Los muertos en Europa

 

A Robert Lowell, este poema suyo, que le fui a leer a su casa de Manhattan cierta noche que ya recuerdo sólo a medias. Aquella lectura y la velada entera fueron un poco absurdas. Pero el poema sigue siendo memorable.
J. G. T.

Tras el fragor aéreo sucumbimos en una
fosa común, todos solteros, hombres y mujeres;
ni corona de espinas, o de hierro, ni corona lombarda,
ni fusiformes y calados chapiteles apuntando al cielo
pudieron rescatarnos. Madre, levántanos, caímos
solitarios aquí, dentro del glutinoso fuego:
Nos fue condenación entonces nuestra tierra bendita.

¿Nos incorporaremos, Madre nuestra, el día de María,
en esta madre tierra, dondequiera que hayan contraído
los cadáveres nupcias bajo escombros, en un solo
montón?
Suplica por nosotros, deshechos y enterrados por las
bombas;
al llegar el momento de la resurrección, cuando Satán
nos disperse, Oh Madre, nuestros cuerpos arranca de
las llamas:
Nos fue condenación entonces nuestra tierra bendita.

Madre, mis huesos tiemblan y ya oigo
las reverberaciones de la tierra y la trompeta
que aulla en mi catástrofe. ¿Daré
(¡Oh María!) yo célibe, yo títere de polvo,
testimonio del Diablo? Escúchame, María, Oh María,
amadrina las bodas de tierra y mar y fuego y aire.
Nos es condenación ahora nuestra tierra bendita.