Ángela Figuera Aymerich



Selección y nota
introductoria
de Carmen Alardín

 

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Nota introductoria

 

Ángela Figuera Aymerich es la más terrenal de nuestras ángelas. Lo más presente de su canto terrenal es el árbol. Pero como sucede siempre con los árboles, entre más hondas y fuertes son sus raíces, con mayor decisión se eleva hacia el cielo destacándose entre todos por su belleza y vigor. Ángela se interesa por lo concerniente al hombre, y rechaza todo lo que es perfecto, como los lirios y los ángeles. Asume la imperfección del ser humano, y hace de esa imperfección una obra de arte diferente, perdurable, fuerte. ¡Qué valor el de Ángela al usar un lenguaje llano, cuando en España estaban tan de moda los juegos y las lujuriosas metáforas de un García Lorca, de un Vicente Aleixandre, de un Rafael Alberti...!

Gran parte de la poesía de la Figuera se dirige a las situaciones, situaciones medularmente vitales como un nacimiento, una fiesta ritual... una derrota, una victoria, un entierro. Pero ella extrae lo esencial de esa situación, elevándola a la categoría de eterna.

Ángela Figuera, nacida entre mar y montaña, tendrá siempre el conflicto entre la tierra, que representa estabilidad, y el agua que simboliza el misterio, lo huidizo, lo inefable, contra lo visual concreto, germinante y palpable de la tierra, pero siempre en ella, al fin mujer, al fin poeta, predomina esa multiplicidad del siglo veinte, que conduce a los poetas a otra meta distinta de la que ellas inicialmente se trazaron.

Ángela nació en Bilbao en 1902, y vive aún después de haber defendido valientemente su posición de libre-pensadora en una España fascista,* en donde sufrió toda clase de agresiones personales, como la del saqueo de su biblioteca privada, y el allanamiento de su casa en diversas ocasiones. Por algo el poeta León Felipe, que en uno de sus versos condenó a España a quedarse muda, se desdijo posteriormente declarando que España no se había quedado muda, puesto que, la voz más importante, la de Ángela Figuera Aymerich, se quedaba dentro para hacer frente a toda clase de situaciones adversas.

Y en efecto, así es la poesía de la Figuera, de frente y hacia el sol, de cara al cielo y contra el cielo, en su lucha contra el ángel, vencida por el ángel, pero a pesar de todo, victoriosa como ser humano. No cantó como sus predecesoras, a la luna y al misterio. Ella canta lo que puede vivir, sin implorar la vida, sino reconociendo que "somos vida".

En la Figuera se siente la tribulación de España a lo largo de cuarenta años; ésta a la que ella hizo frente desde cualquier punto de vista, en todas las circunstancias en que la vida misma reclamara su presencia.

En su "Salve a España", se advierte esa voz desgarrada, que, sin mayor intención tendenciosa, es abiertamente social, de la misma manera que, sin deseos de hacer de su poesía un canto personal, resulta personalísima. Con ella se cumple la creencia árabe, que afirmaba que por su obra práctica se podían deducir el rostro y las facciones del autor.

Ángela, al ser tan personal, se identifica con esa clase obrera a quien la mayoría denomina masa anónima, y que es la esencia misma de un hombre que ante lo desconocido se declara incapaz de desentrañar todos los misterios. En su poema titulado "Nadie sabe", se advierte esa posición del poeta que se remonta sin querer, que se eleva más allá de todo, cuando su deseo era quedarse a explorar el más acá, la carne del recién nacido y el amante devoto.

No hay situación, oficio, paisaje o personaje típico que la Figuera haya dejado de cantar; el carpintero, el hijo de aquel que padece en la cárcel, todos hablan en la voz poética de Ángela. Cuando la Figuera es clásica, su clasicismo es perfectamente popular. En el soneto su rima es fácil, sin embargo con todo el vigor que requiere un poema para ser perdurable. Su poesía, desnuda de todo adorno, la hubiera deseado León Felipe, cuando quiso deshacer el verso y quitar los caireles de la rima. Pues Ángela recurre a la rima sin que ésta se interponga con la naturalidad, sin que merme ni por un momento la desnudez de la idea. Pero no por eso es su poesía conceptual, no. Sus ideas son como brotes de la rama de un árbol, ideas espontáneas, que más que conceptos, son sentimientos comunes a la totalidad del género humano.

Aunque no supiéramos por sus biógrafos que Ángela Figuera sufrió la revolución y los abusos del fascismo, por su poesía podríamos enterarnos de la protesta del prisionero, del hijo que se queja porque su padre ha vivido siempre en presidio, y del niño que nació en un barrio pobre, sin que nadie esperara su nacimiento y que sin embargo es tan valioso, como el proclamado niño Dios. Poco alude a su persona. Cuando mucho lo hace al cantar a su hijo o a su esposo, pero, aunque no deliberadamente, su vida está impresa en el árbol que menciona o en el río al que alude. Su amado Río Duero, su Soria querida, todos en su poesía se tornan más humanos que la misma humanidad, puesto que Ángela los contrapone constantemente en la lucha con la estrella, contra el cielo, y los elementos terrestres salen siempre ganando. Le pide a Dios perdón por inclinarse solamente al hombre y ante todo lo que emana del ser humano.

Sin embargo, la voz vigorosa de Ángela nos hace pensar que, por más terrestre que pretenda ser un poeta, no deja de desprenderse de su cuerpo desdoblándose al espacio infinito. Es así como cuando con mayor arrobamiento contempla los árboles del otoño, en su poema titulado "Otoño", se eleva sin querer... "Iban mis pasos por el lomo blando/ de la alameda, casi acariciantes,/ y vi a mi alma desprendida y sola/ errando dulcemente entre los árboles..."

La poesía de esta gran ángela del siglo veinte es un aviso en alta voz, es una proclama de que la mujer, la poetisa, puede ser tan fuerte como el grito del poeta. Nada de intimidades a la luz de la luna, todo al sol y de frente, con acento duro y definitivo. Su poesía, con intención de ser llana, es sin embargo profunda, honda, arraigada e integrada a su paisaje español, a su sol español. En su poema "Nostalgia" descubrimos esa saturación solar de sus versos. Ángela nace y vibra con el sol.

"Tendida, los dedos tibios/ del sol me cierran los párpados."

En el prólogo que hace Carlos Álvarez a su nueva edición de Belleza Cruel señala que le debemos llamar poeta y no poetisa. Creo que no hay que menospreciar el término "poetisa" sobre todo tratándose de esta gran artista de la palabra, que es como una madre universal. Que Ángela sea una voz robusta, vibrante, no significa que escriba como mujer. En su canto está presente la tierra como generadora femenina, la vida como energía femenina; es de las pocas escritoras en donde se advierte que la experiencia vital ha dejado algo en su obra. Ángela Figuera vive en Madrid, en compañía de su esposo Julio. Hace diez años visitó nuestro país. Estuvo en la ciudad de México y en Monterrey, Nuevo León, hablando de su poesía, de la labor del escritor y de sus opiniones del arte en general. Pensamos que su obra será digna de estudio no sólo por razones literarias, sino por su lucha valiente en los años de la España fascista.

 
 

Carmen Alardín


* Murió en Madrid en 1984.

 

 


 

Revelación del éxtasis

 

AMOR puso sus manos —pasmo y fuego—
sobre nosotros. Hemos encontrado
nuestro divino centro
para girar, eternos, vivos, astros...
No, no existe la muerte. Somos vida.

 


 

Mujer de barro

 

MUJER de barro soy,
pero el amor me floreció el regazo.

 


 

Morena

 

NI soy nácar ni azucena:
morena, sólo morena.
Soy tierna oscura y caliente:
la tierra
donde crecen los olivos
el pan y el vino. Morena.

 

 


 

Carne de mi amante

 

MÁRMOL oscuro y caliente
tallado en músculo y fibra.
Carne de mi amante, carne
viril y prieta de mi vida.
Suave y blanda entre mis dedos;
fuego bajo la caricia.
Dulce y sabrosa a mis labios
como una fruta mordida...
Carne de mi amante, carne
tan mía como la mía.

 

 


 

Mujer

 

¡CUÁN vanamente, cuán ligeramente
me llamaron poetas, flor, perfume...!
Flor, no: florezco. Exhalo sin mudarme.
Me entregan la simiente: doy el fruto.
El agua corre en mí: no soy el agua.
Árboles de la orilla, dulcemente
los acojo y reflejo: no soy árbol.
Ave que vuela, no: seguro nido.
Cauce propicio, cálido camino
para el fluir eterno de la especie.

 

 


 

Miedo

 

SEÑOR, guarda tus ángeles contigo.
Son demasiado puros para mí. Me dan miedo.
No pesan. No vacilan. Tienen cuerpos sin hambre,
sin fiebre, sin lujuria. Pies que no dejan huella.
Labios sin sed que saben tu palabra.
Sus ojos que no lloran son atroces.
En sus candidas manos
llevan cálices, palmas, incensarios, coronas,
pavorosas espadas con el filo candente.

Me dan miedo tus ángeles. Los pienso luminosos.
Terribles de pureza. Crueles de hermosura.
Impávidos, ungidos por suavísima sangre.
Sus alas sobre todo, sus alas, ¿te das cuenta,
Señor que me soldaste los pies a esta montaña,
de cómo me dan miedo sus alas poderosas?
Y Tú, que me humillaste la frente con ceniza,
¿no ves cómo me espantan sus frentes inmortales?

Te alabo por tus ángeles, Señor, pero los temo.
Consérvalos contigo. Son tus pájaros, cantan
en tu oído el hosanna de la dicha perfecta.
Te rodean y giran decorando tu gloria.
Movilizan la brisa que perfuma tu trono.
Pero Tú solo puedes contemplarlos sin miedo.
Sólo Tú disciplinas sus magníficas huestes.

Me dan miedo tus ángeles. Si yo encontrara alguno,
Si un día, al despertarme,
lo viera intacto y fúlgido a los pies de mi cama,
yo carne castigada, llorosa podredumbre,
pecado repetido hacia la muerte,
tendría que clavarme las uñas en los ojos.

 

 


 

Sólo ante el hombre

 

SÍ, yo me inclinaría
ante el definitivo contorno de los lirios,
Sí, yo me extasiaría
con el trino del pájaro.

Sí, yo dilataría
mis ojos ante el mar y la montaña.
Sí, yo suspendería
el soplo de mi pecho ante un arcángel.

Sí, yo me inclinaría
ante la faz de Dios, tocando el polvo,
si con su mano convocara el trueno.

Pero sólo ante el hombre, hijo del hombre,
reo de origen, ciego, maniatado,
los pies clavados y la espalda herida,
sucio de llanto y de sudor, impuro,
comiéndose, gastándose, pecando,
setenta veces siete cada día,
sólo ante el hombre me comprendo y mido
mi altura por su altura y reconozco
su sangre por mis venas y le entrego
mi vaso de esperanza, y le bendigo,
y junto a él me pongo y le acompaño.

 

 


 

Otoño

 

¿CÓMO decir los oros delicados,
los suavísimos verdes,
los nacarados grises,
los cobres matizados y calientes?...

Iban mis pasos por el lomo blando
de la alameda, casi acariciantes,
y vi a mi alma desprendida y sola
errando dulcemente entre los árboles…

 

 


 

El grito inútil

 

¿Q vale una mujer? ¿Para qué sirve
una mujer viviendo en puro grito?
¿Qué puede una mujer en la riada
donde naufragan tantos superhombres
y van desmoronándose las frentes
alzadas como diques orgullosos
cuando las aguas discurrían lentas?

¿Qué puedo yo con estos pies de arcilla
rodando las provincias del pecado,
trepando por las dunas, resbalándome
por todos los problemas sin remedio?

¿Qué puedo yo, menesterosa, incrédula,
con sólo esta canción, esta porfía
limando y escociéndome la boca?

¿Qué puedo yo perdida en el silencio
de Dios, desconectada de los hombres,
preñada ya tan sólo de mi muerte,
en una espera lánguida y difícil,
edificando, terca, mis poemas
con argamasa de salitre y llanto?

Volvedme a aquel descuido, a aquel sosiego
en que era dable andar por los caminos
pastoreando ensueños como ovejas.
Volvedme al ruiseñor de aquel boscaje,
al vuelo de aquel cisne por el lago
bajo la planta azul de aquella luna.

Volvedme a la andadura mesurada
al trópico dulcísimo y sedante
de un verso con timón y cortesía
donde cantar cómo los bucles de oro
son cómplices del pájaro y la rosa,
porque eso, al fin, a nada compromete
y siempre suena bien y hace bonito.

Pero es vano, amigos, nos cortaron
la retirada hacia seguras bases.
Están rotos los puentes,
los caminos confusos,
los túneles cegados. No sabemos
de cierto si avanzamos o si huimos
dejando por detrás tierra quemada.

Y yo pregunto, vadeando a solas
un río de aguas turbias y crueles,
¿qué puede una mujer, para qué sirve
una mujer gritando entre los muertos?

 

 


 

Seguir

 

MUCHOS por ti mataron, tierra mía.
Hicieron de sus huesos plomo airado
y mataron por ti.
Convirtieron
su dulce corazón en fiera lanza
y mataron por ti.
Ardieron
de amor y de furor hasta los ojos,
y mataron por ti.

De mis huesos
hice yo un árbol nuevo y atrevido
y lo planté en tu pecho
junto al árbol quemado.
Prensé mi corazón
y procuré una copa
de sangre nueva y pura
a tus mermadas venas;
y añadí
un hombre sin pasado
a los sagrados nombres de tus hijos.

Muchos por ti murieron, tierra mía;
muchos murieron derramados
sobre tus campos pobres
como simiente sin futuro.
Se olvidaron
del beso y de la cuna,
de la vid y del trigo.
Se ofrecieron
desnudos e impasibles
a la oscura galerna
y murieron por ti.

Yo he seguido viviendo:
Sobre tu arcilla triste,
bajo tu cielo duro,
he seguido viviendo.
Trasegando
tu vinagre y tu vino,
tu sudor y tu llanto,
he seguido viviendo.

Respirando
tus infectas letrinas,
descubriendo
tu secreto perfume,
he seguido viviendo.

En ti, por ti, contigo; amordazada,
clavada, paralítica, vendida;
sufriéndote, perdiéndote, ganándote;
muriéndome, muriéndote, adorándote,
yo he seguido,
he seguido,
he seguido
viviendo.

 

 


 

Insomnio

 

LA noche es una pobre bestia oscura
herida a latigazos por el viento...
Mis ojos desvelados
navegan en lo negro.
Mi corazón naufraga
entre el ansia y el miedo...

Y adentro, copo a copo,
se va tejiendo el verso.

 

 


 

Pereza

 

NO hacer, no hacer... La exacta belleza de las cosas
sea para tus ojos... No le llegues tus manos.
Déjalas quietas, quietas... Que en sus palmas ociosas
aniden los ensueños como invisibles pájaros.

 

 


 

 

La cárcel

 

NACÍ en la cárcel, hijos. Soy un preso de siempre.
Mi padre ya fue un preso. Y el padre de mi padre.
Y mi madre alumbraba, uno tras otro, presos,
como una perra perros. Es la ley, según dicen.

Un día me vi libre. Con mis ojos anclados
en el mágico asombro de las cosas cercanas,
no veía los muros ni las largas cadenas
que a través de los siglos me alcanzaban la carne.

Mis pies iban ligeros. Pisaban hierba verde.
Y era un tonto y reía
porque en los duros bancos de la escuela
podía pellizcar a los vecinos,
jugar a cara o cruz y cazar moscas,
mientras cuatro por siete eran veintiocho
y era Madrid la capital de España
y Cristo vino al mundo por salvarnos.

Sí. Entonces me vi libre. Las manos me crecían
inocentes y tiernas como pan recién hecho,
pues no sabían nada del hierro y la madera
soldados a sus palmas
cuando el sudor profuso
igual que un vino aguado
apenas nos ablanda la fatiga.

Hoy los muros me crecen más altos que la frente,
más altos que el deseo, más altos que el empuje
del corazón. Arrastro
unas secas raíces que me enredan las piernas
cuando voy, como un péndulo de trayecto inmutable,
desde el sueño al cansancio, del cansancio hasta el sueño.

SOY un preso de siempre para siempre. Es el orden.

 

 

 


 

Cortad el árbol

 

CORTAD el árbol… ¡cortadlo!
Es demasiado bello:
no me deja cantarlo.

Cuando ya no haya árboles,
yo brotaré una selva, un bosque nuevo,
vivo en el solo ardor de mi palabra;
con la raíz mojándose en mi centro,
y, al aire, entre sus ramas, hojas, tallos,
estremecidas alas de mis versos.

 

 


 

Añoranza

 

COMO encallada en áspero cemento,
alta, se asoma a mi terraza al río
de la ciudad. Naufragan en neblinas
oros y rosas del atardecido.

Paz de la hora, golpeada y rota
por los estruendos y los gritos.
Mientras se van prendiendo en las ventanas
estrellas diminutas y sin brillo...

(¡Álamos dulces del lejano Duero!
¡Agujas afiladas de los pinos
tejiéndome los ocios del verano!
¡Cielo perfecto y limpio!...)

 

 


 

Calor

 

ARDEN los pinos con jadeos acres
El cielo baja, por beber, al río.
No hay pájaros. Tenaces, las chicharras
arrullan el sopor con su chirrido.

Una ceñida argolla incandescente
me asfixia los sentidos.

 

 


 

Nostalgia

 

TENDIDA, los dedos tibios
del sol me cierran los párpados.

Mi cuerpo, fresco del río,
quieto, se me va llenando
de una mullida pereza...

Con un murmullo apagado,
el río pasa y suspira...

¿Por qué, de pronto, el canto
del ronco mar de mi infancia…?

¡Verde y perdido Cantábrico!

 

 


 

Creo en el hombre

 

PORQUE nací y parí con sangre y llanto;
porque de sangre y llanto soy y somos,
porque entre sangre y llanto canto y canta,
creo en el hombre.

Porque camina erguido por la tierra
llevando un cielo cruel sobre la frente
y el plomo del pecado en las rodillas,
creo en el hombre.

Porque ara y siembra sin comer el fruto
y forja el hierro con el hambre al lado
y bebe un vino que el sudor fermenta,
creo en el hombre.

Porque se ríe a diario entre los lobos
y abre ventanas para ver los pinos
y cruza el fuego y pisa los glaciares,
creo en el hombre.

Porque se arroja al agua más profunda
para extraer un náufrago, una perla,
un sueño, una verdad, un pez dorado,
creo en el hombre.

Porque sus manos torpes y mortales
saben acariciar una mejilla,
tocar el violín, mover la pluma,
coger un pajarillo sin que muera,
creo en el hombre.

Porque apoyó sus alas en el viento,
porque estampó en la luna su mensaje
porque gobierna el número y el átomo,
creo en el hombre.

Porque conserva un cajón secreto
una ramita, un rizo, una peonza
y un corazón de dulce sus letras,
creo en el hombre.

Porque se acuesta y duerme bajo el rayo
y ama y engendra al borde de la muerte
y alza a su hijo sobre los escombros
y cada noche espera que amanezca,
creo en el hombre.

 

 


 

Nadie sabe

 

ABRE tus ojos anchos al asombro
cada mañana nueva y acompasa
en místico silencio tu latido
porque un día comienza su voluta
y nadie sabe nada de los días
que se nos van y luego se deshacen
en polvo y sombra. Nadie sabe nada.

Pisa la tierra, vierte la simiente,
coge la flor y el fruto: sin palabras,
pues nadie sabe nada de la tierra
muda y fecunda que, en silencio, brota,
y nadie sabe nada de las flores
ni de los frutos ebrios de dulzura.

Mira la llamarada de los árboles,
bebiéndose lo azul: contempla, toca
la piedra inmóvil de alma intraducible
y el agua sin contornos que camina
por sus trazados cauces, ignorándolos.
Sueña sobre ellos. Sueña. Sin decirlo.
Pues nadie sabe nada de los árboles
ni de la piedra ni del agua en fuga.

Mira las aves altas, desprendidas,
limando el sol al golpe de sus alas;
toma del aire el trino y el gorjeo,
pero no quieras traducir su ritmo,
pues nadie sabe nada de los pájaros.

Mira la estrella, vuela hacia su altura,
toma su luz y enciéndete la frente,
pero no inquieras su remoto arcano
pues nadie sabe nada de la estrella.

Besa los labios y los ojos; goza
la carne del amante sazonada
secretamente para ti; acomete
con decisión humilde la tarea
del imperioso instinto: crece en ramas
mas nada digas del tremendo rito
pues nadie sabe nada de los besos,
ni del amor ni del placer, ni entiende
la ruda sacudida que nos pone
al hijo concluido entre los brazos.

Clama sin grito, llora sin estruendo
pues nadie sabe nada de las lágrimas.

Vete a hurtadillas. Con discreto paso.
Traspasa quedamente la frontera.
Pues nadie sabe nada de la muerte.

 

 


 

Vencida por el Ángel

 

YO cerraba los ojos; yo apretaba los puños;
yo blindaba mi pecho con metales helados;
yo sorbía a raudales la alegría y el fuego
para escapar, bravía, al acoso del Ángel.

El Ángel era suave, silencioso y terrible.
Llevaba una ancha copa de licores amargos,
y en su pálida frente se leía imborrable
la palabra tremenda.

He luchado con él. He luchado: he reído
sobre todas las flores de los mayos ingenuos;
cabalgando las nubes; fabricándome estrellas;
derramando canciones.

Me he apoyado en mis huesos; me he afirmado en mi
sangre
He caído en la sima de los besos sin límite.
He crujido en el trance de los duros abrazos.
He gritado el triunfo de mi carne aumentada
en la carne del hijo.

Me he proclamado limpia contra el asco y la ruina.
Me he declarado libre contra el tedio y la duda.
Me he creído excluida, separada, intocable.

Pero el Ángel llegaba. A pesar de mis puños,
de mis ojos cerrados, de mis labios tenaces,
con su vuelo impasible, con su copa colmada,
me ha tocado; me ha roto la coraza soberbia;
me ha deshecho los muros; me ha cortado la huida.

Sin espada, sin ruido, me ha vencido. En la entraña
me ha dejado clavada la raíz de la angustia
y ya siento en mi alma el dolor de los mundos.

 

 


 

Toco la tierra

 

TOCO la tierra. Toco
la tierra: palpo, siento
su centro visceral; busco el origen
el núcleo; la raíz de la cadena.

Toco la tierra. Miro: cuerpos, rostros,
frentes de piedra, corazones
como carbones encendidos.
Manos abiertas como rayos;
puños cerrados como balas;
curvas espaldas de labriegos;
torsos batidos como yunques;
brazos de roble incorruptibles;
piernas de acero verticales
apisonando los guijarros.

Toco la tierra. Ahondo: descubro los cabellos
de los adolescentes y las tiernas muchachas
que crecen a escondidas moviendo las arenas.

Toco la tierra: dientes
de niño, pies de niño,
ojos de niño desgranados.

Toco la tierra: vientres
robados de las madres que yacen entreabiertos
como vacías conchas.

Toco la tierra. Escucho: son labios, son gargantas,
son lenguas; oigo voces,
palabras, besos, gritos, antiguas contraseñas.

Toco la tierra. Espero con voluntad paciente,
el brote incontenible de lo que está escondido.
El lento levantarse
de la segura, auténtica cosecha.

 

 


 

En tierra escribo

 

SI, por amar la tierra, pierdo el cielo,
si no logro completa mi estatura
ni pongo el corazón a más altura
por no perder contacto con el suelo;

si no dejo a mis alas tomar vuelo
para escalar mi pozo de amargura
y olvido el resplandor de la hermosura
para vestir el luto de mi duelo,

es porque soy de tierra: en tierra escribo
y al hombre-tierra canto, que, cautivo
de su vivir-morir, se pudre y quema.

Mi reino es de este mundo. Mi poesía
toca la tierra y tierra será un día.
No importa. Cada loco con su tema.

 

 


 

Río y orilla

 

EL Duero pasa y se lleva
trozos del cielo de agosto
como jirones de seda...

¿En dónde está la verdad?
¿En el río
huidizo,
siempre movible y distinto?
¿En la orilla
que lo mira,
siempre quieta y la misma?...

¿En dónde está la verdad?
¿En la tierra
que se queda,
o en el agua
que se va?

Alamillos plateados
de la ribera del Duero
ya, fijos, en mi recuerdo.

 

 


 

La sangre

 

YO me siento la sangre. ¿No la sentís vosotros?
Sangre de la mujer, cáliz abierto.

Yo me siento la sangre. Ella me nutre.
Me llena, me dibuja, me sostiene.

Callada sinfonía de mis pulsos.
Verso rimado en rojo por mis venas.
Vuelo encerrado en íntimas volutas.
Río escondido de infinitas ramas
fertilizando mi sensible barro.

Yo la siento correr. Flujo y reflujo
bate las hondas playas de mi pecho,
sube por mi garganta estremecida,
moja mis labios con sabor espeso
de miel caliente. Grita
y enciende la codicia de mis ojos.

Mi sangre, zumo denso circulando
por todos mis poemas. Limpia savia
irguiéndose en la regia primavera
del hijo conseguido.

Amo mi sangre. Cuando yo me muera
no la dejéis cuajarse como hielo
hecho con agua sucia.
No la dejéis secarse en polvo oscuro.
Descomponerse en jugos malolientes.
Cuando yo muera, abridme, desatadme
las frágiles esclusas de las venas.
Verted mi sangre toda. Derramadla—.
Absórbala la tierra como suya
y el agua deslizante de algún río
unte con ella el lomo de sus peces.

 

 


 

Niño-dios

 

Villancico para cantar
cualquier día del año.


TENEMOS que ir a verle.
Él es un niño-dios.

Nació en la casa apuntalada.
(No es Navidad en las iglesias.)
Él es un niño-dios.

Su padre gana poco y bebe mucho.
(Las varas no florecen en su mano.)
Él es un niño-dios.

Su madre va por las esquinas.
(Jamás ha visto ningún ángel.)
Él es un niño-dios.

No tiene cuna ni pesebre,
ni hay buey ni mula. (Sólo un gato.)
Él es un niño-dios.

No irán pastores a adorarle.
No habrá presente de los Magos.
(Falta la estrella que los guíe.)
Él es un niño-dios.

Hay mil herodes que lo acechan,
no hay un Egipto que lo acoja.
La cruz le espera a cada paso.
Él es un niño-dios.

Nació en la casa apuntalada,
es feo, triste y malpocado.
Pero tenemos que ir a verle;
besar sus pies desnudos
(acaso nos perdone nuestras culpas),
porque es un niño-dios.

 

 


 

Aunque la mies más alta dure un día

 

HE de morir y a muerte me preparo
dando, a tan poco tiempo, tanta vida
que he de ganar de fijo la partida
y ha de lograr diana mi disparo.

Mujer de carne y verso me declaro,
pozo de amor y boca dolorida,
pero he de hacer un trueno de mi herida
que suene aquí y ahora, fuerte y claro.

Aquí y ahora estoy. Voy con aquellos
que siembran gozo y pan en la mañana
aunque la mies más alta dure un día.

Los hombres lloran: lloraré con ellos;
seré su voz, la luz en su ventana.
Después, no sé. La muerte ya no es mía.

 

 


 

Tres sonetos a la tierra

 

CON llanto y hiel y cólera en las venas
con un puñal clavado entre los ojos,
contemplo, tierra, mía, tus rastrojos
y el largo repertorio de tus penas.

En la desnuda sed de tus arenas
van a morir tus ríos, turbios, rojos,
mientras se van pudriendo los despojos
de tanto fruto madurado apenas,

de tanto trigo en flor, tanto retoño.
Un ciego, cruel, anticipado otoño
te desecó y taló de tal manera

que están, a puro cierzo y puro frío,
tu pecho helado, tu zurrón vacío,
y no hay una señal de primavera.

 

ESTA cansada tierra encallecida
por tanta cal de triturado hueso
hay que ablandarla a golpe, llanto y beso,
hasta romper la costra de su herida.

Hay que sacar al sol, dar pulso y vida
al viejo corazón que aún sigue ileso
en su llagada entraña, mudo y preso
en plomo vil y voluntad vencida.

Venid, hermanos, nuestra tierra muere
de sed y soledad y sólo quiere
el tacto y el sudor de vuestras manos;

arados nuevos, lluvia verdadera,
un atrevido sol de primavera
y una semilla libre de gusanos.

CON furia y con tesón, con uña y diente,
ahondemos en la tierra calcinada
que aún la raíz no ha sido aniquilada
ni se quemó del todo la simiente.

Si está la Madre de la cruz pendiente,
la quiero descendida y no enterrada.
Parad el llanto. Empiece la jornada
del paso firme y el mirar de frente.

Alzad España cara a su destino.
Si el bosque se cerró, se abre camino;
si no sirve el ayer, se hace futuro.

Dejad las ruinas solas con la hiedra.
Aún queda en nuestra patria mucha piedra
que es el mejor cimiento y más seguro.