Nota introductoria

 

Ángela Figuera Aymerich es la más terrenal de nuestras ángelas. Lo más presente de su canto terrenal es el árbol. Pero como sucede siempre con los árboles, entre más hondas y fuertes son sus raíces, con mayor decisión se eleva hacia el cielo destacándose entre todos por su belleza y vigor. Ángela se interesa por lo concerniente al hombre, y rechaza todo lo que es perfecto, como los lirios y los ángeles. Asume la imperfección del ser humano, y hace de esa imperfección una obra de arte diferente, perdurable, fuerte. ¡Qué valor el de Ángela al usar un lenguaje llano, cuando en España estaban tan de moda los juegos y las lujuriosas metáforas de un García Lorca, de un Vicente Aleixandre, de un Rafael Alberti...!

Gran parte de la poesía de la Figuera se dirige a las situaciones, situaciones medularmente vitales como un nacimiento, una fiesta ritual... una derrota, una victoria, un entierro. Pero ella extrae lo esencial de esa situación, elevándola a la categoría de eterna.

Ángela Figuera, nacida entre mar y montaña, tendrá siempre el conflicto entre la tierra, que representa estabilidad, y el agua que simboliza el misterio, lo huidizo, lo inefable, contra lo visual concreto, germinante y palpable de la tierra, pero siempre en ella, al fin mujer, al fin poeta, predomina esa multiplicidad del siglo veinte, que conduce a los poetas a otra meta distinta de la que ellas inicialmente se trazaron.

Ángela nació en Bilbao en 1902, y vive aún después de haber defendido valientemente su posición de libre-pensadora en una España fascista,* en donde sufrió toda clase de agresiones personales, como la del saqueo de su biblioteca privada, y el allanamiento de su casa en diversas ocasiones. Por algo el poeta León Felipe, que en uno de sus versos condenó a España a quedarse muda, se desdijo posteriormente declarando que España no se había quedado muda, puesto que, la voz más importante, la de Ángela Figuera Aymerich, se quedaba dentro para hacer frente a toda clase de situaciones adversas.

Y en efecto, así es la poesía de la Figuera, de frente y hacia el sol, de cara al cielo y contra el cielo, en su lucha contra el ángel, vencida por el ángel, pero a pesar de todo, victoriosa como ser humano. No cantó como sus predecesoras, a la luna y al misterio. Ella canta lo que puede vivir, sin implorar la vida, sino reconociendo que "somos vida".

En la Figuera se siente la tribulación de España a lo largo de cuarenta años; ésta a la que ella hizo frente desde cualquier punto de vista, en todas las circunstancias en que la vida misma reclamara su presencia.

En su "Salve a España", se advierte esa voz desgarrada, que, sin mayor intención tendenciosa, es abiertamente social, de la misma manera que, sin deseos de hacer de su poesía un canto personal, resulta personalísima. Con ella se cumple la creencia árabe, que afirmaba que por su obra práctica se podían deducir el rostro y las facciones del autor.

Ángela, al ser tan personal, se identifica con esa clase obrera a quien la mayoría denomina masa anónima, y que es la esencia misma de un hombre que ante lo desconocido se declara incapaz de desentrañar todos los misterios. En su poema titulado "Nadie sabe", se advierte esa posición del poeta que se remonta sin querer, que se eleva más allá de todo, cuando su deseo era quedarse a explorar el más acá, la carne del recién nacido y el amante devoto.

No hay situación, oficio, paisaje o personaje típico que la Figuera haya dejado de cantar; el carpintero, el hijo de aquel que padece en la cárcel, todos hablan en la voz poética de Ángela. Cuando la Figuera es clásica, su clasicismo es perfectamente popular. En el soneto su rima es fácil, sin embargo con todo el vigor que requiere un poema para ser perdurable. Su poesía, desnuda de todo adorno, la hubiera deseado León Felipe, cuando quiso deshacer el verso y quitar los caireles de la rima. Pues Ángela recurre a la rima sin que ésta se interponga con la naturalidad, sin que merme ni por un momento la desnudez de la idea. Pero no por eso es su poesía conceptual, no. Sus ideas son como brotes de la rama de un árbol, ideas espontáneas, que más que conceptos, son sentimientos comunes a la totalidad del género humano.

Aunque no supiéramos por sus biógrafos que Ángela Figuera sufrió la revolución y los abusos del fascismo, por su poesía podríamos enterarnos de la protesta del prisionero, del hijo que se queja porque su padre ha vivido siempre en presidio, y del niño que nació en un barrio pobre, sin que nadie esperara su nacimiento y que sin embargo es tan valioso, como el proclamado niño Dios. Poco alude a su persona. Cuando mucho lo hace al cantar a su hijo o a su esposo, pero, aunque no deliberadamente, su vida está impresa en el árbol que menciona o en el río al que alude. Su amado Río Duero, su Soria querida, todos en su poesía se tornan más humanos que la misma humanidad, puesto que Ángela los contrapone constantemente en la lucha con la estrella, contra el cielo, y los elementos terrestres salen siempre ganando. Le pide a Dios perdón por inclinarse solamente al hombre y ante todo lo que emana del ser humano.

Sin embargo, la voz vigorosa de Ángela nos hace pensar que, por más terrestre que pretenda ser un poeta, no deja de desprenderse de su cuerpo desdoblándose al espacio infinito. Es así como cuando con mayor arrobamiento contempla los árboles del otoño, en su poema titulado "Otoño", se eleva sin querer... "Iban mis pasos por el lomo blando/ de la alameda, casi acariciantes,/ y vi a mi alma desprendida y sola/ errando dulcemente entre los árboles..."

La poesía de esta gran ángela del siglo veinte es un aviso en alta voz, es una proclama de que la mujer, la poetisa, puede ser tan fuerte como el grito del poeta. Nada de intimidades a la luz de la luna, todo al sol y de frente, con acento duro y definitivo. Su poesía, con intención de ser llana, es sin embargo profunda, honda, arraigada e integrada a su paisaje español, a su sol español. En su poema "Nostalgia" descubrimos esa saturación solar de sus versos. Ángela nace y vibra con el sol.

"Tendida, los dedos tibios/ del sol me cierran los párpados."

En el prólogo que hace Carlos Álvarez a su nueva edición de Belleza Cruel señala que le debemos llamar poeta y no poetisa. Creo que no hay que menospreciar el término "poetisa" sobre todo tratándose de esta gran artista de la palabra, que es como una madre universal. Que Ángela sea una voz robusta, vibrante, no significa que escriba como mujer. En su canto está presente la tierra como generadora femenina, la vida como energía femenina; es de las pocas escritoras en donde se advierte que la experiencia vital ha dejado algo en su obra. Ángela Figuera vive en Madrid, en compañía de su esposo Julio. Hace diez años visitó nuestro país. Estuvo en la ciudad de México y en Monterrey, Nuevo León, hablando de su poesía, de la labor del escritor y de sus opiniones del arte en general. Pensamos que su obra será digna de estudio no sólo por razones literarias, sino por su lucha valiente en los años de la España fascista.

 
 

Carmen Alardín


* Murió en Madrid en 1984.