El hombre de Trujillo

a Paul A. Bar

 

Te visito y te imploro en el sueño, mi esposa ignorada.
Yo me consumo y me abraso en las soledades tórridas y en
la avidez de mi amor.
Oh mujer, vengo a mitigar y aplacar mi angustia en la
querencia de tu inocente claridad.

¡Salud, mar vegetal!
Mar jadeante que suspiras y te derrumbas en las trombas
argénteas de la aurora.
No obstante que murmuran en la espuma de su lino
Las velas desplegadas de las carabelas,
Escucho, astros en el éter, vuestro mensaje labial y lejano.
¡Aclarad, astros del silencio,
La paz de las tumbas y la existencia de las flores!
Religiosamente entre las brisas y las aguas,
Vuestro eco se irradia al fondo de las simas.
Para vosotros, astros omnipresentes de la desesperanza,
El ardiente lirio de seda se nutre con la sangre de mi pasión,
Y religiosamente, hacia vosotros se' levanta y tiembla en la
tarde.

¡No!
Ni esta mural y plural presencia de mis padres,
Ni los candados y las severas fórmulas de la tiniebla y del
cemento,
¡Me impedirán, mil ataduras, ausentarme,!
¡Orinecidas rejas!
Ausentarme en las delicias y el movimiento de mi espíritu.

¡Oh velas! La llama del aire os persigue sin tregua.
El tormentoso estremecimiento del paisaje se permuta
En selva de seda
Y en cálida resonancia de la abeja semidormida.
Despertaos, flores, todavía más bellas que el cielo puro:
Ahí renace el alba lustral y salina,
El alba de los pájaros.
¡Que el ácido y la herrumbre de nuestras armas
Canten al unísono en el azúcar plácido de las aguas!
Más tarde,
Más tarde, bajo el ocre clamor de otros cielos,
Todas las vasijas y los odres secos,
¡Apuraremos el edénico licor de nuestras lágrimas!

La sien sonora de mi pensamiento,
La oreja en la tempestad y los clarines de la arena.
El árbol sitibundo que se nutre en los muros de este mundo
desolado.
Flexibles y largos en las brisas cristalinas de su follaje,
Tiemblan mis dedos
Como la savia y como el año.
Avizora, hermano, el mantel áspero de este cielo;
Palpa y escucha las balsámicas vibraciones de la aurora que
se adelanta,
Oh taciturno,
Como las piedras bajo el peso del futuro.
¡Yo prefiero este grito tan alto,
Pitanza de las águilas!
Setenta veces me enfango y me revuelvo
En los lagares de las landas y los pantanos.
¡Piedad, piedad! Antaño amaba el lince las semillas de
terciopelo y extraía su sombra con cuidado
De los plutónicos haberes de la noche.
Pero si yerra y se alarga,
Si ambula famélico padeciendo en los soterrados follajes del
invierno
Nadie sabe escucharlo
Sino la estepa en la inmensa e inmemorial espera de su
planicie helada.

Piedad, oh piedad, que nos podrimos en la vitrina de las
estaciones.
Después del gran viento líquido del firmamento,
Después de esta fontana de eternidad.
Se arrastran y deterioran las blancas miradas del sitibundo.

Crueldad del cielo en mi pupila. ¡Crueldad
Del alma en la grande e implacable violencia que me
destruye para siempre!
¡Oh cruz!
Astro de geometría, mi palabra,
Insignia destellante,
Cruz oblicua de estos mundos nuevos,
¡Mis miembros se levantan hasta la cima de mis vientos
cardinales!
Oh virtud de una hierba estimulante que nos procura la
resistencia para el viaje.
Cohortes
Bajo mi soplo,
¿Hacia la querencia ilusoria de qué morada descendéis?
Sobre la aorta pesa
Su leche nocturna.
Nuestras pupilas se dilatan en el silencio de su niebla.
¡Espera, tropa descarriada, espera, levadura del olvido.
Que la luna absorba los mostos y los residuos de tu vida!

¡Oh púrpura eclosión del vacío, oh tierras de América.
El edificio se derrumba bajo la sombra de mi fe!
Purificad lo que hay de permutable en mí,
Hermanos, amigos, iluminad las sabanas y los corredores,
Hermanos, para que yo conozca mejor el volumen de la
muerte.