Nota introductoria
 
 
 

El poeta-pintor César Moro (1903-1956) llegó a México en marzo de 1938. Llegó para quedarse diez años. Venía de haber vivido los últimos tres años en su país, el Perú, porque desde 1925 a 1935 había hecho Moro de París su morada.

Llegó a México incitado por el México de Agustín Lazo a quien conocía cuando el pintor, escenógrafo y dramaturgo estudiaba en el atellier de Charles Dullin en la Francia de los finales de la década del 20. Vino por Agustín Lazo y aquí heredó también a su mejor amigo: Xavier Villaurrutia. Cuando los surrealistas —Benjamín Péret, Remedios Varo, Wolfgang Paalen, Alice Rahon, Leonora Carrington— llegaron después de 1940 terminaron por completar ese círculo inquietante y exclusivo del mundo de Moro en nuestro país. Quizá faltaría nombrar a Francisco Zendejas y a la Cretina, una minúscula tortuga con la que el poeta templaba su paciencia, alimentaba su extravagancia haciéndola peatona de la Alameda Central.

Aquí escribió y publicó sus libros más importantes, sus ensayos más desmitificadores y agresivos. Aquí conoció, en la provincia, la persona destinataria de Lettre d'amour, a un amor-pasión vivido entre sombras y marginalidades.

Llegó en marzo de 1938, poco antes de la llegada de André Breton de quien era amigo desde París y con quien colaboró en Le Surréalisme au Service de la Révolution, porque este peruano es indudablemente el primer escritor aceptado desde sus inicios en ese movimiento. De paso conviene reflejar una paradoja: cuando muchos de nuestros poetas continentales se afilian al surrealismo por los cincuentas este surrealista de primera hora, es decir de 25 años antes, ya había abandonado las filas.

En México Moro fue casi el cicerone de Breton. Las pocas fotografías que existen del francés durante su estancia aquí lo muestran con el peruano, las únicas en las que no aparecen juntos son en las que Breton está junto a Trotski. Fue su cicerone y además su máximo propagandista.

De una forma general la intelectualidad mexicana no desconocía qué cosa era el surrealismo, quiénes sus dirigentes, cuáles sus experiencias y propósitos. Había información periodística más o menos abundante y hasta se reproducía material pictórico en revistas y suplementos literarios. Otra cosa era, sin embargo, el conocimiento medio tacaño y subestimativo que se tenía de la literatura surrealista y la casi absoluta falta de traducciones, hecho que no había modificado ni siquiera la presencia de Artaud en México, durante 1936. Hay que recordar que apenas después de 1960 se empiezan a traducir las obras surrealistas en México.

El primero en dar a conocer algo de esta poesía fue Jorge Cuesta quien, a raíz de su viaje a Francia en 1928 y de conocer personalmente a Breton y a Robert Desnos, traduce poemas de Paul Eluard en la Revista Contemporáneos, en mayo de 1929. Tienen que pasar otros nueve años para encontrar nuevamente poesía surrealista en nuestros medios de difusión cultural. Este hecho se debe a la labor de César Moro y a la llegada de Breton.

Los surrealistas franceses titula César Moro a su breve antología poética, editada como "Suplemento No. 3" de la revista Poesía, dirigida por Neftalí Beltrán y que corresponde al mes de mayo. Todas las traducciones corren por cuenta del poeta peruano, precedidas por su propia y poética visión, llamándola sencillamente "Nota".

Doce son los poetas y el orden es alfabético: Hans Arp —un fragmento de "Configuración", del libro Le siège de l'air—; André Breton —"En tu lugar desconfiaría del caballero de paja", poema de L'air de l'eau—; Paul Eluard —"Algunas de las palabras que, hasta ahora, me estaban misteriosamente prohibidas": Giorgio de Chirico —"Una noche", aparecido en La Revolution Surréaliste No. 5—; Salvador Dalí —"El fenómeno biológico"—; Marcel Duchamp —"Entre nuestros artículos", incluido en la Anthologie de l'humor noir—; Georges Hugnet —"La hora del pastor"—; Alice Rahon —"Gruta"—; Benjamin Péret —"Háblame" de Je sublime—; Pablo Picasso —"28 de Noviembre XXXV", publicado en español en Cahiers d'Art No. 5 y 6—; Gisèle Prassinos —"Anuncio"—; y Gui Rosey —"He aquí todos los siglos pasados a filo de espada", un fragmento de Drapeau nègre.

Una medida bastante ilustrativa del pensamiento de los cronistas culturales respecto a la incomprensión que muestran frente al surrealismo —por otro lado es un lugar común que en Latinoamérica la pretendida ingeniosidad encubra siempre la ignorancia— es la "píldora" que sobre esta antología se inserta con el encabezado "Un peso de poesía" en El Nacional el 25 de julio de 1938:

Pero oigamos lo que dice el César Moro, traductor de poetas sobrerealistas en el "Suplemento" alquitranadamente compungido de Neftalí: "El surrealismo es el cordón que une la bomba de dinamita con el fuego para hacer la montaña". ¿Entendido? Se necesita un traductor que hable el lenguaje de los topos.


En ese mismo año, Letras de México, dirigida por Octavio G. Barreda, en su número 27, del lo. de mayo se dedica íntegramente a Breton y al surrealismo. De ese material destaca, en las páginas 3 y 4, una breve muestra de la poesía surrealista. César Moro traduce "Cartero Cheval". "El gran socorro mortífero" de André Breton; "Los sentidos" de Gui Rosey; "Mil veces" de Benjamin Péret y "Entre otras" de Paul Eluard. De Moro el poema dedicado a André Breton.

He tomado como base Los surrealistas franceses y añado para esta edición los demás poemas traducidos por el peruano y aparecidos en Letras de México durante la estancia de Breton aquí, incluyendo el que le fuera dedicado.

Esta antología sigue siendo de singular vigencia en nuestra literatura por ser la única compilación poética que aún existe en México sobre ese movimiento francés. Por el conocimiento que tenía su autor del surrealismo y por la calidad de la traducción esta muestra es un documento de necesaria difusión de la estética más revolucionaria del siglo xx.

 

Luis Mario Schneider