Jaime García Terrés: La eficacia secreta del sonido
 
 
 

Todo poeta es un resultado colectivo y sin embargo no hay nada más personal que su producción. Como lectores nos interesan básicamente los poemas. Es asunto académico explorar las afinidades y diferencias visibles entre Jaime García Terrés y otras grandes figuras de la generación del medio siglo como Rubén Bonifaz Ñuño, Rosario Castellanos y Jaime Sabines. Si existe un denominador común para ellos es la voluntad de realidad. Hablan de lo cotidiano y emplean con suma destreza el lenguaje de la conversación. A pesar de sus transformaciones cada uno de sus textos es inmediatamente reconocible como suyo. Tienen algo más que un estilo: una voz poética.

En su dedicación a la poesía, que ha engendrado también excelentes ensayos, García Terrés propone una estética y una ética del trabajo. La poesía vivifica el idioma y lo mantiene en circulación. No podemos aspirar a entendernos ni a entender el mundo si no usamos las palabras precisas. Esta es la primera responsabilidad del poeta. En consecuencia García Terrés ve su oficio como el de un hacedor: faber, fabbro, artífice, artesano. No tiene sentido escribir mal y es una inmoralidad entregar a un público agobiado por el fárrago de productos a medio cocer; sobre todo en un país en que pocos —desde quienes producen alimentos hasta los médicos y los constructores de viviendas— hacen bien lo que debían hacer de la mejor manera posible.

Una de las más brillantes páginas en prosa de García Terrés se concentra precisamente en la "Defensa de la poesía". La considera un "instinto primario, tan antiguo e indispensable como el sueño despierto. Y a la larga un pueblo despojado de poesía —así sea con las mejores intenciones— será un pueblo sin respiración, miope a los horizontes y dueño apenas de una humanidad mutilada".

Allí mismo repudia la improvisación y observa que no hay ley capaz de eximir al poeta del estudio. "Artesano de los signos, debe, ante todo, conocerlos, calibrarlos, ejercitarse en y con ellos, así sea para torturarlos y desbordarlos." Cuando escribir poesía tiende a convertirse en una actividad a la vez fácil e imposible, la lectura de García Terrés, que siempre ha sido un placer, se vuelve también un correctivo. Nos recuerda que esos signos son a la vez sonidos y que, como escribió Henry James, la forma y la textura son la sustancia, la carne indeserraigable de los huesos. Mientras aumentan las prohibiciones y el poeta ve cada día más reducido su espacio de maniobra, García Terrés demuestra que un poema puede decir cuanto se dice en prosa y hacerlo de manera concisa e inmejorable.

Al practicar una poesía de la razón que está muy lejos de excluir la pasión —lo han observado tanto Octavio Paz como David Huerta—, García Terrés comprueba que la lírica es también una actividad de la inteligencia: sensaciones y sentimientos no bastan para hacer un poema. Sus libros, por otra parte, resuelven el falso dilema entre poesía íntima y poesía civil: en ellos las dos voces se refuerzan y se complementan. El campo del poeta es el mundo entero, la obra de la naturaleza lo mismo que las elaboraciones de la cultura. Todo está dicho y todo está por decirse. Todo se ha visto y todo está por verse, desde un ángulo que será siempre nuevo porque el observador que nos comunica su visión no existió antes ni volverá a existir.

Así, la originalidad de García Terrés resulta en buena parte producto de no haberla buscado como fin último de su tarea. Esto aparece claramente en sus admirables versiones. Desde hace por lo menos veinticinco años, confirmó que la poesía ciertamente es intraducible pero sí puede ser reinventada en otro idioma. Algunos de sus textos más particulares son aquellos que ha imaginado a partir de poemas previos en otras lenguas. Gracias a ellos ha enriquecido nuestra poesía con algo que le faltaba. Entre otras cosas, fue el primero en México y uno de los primeros en el ámbito castellano que descubrió (y anexó a nuestro repertorio) a Kavafis. En todo lo más por decir, un gran libro que por la injusta distribución de la riqueza poética aún no ha encontrado tantos lectores y lectoras como merece, los poemas propios (si puede hablarse de "propiedad" en una actividad plural como la poesía) están sin ninguna línea fronteriza junto a las versiones: unos y otras son de todos y también para todos.

La elocuencia de García Terrés se halla en razón directa de su sobriedad. En la perfecta alianza de sonido y sentido que se da en sus poemas, la destreza rítmica nunca aparece como algo exterior sino como el medio preciso de suscitar en quien lo lee la experiencia trasmitida en los versos.

De Las provincias del aire (1956) a Corre la voz (1980) Jaime García Terrés ha escrito una de aquellas obras intensas e irremplazables que hacen de la excelente aunque casi siempre ignorada y desdeñada poesía mexicana una de las líneas centrales de la lírica en nuestro idioma. Este cuaderno tendrá sentido y logrará su objeto si consigue más interlocutores para su trabajo.

 

José Emilio Pacheco