Vietnam

Shiqqus shomen.
A las víctimas de un innecesario
y estupidísimo sufrimiento.


Yo no soy joven
y siempre he visto
a mi alrededor
la injusticia y el miedo.
Siempre ha sido así:
con plena voluntad lo aprendía
en los pesados libros
de los buenos tiempos pasados.
Malvivo en un país
que no es libre,
cansadísimo, cruel,
corrompido, muy cobarde.
Me toca malvivir
en un país indigno,
pero el resto del mundo
no es mejor.
Y sólo puedo levantar
unas frágiles palabras
contra el desdén
de los señores del poder.
Apenas sonríen
los labios de los príncipes
—apenas una sonrisa
que viene del olvido—
y dictarán después,
para siempre más,
heladas leyes
de la fuerza y el espanto:
un firme puntal,
las más benignas muletas
para que el cojo camine
hacia la muerte.
¿Cómo lucharé solamente
con palabras inútiles,
de qué sirve el grito
del soñador?
Despierto lentamente
y en silencio contemplo
la gran hoguera encendida
en el lejano sur.
Vergüenza y deshonra
de todos los pueblos,
por todo se extenderá
y en ellas nos quemaremos.
Ahora alguien ha comprendido,
pero pronto, en seguida,
todos conoceremos
que estamos del todo perdidos.