Material de Lectura

Enrique González Martínez



Nota introductoria y selección
de Andrea Polidori




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Nota introductoria

¿Cuál es su secreto, querido y admirado Enrique
González Martínez? ¿Qué es lo que le ha permitido
cruzar los ochenta años con tan animosa juventud
en su vida y en su poesía?

José Luis Martínez, de "El secreto",
en A Enrique González Martínez en
sus ochenta años
(Homenaje).
México, F.C.E., 1951

 

 
 
 

Enrique González Martínez nació el 13 de abril de 1871 en Guadalajara, Jalisco, y murió el 19 de febrero de 1952 en México, D. F. Durante 15 años ejerció su profesión de médico rural. Fue profesor de medicina y de literatura, político, diplomático, conferencista, periodista, traductor y sobre todo poeta.

Mucho se ha hablado del modernismo de González Martínez y de su oposición al mismo.

El modernismo es un movimiento generador y ecléctico, notablemente feliz para la profunda transformación literaria e ideológica de la cultura hispanoamericana. Sus límites en el tiempo son fluidos, difíciles de precisar. Indudablemente puede fijarse el comienzo del modernismo en los primeros años de la octava década del siglo pasado con la excelente obra de José Martí, y en el caso de México, con la de Gutiérrez Nájera. Pero más difícil es saber, con exactitud, el fin de su resplandor, en gran parte porque esta corriente se prolonga mucho más allá de los primeros años de nuestro siglo y al mismo tiempo abre caminos significativos para la literatura contemporánea. Aunque lo cierto es, como señala Carlos Monsiváis en su antología de La poesía mexicana del siglo XX, que "de no existir Agustín Lara, Enrique González Martínez sería el último modernista".

Pero ¿cuál fue la etapa que del modernismo siguió González Martínez?

En primer lugar, el poeta jamás renegó de su educación, formación y poesía modernistas.

En un texto publicado por la UNAM en 1951, como homenaje a los 80 años del moderno Patriarca, se publica el soneto "Tuércele el cuello al cisne", del que a propósito dice González Martínez:

Entre los poemas de este cuarto libro [Los senderos ocultos] estaba el soneto "Tuércele el Cuello al Cisne" que Pedro Henríquez Ureña [:..] habría de considerar como intencionado manifiesto literario o como síntesis de una doctrina estética. En realidad el poema no era, como definido propósito, ni una ni otra cosa, sino la expresión recreativa contra ciertos tópicos modernistas arrancados al opulento bagaje lírico de Rubén Darío, el Darío de Prosas Profanas y no el de Cantos de Vida y Esperanza.


Lo anterior y la lectura del soneto muestran claramente que González Martínez estaba en contra de esa primera etapa preciosista que tuvo el modernismo, y que manifestó Darío en Prosas profanas (que además no tardó en abandonar) y que seguían los deplorables imitadores del poeta nicaragüense, que incapaces de alcanzar su excelencia, se afanaron por exagerar sus defectos.

Nuestro poeta no gustaba de ese estilo que culminó en un refinamiento artificioso y amanerado.

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.


González Martínez coincidía con la segunda etapa del modernismo, que se define sobre todo por una modificación en el tono: de frívolo a un tono de compromiso, de filosofía humanista, en el que el lirismo personal alcanza manifestaciones intensas ante el eterno misterio de la vida y la muerte, sin abdicar de su rasgo característico de trabajar el lenguaje con arte.

Así, mientras los demás modernistas se quedaron estancados entre los tules, jarrones y palacios versallescos, nuestro poeta "preparó la formulación de un nuevo código poético, donde son requisitos básicos la belleza interior, la fe acendrada" (C. Monsiváis, La poesía mexicana del siglo XX). Y se convirtió, como señaló Paz en Las peras del olmo, en el único poeta realmente modernista que tuvo México.

La voz de González Martínez, llena de serenidad, filosofía y entrañable señorío, con insistente voluntad de cambio, de renovación espiritual, condujo a la ruptura, a la revolución de la poesía mexicana, que también asumió, de otra manera, López Velarde. Por esto sobresalen porque de ellos dos arranca una nueva manera de comprender y expresar el fenómeno poético.

La poesía de González Martínez es una lúcida reflexión sobre el hombre y las cosas. El amor, el dolor, la eternidad, la muerte, el paisaje y, sobre todo, la positiva actitud ante la vida, son sus temas predilectos. Su poesía, sosegada y grave, se distingue por la claridad y la justa coordinación entre la sustancia y la forma; en ella sólo aflora lo armonioso y lo reflexivo.

Fue poeta para él y para los demás. José Emilio Pacheco, uno de los críticos más lúcidos del poeta, refiere en su Antología del modernismo (UNAM, 1970), que rota la aspiración a la serenidad, debido a los dramas a que lo enfrentó el destino, "hizo poemas de absoluta maestría, en la más honda línea elegiaca española". Pero ya en El diluvio de fuego (1938), "el dolor personal, el drama íntimo cedía el paso al sufrimiento del mundo".

Enrique González Martínez publicó en prosa solamente algunos cuentos y dos libros de memorias: El hombre del búho (1944) en el que trazó los rasgos de su formación estética hasta 1910 y algunos detalles biográficos, y La apacible locura (1951) en el que continuó con su biografía, gustos, poesía y retratos de amigos.

En 1903 la Imprenta Retes, de Mazatlán, publicó el primer volumen de versos del entonces novel poeta: Preludios, al que le falta madurez, una orientación definida y estilo personal, pero en el que se encuentra una gran perfección formal y cierta ironía.

En 1907 publicó en Mocorito Lirismos, continuación de su empeño por "encontrarse" a través de mitos y paisajes parnasianos, y donde el conocimiento de la soledad y el silencio, habrán de conducirle a su tercer libro: Silénter (1909), poesía contemplativa y sencilla.

En 1911 aparece Los senderos ocultos, obra que cimentó su reputación y le dio definitivamente un lugar en la literatura mexicana. En ella muestra una sabia manera de penetrar en el misterio y en el sentido de la vida y la naturaleza. Ese mismo año fue nombrado miembro de número de la Academia Mexicana e ingresó en el Ateneo de la Juventud, cuya presidencia ocupó en 1912.

En 1915 se publican La muerte del cisne y Jardines de Francia, este último es un libro de traducciones.

El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño (1917) es ejemplo de que en la lírica de González Martínez prevalece, como lo señaló el dominicano Henríquez Ureña, lo ético sobre lo estético, para llegar en ascensión perpetua a una mayor serenidad y a ser más sincero. Aunque en su peor instancia, algunos poemas son una homilía, un consejo moral.

En 1918 publicó Parábolas y otros poemas, con prólogo de Amado Nervo. En este texto su poesía alcanza su más alto sentido filosófico.

En 1921 apareció La palabra del viento y en 1923 El Romero alucinado. En 1925 Las señales furtivas con prólogo de Luis G. Urbina, en que se mezcla la ironía, el ingenio, el humor y lo cotidiano, al igual que el libro que le precede. En 1935 Poemas truncos y en 1937 Ausencia y canto en los que encontramos algunos poemas dedicados a la esposa muerta.
En 1938 publicó El diluvio de fuego, poema trágico en que dibuja la guerra. El poeta se convierte en profeta.

En 1939 Tres rosas en el ánfora.

En Bajo el signo mortal (1942) se observa un hálito religioso, y en ocasiones hasta místico. El poeta canta a la muerte de su hijo (González Rojo).

En 1945 aparece Segundo despertar y otros poemas que es una prolongación del canto de ausencia iniciado con Poemas truncos.

Vilano al viento aparece en 1948.

Babel (1949) es el canto de la guerra, de los inventos. Se describe al hombre luchando entre lo terrenal (guerra, odio…) y lo sublime (la musa), entre bien y mal, materia e ideal. Todo refleja las inquietudes de nuestro tiempo.

Su obra póstuma es El nuevo Narciso y otros poemas (1952), libro de despedida escrito a la sombra de un presentimiento. Poesía crepuscular mas no declinante. Canto sereno del gran Patriarca.

El día que sepultaron a Enrique González Martínez el maestro Carlos Chávez pronunció la primera oración, que terminó de esta manera:

Y, pendientes de "las señales furtivas" que el poeta nos enseñó a descubrir —como manifestación de la vida imperecedera en la piedra, en el aire, en el agua. Desde ellas nos hablará siempre la poesía de Enrique González Martínez.


Los poemas seleccionados fueron tomados de Enrique González Martínez, Obras completas (Centenario de 1971. Su nacimiento. Homenaje de El Colegio Nacional), edición, prólogo y notas de Antonio Castro Leal. México, El Colegio de México, 1971, 862 pp. Esta selección pretende mostrar las afirmaciones que se han hecho de cada uno de los libros del poeta. Son desde luego apreciaciones muy generales que podrían ser ampliadas con la lectura misma de los poemas.

 

Ambra Polidori

 


El orto

 

Es el amanecer, y cuando ufana
salta la aurora iluminando el mundo,
se oye un himno magnífico y profundo
como el eco triunfal de alegre diana.

Por la vaga extensión, una campana
deja oír su tañido gemebundo,
y por el campo ubérrimo y fecundo
se dilata la luz de la mañana.

Todo saluda al sol; dan a porfía
las flores su matiz, el viento aromas;
el arroyo, confusa parlería,

("Rústica: El orto" en Preludios)

 


Marina

 

Sobre la playa, el arenal escueto;
el mar, plomizo como hedionda charca,
y no lejos el casco de una barca,
fósil aparición de un esqueleto.

Ni un toque de verdor, ni un indiscreto
rayo solar en lo que el ojo abarca:
sólo un islote gris el lomo enarca
como un cetáceo encadenado y quieto.

Con calma funeral vienen las olas
a agonizar en las riberas solas
sin que haya nadie que su riesgo afronte;

y en la bruma sutil que el alma hiela,
ni un ala, ni un celaje, ni una vela
que rompa la insulsez del horizonte.

(Lirismos)

 


Irás sobre la vida de las cosas...

 

Irás sobre la vida de las cosas
con noble lentitud; que todo lleve
a tu sensorio luz: blancor de nieve,
azul de linfas o rubor de rosas.

Que todo deje en ti como una huella
misteriosa grabada intensamente;
lo mismo el soliloqio de la fuente
que el flébil parpadeo de la estrella.

Que asciendas a las cumbres solitarias
y allí, como arpa eólica, te azoten
los borrascosos vientos, y que broten
de tus cuerdas rugidos y plegarias.

Que esquives lo que ofusca y lo que asombra
al humano redil que abajo queda,
y que afines tu alma hasta que pueda
escuchar el silencio y ver la sombra.

Que te ames en ti mismo, de tal modo
compendiando tu ser cielo y abismo,
que sin desviar los ojos de ti mismo
puedan tus ojos contemplarlo todo.

Y que llegues, por fin, a la escondida
playa con tu minúsculo universo,
y que logres oír tu propio verso
en que palpita el alma de la vida.

(Silénter)

 


Spleen

 

Tarde gris; la llovizna golpea mi ventana.
De codos en la mesa, mientras medito y fumo,
voy en las azuladas espirales del humo
proyectando recuerdos de mi vida lejana.

La caída monótona de la lluvia incesante
me condena a forzoso y lánguido mutismo
en el rústico albergue, y me encierro en mí mismo
mascullando memorias de todo lo distante.

De pronto, siento pasos, y una moza garrida
pone junto a los restos de mi frugal comida
el café borbotante que perfuma y humea.

La requiebro; se esquiva; alza como al descuido,
al trasponer la puerta, la orla del vestido;
vuelve el rostro y sonríe...
La lluvia tintinea,

(Silénter)


Cuando sepas hallar una sonrisa...

 

Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;

cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;

cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos,

entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;

y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias...
Y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.

(Los senderos ocultos)

 


Tuércele el cuello al cisne...

 

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
él alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda... y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.

(Los senderos ocultos)

 


Los días inútiles

 

Sobre el dormido lago está el saúz que llora.
Es el mismo paisaje de mortecina luz.
Un hilo imperceptible ata la vieja hora
con la hora presente... Un lago y un saúz.

¿Con qué llené la ausencia? Demente peregrino
de extraños plenilunios, vi la vida correr...
¿La sangre? De las zarzas. ¿El polvo? Del camino.
Pero yo soy el mismo, soy el mismo de ayer.

Y mientras reconstruyo todo el pasado, y pienso
en los instantes frívolos de mi divagación,
se me va despertando como un afán inmenso
de sollozar a solas y de pedir perdón.

(La muerte del cisne)

 


La hilandera

 

Mi hilandera en las tardes, hila, canta y espera;
hila copos de ensueños al fulgor mortecino;
canta viejas canciones y contempla el camino
a través de las brumas de empañada vidriera.

Hace ya muchos años se quedó prisionera
en el lúgubre alcázar de su propio destino,
y no sabe qué aguarda cuando vuelve al camino
los extáticos ojos mi piadosa hilandera.

Recluida en su torre, con el huso en las manos,
devanando las horas de sus tiempos lejanos,
guarda leve perfume de engañosa quimera;

y en el último olvido de pasadas congojas,
al silbar de los cierzos y al caer de las hojas,
en las tardes de otoño, hila, canta y espera.

(El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño)

 


Página en blanco

 

Un día, no muy tarde, la inquietud que me acosa
para que diga el canto que conturba mi vida,
cesará, como flama por el viento extinguida,
y la voz será muda y el alma silenciosa.

Todo lo que en un tiempo suscitó mis asombros
y lo que fue codicia del pensamiento mío,
despertará a su paso un "qué sé yo" de hastío,
un desdeñoso y leve encogimiento de hombros.

Trémula ya la mano que oprimió los bordones
de la constante lira, se llevará el pasado
los ecos imprecisos de todo lo cantado
y el lívido fantasma de las meditaciones.

Recogidas las alas, el afán taciturno
no sabrá de las cosas penetrar el acento:
será viento tan sólo la palabra del viento
y rumor sin sentido el mensaje nocturno.

De esta vida de ensueño, de este mundo en que arranco
la visión de mis ojos, la canción de mi oído,
quedarán solamente un laúd sin sonido,
un espíritu en sombras y una página en blanco.

(El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño)

 


Parábola del huésped sin nombre

 

Han llamado a mi puerta,
que siempre está de par en par abierta
y que esta vez la ráfaga nocturna
cerró de un golpe...
Sola y taciturna,
en el umbral detiénese la extraña
silueta del viador. Lívida baña
su faz la luna; tiene el peregrino
sangre en los pies cansados del camino;
ojos en que retrátase y fulgura
una vasta visión que ha tiempo dura
en incesante asombro,
y con la gruesa alforja, la insegura
mano sustenta un báculo en el hombro.

—¿Quién eres, tú? ¿De dónde
vienes, y a dónde vas?...
Y me responde:
—Nunca supe quién soy, y no sé nada
del principio y el fin de mi jornada.
Yo sólo sé que en la llanura incierta
de mi peregrinar, llegué a tu puerta;
que mi cansancio pide tu hospedaje,
y que a la aurora seguiré mi viaje.
Destino, patria, nombre...
¿No te basta saber que soy un hombre?

A sus palabras pienso que mi vida
es como una pregunta suspendida
en el arcano mudo, y digo:
—Pasa,
sea la paz contigo en esta casa.
Y entra el viador, y nos quedamos luego
al amparo del fuego.
Nuestro mutismo sobrecoge y pasma,
y cual doble fantasma
que evocara un conjuro,
se alargan nuestras sombras en el muro...

(Parábolas y otros poemas)

 


La cautiva

 

Cautiva que entre cerrojos,
frente a la angosta ventana
dejas espaciar los ojos
por la campiña lejana,

¿de qué te sirve tener
en el pecho un ansia viva,
si eres libre para ver,
y para volar cautiva?

Siento mayor la amargura
de tu mal cuando te veo
con las alas en tortura
y en libertad el deseo.

Preso el pie y el alma alerta…
¡Qué morir frente a la vida!
¿Para qué ventana abierta
si no hay puerta de salida?

Alma cautiva y hermana
que en la campiña lejana
dejas espaciar los ojos,
¡que te quiten los cerrojos
o te cierren la ventana!

(Parábolas y otros poemas)

 


Danza elefantina

 

El elefante, cuando baila,
pierde su gravedad de monumento.
Se diría que un terremoto desquicia
las cuatro columnas con que se afinca al suelo...

Me parece la sombra de Juan Sebastián Bach
ejecutando al órgano algún tango moderno.

(El Romero alucinado)

 


Ánfora rota

 

Te resquebrajas,
vida,
como las ánforas
repletas un tiempo
de mirra y de ámbar
y que hoy se arrinconan vacías
y olvidadas...

Vida mía hecha sueño,
te resquebrajas...
Mas aún por la múltiple herida
de tus abras
trasciende el perfume
de las nobles esencias guardadas...

(Las señales furtivas)

 


Dolor

 

Mi abismo se llenó de su mirada,
y se fundió en mi ser, y fue tan mía,
que dudo si este aliento de agonía
es vida aún o muerte alucinada.

Llegó el Arcángel, descargó la espada
sobre el doble laurel que florecía
en el sellado huerto... Y aquel día
volvió la sombra y regresé a mi nada.

Creí que el mundo, ante el humano asombro,
iba a caer envuelto en el escombro
de la ruina total del firmamento...

¡Mas vi la tierra en paz, en paz la altura,
sereno el campo, la corriente pura,
el monte azul y sosegado el viento!

(Poemas truncos)

 


Soledad tardía

 

Soledad, bien te busqué
mientras tuve compañía...
Soledad, soledad mía,
viniste cuando se fue ...

De sus brazos me escapé
cuando en sus brazos dormía;
estar a solas quería
sin adivinar por qué.
Toda la noche vagué
por verte, soledad mía;
regresé rayando el día,
y dormida la encontré.

De puntillas me alejé
burlando su compañía
por hallarte, y no te hallé;
pero un día
que volví, no la encontré...

¡Ay, mi soledad tardía
viniste cuando se fue!
Lloré porque no podía
hallarte, soledad mía,
y lloro porque te hallé...

(Ausencia y canto)

 


Primer canto


El Mensajero

Ha de venir, y nacerá mañana.
Parto de soledad le dará vida,
sin hembra, ni serpiente, ni manzana.

Beberá leche y miel —virtud fundida
en gracia— para dar música al viento
y acosar al dragón en su guarida.

Hierbas del campo le darán sustento
—dulce filtro de amor para la entraña,
jugo de acíbar para el pensamiento—.

Oirá su propia voz en la montaña
antes que asombre piélago y llanura
con palabra profética y extraña.

Pasará la niñez alegre y dura:
jugará con el cisne y con la fiera
en retozo de sangre y de blancura.

Se bañará de sol en primavera,
de aliento de huracanes en el monte,
y de efluvios a ras de la pradera.

Desnudo irá, para que el cuerpo afronte
fuego y escarcha, mientras tiende mudo
los ojos al azul del horizonte.

Su espíritu también irá desnudo
para que contra el mal y la mentira
la propia desnudez sirva de escudo.

Sabrá cantar. Le prestarán su lira
mares y selvas, y será su canto
voz de perdón o sacrosanta ira.

Sabrá llorar. Destilará del llanto
eucarística sal para la ciencia
y linfa bautismal para ser santo.

Firme de paso y puro de conciencia,
irá por los senderos escondidos
forjando su impoluta adolescencia.

Dócil al aguijón de los sentidos,
a su sed de visión vendrá la aurora
y el canto a la avidez de los oídos.

Violará la caverna donde mora
la prole del león en el desierto,
y año tras año aguardará la hora.

Noches y días mantendrá despierto
y escudriñante el ojo al esperado
signo de luz que alumbrará su huerto.

Estéril como lirio inmaculado,
no engendrará jamás en vientre impuro
al hijo de la muerte y el pecado.

Oirá la voz del mar desde el oscuro
antro de su retiro, y cada ola
le henchirá de esperanza y de futuro.

Se embriagará de gracia en la corola,
de blancor en las nieves, y de fuego
en el sol que las nubes arrebola.

Lo calará la lluvia como riego
lustral, y al cielo tenderá la mano
en doble acción de gracias y de ruego.

Prisionero en la torre de su arcano,
en soledad aprenderá la vida,
sin vivir con los hombres será humano.

Sabio de infusa ciencia, no aprendida
la evangélica voz, puro y entero
en su verdad, el ánima encendida

en hogueras de amor, por el sendero
que él abrirá desde la cima al mundo,
ha de bajar un día el Mensajero.

Lo anunciarán un aire vagabundo,
un divino pavor de corazones,
un callar enigmático y profundo.

Le seguirán rebaños de leones,
y heraldos de sus ojos adormidos
irán en vuelo pájaros y halcones.

Derramará la paz en los sentidos,
y en los arroyos de la clara senda
tigre y cordero abrevarán unidos.

Humana expectación... Una leyenda
cifrada en luz, lo nombrará en la altura
—legible para el ojo que comprenda—.

Abierta en dos la cabellera oscura,
bajará de su frente hasta los hombros,
y a su presencia, vidas y llanura
florecerán de augurios y de asombros.

("Primer canto" en El diluvio de fuego)

 


Último viaje

 

Camino del silencio
se ha ido. Va delante
de mí. Lleva su antorcha
a salvo ya de la traición del aire.

Va musitando el verso que no pudo
decir la última tarde.
Se perdió su sonrisa, y en sus ojos
tiembla el hondo pavor del que ya sabe.

Lo llamo, lo persigo. Ya no vuelve
el rostro a mí para decirme: "Padre,
ésta es mi juventud, yo te la entrego;
éste es mi corazón, y ésta es mi sangre."

Cuando mis pasos, que la ausencia anima
y le siguen en pos, le den alcance,
juntos los dos ante el cristal que funde
liberadas del tiempo las imágenes,
veré su faz y miraré su frente
en el hombro paterno desmayarse.

Allí sabremos ambos quién ordena
partir un día, y la razón del viaje.

(Bajo el signo mortal)

 


El encuentro

 

Vagábamos sin sentido
en alas de no sé qué;
yo, por algo que se fue;
tú, por algo presentido.
En el sendero perdido
el acaso nos juntó,
y recobrados tú y yo
de la divina sorpresa,
me dije: "Por fin regresa";
pensaste: "Por fin llegó".

(Bajo el signo mortal)

 


A un alma ausente

 

Porque sabías lo que nunca dije
y no diré ya más, lloro en tu muerte
mi propia muerte, y me sepulto en vida.

Resurrección... eternidad... encuentro
definitivo en la serena hondura,
en un presente que lo abarca todo
como mar sin orillas y sin viento,
bañado en luz que brota del mar mismo.

Así será. Recónditos veneros
que nutrieron las almas y las vidas
de tantos hombres que en alquimia oculta
forjaron mi emoción y tu sonrisa,
irán al mismo mar... Allí estaremos
tu madre y yo y el hijo de tu carne
y todo nuestro ayer, lo que sin tregua '
nazca de nuestros ríos silenciosos
en el tiempo voraz que engendra y traga
la sucesión de vidas y de muertes...

Verdad, así será... Mas esta vida
pequeña y vacilante, como niño
que da en el bosque los primeros pasos,
esta urdimbre de espinas y de flores
que puso el tiempo en el jardín del mundo
como una iniciación para lo eterno
¿no ha de volver jamás? ¿Será tan sólo
ave fugaz que canta y agoniza
y se lleva el secreto de su canto?

Esta vida que ignora y que pregunta,
ésta, que nada sabe, pero atisba
el misterioso signo de los astros
¿se borrará por siempre, como río
que nunca torna al manantial paterno?

Dímelo si lo sabes, sombra ausente.

1943

(Segundo despertar)

 


Último mar

 

Viajo entre sombras... Pero yo quisiera,
antes que la palabra quede muda
y el ojo sin visión, clavar mi duda
sobre las tablas de una cruz cualquiera.

Afirmar y creer que cada cosa
se rige por un ímpetu lejano
y que en el alma universal se posa
—a un tiempo maternal y silenciosa—
la sabia providencia de una mano.

Sentir que cuando el dardo de la vida
cruza silbando el aire y atraviesa
el corazón, hay alguien que me besa
en la sangrienta boca de la herida...

Quisiera que al pasar, mientras tremolo
mi jirón de bandera desgarrada,
un perfil, una voz, una mirada
me libraran del miedo de estar solo
en el trance final de la jornada.

Que cuando en viaje póstumo y sombrío
por el último mar, mudo y desierto,
vaya dejando atrás cuanto fue mío,
un ave sobre el mástil del navío
cante mi canto y avizore el puerto...

13 de junio de 1946

(Vilano al viento)

 


VI

 

Interrogación

 

Y el grito interrogante de una invisible boca
rasgó de los espacios el silencio infinito:

"¿Qué viento os arrebata, despavoridas sombras
que bebisteis locuras en ponzoñosos filtros
y en orgía de sangre os revolcáis ahora?
¿Qué ser irresponsable os perturba el sentido?
¿Qué voz llama en los mares de embravecidas olas?
¿Qué seducción de muerte os empuja al abismo?
Vuestra vida es un canto de atropelladas notas
que un lunático ensaya sin acorde y sin ritmo.

"Un perverso ha violado los cerrojos del arca
de Pandora a los postres del convivio siniestro,
y la vieja discordia arrojó la manzana
que provoca las iras y los odios fraternos.
Los vampiros nocturnos desplegaron las alas
y de níveas palomas ahuyentaron el vuelo.
Leviatanes de instintos enrojecen las aguas
incendiando los mundos con sus ojos de fuego.
"Hace siglos ¡oh, buitres insaciables e impuros
que husmeáis los festines de podridas carroñas!
hacia el sol elevasteis los altares del culto
y fingisteis deidades con la lluvia y la aurora,
y temblabais de espanto bajo el trueno profundo
y elevabais un templo a la luna que asoma,
y al pensar en la muerte tiritabais de susto.

"Y el odio forjó el miedo y separó las razas.
Deidades iracundas endiosaron delitos
y en la cándida tierra dividieron las aguas,
estrujaron los campos y disputaron ríos
en que el árbol bebía su verdor y su savia
y con suaves murmurios endulzaba el camino.
Detuvisteis el paso de las horas doradas
en que todo era nuestro y no tuyo ni mío;
para invocar la muerte elevasteis plegarias,
abristeis las cavernas de todos los instintos,
y en las maternas ubres de leche emponzoñada
abrevaron sedientos los labios de los niños.

Afilasteis las puntas que hieren a mansalva,
la codicia del oro despertó el latrocinio,
y los mantos azules del mar y la montaña
se tiñeron con sangre de mendaz heroísmo."

(Babel)

 

 


Doble tarea

 

Al tictac del reloj cavo mi muerte;
gota por gota riego mi esperanza;
a golpes de azadón el foso avanza;
el débil tallo en árbol se convierte;
y sigo sin violencia ni mudanza
mi doble empresa de esperanza y muerte.

Del árbol que planté, quizás no obtenga
la dádiva floral; mas será alfombra
mullida cuando el brazo se detenga,
y apagará los pasos del que venga
a turbar la esperanza de mi sombra.

1950

(El nuevo Narciso)

 


Principio y fin del mar

 

Poema en dos sueños


I

Yo soñé con un mar recién nacido,
un mar deshabitado y en reposo,
un trasparente enigma silencioso
huérfano de vaivén y de sonido.

Un insólito mar ensimismado
en su impoluta soledad, despojo
de un cósmico dolor, y por el ojo
de una insondable eternidad llorado.

Un aura de quietud besando apenas
aquel prístino mar cuya tersura
desperezaba su inocencia pura
sobre la castidad de las arenas.

Agua en preludio sideral dormida,
agua sin navegantes y sin peces
que un ósculo sutil rozaba a veces
cual tímida promesa de la vida.

Líquida calma sin asombro humano
que sondara el misterio de la hondura
ni brazo que alargara la insegura
y trémula caricia de una mano.

Planicie sin arruga y sin ultraje
bajo un aire que besa y que no riza,
doncellez de cristal que se horroriza
de la posible violación de un viaje.

Agua sobre la tierra sin pecado
—sin noche, sin ocaso, sin aurora—
y que del gran delito provisora,
fuera como bautismo anticipado.

Diamantina quietud, claro y risueño
espejo de sí propio, paraíso
de la fuente y el rostro de Narciso
ya juntos en la imagen de su sueño...

 

II

Y vi que el agua se tiñó de rosa,
y fue la desnudez ruborizada
que siente de improviso la mirada
que en su regazo virginal se posa.

Rasgó las nubes y asomó tras ellas
el primer sol inaugurando el día,
y al mirar que en las ondas se perdía,
hubo un nocturno sollozar de estrellas

Malignos dioses atizaron fraguas,
cumbres hostiles desataron vientos,
y herida de pavor en sus cimientos,
la tierra retembló bajo las aguas.

Zarparon barcos al romper la aurora
entre revuelos de azoradas aves
mientras en la cubierta de las naves
vuelca su carga el cofre de Pandora.

Tiende las manos y el peligro advierte
la turba que sorprende la partida,
y en el mural de rutilante vida
su faz exangüe dibujó la muerte,

Corren las quillas levantando espuma
por los ignotos ámbitos marinos,
y el cebo de dorados vellocinos
oscila entre las mallas de la bruma.

Al insomne compás de los remeros
que abordan islas y divisan montes,
hay un largo desfile de horizontes
y un mirífico pasmo de luceros.

Cubren los cielos signos y presagios
que auguran riesgos y predicen odio,
y suenan de episodio en episodio
romances de tormentas y naufragios.

Trampas de escollos y traición de arenas
ensayan alaridos y canciones:
sirenas que cautivan corazones
y Andrómedas que lloran sus cadenas.

Tras verdes lomas, el azul engaño
esconde Circes que al incauto embrujan,
y hay gruñidos de piaras que se estrujan,
y balantes vellones en rebaño.

Un día, por lavar la pestilente
raza mortal, desbórdase iracundo;
mas en el arca que renueva un mundo
se salva la maldad con la simiente.

Se abre después como una roja herida,
guarda al semita y al egipcio traga;
mas por el mundo el redimido vaga,
errante can sin amo y sin guarida.

Horno vital y vasto cementerio,
engulle muertos, y su alquimia estulta
resucita lo mismo que sepulta
en sus laboratorios de misterio.

Al soplo de huracán que todo arrasa,
se estremecen las aguas, y en el fondo,
como un amago temeroso y hondo,
el pez blindado de la muerte pasa.

El olímpico rayo, que saeta
fuera letal en pecho de titanes,
con brote submarino de volcanes
empina lavas y a las nubes reta.

Su norte pierde el hierro de la aguja,
y al garete de brújula perdida,
zozobra la galera de la vida
que azota el crimen y el dolor empuja.

En morbosa avidez, sin que le estorbe
salvadora deidad, el hombre inquieto
rompe y divulga el eternal secreto
que marca el ritmo en que se mece el orbe.

Vi la euritmia del átomo violada
y consumirse el corazón del mundo
en una gigantesca llamarada.
El mar sobre el planeta moribundo
fue una lágrima azul evaporada.

1950


(El nuevo Narciso)