Gonzalo Rojas
Antología Breve



Selección y nota
introductoria
de Hernán Lavín
Cerda



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Nota introductoria

 

Siempre le oí decir a Gonzalo Rojas (Lebu, Sur de Chile, 1917): "Soy un animal rítmico". Nos conocimos en el invierno de 1965, durante el Primer Encuentro de Poesía Joven de Chile, que se celebró en la Universidad Austral de Valdivia. Allí, junto al abismo del inmenso río, nació nuestra amistad. Nos volvimos a ver en Concepción —hablamos mucho de tres obras poéticas: Dador, Salamandra, y Escritura de Raimundo Contreras— y luego en Santiago, en mi casa verde de Asunción 221, muy cerca del Cerro San Cristóbal. Cuando lo conocí, recién se había publicado su segundo libro, Contra la muerte (1964) en la Editorial Universitaria. El comentario fue unánime: una vez más Gonzalo Rojas en medio del relámpago; visión órfica y arrebato suntuoso. La certidumbre de que "el mundo sale volando desde el huevo de la muerte". Habían transcurrido dieciséis años desde la publicación de La miseria del hombre (Valparaíso, 1948), su primer cataclismo sonoro, erótico, ontológico, libérrimo. Quiero recordar que Gabriela Mistral, después de leer esta obra, le escribe a Gonzalo y le dice: "Su libro me ha tomado mucho, me ha removido, y a cada paso, admirado, y a trechos me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito. Déme algún tiempo para masticar esta materia preciosa. Usted sabe, Rojas, que yo no sirvo para hacer crítica... Lo que sé, a veces, es recibir el relámpago violento de la creación efectiva, de lo genuino, y eso lo he experimentado con su precioso libro."

Para Gonzalo Rojas, el lenguaje es una partitura: escribir es un proceso —despliegue de pulsiones, fintas, balbuceos corpusculares— que siempre surge de lo sonoro. Escribimos en "lo abierto de lo sonoro", dice el poeta. Los mitos adquieren su presencia en el ininterrumpido ritual de la escritura: todo parte del ritmo y vuelve al ritmo. El fin del poema no es más que la suspensión temporal del mito. Hasta que nuevamente aparece el ritmo convertido en Logos y, entonces, el poema —ese cuerpo de la fiesta— se extiende y va cambiando de título y también cambian los títulos de los libros que nunca dejarán de ser el mismo poema, y el mismo y único libro.

A raíz de la edición de Oscuro (Monte Ávila, Caracas, 1977), Gonzalo Rojas le dice a Tomás Eloy Martínez, en el curso de una entrevista publicada en el suplemento cultural Papel Literario (27 de febrero de 1977) de Venezuela: "Echada así la suerte, corto el vuelo en distintas direcciones y pienso que estoy en muchas partes al mismo tiempo. Ello no impide que cada texto juegue su juego libremente, de lo fónico a lo semántico, en un proceso rítmico vertebrante, como la circulación de la sangre o de la savia... Así escribo. Cada poema nace en mí como un zumbido, en cualquier sitio, en cualquier instante. Un zumbido, sin embargo, que no se asemeja al de ninguna abeja en la tierra. Usted advirtió, acaso, con cuánta frecuencia hablo de William Blake, ese animal libidinoso y siniestro que se entendía con los ángeles. Pienso en él cuando voy por la calle y oigo infinitos arcos de música que se me amarran a la oreja. Y como no conozco la notación musical, trazo una línea que puede ser tensa o distensa, y que representa el ritmo del poema: lo que será, o es ya, el poema. Así, lo llevo de la oreja al papel; una línea escrita en una libreta. Cierta vez, recuerdo, vi morir a una mariposa. La ceremonia funeraria se apoderó de mí. Llegué a mi habitación y anoté esta frase: 'Sucio fue el día de la mariposa muerta'. Pasaron tres, acaso cuatro meses, y sólo entonces el poema apareció en mi mano, otras líneas siguieron el curso de aquella música primera: 'Acerquémonos/ a besar la hermosura reventada y sagrada de sus pétalos/ que iban volando libres, y esto es decirlo todo, cuando/ sopló la Arruga, y nada/ sino ese precipicio que de golpe,/ y únicamente nada'… La poesía se me da en la órbita de lo sagrado y en una respiración ritual que para mí es el fundamento del ritmo; esa abeja tenaz a la que hoy hemos convocado tantas veces. ¿Homo religiosas en el sentido de religare? Sí, y homo ludens también, y homo faber, y homo politicus. Aunque bastante menos homo sapiens. Todo puede llegar a ser uno. Eso me lo dijo siempre la poesía."

El amor, el exilio, las muertes, el vaivén de los sumergidos, los errabundos, los sonámbulos, los resurrectos: la fiereza y suavidad del relámpago —"también escribo para los muertos todavía sin sepultura"— en el útero universal, y ese mismo útero en el interior del Gran Relámpago. Eso, y mucho más, es para mí la poesía de Gonzalo Rojas, poeta de arrebato suntuoso que surge y resurge con las furias del primer minuto, umbilicalmente atado a una cosmogonía mayor: la de no saber a qué vinimos. Poesía intensa y fragmentaria, en medio de los cortes de una respiración igualmente fragmentaria: espasmo del ser y abismo por donde es posible tocar el infinito. Poesía de un rey ciego y vidente. El corazón en llamas: acorde de una sinfonía cuyo ritmo es la perpetua respiración del caracol. Círculo y círculo: "Por eso veo claro que Dios es cosa inútil, como el furor de las ideas que vagan en el aire haciendo un remolino de nacimientos, muertes, bodas y funerales, revoluciones, guerras, iglesias, dictadura, infierno, esclavitud, felicidad; y todo expresado en su música y su signo".

Esta Antología breve —en la huella de Oscuro— no sigue un orden cronológico. Se trata de una muestra vieja y nueva al mismo tiempo. Ella se nutre de tres obras, además de algunos textos no recogidos en un libro: La miseria del hombre; Contra la muerte; y Oscuro. Nada de esto circula en México, y la Universidad Nacional, a través de su colección Material de Lectura, cubre hoy ese vacío y nos permite conocer, de un modo sinóptico, la producción poética de una de las voces fundamentales dentro de la poesía Latinoamericana.

 

 

 

Hernán Lavín Cerda


Numinoso


1

Al mundo lo nombramos en un ejercicio de diamante,
uva a uva de su racimo, lo besamos
soplando el número del origen,
no hay azar
sino navegación y número, carácter
y número, red en el abismo de las cosas
y número.

 

2

Vamos sonámbulos
en el oficio ciego, cautelosos y silenciosos, no brilla
el orgullo en estas cuerdas, no cantamos, no
somos augures de nada, no abrimos
las vísceras de las aves para decir la suerte de nadie, recio
sería que lloráramos.

 

3

Míseros los errantes, eso son nuestras sílabas: tiempo, no
encanto, no repetición
por la repetición, que gira y gira
sobre
sus espejos, no
la elegancia de la niebla, no el suicidio:
tiempo,
paciencia de estrella, tiempo y más tiempo.
No
somos de aquí pero lo somos;
Aire y Tiempo
dicen santo, santo, santo.

 


Papiro mortuorio

 

Que no pasen por nada los parientes, párenlos
con sus crisantemos y sus lágrimas
y aquellos acordeones para la fiesta
del incienso; nadie
es el juego sino uno, este mismo uno
que anduvimos tanto por error: nadie
sino el uno que yace aquí, este mismo uno.

Cuesta volver a lo líquido del pensamiento
original, desnudarnos como cantando
de la airosa piel que fuimos con hueso y todo desde
lo alto del cráneo al último
de nuestros pasos, tamaña especie
pavorosa y eso que algo
aprendimos de las piedras por el atajo
del callamiento.

A bajar, entonces, áspera mía ánima, con la dignidad
de ellas, a lo gozoso
del fruto que se cierra en la turquesa de otra luz
para entrar al fundamento, a sudar
más allá del sudario la sangre fresca del que duerme
por mí como si yo no fuere ése,
porque no hay juego sino uno y éste es el uno:
el que se cierra ahí, pálidos los pétalos
de la germinación y el agua suena al fondo
ciega y ciega llamándonos.

Fuera con lo fúnebre; liturgia
parca para este rey que fuimos, tan
oceánicos y libérrimos; quemen hojas
de violetas silvestres, vístanme con un saco
de harina o de cebada, los pies desnudos
para la desnudez
última; nada de cartas
a la parentela atroz, nada de informes
a la justicia; por favor tierra,
únicamente tierra, a ver si volamos.

 


Latín y jazz

 

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong
lo reoigo
en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles
en el latín augusto de Roma con las trompetas libérrimas,
lentísimas,
en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido
de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las
olas
que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta
materia
que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar
en que amarro la ventolera de estas sílabas.

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor
del movimiento, loco el círculo de los sentidos, lo súbito
de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma
y África, la opulencia y el látigo, la fascinación
del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí
y el infortunio de los imperios, vaticinio
o estertor: éste es el jazz,
el éxtasis
antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,
Catulo mío,
¡Thánatos!

 


Transtierro


1

Miro el aire en el aire, pasarán
estos años cuántos de viento sucio
debajo de los párpados cuántos
del exilio,


2

comeré tierra
de la tierra bajo las tablas
del cemento, me haré ojo,
oleaje me haré


3

parado
en la roca de la identidad, este
hueso y no otro me haré, esta
música mía córnea


4

por hueca.
parto
soy, parto seré,
parto, parto, parto.

 


Arenga en el espejo

 

Fascinación mortal la del azogue; qué
yambos irrisorios, placeres cuáles;
yo,
no soy Epicteto, ni fui esclavo, ni
cojo,
ni pobre
como Iro,
ni grato
a los Inmortales.
Soy la vejez
yo que hace al hombre
feo,
y malo.

 


Conjuro


1

Espíritu del caballo que sangra es lo que oigo ahora entre
el galope
del automóvil y el relincho, pasado el puente
de los tablones amenazantes: agua, agua,
lúgubre agua
de nadie: las tres
en lo alto de la torre de ninguna iglesia, y abajo
el río que me llama: Lebu, Lebu
muerto de mi muerte;
niño, mi niño,
¿y esto
soy yo por último en la velocidad
equívoca de unas ruedas, madre, de una calle
más del mundo?


2

La pregunta es otra, la pregunta verde es otra
de los árboles, no este ruido
de cloaca hueca y capital, humo
de pulmones venenosos, la pregunta es cuándo,
la diastólica arteria, la urgentísima es cuándo y
cuándo, alazán
que sangras de mí, desprendido
del sonido
del límite
del Tiempo:
¿cuándo,
hueso flexible; cuándo, carbón
sudoroso, límpido
del minero padre?
Pétalos
del aroma pobre, ¿cuándo?


3

Parpadeante rito de semáforos aciagos para el sacrificio
mayor, uno piensa
líquidamente como la sangre,
rojamente piensa uno
lo poco que piensa, del trabajo al trabajo, de un aceite
a otro quemado, abre
la puerta instantánea,
huele
de lejos los jazmines.


4

La alambrada huele de la costa aullante, la oreja
de lejos, de la mutilación, es lo que oye uno,
la nieve
manchada que solloza, eso es lo que mira uno de tanta
patria
diáfana, de tantas aves azules en el arcancielo
de Huidobro rey, de tanta cítara tensa
y libre como las cumbres y las olas, cuando Dios
moraba entre nosotros antes:
ésa es la pérdida de uno,
y el aire es una lágrima sobre Valparaíso.


5

Espíritu del caballo que sangra, ese uno soy yo
el adivino; ese yo es nadie:
la pregunta es otra contra los vidrios esta noche
en este cráter desde donde hablo
solo como loco,
la pregunta es quién para que Alguien
venga, si viene,
cambie, si cambia, para que de una vez
el viento...


6

Hambre es la fosa, hasta
la respiración es hambre, hasta
el amor es hambre;
nace uno
donde puede, a cada instante, encima del lomo
de cualquier cruce veloz, y pregunta;


7

por hambre pregunta uno, por volver
a volver, ¿a dónde?,
Tierra
que vuelas en tu huso, ¿a dónde?,
perdición y traslación, ciega serpiente, hija
de las llamas, ¿a dónde?;


8

porque yendo-viniendo se aparta uno de todo,
se aparta a su pensamiento de hambre
como el silencio a su música
tras las alambradas, no puede más con su suerte;
como el cuchillo a su cuchillo se aparta,


9

y escribe, escribe con él, lo invisible escribe, lo que le dictan
los dioses
a punto de estallar escribe, la hermosura,
la figura de la Eternidad
en la tormenta.

 


Monólogo del fanático

 

Por mis venas discurre la sangre presurosa del animal inútil
que come cuatro veces al día como un puerco,
que me tutea y me deprime
con su palabra ufana,
testimonio evidente de esta parte de mí
que se muere al nacer, como una nube;
lo blando, lo confuso, lo que siempre está afuera
del peligro, el adorno y el encanto.

No beberé. No comeré otra carne
que la luz del peligro.
No morderé otra boca que la boca del fuego.
No saldré de mi cuerpo sino para morirme.

Ya no respiraré para otra cosa
que para estar despierto noche y día.

 


Versículos

 

A esto vino al mundo el hombre, a combatir
la serpiente que avanza en el silbido
de las cosas, entre el fulgor
y el frenesí, como un polvo centelleante, a besar
por dentro el hueso de la locura, a poner
amor y más amor en la sábana
del huracán, a escribir en la cópula
el relámpago de seguir siendo, a jugar
este juego de respirar en el peligro.

A esto vino al mundo el hombre, a esto la mujer
de su costilla: a usar este traje con usura,
esta piel de lujuria, a comer este fulgor de fragancia
cortos días que caben adentro de unas décadas
en la nebulosa de los milenios, a ponerse
a cada instante la máscara, a inscribirse en el número de
los justos
de acuerdo con las leyes de la historia o del arca
de la salvación: a esto vino el hombre.

Hasta que es cortado y arrojado a esto vino, hasta que lo
desovan
como a un pescado con el cuchillo, hasta
que el desnacido sin estallar regresa a su átomo
con la humildad de la piedra,
cae entonces,
sigue cayendo nueve meses, sube
ahora de golpe, pasa desde la oruga
de la vejez a otra mariposa
distinta.

 


Tacto y error

 

Por mucho que la mano se me llene de ti
para escribirte, para acariciarte
como cuando te quise
arrancar esos pechos que fueron mi obsesión en la terraza
donde no había nadie sino tú con tu cuerpo,
tú con tu corazón y tu hermosura,
y con tu sangre adentro que te salía blanca,
reseca, por el polvo del deseo,

oh, por mucho que tú hayas sido mi perdición
hasta volverme lengua de tu boca,
ya todo es imposible.

Hubo una vez
un hombre, una vez hubo
una mujer vestida con la U de tu cuerpo
que palpitaba adentro de todas mis palabras,
los vellos, los destellos;

de lo que hubo aquello
no quedas sino tú
sin labios y sin ojos,
para mí ya no quedas sino como la forma

de una cama que vuela por el mundo.

 


No le copien a Pound

 

No le copien a Pound, no le copien al copión maravilloso
de Ezra, déjenlo que escriba su misa en persa, en
cairoarameo, en sánscrito,
con su chino a medio aprender, su griego traslúcido
de diccionario, su latín de hojarasca, su libérrimo
Mediterráneo borroso, nonagenario el artificio
de hacer y rehacer hasta llegar a tientas al gran palimpsesto
de lo Uno;
no lo juzguen por la dispersión; había que juntar los átomos,
tejerlos así, de lo visible a lo invisible, en la urdimbre de
lo fugaz
y las cuerdas inmóviles; déjenlo suelto
con su ceguera para ver, para ver otra vez, porque el verbo
es ése: ver,
y ése el Espíritu, lo inacabado
y lo ardiente, lo que de veras amamos
y nos ama, si es que somos Hijo de Hombre
y de Mujer, lo innumerable al fondo de lo innombrable;
no, nuevos semidioses
del lenguaje sin Logos, de la histeria, aprendices
del portento original, no le roben la sombra
al sol, piensen en el cántico
que se abre cuando se cierra como la germinación, háganse
aire,
aire-hombre como el viejo Ez, que anduvo siempre en el
peligro, salten intrépidos
de las vocales a las estrellas, tenso el arco
de la contradicción en todas las velocidades de lo posible,
aire y más aire
para hoy y para siempre, antes
y después de lo purpúreo
del estallido
simultáneo, instantáneo
de la rotación, porque este mundo parpadeante sangrará,
saltará de su eje mortal, y adiós ubérrimas
tradiciones de luz y mármol, y arrogancia; ríanse de Ezra
y sus arrugas, ríanse desde ahora hasta entonces, pero no
lo saqueen; ríanse, livianas
generaciones que van y vienen como el polvo, pululación
de letrados, ríanse, ríanse de Pound
con su Torre de Babel a cuestas como un aviso de lo otro
que vino en su lengua;
cántico,
hombres de poca fe, piensen en el cántico.

 


Ejercicio

 

Figúrate tanto
tirar letras en el papel dónde
queda entonces la escritura la herradura
para la suerte el burro mismo cómo
va a llegar a la cumbre

 


Las hermosas

 

Eléctricas, desnudas en el mármol ardiente que pasa de la
piel a los vestidos
turgentes, desafiantes, rápida la marea,
pisan el mundo, pisan la estrella de la suerte con sus finos
tacones
y germinan, germinan como plantas silvestres en la calle,
y echan su aroma duro verdemente.

Cálidas impalpables del verano que zumba carnicero. Ni
rosas
ni arcángeles: muchachas del país, adivinas
del hombre, y algo más que el calor centelleante,
algo más, algo más que estas ramas flexibles
que saben lo que saben como sabe la tierra.

Tan livianas, tan hondas, tan certeras las suaves. Cacería
de ojos azules y otras llamaradas urgentes en el baile
de las calles veloces. Hembras, hembras
en el oleaje ronco donde echamos las redes de los cinco
sentidos
para sacar apenas el beso de la espuma.

 

 


Algo, alguien

 

Las personas son máscaras, las acciones son juegos de
enmascarados,
los deseos contribuyen al desarrollo normal de la farsa,
los hombres denominan toda esta multiplicidad de seres y
fenómenos,
y consumen el tesoro de sus días disfrazándose de muertos.

Yo vi el principio de esta especie de reptil y de nube;
se reunían por la noche en las cavernas;
dormían juntos para reproducirse.
Todos estaban solos con sus cuerpos desnudos.
En sus sueños volaban como todos los niños,
pero estaban seguros de su vuelo.

He nacido para conducirlos por el paso terrestre.
Soy la luz orgullosa del hombre encadenado.

Mío mi Dios, el viento que sopla sobre el mar del tormento
y del gozo,
el que arranca a los moribundos su más bella palabra,
el que ilumina la respiración de los vivientes,
el que aviva el fuego fragmentario de los pasajeros
sonámbulos;
el viento de su origen que sopla donde quiere; mis alas

invisibles están grabadas en su esqueleto.

En este instante,
todos los hombres están oyendo mi golpe, mi palabra:
los dejo en libertad.

 

 


Ese ruido en los sesos

 

En las noches
cuando los oigo
rondar como libélulas
me digo:
¿morirán alguna vez
turbios los decadentes
o serán los testigos de todas las caídas
o serán animales sin testículos
que presumen de dioses, ruido
y ángeles, Swedenborg, o serán necesarios?

 


Fragmentos


1

Del cerebro cae la esperma, cerebro líquido,
y entra en la valva viva: et Verbum caro
factum est.
Leopardo
duerme en sus amapolas el pensamiento.
¿Quién
me llama en la niebla?

 

2

Cuerpo que vas conmigo, piel
de mi piel, hueso de mi hueso, locura
de haber venido a esto, desde la madre
a la horca,
sólo el Absoluto
es más fuerte que el leopardo,

 

3

un zarpazo, un ritmo,
no hay
otra hermosura comparable:
ni la que besamos, ni
la que no alcanzamos a besar en la prisa
de la aguja terrestre,
ni la majestad
del cielo y sus abismos, ni esta noche
tan
tersamente fragante
para yacer desnudos como vinimos
entre el fulgor y el éxtasis: como vivimos y nos vamos.

 

4

¿De qué se acuesta el hombre para morir, de qué latido
pernicioso, con la sien entrando hacia dónde
de la almohada y la oreja:
oreja ya de quién, nadando cuál
de los torrentes sombríos: el pantano
o el vacío sin madre: de cuál de las espinas
de la Especie?

 

5

Me invento en este Dios que me arrebata, me abrumo
en las vocales ciegas, me desperezo
entre estos libros sigilosos como serpientes,
¿cuánto
me queda en la trampa?
Díganme elocuente,
pero yo pregunto, pregunto.

 

6

Ya van cincuenta y siete, hila que hila, zumba
que zumba el zumbido contra el hueco del corazón.
Nacemos
y desnacemos en lo efímero, miramos
por el vidrio:
uno
no sabe si es otro, si todo empieza cuando salimos,

 

7

del polvo
al polvo,
del miedo
al miedo,
de la sombra

 

8

a la nada.
Sólo que de lo Alto
caemos con la esperma, nos encarnamos
en la apariencia, nos cortan de lo flexible
de la doncellez de la madre, nos secan a la intemperie
del llanto, y hay que subir, subir,
para ser:
perdernos,
perder
el aire, la vida, las máscaras, el fuego:
irnos quedando
solos
con
la
velocidad
de la Tierra.

 

9

Dormir por último en las piedras pero velar como el
leopardo
entre las amapolas,
aquí y allá,
ser uno y otro
como el mar, vivir el Enigma.
¿Todo
es igual a todo, mi Oscuro?
¿Todo
es igual a Ti mismo?

 

 


Carta sobre lo mismo

 

Palabras, cuerdas vivas de qué, pobre visible
cuando tanto invisible nos amarra en su alambre sigiloso,
urdimbre de ir volando pero amaneces piedra,
se
va, se viene, se interminablemente las arañas
tela que tela el mundo: particípalo
pero tómalo y cámbialo.

 


Cama con espejos

 

Ese mandarín hizo de todo en esta cama con espejos, con
dos espejos:
hizo el amor, tuvo la arrogancia
de creerse inmortal, y tendido aquí miró su rostro por los
pies,
y el espejo de abajo le devolvió el rostro de lo visible;
así desarrolló una tesis entre dos luces: el de arriba
contra el de abajo, y acostado casi en el aire
llegó a la construcción de su gran vuelo de madera.

La estridencia de los días y el polvo seco del funcionario
no pudieron nada contra el encanto portentoso:
ideogramas carnales, mariposas de alambre distinto, fueron
muchas y muchas
las hijas del cielo consumidas entre las llamas
de aquestos dos espejos lascivos y sonámbulos
dispuestos en lo íntimo de dos metros, cerrados el uno contra
el otro:
el uno para que el otro le diga al otro que el Uno es el
Principio.

Ni el yinn ni el yang, ni la alternancia del esperma y de la
respiración
lo sacaron de esta liturgia, las escenas eran veloces
en la inmovilidad del paroxismo: negro el navío navegaba
lúcidamente en sus aceites y el velamen de sus barnices,
y una corriente de aire de ángeles iba de lo Alto a lo Hondo
sin reparar en que lo Hondo era lo Alto para el seso
del mandarín. Ni el yinn ni el yang, y esto se pierde en el
Origen.

 

 


Acorde clásico

 

Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando
como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza
para pasar por el latido precioso
de la sangre, fluye, fulgura
en el mármol de las muchachas, sube
en la majestad de los templos, arde en el número
aciago de las agujas, dice noviembre
detrás de las cortinas, parpadea
en esta página.

 


Encuentro con el ánfora


A Hilda, que la
vio conmigo en Nanking

Esta línea empieza con la filmación de esa navaja
de siete filos que bailaba como una diosa
de mármol en un mercado de la última
de las Babilonias; la recogí
entre los desperdicios del sueño, la arrullé
como a una paloma del Tigris, estaba sucia
y la lavé con mis besos.

Perdí a la sinuosa por mucho tiempo, nací de nuevo varias
veces
en ese plazo, la busqué donde pude
más allá de todas las puertas, desde la Roma
del Imperio hasta el cielo convulso
de New York; volví entonces al Asia
por el Yang-Tzé, tan despierto
como para verla ahora, verla de veras:
¿dónde
sino en ese suntuoso Nanking
de un hotel perdido, liviana en la pureza
de su lascivia, profunda
en el frescor de su aceite de bronce,
dinástica en la proporción aérea
de la luz de Han, dónde sino ahí
podía estar,
ahí,
a mis ojos,
la velocísima
en su inmovilidad, la etrusca riente
invasora en su fragancia natural,
cegadora,
ciega
en su equilibrio, bajo el disfraz
secreto
del ánfora?

Anagnórisis no es aleluya sino infinita
pérdida del hallazgo: adiós,
desperdicio: adiós,
encanto encantante.
Cámara
para clausurar la escena.

 

 


Al silencio

 

Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.

 


 

El fornicio

 

Te besara en la punta de las pestañas y en los pezones,
te turbulentamente besara,
mi vergonzosa, en esos muslos
de individua blanca, tocara esos pies
para otro vuelo más aire que ese aire
felino de tu fragancia, te dijera española
mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
nórdica boreal, espuma
de la diáspora del Génesis, ¿qué más
te dijera por dentro?
¿griega,
mi egipcia, romana
por el mármol?
¿fenicia,
cartaginesa, o loca, locamente andaluza
en el arco de morir
con todos los pétalos abiertos,
tensa
la cítara de Dios, en la danza
del fornicio?

Te oyera aullar,
te fuera mordiendo hasta las últimas
amapolas, mi posesa, te todavía
enloqueciera allí, en el frescor
ciego, te nadara
en la inmensidad
insaciable de la lascivia,
riera
frenético el frenesí con tus dientes, me
arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
de otra pureza, oyera cantar a las esferas
estallantes como Pitágoras,
te lamiera,
te olfateara como el león
a su leona,
parara el sol,
fálicamente mía,
¡te amara!

 

 


A la salud de André Breton

 

Contigo y con el viento teníamos todo
lo que necesitábamos

B. C.

 

I

Y la Mosca decía, qué decía la Mosca: no es para tanto,
nunca es para tanto, la nariz
no es para oler, y todos reventamos:
tel qu'en Lui-même enfin l'éternité le change.
Hasta el siglo veintiuno, si vuelves. La comedia
se acabó, y el océano y el pescado perdido.

Y la Mosca decía qué decía la Mosca : se remata este
muerto,
cuánto por su cabeza de león milenario,
por su arrogancia etrusca y el aire de marfil,
cuánto por sus errores, baila y baila serpiente,
o se hunde este volcán con la vieja ceniza.

Ahí vas trotando adentro del carro de mudanzas, oh París
lúcido en tu diamante. Ahí decimos: —Espéranos.
Ahí te echamos los pétalos este setiembre sucio. No
podríamos.
Las lilas de la lluvia para decirte adiós.
Y allí mismo Nadja llorando, y el enigma.

 

II

—Nunca fui de La Charca, la belleza será convulsiva,
denuncio a los adeptos,
o no será. Salud, salud en el relámpago.

Correr, correr corriendo escala arriba. Corto lo más alto
en la arteria de la asfixia,
y el espejo trizado, soy el vidrio esta sangre que yo mismo
en el suelo: va a gotear.
Vine a decir que nada, que nunca, que nacemos.

 

III

Lo que te debe toda la escritura del mundo, y el oxígeno,
lo que
te debe la locura de la razón y el mar de las tormentas,
lo que el ojo y la mano te deben, lo que el vidrio de las cosas,
lo que la libertad,
la preñez, la niñez, lo que las nueve larvas
del caos, y de golpe estamos vivos.

Y el loco amor, lo que te debe el loco amor
de los desnudos, el Aullante.
Cráteres los sentidos, todo se abre y se cierra, y el loco,
loco amor.
De este polvo vinimos, de este olor al cuchillo de este beso
de esta mujer de este hombre, y el aire, el aire, el aire,

para que venga el único, y escriba el otro lado
del vaivén de las cosas, el pentagrama abierto, y espéranos,
el sol
del último vidente que anduvo entre nosotros,
cóndor sin madre: nadie, pero todos y todo, cuando pasan
los días de la tierra
y el juego está jugado, y esas tablas terribles.

 

 


 

Diáspora 60

 

A sangre, B costumbre, C decisión
y así más allá de Z,
zumbido
mental del fósforo,
cráneo
cráter, carácter,
acostémonos,
riámonos desnudos, mordámonos
hasta el amanecer, M con U
mujer en latín de Roma, mulier
genitivo de lascivia mulieris
interminable, olor
a ti, a tú, a también tierra
del principio con lava
de beso, con
una muchacha que se abría para ser
dos, para
vertiente ser tres; ese, Dios mío único, juego
donde alguien
escribe una carta a quién y se llora,
siempre se llora porque por último
no hay peor cuchillo que el ahí;
baleado han
mi corazón, olido
he lo purpúreo, me llamo
martillo, ¿y tú, tabla? ¿Y tú,
niñez de los niños, qué andas en esto
haciendo despavorida tan
tarde?, ¿y tú mariposa
la traslúcida?

De eso íbamos a subir por la cuesta, a hablar
cuando llovió largo el 73 un año
sucio, agujero
sangriento el sol; comimos
caballo muerto, casi
super flumina Babylonis, illic sedimus
et flevimus, un cuchillo
por cítara, un cóndor
por arcángel, la asfixia
o el vinagre de los locos, canten
ahora el venceremos, ¿y entonces,
estrellas, qué?; música,
más y más música, disparen
a los párpados;
al principio
caíamos de bruces, acarreábamos
esas piedras grandes, de una aurora
a otra.

Pausado va el ojo olfateando
el horror, riendo, cómo
has crecido hijo, de costumbre
se hace la podredumbre, de tanto
mirar para paralizar, cómo
de Pekín a Berlín la rotación
contra la traslación
porque eso
es lo único que me llamo: viejoven
el que juega a la muervida, luz
propia el Mundo.

Seis veces diez,
60 qué
de aire y fantasma de aire, esto
que íbamos a escribir y
no escribimos, ni
respiramos, ni
nariz de nada;
¿el metro
de medir muerte era entonces lo Absoluto
que come uno por ahí entre
arrogancia y libertad de pie en la tabla
intrépida de los veloces?;
¿cuáles veloces,
cuáles días de cuáles
seis veces diez viéndose a fondo en el espejo?

 

 


Desde abajo

 

Entonces nos colgaron de los pies, nos sacaron
la sangre por los ojos,
con un cuchillo
nos fueron marcando en el lomo, yo soy el número
25.033,
nos pidieron
dulcemente,
casi al oído,
que gritáramos
viva no sé quién.

Lo demás
son estas piedras que nos tapan, el viento.

 


Epitafio

 

Se dirá en el adiós que amé los pájaros salvajes, el aullido
cerrado ahí, tersa la tabla
de no morir, las flores:
aquí yace
Gonzalo cuando el viento,
y unas pobres mujeres lo lloraron.

 


Pericoloso

 

Qué rápida la calle vista de golpe, los espejos de los autos
multiplicados por el sol, qué sucio
el aire:
y esto
era el Mundo?