Dos poemas políticos




I. Carencias urbanas (1974)

 

Esta ciudad
—nacida de las aguas—
no tiene ríos
ni lagos verdaderos;
todos fueron trocados por el polvo
que periódicamente nos invade,
nos asfixia,
nos duele
como rezago de pacientes crímenes.

Bajo ‛las torres cuya cumbre amaga'
esta ciudad reduce los colores
al insignificante claroscuro;
cubre sonámbula sus amapolas
y ofrece cardos a la sed furtiva.

En el fondo carece de refugios
para los malheridos o los débiles.
Rabia,
duerme,
trajina,
pero no considera la punzante
soledad en las últimas esquinas.
Es una gran caserna sin estilo,
donde se cobra más de lo prudente.

Púdrese ya, Bernardo de Balbuena,
la por ti sazonada
golosina sabrosa de las vidas.




II. Una ciudad en manos de la muerte

 

Réquiem no, sino duro lamento. Rebeldía
en son de retirada, sin virtud benigna
que pueda quebrantar a la dolencia.
Plegaria no. Furores todavía,
la ley por blanco y la razón por flecha.

Muerta va la ciudad; pero no lleva
cortejo florecido. Todo es tumba,
largo jirón de luto macilento.
No siento cómo cuente lo que pasa.
Fuegos hay de discordia, ladrones en la casa;
pero si la memoria se derrama
cual sombra su dolor la desvanece.
Todo es cadáver ya, pero cadáver
sin historia.
¿Qué paz se nos espera
cuando guerra tan sorda nos abruma?
A nada nos conduce saberla legataria
de títulos muy viejos. El verdugo
degolló su grandeza
y en manos de la muerte se quebraron
amordazadas las genealogías.