Cuaresma

a Pierre-André May

 

Ahora que una fuerza extraña me hace crujir los dientes,
Que un silbido oceánico de tromba me quiebra los ojos,
En mi alma sopla el eco de una voz profunda.
Soledades de un mundo abstracto,
Soledades a través del espacio melódico de los cielos.
Soledades, yo os presiento.

Oh Pascal,
El espíritu de aventura y de geometría,
Me aprisiona en avalanchas.
¡Y acaso yo no soy sino el acróbata
Sobre las geodésicas y los meridianos!
Pero como tú, pequeño Blas, antaño,
De espaldas bajo las sillas,
Estoy royendo con gran estrépito los travesaños.

¡Oh nupcial estación de la desposada!
El pentecostés de las hojas de otoño ilumina los vidrios.
¡Recuerdo! Oh paciente y dulce memoria vivificando sus
aguas.
En el amoroso y cálido recinto de las cortinas.
Aletear vertiginoso
De las alas bajo las sienes,
Sombra interna de mis manos.
Ruta solar de mi potencia,
Y ruta del pan: violenta espiga.
Las ávidas pupilas del escolar se consumen a la sombra de
los desvanes.
Las goteras siembran sus gladiolos de cristal
Y toda la granja sucumbe en la gracia de Dios.

* * *


Torrentes, torrentes, rieles de Aldebarán
Donde se deslizan los trineos:
El pintor revolotea y canta en la danza de los pájaros.
En el deslumbramiento de la paloma sobre nosotros.
En la ardiente seda del movimiento,
Que ella venga,
Difunta flor en el aliento de su tumba.
Nuestra madre hasta nosotros,
Nuestra tierra madre al fin, en la augusta presencia de los
océanos.

Sobre ti, alada flora de mis manos,
Sobre ti se cierran mis ojos
Como los labios
Al sabor de un vino más generoso.
Ya pronto llega la resaca de la penumbra.
Señor: en un collar, vuestras seis épocas.
El himno exultante de la palabra nos sostiene,
¡Y mucho más fresco que todas esas hierbas el pilar
De nuestras salivas, de donde mana el licor de los gineceos!
¡Fuente! Confesión de esta alma que se ufana
De ser más blanca que la aurora.
¡Podéis en adelante torceros, descuartizaros
Y extraviaros en qué caos!

Sórdidas y maléficas bestias.
Silenciosamente en la pasión de todas mis venas
Y de toda mi sangre,
Como el águila, en el centro de mi vida yo espero,
Silenciosamente
Espero que sople el gran viento de la esperanza.
Pero percibe tú, Pablo:
En el aéreo esplendor de Su fuerza,
El Espíritu Santo
Gravita y sangra en torno de tu cénit.

* * *

A mi zaga borbota la rabia de mi padre:
"¡Vete y corrómpete, miserable muchacho,
Bajo las ventosas de tus amigos!
El amor me encadena en la selva del estío.
¿No escuchas mi grito homérico,
El solo pájaro que gorjea
Sobre nuestro árbol genealógico?"
¡Os ruego, resistid, mis hermanos, apretad los dientes,
Tended vuestros muslos,
Morded las piedras y la maleza!
¡Pues la familia es el verdugo!
La inminente noche se abrasa
En la hoguera voraz de mis pupilas.
Se ensaña el golpe en mi cabeza,
En mi cabeza, el tifón de langostas.
¡Oh tierra sin esplendor, de cataclismo,
Triste Tierra cabeza abajo,
Qué pesada eres para llevarte sobre las rodillas!

Estas damas encinta,
¿de qué cielo raso descienden hasta nosotros?
Ellas me humedecen con sus sudores,
Luego suspiran y escupen en torno;
Su piel babea y rezuma,
Su piel salobre de celestinas.
Que yo me vaya definitivamente,
Señor, a llorar mi vergüenza
A la sombra vaporosa de las flores;
Señor, el torvo insecto así os ruega en su dolor:
¡Que revienten, que revienten estas mujeres venenosas.
Estos odres de infortunio!

¡Silencio!
¡Oh silencio del sueño en la memoria:
Que su esencia nos conduzca
A los prados de belladona!


* * *


Rompeos, puertas: el día recién nacido
Flamea en la hoja límpida de la ventana.
Se apaga la luna con las brisas del mundo.
Apresúrate,
Oh mi alma, y despierta en la octava de tu canto,
El florilegio de la pradera.
Como las laderas y los valles beben a la orilla de la sombra,
Como ellos abrevan en las linfas surgentes
En la entraña metálica de la roca,
Aplaco mi sed en la cantimplora del ventrílocuo.
Aún bajo la amenaza de los signos siderales,
¡Huye, amigo, escala los montes y las tinieblas
Aún bajo el riesgo de perecer
En la brasa fulminadora de las vidrieras!
¡Escucha! Oye como chirría a lo lejos la encrucijada:
Génesis de tu soplo,
Teclado del viajero.
En mi, el más noble ejemplar de los zancudos
Espumea y gruñe la borbotante savia del caucho.
Las voces del huracán, todavía distante, conmueven
Al pequeño bosque sonriente de las brisas de la mañana.
Como ellas me yergo en la verticalidad floral de mi impulso,
Oh fuentes, como ellas aspiro en las cimas líquidas y
seculares de la floresta.

* * *


Cal viva y lustral en las grietas del cuerpo harapiento.
A la sombra de las secoyas meditan las formas barrocas.
La herrumbre esponjosa de la tempestad rumia y se dilata
En la verde substancia del aire.
El relámpago estalla
En las piedras y en los bosques,
En la noche eocena del cazador.
Oh flores,
Mi saliva es tan dulce como el elíxir de vuestros cálices.

Tan conmovedor en la llamada:
¡Ven, acude!
Ven, Señor de las ondas y de las especias:
Oh navegante Cristóforo,
Cuéntanos del soterrado esplendor
De tus provincias veteadas de oro.
La orilla de sombra en el cielo y el motín de los fantasmas.
Mas acarread estos lagos, islas y arrecifes,
Los brazos del semáforo.
¡Id, mis párpados, barcas locas, id a zozobrar sin fin,
Id entre las campanas de los náufragos, a tejer vuestras
cortinas de plata!
El ángel ronca,
El ángel en acecho.
En la estridencia de mis oídos, el ángel prepara su nido
siniestro.
Tenazmente, la espuma color de humo
Emerge, baba inmunda de las bebidas de Baltasar.
Los palmípedos y los ganoides remontan la corriente
De estas aguas tumultuosas bajo las aguas,
De estas trombas ensordecedoras y submarinas del trueno.
El águila altanera,
El águila apocalíptica impera y flota sobre los vientos.
¡Tierra! ¡Tierra!
Me estremezco hasta las cenizas de mis huesos.
¡Tierra! ¡Tierra!
Llegamos a la violenta isla de Patmos.

Viñas de Noé, racimos de Jafet,
El vino me constriñe con sus anillos.
Tras de las vigas vigilantes del dintel,
Amigos, cumplamos esta ley del alfabeto,
La visión y la estima conyugales.

El polen del solsticio, como de miel, en la basílica
Deslumbrante de mi oído.
Las harinas y las llamas del desierto,
El misterio del mundo, abierto a mi conocimiento.
He perdido el secreto de las sutiles Matemáticas,
Pero los ardides y los números, los hilos del Algebra,
Me ayudarán a husmearte
Tácita estrella de magnesio.
Ya luminosa, te anuncias en mi azorado pensamiento.
Y mis miembros exploran
Las brumosas telas de la araña.
El pájaro balsámico
No avizora como etapas de su vuelo
Sino las sílabas inciertas de mi palabra.
Paraliza las bielas y los neumáticos de tu ojo,
¡Oh mosca dactilógrafa de mi sueño!
Trepamos con premura por la escala botánica:
¡Dios!
Se ausenta la casa de nosotros, con el gran temblor de sus
persianas.
Antaño, en Florida, sobre campiñas de esmeralda y de
pimiento.
El cordero Místico pacía libremente.

¡Oh Chantres sobre los alcores,
Prestaos a la albada que os cantan los metales!
¡Es verdad! No más el bello desorden de la oda.
Sobre la playa se dilata la umbela del barbero.
Ondinas, oréades, hijas perpetuas de este éxodo,
¡Aleluya! Ved
Aparecer —como zócalo el rumor angélico de las brisas—
En el aire diáfano, las siete Iglesias.
¡Abre los portones.
Grita a muerte las palabras de tu libro,
Oh Juan!
¡Reposad,
Reposad, astros!
¡Que el autómata vaya a retorcer su corbata de cáñamo!
El magnético imán desanuda los glaciares de la aurora
boreal.
Es la hora
En que el ángel reposa en el estante de su sombra,
Para la espera final.
El espíritu de las flores visita las tumbas
Y la extraña morada,
La extraña y melódica morada de las aguas cenitales.
Llevando mi cabeza en las manos, como San Dionisio,
Penosamente, Señor, ¿de qué país
Vengo para hacerme una imagen
De la amargura de Vuestro rostro?
Ahora que una fuerza extraña me hace crujir los dientes,
Vuestras miradas me penetran como sordos silbidos.

El alarido de las carracas derrumba las losas.
Extranjeros, para entrar al recinto cristiano,
Es mejor calzar la humilde y miserable sandalia de Santa
María la Egipcíaca.
Pero que se acalle la endecha funeraria.
Y vosotros, de sombra y agua, colores vivos del firmamento,
Dilataos en mil húmedas pupilas de amor,
Dilataos.
Aún en las charcas y en las letrinas suenan campanas,
Mientras tanto que, lúcido, ataviándose con la vestidura
nupcial.
la vestidura jubilosa del viento,
¡Por fin yo te adoro, oh magnífico rosetón de Pascua!