Éste era un rey


Y nuestra vida sigue siendo
un poco de vapor, como decía
Santiago.
Vuelan aparte los jardines
de pluma generosa. La moneda
más noble desvanece
los bordes que la fraguan.
Parte la luz. Y sólo queda
un poco de vapor en nuestras manos.

El rey ha muerto:
que lo sepan todos.
Grandes y pequeños lloren
sobre su manto.
Al alba se fijaron los edictos.
Y ya los labios del cortejo
murmuran sin descanso la oración
suntuaria.

(Muros de olvido. Se llevaron
el rápido calor de su aposento.
Ya no suenan los días en caracolas.
Un lecho inmóvil ciega la ventana.
Se llevaron —con grave diligencia—
la forma de su rostro, las sílabas
tranquilas de su nombre.
Borraron las pisadas
y secaron las fuentes.)

Guarde también el pueblo desazón.
Campanas.
Hogueras funerales.
El rey ha muerto.

Y que diga la voz de todas las aldeas
cómo la noche se miró en sus ojos;
cómo fue escalando montañas de sombra,
mientras velaban la terraza
vanos centinelas;
cómo
la vida es vaho,
ligera nube que humedece
la palma de la mano, y luego
nada.