Dos poemas de
Funerales
 

I (15)

 

Pides que me levante. No podré.
Tengo las manos y los pies raídos
y un féretro de pino por encierro.
Lo sé, lo sé, las puertas de la casa
ya no sirven, igual que las ventanas;
es preciso pintar los cuatro muros,
cortar la yerba que se arremolina;
hace falta dinero para todo.
Y sé también que mi mujer me llama
cuando gimen los huérfanos o no se portan bien.
Pero se me han podrido las pupilas, los dedos,
vastas porciones de mi cuerpo, y pronto
perderé lo demás.
Mejor harías si dijeras
a los parientes más cercanos
que me sueñen, me traigan en su sangre
y rieguen el ciprés que estás mirando,
una vez por semana cuando menos.
Tarde o temprano, necesariamente
vendrá la primavera;
querré sentirlo, cómo crece, cómo
van sus raíces absorbiendo muertes
para ayudarme a renacer un día
entre nuevos retoños y perfumes,
desnudo de mi carne y de mis huesos.



II (16)

Si los húmedos ojos consiguieran
lavar los males que sin tregua lloran,
gustoso cambiaría
para curar mi pena
las alhajas más ricas por galones de llanto.
Pero no es verdad, buenos amigos.
Así como el rocío
fomenta las mazorcas del maíz incipiente,
las quejas multiplican el peso de la cruz,
las lágrimas provocan otras lágrimas
cultivando la pena y abriendo más heridas.
Sufre saña mayor de la fortuna
quien después de sufrir alguna pena
con lágrimas la inunda todavía;
el rostro seco y mudo, por contraste
a la fortuna maravilla y doma.
Aleja, pues, tu llanto, plumilla plañidera,
y acabe sin demora la tediosa reseña
de cuanto llamas infortunio;
la dureza jamás ha sucumbido
delante de blanduras.
Si quieres desamar a la fortuna
tendrás que dar la cara, seca y muda.