VII


Nuestros abuelos contemplan,
hace muchos años,
este mismo cielo
de invierno, alejado y triste,
y en él leyeron un extraño
signo de amparo y reposo.
Y el más viejo de los caminantes
lo señaló con el largo
bastón de su autoridad,
mostrándolo a los demás,
y después indicó estos campos
y dijo:
—Ciertamente aquí descansaremos
de toda la amplitud de los caminos
de la Golah.
Ciertamente aquí
me enterraréis.

Y fueron también enterrados,
uno a uno, en Sepharad,
todos los que con él llegaron,
y sus hijos y sus nietos,
hasta llegar a nosotros.
Pues bien sabemos que muchos
estamos todavía desperdigados
en el viento y en la peregrinación
de la Golah.
Pero ya no queremos llorar
más al templo
ni sufrir por la infinita añoranza
de nuestra ciudad.

Por eso, cuando alguien
una que otra vez se acerca
y con actitud severa
nos pregunta:
"¿Por qué os quedáis aquí,
en este país áspero y seco,
lleno de sangre?
No es ésta ciertamente
la mejor tierra que encontraréis
a través del ancho
tiempo de prueba
de la Golah",
nosotros, con una leve sonrisa
que nos trae el recuerdo
de los padres y abuelos,
sólo respondemos:
—En nuestro sueño, sí.