La gran hazaña

 

Informe viaje, Hernando de Magallanes, y el trueno
      de la sal
hacia el patíbulo marino, en las islas, blasfemas
con un relámpago en la boca,
desde la pluma insomne del petrel
hasta el roído hueso espumoso de la muerte,
la ácida singladura en medio de los tentáculos,
                               y ese rasguido del cielo,
ese cascabel de locura de fondo de ataúd de ventisquero
          y astros destartalados
en el ronquido de la foca, el errante
graznar del demonio en una tierra helada
                                que chupa sangre.
                             ¿Y qué dice al respecto Pigafetta?
¿Y quién de los aterrados tripulantes no lo oyó
y lamió los tablones de la nave y rezó a gritos a cada
        golpe de ola, hambriento,
en las semanas de cuero seco y furia,
en ese mar envenenado...?
                          Sin embargo,
él avanzó hasta el fin de sus venas, vio dioses,
atravesado de un lanzazo,
y el golpe de su corazón abrió un sepulcro en la marea,
pero cruzó la puerta virgen,
                     halló el paso increíble,
deslumbrante de adversidad,
y esos descomunales aborígenes bailando sobre su alma.
                ¿Y quién, después, qué otro,
más ávido aún en su codicia desolada,
enamorado bufón con un maldito empleo,
en las sentinas de una ciudad, emigrando
con la mirada fija y la sangre volátil
hacia el cálido hechizo de otro cuerpo en la pasión de
    las antípodas,
con mudas súplicas, tras una agotadora caricia,
encontró nunca el paso de un corazón a otro,
                                    de un abismo a otro abismo...