos
el prisma encantador, y por doquiera
mire sombras y vórtices y abrojos,
ha de cantar la redentora utopía,
como otra estatua de Memnón que suena
y ser, perdida la esperanza propia,
el paladió de la esperanza ajena!

¡Cuando el mundo, ese Tántalo que aspira
en vano al ideal, se dobla al peso
de la roca de Sísifo, y expira
quemado por la túnica de Neso;
cuando al par tenebroso y centellante
imita a Barrabás y adora al Justo,
y pigmeo con ansias de gigante
se retuerce en el lecho de Procusto;
cuando gime entre horribles convulsiones
para expiar sus criminales yerros,
mordido por sus ávidas pasiones
como Acteón por sus voraces perros;
cuando sujeto a su fatal cadena
arrastra sus desdichas por los lodos,
y cada cual en su egoísta pena
vuelve la espalda a la aflicción de todos;
el vate, con palabras de consuelo,
debe elevar su acento soberano
y consagrar, con la canción del cielo,
no su dolor sino el dolor humano!

Sacro blandón que en la capilla austera
arde sin tregua como ofrenda clara
y consume su pabilo y su cera
por disipar la lobreguez del ara;
vaso glorioso en donde Dios resume
cuanto es amor, y que para alto ejemplo
gasta y pierde su llama y su perfume
por incensar en derredor el templo;
sublime Don Quijote que ambiciona
caer al fin entre el fragor del rayo,
torcida y despuntada la tizona
y abierto y rojo por delante el sayo
ave fénix que en fúlgidas empresas
aviva el fuego de su hoguera dura
y muere convirtiéndose en pavesas
de que renace victoriosa y pura…
¡Eso es el bardo en su fatal destierro!
Cantar a Filis por su dulce nombre
cuando grita el clarín: ¡despierta, hierro!
¡Eso no es ser poeta, ni ser hombre!

Mientras la musa de oropel y armiño
execra el polvo por amar la nube
y hace sus plumas con la fe de un niño
y hacia un azul imaginario sube;
mientras Ofelia, con el pecho herido
por Hamlet y sus trágicos empeños,
marcha a las ondas del eterno olvido
cogiendo flores y cantando sueños;
el numen varonil entra en la arena,
prefiriendo al delirio y al celaje
la ciudad con sus ruidos de colmena
y el pueblo con sus furias de oleaje,
y contempla la tierra purpurada,
y toma y alza, con piedad sencilla,
un montón de esa arcilla ensangrentada...
Y ese montón de ensangrentada arcilla
adquiere vida entre su mano estoica,
vida inmortal y fulgurantes alas,
y en él respira una belleza heroica,
como en la estatua de la antigua Palas.

Guardar silencio y poseer la trompa,
la recia trompa a cuya voz no exigua
vendría a tierra con su estéril pompa
el muro hostil de la ciudad antigua;
ser un Aquiles que a la lid prefiera
recordar a Briseida en el retiro,
aunque Patroclo batallando muera…
¡Eso es mentir a Dios! ¡Pero qué miro!
Cual la crin de un raudal que de alto arranca
tus cabellos se agitan, oh Maestro.
¿Por qué sacudes la cabeza blanca
cual si quisieras arrojar el estro?
¿Por qué no te alzas a la faz de Harmodio
y no repeles, cuando Atenas grita,
esa montaña de calumnia y odio
que sobre tu hombro de titán gravita?
Tu Etna será para tu fuerza flojo,
confía en ti y a tu misión no faltes,
que al hado cruel que lapidó tu arrojo
irá el volcán cuando debajo saltes.

¡Rompe en un himno que parezca un trueno!
El mal impera de la choza al solio,
todo es dolor o iniquidad o cieno:
pueblo, tropa, senado y capitolio.
¡Canta la historia al porvenir que asoma
cómo Suetonio y Tácito la escriben!
¡Cántala así mientras en esta Roma
Tiberios reinen y Seyanos priven!
Abre la puerta al entusiasmo ausente,
mueve de un grito el desusado gonce
y como a chorros de fusión ardiente
vierte en los mimbres el vigor del bronce.
Derrama el verbo cuyos soplos crean
la fe que anima y el valor que salva,
y que a tu acento nuestras almas sean
como tinieblas que atraviesa el alba.
Para el poeta de divina lengua
nada es estéril, ni la misma escoria.
¡Si cuanto bulle en derredor es mengua,
sobre la mengua esparcirás la gloria!


A Gloria

 

No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.

Semejante al nocturno peregrino
mi esperanza inmortal no mira el suelo,
no viendo más que sombra en el camino
sólo contempla el esplendor del cielo.

Vanas son las imágenes que entraña
tu espíritu infantil, santuario oscuro.
Tu numen, como el oro en la montaña,
es virginal y por lo mismo impuro.

A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.

Inútil es que con tenaz murmullo
exageres el lance en que me enredo:
yo soy altivo, y el que alienta orgullo
lleva un broquel impenetrable al miedo.

Fiado en el instinto que me empuja
desprecio los peligros que señalas:
“el ave canta aunque la rama cruja
como que sabe lo que son sus alas”.

Erguido bajo el golpe en la porfía
me siento superior a la victoria.
Tengo fe en mí: la adversidad podría
quitarme el triunfo pero no la gloria.

¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.

El mal es el teatro en cuyo foro
la virtud, esa trágica, descuella:
es la sibila de palabra de oro,
la sombra que hace resaltar la estrella.

Alumbrar es arder. Estro encendido
será el fuego voraz que me consuma.
La perla brota del molusco herido
y Venus nace de la amarga espuma.

Los claros timbres de que estoy ufano
han de salir de la calumnia ilesos.
Hay plumajes que cruzan el pantano
y no se manchan... ¡Mi plumaje es de ésos!

Fuerza es que sufra mi pasión. La palma
crece en la orilla que el oleaje azota.
El mérito es el náufrago del alma:
vivo se hunde, pero muerto, flota.

Depón el ceño y que tu voz me arrulle.
Consuela el corazón del que te ama.
Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!
y al lirio de la margen: ¡embalsama!

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú como la paloma para el nido,
y yo, como el león, para el combate.


Toque

 

¿Dó está la enredadera que no tiende
como un penacho su verdor oscuro
sobre la tapia gris? La yedra prende
su triste harapo al ulcerado muro.

¿Dó está el césped gentil que no tapiza
la tierra en torno del desierto albergue?
Cual ralo vello que el pavor eriza
salvaje esparto en derredor se yergue.

¿Dó está el árbol simbólico y risueño
que un tiempo fue para el lacerto jira,
para el ave palacio, para el sueño
canción de arrullo y para el viento lira?

Tronco desnudo, bajo el doble azote
de la lluvia y del ábrego, se eleva:
aguarda aún que de su costra brote
arrollada y derecha la hoja nueva.

Y abierto en cruz como en señal de duelo,
semeja en medio de la hierba lacia
un esqueleto que levanta al cielo
sus secos brazos, implorando gracia.

¡Oh linfas gratas al saúz doliente!
¡Cuán lentas, cuán mermadas, cuán distintas,
cuán lánguidas os miro al sol poniente
de cuyas luces reflejáis las tintas!

¡Cuál se arrastra en el fondo del barranco
vuestra corriente por las piedras rota,
bajo el vapor que como el humo blanco
del perfumero en el santuario, flota!

¡Oh infausta soledad que eres ejemplo
de mudanza y dolor! ¡Con qué sombrío,
con qué punzante júbilo contemplo,
ay, que tu cambio corresponde al mío!

 


Cleopatra

 

La vi tendida de espaldas
entre púrpura revuelta...
Estaba toda desnuda
aspirando humo de esencias
en largo tubo escarchado
de diamantes y de perlas.

Sobre la siniestra mano
apoyada la cabeza,
y cual el ojo de un tigre
un ópalo daba en ella
vislumbres de sangre y fuego
al oro de su ancha trenza.

Tenía un pie sobre el otro
y los dos como azucenas,
y cerca de los tobillos
argollas de finas piedras,
y en el vientre un denso triángulo
de rizada y rubia seda.

En un brazo se torcía
como cinta de centella
un áspid de filigrana
salpicado de turquesas,
con dos carbunclos por ojos
y un dardo de oro en la lengua.

Tibias estaban sus carnes
y sus altos pechos eran
cual blanca leche vertida
dentro de dos copas griegas,
convertida en alabastro,
sólida ya pero aún trémula.

¡Ah! hubiera yo dado entonces
todos mis lauros de Atenas
por entrar en esa alcoba
coronado de violetas,
dejando con los eunucos
mis coturnos a la puerta.

 


La nube

 

¿Qué te acongoja mientras que sube
del horizonte del mar la nube,
          negro capuz ?
¡Tendrán por ella frescura el cielo,
pureza el aire, verdor el suelo,
          matiz la luz!

No tiembles. Deja que el viento amague
y el trueno asorde y el rayo estrague
          campo y ciudad.
Tales rigores no han de ser vanos...
¡Los pueblos hacen con rojas manos
          la Libertad!


La conmemoración

[Espectros épicos]

 

¿A dónde con los griegos melenudos
va por el golfo insigne tanta nave?
Al compás de la tibia, que en agudos
tonos imita la canción del ave,
himno de acentos bélicos y rudos
          suena, confuso y grave.

¿Es el peán? Guerreros espolones
amagan en las proras esculpidas
y la flota triunfal lleva festones
de rosas y relámpagos de égidas,
y argenta de espumosos borbotones
          las olas divididas.

El sol entre arreboles resplandece
como broquel de oro que a indistinto
dios vestido de púrpura guarece,
y el húmedo cristal, a trechos pinto
de reflejos de múrice, parece
          en sangre persa aún tinto.


Al chorro del estanque...

[Melancolías y cóleras]

 

Al chorro del estanque abrí la llave,
pero a la pena y al furor no pude
ceñir palabra consecuente y grave.
Pretendo la forma ceda y mude,
y ella en mi propio gusto se precave,
y en el encanto y el brillo acude.

Afeites usa y enjoyada viene...
¡Sólo a esplender y a seducir aspira,
como en la noche y en el mar Selene!
Es coqueta en el duelo y en la ira
del supremo rubor... ¡No en vano tiene
curvas y nervios de mujer la lira!

¿Qué mucho, pues? A encono y a quebranto
dejo el primor que les prendí por fuera,
y en la congoja y en la seña el canto
resulte gracia irónica y artera:
el iris en el glóbulo del llanto
y la seda en la piel de la pantera.


Música de Schubert

 

Crin que al aire te vuela, rizada y bruna,
parece a mis ahogos humo en fogata,
y del harpa desprendes la serenata
divinamente triste, como la luna.

Y del celo ardoroso despides una
fragancia de resina, y él te dilata
ojo que resplandece con luz de plata
como en la sombra el vidrio de la laguna.

Mas tu marido llega, con su fortuna,
nos dice dos lisonjas, va por su bata
y al dormido chicuelo besa en la cuna.

Y mientras que te tiñes en escarlata,
crin que al aire te vuela, rizada y bruna,
parece a mis ahogos humo en fogata.


El fantasma

 

Blancas y finas, y en el manto apenas
visibles, y con aire de azucenas,
las manos —que no rompen mis cadenas.

Azules y con oro enarenados,
como las noches limpias de nublados,
los ojos —que contemplan mis pecados.

Como albo pecho de paloma el cuello,
y como crin de sol barba y cabello,
y como plata el pie descalzo y bello.

Dulce y triste la faz, la veste zarca...
Así, del mal sobre la inmensa charca
Jesús vino a mi unción como a la barca.

Y abrillantó a mi espíritu la cumbre
con fugaz cuanto rica certidumbre,
como con tintas de refleja lumbre.

Y suele retornar y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra,
y un relámpago enciende mi alma negra.

 

Cárcel de Veracruz, el 14 de diciembre de 1893

Nox

 

No hay almíbar ni aroma
como tu charla...
¿Qué pastilla olorosa
y azucarada
disolverá en tu boca
su miel y su ámbar
cuando conmigo a solas
¡oh virgen! hablas?

La fiesta de tu boda
será mañana.

A la nocturna gloria
vuelves la cara,
linda más que las rosas
de la ventana,
y tu guedeja blonda
vuela en el aura
y por azar me toca
la faz turbada...

La fiesta de tu boda
será mañana.

Un cometa en la sombra
prende una cábala.
Es emblema que llora,
signo que canta.
El astro tiene forma
de punto y raya,
representa una nota,
¡pinta una lágrima!

La fiesta de tu boda
será mañana.

En invisible tropa
las grullas pasan
batiendo en alta zona
potentes alas,
y lúgubres y roncas
gritan y espantan...

¡Parece que deploran
una desgracia!

La fiesta de tu boda
será mañana.

Nubecilla que flota,
que asciende o baja,
languidecida y floja,
solemne y blanca
muestra señal simbólica
de doble traza:
finge un velo de novia
y una mortaja.

La fiesta de tu boda
será mañana.

Junto al cendal que toma
figura mágica,
Escorpión interroga
mientras que su alfa
es carmesí que brota,
nuncio que sangra...
¡Y Amor y Duelo aprontan
distintas armas!

La fiesta de tu boda
será mañana.

¡Ah! Si la Tierra sórdida
que por las vastas
oquedades enrolla
su curva esclava
diese fin a sus rondas
y resultara
desvanecida en borlas
de tenue gasa ...

La fiesta de tu boda
será mañana.

El mar con débil ola
tiembla en la playa
y no inunda ni ahoga
pueblos ni nada.
Del fuego de Sodoma
no miro brasa
y la centella es rota
flecha en aljaba.

La fiesta de tu boda
será mañana.

¡Oh Tirsa! Ya es la hora.
Valor me falta
y en un trino de alondra
me dejo el alma.
Un comienzo de aurora
tiende su nácar
y Lucifer asoma
su perla pálida.


Idilio

 

A tres leguas de un puerto bullente
que a desbordes y grescas anima
y al que un tiempo la gloria y el clima
adornan de palmas la frente,
hay un agrio breñal y en la cima
de un alcor un casucho acubado
que de lejos diviso a menudo,
y rindiéndose apoya un costado
en el tronco de un mango copudo.

Distante, la choza resulta montera
con borla y al sesgo sobre una mollera.

El sitio es ingrato por fétido y hosco.
El cardón, el nopal y la ortiga
prosperan y el aire trasciende a boñiga,
a marisco y a cieno, y el mosco
pulula y hostiga.

La flora es enérgica para
que indemne y pujante soporte
la furia del soplo del norte,
que de octubre a febrero no es rara,
y la pródiga lumbre febea
que de marzo a septiembre caldea.

El oriente se inflama y colora
como un ópalo inmenso en un lampo,
y difunde sus tintes de aurora
por piélago y campo.
Y en la magia que irisa y corusca
una perla de plata se ofusca.

Un prestigio rebelde a la letra,
un misterio inviolable al idioma,
un encanto circula y penetra
y en el alma es edénico aroma.
Con el juego cromático gira
en los pocos instantes que dura
y hasta el pecho infernado respira
un olor de inocencia y ventura.

¡Al través de la trágica historia
un efluvio de antigua bonanza
viene al hombre como una memoria
y acaso como una esperanza!

El ponto es de azogue y apenas palpita.
Un pesado alcatraz ejercita
su instinto de caza en la fresca.

Grave y lento discurre al soslayo,
escudriña con calma grotesca,
se derrumba cual muerto de un rayo,
sumérgese y pesca.

Y al trotar de un rocín flaco y mocho
un moreno, que ciñe moruna,
transita cantando cadente tontuna
de baile jarocho.

Monótono y acre gangueo
que un pájaro acalla soltando un gorjeo.

Cuanto es mudo y selecto en la hora,
en el vasto esplendor matutino,
halla voz en el ave canora,
vibra y suena en el chorro del trino.

Y como un monolito pagano
un buey gris en un yermo altozano
mira fijo, pasmado y absorto,
la pompa del orto.

*

Y a la puerta del viejo bohío
que oblicuando su ruina en la loma
se recuesta en el árbol sombrío,
una rústica grácil asoma
como una paloma.

Infantil por edad y estatura
sorprende ostentando sazón prematura:
elásticos bultos de tetas opimas,
y a juzgar por la equívoca traza
no semeja sino una rapaza
que reserva en el seno dos limas.

Blondo y grifo e inculto el cabello,
y los labios turgentes y rojos,
y de tórtola el garbo del cuello,
y el azul del zafiro en los ojos.
Dientes albos, parejos, enanos
que apagado coral y prende y liga,
que recuerdan, en curvas de granos,
el maíz cuando tierno en la espiga.
La nariz es impura y atesta
una carne sensual e impetuosa,
y en la faz, a rigores expuesta,
la nieve da en ámbar, la púrpura en rosa
y el júbilo es gracia sin velo
y en cada carrillo produce un hoyuelo.

La payita se llama Sidonia.
Llegó a México en una barriga,
en el vientre de infecta mendiga
que, del fango sacada en Bolonia,
formó parte de cierta colonia
y acabó de miseria y fatiga.

La huérfana ignara y creyente
busca sólo en los cielos el rastro

y de noche imagina que siente
besos, ay, en los hilos de un astro.
¿Qué ilusión es tan dulce y hermosa?
Dios le ha dicho: “¡Sé plácida y bella,
y en el duelo que marque una fosa
pon la fe que contemple una estrella!”
¿Quién no cede al consuelo que olvida?

La piedad es un santo remedio,
y después, el ardor de la vida
urge y clama en la pena y el tedio
y al tumulto y al goce convida.
De la zafia el pesar se distrae,
desplome de polvo y ascenso de nube.

¡Del tizón la ceniza que cae
y el humo que sube!

La madre reposa con sueño de piedra.
La muchacha medra.

Y por siembras y apriscos divaga
con su padre, que duda de serlo,
y el infame la injuria y estraga,
y la triste se obstina en quererlo.
Llena está de pasión y de bruma,
tiene ley en un torpe atavismo
y es al cierzo del mal una pluma...
¡Oh pobreza, oh incuria, oh abismo!

*

Vestida con sucios jirones de paño,
descalza y un lirio en la greña,
la pastora gentil y risueña
camina detrás del rebaño.

Radioso y jovial firmamento.
Zarcos fondos con blancos celajes
como espumas y nieves al viento
esparcidas en copos y encajes.

Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala.

El sol meridiano fulgura,
suspenso en el Toro,
y el paisaje, con varia verdura,
parece artificio de talla y pintura
según está quieto en el oro.

El fausto del orbe sublime
rutila en urente sosiego,
y un derribo de paz y de fuego
baja y cunde y escuece y oprime.

Ni céfiro blando que aliente, que rase,
que corra, que pase.

Entre dunas aurinas que otean,
tapetes de grama serpean
cortados a trechos por brozas hostiles
que muestran espinas y ocultan reptiles.
Y en hojas y tallos un brillo de aceite
simula un afeite.

La luz torna las aguas espejos
y en el mar sin arrugas ni ruidos
reverbera con tales reflejos,
que ciega, causando vahídos.

El ambiente sofoca y escalda,
y encendida y sudando, la chica
se despega y sacude la falda,
y así se abanica.

Los guiñapos revuelan en ondas...
La grey pace y trisca y holgándose arda…
Y al amparo de umbráticas frondas
la palurda se acoge y resguarda.

Y un borrego con gran cornamenta
y pardos mechones de lana mugrienta,
y una oveja con bucles de armiño
—la mejor en figura y aliño—
se copulan con ansia que tienta.

La zagala se turba y empina...
Y alocada en la fiebre del cebo
lanza un grito de gusto y de anhelo...
¡Un cambujo patán se avecina!

Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala.

 


A ella

 

Semejas esculpida en el más fino
hielo de cumbre sonrojado al beso
del sol, y tienes ánimo travieso
y eres embriagadora como el vino.

Y mientes, no imitaste al peregrino
que cruza un monte de penoso acceso
y párase a escuchar con embeleso
un pájaro que canta en el camino.

Obrando tú como rapaz avieso
correspondiste con la trampa el trino
por ver mi pluma y torturarme preso.

No así el viandante que se vuelve a un pino
y párase a escuchar con embeleso
un pájaro que canta en el camino.


Gris de perla

 

Siempre aguijo el ingenio en la lírica y él en vano
    al misterio se asoma
a buscar a la flor del Deseo vaso digno del puro Ideal.
¡Quién hiciera una trova tan dulce que al espíritu fuese
    un aroma,
un ungüento de suaves caricias con suspiros de luz
    musical!

Por desdén a la pista plebeya la Ilusión empinada en
    su loma
quiere asir, ante límpidas nubes, virtud alta en sutil
    material;
pero el Alma en el barro se yergue y el magnífico afán
    se desploma,
y revuelca sus nobles armiños en el negro y batido
    fangal.

La palabra en el metro resulta baja y fútil pirueta en
    maroma,
y un funámbulo erecto pontífice lleva manto de pompa
    caudal,
y si el Gusto en sus ricas finezas pide nuevo poder al
    idioma

¡aseméjase al ángel rebelde que concita en el reino del
    mal!
¡Quién hiciera una trova tan dulce que al espíritu fuese
    un aroma,
un ungüento de suaves caricias con suspiros de luz
    musical!


Beatus ille...

 

       ¡Oh paz agreste, cuánto
a quien se acoge a ti brindas provecho!
       ¡Con qué divino encanto
       llenas de olvido el pecho,
ay, a torturas y a furores hecho.

       De la candida oveja
que a sombra trisca en hondonada bruna,
       o la cabra bermeja
       que asoma en alta duna
su hocico rojo de carmín de tuna.

       Ubre sana y henchida
regala el apetito, aquí no escaso,
       con leche que, bebida,
       vale a dormir al raso
y deja untado y azuloso el vaso.

       Mesa digna de un justo,
oh Gay, la tuya que de carne y vino
       te guarda exento el gusto,
       y no a perder el tino
es ocasión, ni a víctimas destino.

       Égloga virgiliana
abre y radica en tu heredad el seno
       y de tu boca mana
       en trasunto sereno
y con almíbar oloroso a heno.

       Antigua prez no humilla
claro vestigio a torpe muchedumbre:
       él en tu ingenio brilla
       como postrera lumbre
de occiduo sol en levantada cumbre.

       ¡Plácidos los que orean
mi frente, que a baldón opone orgullo,
       hálitos que menean
       las frondas, con murmullo
grato al reposo cual materno arrullo!

       Mas no favonio engríe
el deifico laurel. Zozobras calma
       y susurrando ríe
       de la ceñida palma,
con un desprecio que perfuma el alma.

       ¡Oh paz agreste, cuánto
a quien se acoge a ti brindas provecho ¡
       ¡Con qué divino encanto
       llenas de olvido el pecho,
ay, a torturas y a furores hecho!

       A la culta o salvaje
corriente del vivir marcas y ahondas
       recto y seguro encaje
       que por arenas blondas
al mar la lleva en sosegadas ondas.

       Sobre anónima huesa
árbol piadoso y tétrico derrumba
       “guirnalda que le pesa”,
       pompa que treme y zumba,
y caricia y plañido es a la tumba.

       La madre tierra es leve
al cadáver que allí se desmorona,
       que sólo a un sauce debe,
       en los palmos que abona,
copioso llanto y liberal corona.

 


Paisaje

…et la lune apparut sanglante,
et dans le cieux, de deuil envelopée
je regardai rouler cette tête coupée
.

Víctor Hugo. Les Châtiments

Viejas encinas clavan
visibles garras
en la riscosa escarpa
de la montaña:
parecen vastas
y desprendidas patas
de inmensas águilas.

Sueño que sobre rasa
mole, tamañas
falcónidas pugnaban
por arrancarla
y al batir alas
perdieron las hincadas
piernas con zarpas.

Un arroyuelo baja
deshecho en plata:
resulta filigrana
que corre y pasa,
que gime y canta,
que semeja que arrastra
risas y lágrimas.

En planicie lejana
gramosa y glauca
reses vacunas pastan
y a trechos braman,
diseminadas
por la gula y enanas
por la distancia.

El crepúsculo acaba
y el cielo guarda
matiz como de gama
de luz en nácar.
¡La luna salta,
como sangrienta y calva
cabeza humana!

A través de las ramas
sube con pausa:
su expresión es bellaca,
burlona y sabia.
¡Oh, qué sarcástica
la roja, la macabra
testa cortada!

Al cinto la canana
y al hombro el arma,
cruzo con poca maña
maleza brava,
que me señala
encuentros con uñadas
en las polainas.

La sombra se dilata
parduzca y áurea,
con transparencias de ágata
sutil y extraña;
asume trazas
de humareda que apaga
tintas de llamas.

El ábrego, con ráfaga
fina y helada,
sopla, y una fragancia
mística y agria
cunde; y en marcha
sigo con tumefacta
y urgida planta.

Murmullo de plegarias
confusas vaga,
y una tristeza trágica
me llena el alma.
¡Oh, qué sarcástica
la roja, la macabra
testa cortada!


Dentro de una esmeralda

 

Junto al plátano sueltas, en congoja
de doncella insegura, el broche al sayo.
La fuente ríe y en el borde gayo
atisbo el tumbo de la veste floja.

Y allá, por cima de tus crenchas, hoja
que de vidrio parece al sol de mayo,
torna verde la luz del vivo rayo
y en una gema colosal te aloja.

Recatos en la virgen son escudos,
y echas en tus encantos, por desnudos,
cauto y rico llover de resplandores.

Despeñas rizos desatando nudos
y melena sin par cubre primores
y acaricia con puntas pies cual flores.

 


A un profeta

 

¡Santa la poesía
que a los parias anuncia el nuevo día
y es tan consoladora!
A tu ensueño de bardo el sol ya sube:
el astro por vecino enciende aurora
y desde abajo del confín colora
de topacio la nube.

Mas encorvas el pecho
y abates la cerviz. ¡Nunca derecho
en surco el labrador que siembra el grano!
¡Creyérase que inclinas los tributos
parecido al banano,
que dobla la cabeza con los frutos
y muere por servirlos a la mano!

Al ciego y al insano
brindas luz y razón, y al hambre a veces
multiplicas los panes y los peces.
¡Y lloras amargura!
¡E imprecas y te corres!
¡Y elevas los dos brazos en figura
de templo que sublima un par de torres!

Y estímulos de pena
fecundan más la vena.
Ondas acuden a la sed que abrasa,
tienen un surtidor en cada herida
y no al flujo de vida
fierezas ponen con injurias tasa:
¡el río bulle y se desborda y pasa!

Virtud o vicio el estro
saca del corazón dulce o siniestro
e induce al himno deleitable o torvo.
¡Brisa cambiante que del medio asume
el hálito en el sorbo!
De mecer un jardín toma el perfume
y de rasar un lodacero el morbo.

¿Laureles? No de iluso los demandes:
ascensiones comienzan por caídas
para las desmedidas
envergaduras y los pesos grandes.
Así de cresta de tajada loma
el buitre de los Andes
brinca, y por un momento se desploma.

Buena la lid si al cabo
en el broquel del bravo
la gloria brilla hirsuta de saetas,
y propicio el volcán del horizonte,
si nevadas y grietas,
para linfas y vetas,
dañan la cumbre y el estribo al monte.

Pero no de la ira
traigas a la canción chispa que prenda
en la turba tremenda
furor que acuse de maldad la lira.
¡No al árbol de la senda,
no a la encina sagrada el trueno enrosque
llama que cunda por el viento al bosque!

En oscura contienda
la bronca Rebeldía
pugna con la implacable Tiranía.
¡Oh, que tu alma en su prez, hijo de Apolo,
se ostente al mundo cual antorcha pía
y en la batalla de la fe y el dolo,
arda y no queme sino alumbre sólo!


Los peregrinos

 

Ambos justos recorren la campiña serena
y van por el camino conducente a Emaús.
Encórvanse agobiados por una misma pena:
el desastre del Gólgota, la muerte de Jesús.

El soplo de la tarde perfuma y acaricia,
y aquellos transeúntes hablan de la pasión.
Y en cada tosco pecho desnudo de malicia
se ve saltar la túnica, latir el corazón.

A los cautos discípulos la fe insegura enoja
y los míseros dudan, como Pedro en el mar.
Ocurre que aun los buenos olvidan de congoja
que la virtud estriba en creer y esperar.

Cadena de montículos, cuadros de sembradura
y sangrando en la hierba la lis y el ababol,
y entre filas de sauces de pródiga verdura,
la vía que serpea, encharcada de sol.

La pareja trasuda, compungida y huraña,
en la impúdica gloria de tan pérfido abril,
y el susurro que suena en las hojas amaña
siseos cual de turba profanadora y vil.

Los pobres compañeros se rinden al quebranto
y de súbito miran a su lado al Señor...
Pero los ojos, turbios al arbitrio del Santo,
se confunden, no aciertan a pesar del amor.

El Maestro, venido en sazón oportuna,
acrimina y exhorta más dulce que cruel,
y enseñando cautiva, pues en la voz aduna
armonía y fragancia y resplandor y miel.

Y pregunta y responde a la gente sencilla...
Marcha rizos al viento y razona la cruz.
El pie bulle y se torna, y la planta le brilla
como al remo la pala, que surgida es de luz.

Los andantes arriban al villorio indolente
que salubre y bucólico huele a mística paz,
y las mozas, que acuden al pretil de la fuente,
los acogen con risas de indiscreto solaz.

Y los tres se introducen en humilde casona…
Y en la rústica mesa, la Sagrada Persona
parte, bendice y gusta la caliente borona…
y disípase luego, como el humo fugaz.