Encendedor de estrellas


Subí al cielo por la escalera de un silbato como antes escalaba los balcones por las enredaderas del deseo. Los ángeles, vestidos de los ojos que los miran, pasaban cerca de mí sin advertirme, trabajando como los aeroplanos del correo y las palomas mensajeras.

El ángel malo, que ha leído a Shaw, cambiaba todos los días los focos de las estrellas, al hombro la bolsa de cuero de la noche llena de monólogos alternos como las bolsas de los carteros. Y yo que creía en ese p a r a í s o en donde se dedicaba el tiempo —el insignificante— a la medida de los versos que ángeles y querubines entonaban a coro, no pude hallar otra profesión mejor que la del ángel encendedor de estrellas, pensando en tus desvelos por seguirme y en lo oscuro y pequeñito de tus ojos que me vieron partir.