Nota introductoria

 

Debo confesar mi desaliento frente al hecho de tener que escribir una "nota" que acompañe a estas "traiciones" necesarias, puesto que la obra poética de Pasolini es punto menos que desconocida en lengua española. Dicho desaliento tiene mucho que ver con el poco espacio disponible y, en igual medida, con mi declarada incapacidad para abordar críticamente una obra tan varia como lo es la del poeta boloñés.

Pero estoy convencido de que estamos hablando de una figura en la que desemboca, con todo su peso, la tradición viva de la cultura italiana y los turbulentos años de la segunda posguerra, asumidos por Pasolini con enconada pasión: es el último gran renacentista enclavado en el centro mismo del siglo XX italiano.

Y el poeta civil más importante de su país en lo que va del siglo, en cuya obra madura predominan los tensos conflictos ético-sociales; los intereses filológicos, que lo llevan al estudio profundo de las formas populares y dialectales; el análisis de los instrumentos de la crítica estilística y la relación de ésta entre sociedad y literatura, considerando los fenómenos plurilingüísticos de la Península y la consecuente exclusión de dichas formas en la cultura oficial. Como en toda su obra narrativa, su poesía combina la lengua y el dialecto, intentando con ello documentar el momento histórico y la realidad del mundo violento de los arrabales romanos, de los suburbios miserables donde él mismo vivió durante los primeros años de su estadía romana, narrados en El llanto de la excavadora y en muchos otros poemas autobiográficos.

Como novelista, poeta, ensayista, filólogo, director cinematográfico, comunista militante e impugnador extraparlamentario, Pasolini fue —y sigue siendo—, el centro de encarnizadas polémicas durante dos décadas de vida italiana. En todas sus actividades marcó las huellas frescas y profundas de su "desesperada vitalidad", de su "pasión e ideología", de su lucidez crítica y de su lucha a favor de quien está social, sexual y culturalmente "excluido" por el odio de la "cómoda normalidad".

Su lucidez y honestidad intelectuales —aplicadas en artículos y ensayos críticos en que denunciaba los errores involuntarios o deliberados tanto de "izquierdas" como de "derechas"—, fueron ampliando el vacío a su alrededor en los últimos años de su vida, en una soledad ("que yo mismo elegí, como un rey") mitigada por la solidaridad de unos cuantos amigos que continuaron siéndole fieles. Pero su soledad no evitó el incesante acoso de la "justicia" ni la serie interminable de "procesos". La persecución no ha terminado, aunque la madrugada del 2 de noviembre de 1975 —fecha en que fue asesinado— parezca indicar lo contrario.

He aquí dos de los innumerables testimonios referentes a la persecución y a los "procesos":

"Es increíble que los italianos hayan reaccionado tan mal frente a un trauma histórico. En pocos años se han convertido (sobre todo en el centro y en el sur) en un pueblo degenerado, ridículo, monstruoso, criminal. Basta con salir a la calle para entenderlo. Pero, naturalmente, es necesario amar a la gente para entender sus cambios. Desgraciadamente, yo he amado demasiado a la gente italiana, por encima de los esquemas del poder como por encima de los esquemas populistas y humanitarios. Se trataba de un amor real, arraigado en mi modo de ser. He visto, pues, "con todos mis sentidos", la coacción en el comportamiento del poder consumista, cómo recrea y deforma la conciencia del pueblo italiano hasta llevarlo a una degradación irreversible."1

"…Después de escuchar la condena, Pier Paolo volvió a su casa en aquella mañana de marzo de 1963. Sol caliente, de primavera."

Al conocer la condena, Sussana (la madre de Pasolini) tuvo una crisis de llanto, un desvanecimiento. Fue una crisis alarmante. Pier Paolo quedó trastornado. Buscó a Moravia y le pidió que lo alcanzara en su casa. Luego, logró encontrar el número telefónico de Di Gennaro (el fiscal): lo llamó. Gritando lo responsabilizó de la crisis de su madre.

Ésa fue la única vez que Pier Paolo tuvo una reacción frente a una condena: el llanto, la postración física de Sussana lo ensombrecieron. A ella dedicó este poema:

 

 

Eres insustituible. Por esto fue condenada
a la soledad la vida que me has dado.
 

Y no quiero estar solo. Tengo un hambre infinita
de amor, del amor de los cuerpos sin alma.
 

Porque el alma está en ti, eres tú, pero tú
eres mi madre y tu amor es mi esclavitud:
 

ha pasado la infancia esclavo de este alto
sentido, irremediable, de este inmenso empeño.
 

Era el único modo para sentir la vida,
el único color, la única forma: se acabó.
 

Sobrevivimos, y es la confusión
de una vida que renace fuera de la razón.
 

Te lo ruego, ah, te lo ruego: no quieras morir.
Estoy aquí, a solas contigo, en un futuro abril…2

 



1Escritos corsarios, p. 64.

2Enzo Siciliano, Vida de Pasolini, editorial Rizzoli, Milán, noviembre de 1978. El poema forma parte de Las cenizas de Gramsci.