Nota introductoria

¿Cuál es su secreto, querido y admirado Enrique
González Martínez? ¿Qué es lo que le ha permitido
cruzar los ochenta años con tan animosa juventud
en su vida y en su poesía?

José Luis Martínez, de "El secreto",
en A Enrique González Martínez en
sus ochenta años
(Homenaje).
México, F.C.E., 1951

 

 
 
 

Enrique González Martínez nació el 13 de abril de 1871 en Guadalajara, Jalisco, y murió el 19 de febrero de 1952 en México, D. F. Durante 15 años ejerció su profesión de médico rural. Fue profesor de medicina y de literatura, político, diplomático, conferencista, periodista, traductor y sobre todo poeta.

Mucho se ha hablado del modernismo de González Martínez y de su oposición al mismo.

El modernismo es un movimiento generador y ecléctico, notablemente feliz para la profunda transformación literaria e ideológica de la cultura hispanoamericana. Sus límites en el tiempo son fluidos, difíciles de precisar. Indudablemente puede fijarse el comienzo del modernismo en los primeros años de la octava década del siglo pasado con la excelente obra de José Martí, y en el caso de México, con la de Gutiérrez Nájera. Pero más difícil es saber, con exactitud, el fin de su resplandor, en gran parte porque esta corriente se prolonga mucho más allá de los primeros años de nuestro siglo y al mismo tiempo abre caminos significativos para la literatura contemporánea. Aunque lo cierto es, como señala Carlos Monsiváis en su antología de La poesía mexicana del siglo XX, que "de no existir Agustín Lara, Enrique González Martínez sería el último modernista".

Pero ¿cuál fue la etapa que del modernismo siguió González Martínez?

En primer lugar, el poeta jamás renegó de su educación, formación y poesía modernistas.

En un texto publicado por la UNAM en 1951, como homenaje a los 80 años del moderno Patriarca, se publica el soneto "Tuércele el cuello al cisne", del que a propósito dice González Martínez:

Entre los poemas de este cuarto libro [Los senderos ocultos] estaba el soneto "Tuércele el Cuello al Cisne" que Pedro Henríquez Ureña [:..] habría de considerar como intencionado manifiesto literario o como síntesis de una doctrina estética. En realidad el poema no era, como definido propósito, ni una ni otra cosa, sino la expresión recreativa contra ciertos tópicos modernistas arrancados al opulento bagaje lírico de Rubén Darío, el Darío de Prosas Profanas y no el de Cantos de Vida y Esperanza.


Lo anterior y la lectura del soneto muestran claramente que González Martínez estaba en contra de esa primera etapa preciosista que tuvo el modernismo, y que manifestó Darío en Prosas profanas (que además no tardó en abandonar) y que seguían los deplorables imitadores del poeta nicaragüense, que incapaces de alcanzar su excelencia, se afanaron por exagerar sus defectos.

Nuestro poeta no gustaba de ese estilo que culminó en un refinamiento artificioso y amanerado.

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.


González Martínez coincidía con la segunda etapa del modernismo, que se define sobre todo por una modificación en el tono: de frívolo a un tono de compromiso, de filosofía humanista, en el que el lirismo personal alcanza manifestaciones intensas ante el eterno misterio de la vida y la muerte, sin abdicar de su rasgo característico de trabajar el lenguaje con arte.

Así, mientras los demás modernistas se quedaron estancados entre los tules, jarrones y palacios versallescos, nuestro poeta "preparó la formulación de un nuevo código poético, donde son requisitos básicos la belleza interior, la fe acendrada" (C. Monsiváis, La poesía mexicana del siglo XX). Y se convirtió, como señaló Paz en Las peras del olmo, en el único poeta realmente modernista que tuvo México.

La voz de González Martínez, llena de serenidad, filosofía y entrañable señorío, con insistente voluntad de cambio, de renovación espiritual, condujo a la ruptura, a la revolución de la poesía mexicana, que también asumió, de otra manera, López Velarde. Por esto sobresalen porque de ellos dos arranca una nueva manera de comprender y expresar el fenómeno poético.

La poesía de González Martínez es una lúcida reflexión sobre el hombre y las cosas. El amor, el dolor, la eternidad, la muerte, el paisaje y, sobre todo, la positiva actitud ante la vida, son sus temas predilectos. Su poesía, sosegada y grave, se distingue por la claridad y la justa coordinación entre la sustancia y la forma; en ella sólo aflora lo armonioso y lo reflexivo.

Fue poeta para él y para los demás. José Emilio Pacheco, uno de los críticos más lúcidos del poeta, refiere en su Antología del modernismo (UNAM, 1970), que rota la aspiración a la serenidad, debido a los dramas a que lo enfrentó el destino, "hizo poemas de absoluta maestría, en la más honda línea elegiaca española". Pero ya en El diluvio de fuego (1938), "el dolor personal, el drama íntimo cedía el paso al sufrimiento del mundo".

Enrique González Martínez publicó en prosa solamente algunos cuentos y dos libros de memorias: El hombre del búho (1944) en el que trazó los rasgos de su formación estética hasta 1910 y algunos detalles biográficos, y La apacible locura (1951) en el que continuó con su biografía, gustos, poesía y retratos de amigos.

En 1903 la Imprenta Retes, de Mazatlán, publicó el primer volumen de versos del entonces novel poeta: Preludios, al que le falta madurez, una orientación definida y estilo personal, pero en el que se encuentra una gran perfección formal y cierta ironía.

En 1907 publicó en Mocorito Lirismos, continuación de su empeño por "encontrarse" a través de mitos y paisajes parnasianos, y donde el conocimiento de la soledad y el silencio, habrán de conducirle a su tercer libro: Silénter (1909), poesía contemplativa y sencilla.

En 1911 aparece Los senderos ocultos, obra que cimentó su reputación y le dio definitivamente un lugar en la literatura mexicana. En ella muestra una sabia manera de penetrar en el misterio y en el sentido de la vida y la naturaleza. Ese mismo año fue nombrado miembro de número de la Academia Mexicana e ingresó en el Ateneo de la Juventud, cuya presidencia ocupó en 1912.

En 1915 se publican La muerte del cisne y Jardines de Francia, este último es un libro de traducciones.

El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño (1917) es ejemplo de que en la lírica de González Martínez prevalece, como lo señaló el dominicano Henríquez Ureña, lo ético sobre lo estético, para llegar en ascensión perpetua a una mayor serenidad y a ser más sincero. Aunque en su peor instancia, algunos poemas son una homilía, un consejo moral.

En 1918 publicó Parábolas y otros poemas, con prólogo de Amado Nervo. En este texto su poesía alcanza su más alto sentido filosófico.

En 1921 apareció La palabra del viento y en 1923 El Romero alucinado. En 1925 Las señales furtivas con prólogo de Luis G. Urbina, en que se mezcla la ironía, el ingenio, el humor y lo cotidiano, al igual que el libro que le precede. En 1935 Poemas truncos y en 1937 Ausencia y canto en los que encontramos algunos poemas dedicados a la esposa muerta.
En 1938 publicó El diluvio de fuego, poema trágico en que dibuja la guerra. El poeta se convierte en profeta.

En 1939 Tres rosas en el ánfora.

En Bajo el signo mortal (1942) se observa un hálito religioso, y en ocasiones hasta místico. El poeta canta a la muerte de su hijo (González Rojo).

En 1945 aparece Segundo despertar y otros poemas que es una prolongación del canto de ausencia iniciado con Poemas truncos.

Vilano al viento aparece en 1948.

Babel (1949) es el canto de la guerra, de los inventos. Se describe al hombre luchando entre lo terrenal (guerra, odio…) y lo sublime (la musa), entre bien y mal, materia e ideal. Todo refleja las inquietudes de nuestro tiempo.

Su obra póstuma es El nuevo Narciso y otros poemas (1952), libro de despedida escrito a la sombra de un presentimiento. Poesía crepuscular mas no declinante. Canto sereno del gran Patriarca.

El día que sepultaron a Enrique González Martínez el maestro Carlos Chávez pronunció la primera oración, que terminó de esta manera:

Y, pendientes de "las señales furtivas" que el poeta nos enseñó a descubrir —como manifestación de la vida imperecedera en la piedra, en el aire, en el agua. Desde ellas nos hablará siempre la poesía de Enrique González Martínez.


Los poemas seleccionados fueron tomados de Enrique González Martínez, Obras completas (Centenario de 1971. Su nacimiento. Homenaje de El Colegio Nacional), edición, prólogo y notas de Antonio Castro Leal. México, El Colegio de México, 1971, 862 pp. Esta selección pretende mostrar las afirmaciones que se han hecho de cada uno de los libros del poeta. Son desde luego apreciaciones muy generales que podrían ser ampliadas con la lectura misma de los poemas.

 

Ambra Polidori