Fernando Ferreira de Loanda

Antología poética

Selección, traducción y nota de Maricela
Terán

 

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Nota Introductoria

 

La literatura brasileña ha llegado a considerarse como una de las más iluminadas e intensas del presente siglo. Bastaría mencionar figuras de la dimensión de Manuel Bandeira, Drummond de Andrade o Cecilia Meireles en la poesía y Machado de Assis o Guimarães Rosa en la prosa para percatarnos de su estatura. En los años 45, finalizada la segunda guerra mundial, aparece un grupo de jóvenes poetas que participan de lo que sería el movimiento modernista en su tercera fase1. Ellos son: Lêdo Ivo, Thiago de Mello, João Cabral de Melo Neto, José Paulo Moreira da Fonseca, Octavio Mora, entre otros. Y al lado de estos, Fernando Ferreira de Loanda quien nace en Luanda, Angola, en 1924, y que inmerso en una tradición propensa al asombro, a la rebeldía y a la connaturalidad de los fenómenos humanos, ha destacado como uno de los principales protagonistas de la literatura actual de Brasil.

Su formación y sus preocupaciones literarias se constituyen sobre dos premisas fundamentales: su actividad específicamente creadora y su afán por difundir, a través de Orfeo2, dentro y fuera de su país, la obra de sus coetáneos, A él debemos las más completas e importantes antologías de poesía moderna de Brasil por cuya compilación ha contribuido a determinar, desde una perspectiva global y visionaria, lindes de conocimiento y referencias de carácter crítico, proyectando la trascendencia y el auge de la vanguardia brasileña.

Es necesario agregar que Fernando Ferreira de Loanda no se ha limitado al estudio y a la difusión de la poesía brasileña. Entre otros, tiene en prensas un amplio volumen de poesía portuguesa moderna y otro de la nueva poesía argentina. Y por sus conocimientos e interés, se distingue como un escritor preocupado por las manifestaciones literarias de Latinoamérica en general.

Su obra, que abarca a la fecha una actividad de 35 años, no es, como podría pensarse, de muchos tomos. Publica Equinoccio, en 1953 y De amor y del mar, en 1964. Marinero de manos de viento, es su último libro de poesía, de próxima aparición.

Si inicia la publicidad de sus primeros textos en los años 45, 46, su continuidad, si bien espaciada, nos llega hasta hoy. Así su breve bibliografía poética, compuesta de pocos volúmenes, rigurosos y vehementes, resumen el mundo de un poeta de sólida cultura, lúcido, legible, descifrable, cuya característica esencial es la diversificación temática. Su obra va desde la introspección dramática, pasando por el testimonio de la frustración en estrecho vínculo con la rabia, hasta el poema altamente neosimbolista o histórico como es el caso de la "Oda a Bartolomé Dias". Poesía ceñida, imbricada en un suelo fértil, ausente de retórica, nostálgica y llena de anhelos, críptica a veces, sexual, de profundas reflexiones morales, autobiográfica, crítica, donde predomina la síntesis y se citan, en un tiempo creciente, oloroso a la sal del mar, la ternura y la reconciliación, la desesperanza y el miedo, la duda y el misterio, el hombre y sus maneras delicadas y también el azar y la muerte.

La traducción de los presentes poemas, revisados y autorizados por el autor, es el testimonio abierto de la admiración; por lo tanto, sobrepasando las dificultades de vertir poesía de una lengua a otra, no pretendí hacer traducciones perfectas, meta imposible, sino destacar un mundo poético vigoroso y vasto y darlo a conocer.

Maricela Terán


 

1La poesía modernista brasileña se divide, formalmente, en tres etapas: La Semana de Arte Moderna (1922), la segunda fase, 1930 y por último la Generación del 45. El concepto "modernista" difiere radicalmente del "modernismo" usado en Hispanoamérica.

 
 
 

2Orfeo, editorial fundada por F. Ferreira de Loanda, ha editado lo más sobresaliente de poesía en los últimos años.


Oda para Jack London

 

Soy siempre de aquellos
que va dejando a alguien,
nunca ese alguien
seguro en la partida:
en la melancolía de la ausencia
la mañana nostálgica es insumisa.

Los viajes fueron hechos para mí.
Nací con los mapas.
Los itinerarios están en la palma de mi mano.

Soy siempre un extraño,
forastero en playas nunca repetidas,
minutos en la existencia de mujeres olvidadas
en puertos nunca visitados por segunda vez.

Tampoco me dijeron nada las manos ni los pañuelos
que permanecen cálidos en los puertos:
desconozco la tibieza del hálito.

También mis manos,
una a sotavento,
otra a barlovento,
nunca se manifestaron.
Nunca las sacudió una saudade futura.
Nunca fui ese alguien que se queda, soy siempre el
que se va,
—el que se va y nunca regresa, como si fuese a existir
el olvido con la muerte.


1947

Ah, soñar con las mudas palabras

 

Ah, soñar con las mudas
palabras, por silentes
caminos, en la mansedumbre
de las penas olvidadas;
despojado de contenido,
aún existe el náufrago,
exvigía de la bruma,
en la quilla de sepia cargada.

Ahora el esqueleto toma rumbo
por la amura de babor,
ahogado en el gran sueño,
en el caos de su propia alma,
—asombrada sombra blancuzca,
sin brújula,
bajo y sobre las olas
en una cara del prisma.

Del marinero fluye
el silencio
—rosa que escande
los pétalos.

 

1947

 

 


El ahogado

 

De alhelíes la sepultura,
rociada en tibia
afinidad con algas,
abriga náufragos
en la palidez de la niebla.

Pardo mundo inconsútil,
la ilusión navega
bajo el extinto albedrío
del retardado suicida
que purifica esperanzas.

Soñar: ya no sueña.
Manos clavadas en el abismo,
la boca abierta a todo el mar
y al pasar el laberinto,
los ojos, ya no ojos:
dos espejos.

1947


El ausente

 

Háblame de las muchachas, háblame de aquellas
que me esperan a la orilla de los muelles,
navío tras navío anclado, después de la mañana.
No te inquietes si el gallo del campanario
te dice desde el este
que los vientos de mala facción también se orientan
hacia allá.

Háblame de las que se quedan
inclinadas en el balcón del mar
y preguntan por mí
y por las aguas donde ando.

De aquellas que en las mañanas de bruma
mi recuerdo arrebata hacia el puerto,
con la esperanza de esconder mi rostro
en el jadeo, arrullo del pecho.

Y de las que me aguardan en las terrazas
vueltas hacia el mar, ansiosas
en una espera impasible de piedra.

Dime si el sol les doró la cara,
si con la primavera sus senos florecieron,
si de los otros esconden el secreto
para que yo lo diluya
en madrugadas que se aproximan,
y si guardan el mensaje bajo velos opacos
donde la tibieza se refugia
y en la tibieza el misterio.

¿Quiénes son aquellas que a los lejos veo
señalándome en el horizonte
y qué mundo les habita la mirada?

¿Y qué te recuerda esa ansiosa espera, a la puerta
del mar,
por mi retorno que se cumplirá en una fuga
movido por los vientos vigorosos que soplan del sur?

Dime si todavía existe el gran azul que las cubría
y si ningún vientre creció en mi ausencia,
o si alguna, después de mi tan prometido amor,
agotada de esperar, casó.

Háblame del color de sus insomnios,
si habito en sus sueños,
si todas las noches las poseo
y si, cuando bailan, es con el ausente que bailan.
Si cuando se inclinan en el descansillo de la escalera
y me buscan por las playas largas y muertas,
no temen que les robe la flor,
las que flor traen.

Háblame de las cartas que nunca me fueron enviadas
y de los sollozos retenidos en los tinteros
en las manos trémulas todavía de adioses ya tan
remotos
por desconocer el paradero del ausente;
de las que al asomarse a las ventanas abiertas
hacia el muelle
suponen encontrarme recargado en un poste,
esperándolas,
y de las que, deshecho el engaño, al desnudarse
suspiran por mí: Simbad.

De Bangkok vengo, pasé por Borneo,
llegué al Havre y conocí a Marie.
Había mar también (¡oh nostalgia de Violante!)
bañando las costas de España.
A muchas prometí que casaría;
contigo sólo, sin embargo, me casaré.
Y debajo de tu cuerpo desnudo, entre sábanas de lino,
después del amor, en las madrugadas, se levantará el
sol.

Muchas veces te adiviné en la infancia,
en las indelebles muchachas de los mosaicos.
Eras azul en el vaso de porcelana.
Tus cabellos, sólo de cerca vistos,
podré decir si son o no
plumas de mis sueños de niño.
Tus mejillas parecen la orla de una isla
que no existe, que jamás existirá.
Y el hálito de tu amor no empaña los espejos
donde me cristalizo.

Despierta a mi amor, para mis manos,
para el calor de mis muslos,
para las noches que pasaremos en claro,
para las noches en que no tendremos pasado ni
ambiciones,
las largas noches en que nos olvidaremos
de que los gallos cantan y hay madrugadas.

¡Oh!
¡Saber que en lo desconocido existen tus
senos, como un puerto que me espera!

1948


Oda para Bartolomé Días

 

I

Cuando el astrolabio no te hable más de las estrellas,
de meridianos, de la calculada aproximación o
alejamiento,
de la mujer amada que ves y sientes en cada una de las
mujeres
que ocasionalmente surgen y se desvanecen en los
puertos.

Cuando las amapolas no sean cortadas por tu mano
y las rosas escarlatas se marchiten en tus jardines,
ajenas al perfume de los cabellos que no adornaron,
a las mujeres que no amaste, que no conociste
o ignoraste y que en la noche abren la puerta a los que
les llevan
claveles, alhelíes, rosas blancas, agapandos, nenúfares,
y les dan la boca, que mal adivinan, y su desnudez.

Cuando el timón no responda más a tu voluntad
y te enfrente camino de la muerte,
rotos los zapatos y la esperanza,
aguárdalas en las colinas del sueño,
pálido, con las velas arriadas.

 

II

¿La muerte? No existe; nada existe en lo efímero,
tan próximo el fin del principio, tan lejos de lo
deseado.

Hace mucho morí
mi propia muerte.
Somos, insignificantes como la anónima simiente que
el viento arrastra
para que las pendientes inaccesibles luzcan colores
como banderas.

¡Oh, saberme poeta como te sabías marinero,
domar las palabras como lo hacías con el viento y el mar,
ajeno al encanto de las sirenas o de las advertencias
divinas!
Callar ante la tempestad e inflexible rasgar el Atlántico
perpendicularmente, mezcla de pantera y Neptuno.
Saberme poeta como te sabías marinero;
saberme uno, indivisible, preservarme sin malogros,
sin pena ni sombra.

Muerte somos desde el nacimiento a la espada que nos
traspasa,
al viento que nos condena, al agua que nos cubre y
diluye.
Oh jerarquía de fuego y cristal,
¿por qué existimos destinados a un fin,
frontera incolora, donde una hoja caída
y suave expresa
su amarilla inclinación por el otoño?

 

III

Ah, Bartolomé Dias, marinero sin mujeres, sin
puertos,
tanto sudaste por ver el Índico más allá de la tempestad
y de la fábula,
tanto quisiste verte señor de Oriente,
plantar los cinco escudos más allá de tu sueño y la
cruz,
fundiendo lo real con lo fantástico,
cuántas estrellas seguiste loco y lúcido, y qué otros
tantos libracos y adivinos consultaste,
—y los poetas no hablaron de ti, oh hábil,
ni de tus sueños ni de los fantasmas que invocaste
no obstante surcases la cortina que envolvía las
palabras y el abismo.
Pensabas servir a la patria
y serviste a muchas.

Bartolomé Dias de mi infancia,
símbolo de mi raza, agitas y estremeces mi pecho,
y te apegas a mis venas para largar al viento las velas
y arrastrarme al Índico.

¡Ah, Bartolomé Dias, mi ulises luisíada,
te consagraré en la piedra con la palabra o ante Dios!
Te lanzaré del pasado al porvenir
y no habrá tempestad que te abata jamás.


Luisiada

 

Soy mitad ancla
fincada en el mar,
mitad guitarra
que puntea el fadista.

Arraiga en el corazón
traigo la saudade
de los que fondearon
el lecho del mar
para no volver jamás.

Soy la triste caricia
de un fado amargo
perdido en mi memoria,
en el plañir de una guitarra.

 


Poema

 

Soy anónima arena, piedra, cactus, palabra,
pero amigos —tres o cuatro—, suban las escaleras,
no sean ceremoniosos, abran las puertas,
de par en par las ventanas,
sírvanse vino de Madera y disculpen la sobriedad
de los muebles y los gestos:
muero mañana.

Alguno con la muerte, carga secretos
y las manos llenas de sangre, de dinero:
yo no.
Alguno con la muerte, inventa dialectos
que justifican frustraciones:
yo no.
Alguno con la muerte, interrumpe el fabulario:
yo no.
Oh, morir de amor, de amibas, ambarino,
embajador y de amargura,
entre un auto deshecho, de infarto, de ajenjo, esdrújulo,
¡apuñalado por el marido de la amante!

Amor, amar, vivir, amar el amor, amar la vida,
y silbar, en el destierro de las madrugadas
fragmentos de melodías que me quedaron de otra
existencia.

Desde la terraza miraremos la luna, de bruces, sobre el
mar.
¿Y por cuánto tiempo?
¿Arena de qué playa,
piedra de qué peñasco,
cactus de qué soledad,
palabra de qué vivencia?

1956

Verano

 

La naranja madura en silencio,
pende dorada y cae cual poema
definitivo.

Hay poemas que jamás nacen:
no fueron flor.
El águila veloz desciende
para permanecer y sobrevivir;
la sombra asusta y esconde el sol
a la víctima. Muerta,
los diminutos la diluirán
inconscientes de tiempo.
Sumados los días,
Homero se fragmentará.

Amor maduro, el verano
es la plenitud obsequiosa
a la solicitud;
el camino es el otoño,
después la muerte.

Grávidos, los frutos asoleados
dejan entrever, en sus
subterráneos, lagartijas
menudas y repugnantes.

 


Invierno

 

Nos silban, venidos de un sur
frígido, vientos
que nos queman la boca y las rosas;
el colibrí se paraliza,
el agua se congela e inmoviliza al pez.
Mas el hombre permanece —y es necesario
que sea recordado en una estatua—
desvía ríos, abre canales, construye ciudades,
vuela y nada.

Y procrea sin necesitar la primavera.

 


Pastoral

 

Inmóvil, la amante aguarda,
abierta como un lirio;

tonos y palabras escurren
de su cuerpo y su boca;

no la toca el polvo, ni
la muerte la sombra violeta;

en el suelo, entre margaritas,
la amo, agreste, amanecida.

Nova Friburgo,
18 de enero de 1961

 


Poema de los 30 años

 

Decoloradas por el tiempo
y desfiguradas por la distancia
que me separa de ellas y de tales días,
fruto y motivo de mis meditaciones,

palabras que siento
sin la intensidad de entonces,
remotas y latentes
resonando como ecos
de sueños idos y por vivir,
creciendo unas, otras diluyéndose.

Vladivostok, Valladolid, Volga,
Guadiana, Guadalquivir, Málaga y Mallorca,
paisajes y emociones no concluidos
y que no serán.

Puentes, valles, ríos, litorales,
nada más me aumentan.
Me enraizan en este suelo,
y envejezco, de bruces en una página,
saboreándola, condenado a la vida. ;

 


Elegía de la calle Itau

 

Una simiente lanzada a la tierra florece
también en mí, y fructifica.
Planta
un árbol, hace del desierto una floresta.

La palabra grita y entorpece, opiada,
flácida, y sus aristas cortan el cuero
de mis zapatos, me flagelan.
Consumirlas
cuando sea necesario, no desperdiciarlas.
El uso las empalidece.
Madrugadas,
oh madrugadas de junio, frías y nebulosas,
¿dónde izar la bandera de mi soledad?
Madrugadas que estallan en sueños,
que anticipan y justifican el momento vivido
y por vivir, astillón de la bola de cristal,
que abruman mi reino y sus caminos.

El sol beneficia la mañana, el humus
transforma el tallo en árbol y sombra;
todo crece alrededor del poeta,
los hijos se hacen hombres, dioses.

Crece la ciudad y disminuyen los corazones.

 


El espantapájaros

 

Azada al hombro,
en el centro del mundo,
Juan mira la planicie
y soñando se sueña.

Tiene hambre —revuelta—,
gusanos y un deseo,
que lo íntimo que no sabe
traducir, sabrá.

El sol cae y refresca;
las sombras del maizal
corren veloces como galgos
encharcados.
Anochece.

 


Poema para los estudiosos y biógrafos

 

No me expliquen:
prisma de mil caras,
soy insondable, abisal.

La poesía no es un espejo,
es un estado momentáneo.
Si me retrato, luego me desdigo,
me transfiguro, horizontalizando
mis emociones e incertidumbres.

Amo lo imprevisto,
me duele lo que adivino;
no me ofrezcan banquetes masticados.

La claridad no la llevo en la superficie:
es necesario un cuchillo para hacerla brotar;
id a la médula, soy cuarto creciente en la luna llena.

No me expliquen por las palabras,
por el bigote o por la pipa.

 


Campo minado

 

Mi certeza es la más genuina,
más pétrea mi solidez,
pero si me pienso,
mi duda es la más dolorosa.

Me duele la evidencia, me oxida.
Murmuren apenas mi nombre
sin la complicidad del eco
que lo deforma.

Mi defensa es el silencio
y la soledad.
Soy como el vidrio y el agua,
translúcido, íntegro, potable.

 


Poema de los cuarenta años

 

Veinte años perdí
para que en el desierto
recogiese rosas.

Hoy las tengo en la mano
mas ya no me arrebata
lo encarnado y el perfume.

 


Poema del nudo gordiano

 

Las grandes ciudades industrializan la soledad.
Frustrada está la búsqueda de amores fragmentados
para justificarse, justificar,
un desajuste o una insuficiencia.

Las grandes fábricas de cigarros continúan facturando
sobre la soledad,
y no se declaran en quiebra las fábricas de bebidas.
Los hombres y los autobuses se roznan y se desgastan;
los árboles sin paisaje, se desfiguran, y sus raíces
como ataduras,
bajo el asfalto, agonizan sin un lamento.

Se licúa la burguesía y se diluye
en la límpida linfa: la enturbia,
y el áspero paladar estimula mi grito.
Golpea con fuerza el viento los verdes frutos;
maduros, caen.

Hay quien procure la vida en las plazas, en la orla
marítima, en los hospitales
—algunos, ya condenados, se pudren, otros vegetan. La muerte —¿quién la dice inverosímil como un
premio de la lotería?—
llega puntual,
por telex o teléfono.

Mueren todos los pasajeros de un avión que cae;
un edificio se derrumba y vuelve antorcha humana a la
mujer del corneta.

Mil niños, cifra redonda, mueren diariamente de
hambre:
jugamos fútbol, queremos dormir con la aeromoza,
vamos al cine,
restregamos los pies en la playa.
—¿Me dejo el bigote o no?

Nuestra tragedia sólo a nosotros llega:
para los demás, es encabezado de periódico.

 


Sobre los andes

 

La precariedad de la vida me ahoga y halaga.
Precario es el amor, el desamor, medida de la noche y
de la madrugada,
sedosa trama de plena expectativa
ante la aurora.

Y la aurora es sólo una palabra: amatista y fría.
Precaria es la muerte, sementera: la cultivo hace
cuarenta años,
y ella crece, sin abono ni poda.
Precaria es la palabra, tangible flor intangible: en mi
solapa no me explica,
roja o diáfana, amuleto sortílego blasón.
Nada me explica.
Soy el resultado de innúmeras contradicciones:
encadenado por el sol y encubierto por la sombra.

La noche me sujeta y estorba como un océano para el
cual no dispongo de ganzúas;
el día florece rosáceo, más allá del horizonte desencarnado,
desnudando las tierras sepias y estériles:
busco la sustantivación, conjugaré lo insólito
—mi ventana es la capital del mundo.

Fluyen los ríos en declives abruptos, cabalgan hacia el
mar potros indomables,
y los poetas reverencian al Sol y la suerte,
cómplices de las tinieblas y del azar.
Oh mágicas manos —cada araña teje su tela—
que situáis las coordenadas de mi camino, ¿hacia
dónde voy?
Quítense el sombrero poetas de mi tierra frente a la
palabra opalina, asoleda, de alegre brillo:
ella os viste y es vuestro pan: griten.
América, agreste y calcinada, bajo mis pies se explaya
sin esperanza:
crece el hambre y escasea la libertad.

 


Camino de Uxmal

 

No coseches verde el poema
ni lo madures en la estufa.
Teme los partos prematuros:
como hilo de agua brotará.

El héroe es un cobarde arrinconado.
La victoria, obtenida por casualidad,
transforma en estratega
al mediocre general.

No enturbies el pozo para que
le adivinemos una profundidad
mayor. Ni finjas. Sé genuino,
el fracaso sale a la superficie mañana o el sábado.

No coseches verde el futuro
ni lo madures en la estufa.
Teme ios partos prematuros:
un día el día amanecerá.

 


Elegía de la calle Luis Moya

 

Reitero mi pesar.
Tu cadáver, ante unos ojos de mujer, discurre,
se pierde en meandros.
Aún te abrigas de la lluvia y de la ambigüedad;
bebes y fumas y estudias los pájaros, las hormigas y
las abejas;
como las flores que veo en los jarrones,
tienes los días contados.

Saborea el pedazo de pan y la sardina frita.
La revolución tarda, entretente con el vaso de cerveza,
mueres a cada trago; no verás la aurora.

El atardecer, la marejada y el obeo son bellos.
Ante la desnudez de la mujer o de la palabra, vive.
No memorices: nadie te argüirá.

Cuando tu cuerpo esté rígido, cuando se seque la voz,
y los ojos nada lleven a tu abismo laberíntico,
no te veas tentado a una última frase.

Que te digan begonia o mandacaru1 .

1Variedad de cactus
 

 


De mi ventana, en un Domingo

 

El sol nacía más allá de mi ventana con la ternura de
los girasoles,
en un dúctil cielo de sulfato, de azul y espera.
Hoy sólo el gallo lo festeja, sensorial golpe,
anunciándolo.

Los hombres, siempre los hombres, portavoces de la
civilización y del bienestar colectivo,
vinieron y removieron los escombros con pesadas
máquinas,
donde los girasoles reían al viento
—y destruyeron al poeta y al paisaje.

Nada temo. Los muros de mi casa y el andamiaje nada
esconden.
Juego con moneda de oro: ¿cara o cruz?
y limitaciones y límites son obstáculos transponibles:
al norte, la hoja desnuda, mapa del tesoro donde
diseño itinerarios;
al este, fragmentos de poemas esparcidos que jamás
realizaré;
me realizo al oeste, llegan cartas de Antofogasta,
Tegucigalpa y Algeciras;
y al extremo sur, mis problemas o la ausencia de ellos.

Si hablo de tedio, jamás lo conocí;
la soledad nunca me visitó .ni me telefonea.
Sólo son bloques de piedra que sobrepongo
en un cimiento ficticio.

 


Carta a un joven poeta

 

Un tigre de paja no es un tigre.
En un espectáculo donde un mago se presenta ante una
platea de magos,
es tedioso ver surgir un conejo de un sombrero de
copa.
De la minucia de un examen depende la constatación
de las diferencias;
los poetas, hoy, tienen la misma boca, vocabulario y
vómito:
no distinguimos a Juan de Juana.

El poema, hecho de nadas, es intrínseco,
no depende de la miel o de la lluvia;
poetízalo o no, como quieras, perfuma la flor,
burla al defensa, al toro, o a la señora fulana de tal.
Desconfía de las palabras, te traicionan, y de los
recursos gráficos:
pasa por ellos como por mullidas alfombras.

No traspases las inoxidables rejas que te limitan:
palabra, mujer, casa, cachorro, teléfono,
la marca de tu cigarro, la cerveza:
eres un condenado a lo cotidiano,
prisionero de la corbata y del autobús.
La remington, la máquina de afeitar y los calzones son
tus amigos: ¿para qué más?

Cércate de un foso donde edificarás tu soledad y bebe
una cerveza, no más de una:
todas las mujeres son inferiores a las fantasías.
Todo es moneda falsa: quema todos los poetas.
Rompe las cámaras fotográficas, falsean la realidad,
acampa en la fuente.

No serás mejor poeta si matas al presidente de la
república:
la evidencia engaña, no la violentes;
manzana madurando o gusano de seda, cuídate,
cultiva la rosa, no la hagas de papel.

 


Para Octavio Paz

 

En el salitre fatigado de los vencedores hipoteco
mis zapatos andariegos
y la palabra hastío.

A los vencidos —nunca magnánimos— queda la
esperanza,
ala de tigre, cactus de fallidas flores.

1980

Kuala Lumpur

 

a Alvaro Mutis

Arrastrado por la fuerza que lleva a las aves a emigrar,
mudo y estático,
se quedaba mirando los navios y los aviones que
llegaban y partían dándoles procedencia o itinerarios
coralinos.

De tanto soñarse pasajero, humus pretérito, cicatriz de
un deseo
remoto, tripulante o clandestino, cultivaba la
frustración, abonándola
y regándola, para segregar repetidamente el nombre de
las ciudades lejanas
en donde las imaginaba.

Envejeció a la sombra cauterizada de la continuidad
obsesiva, con el
imponderable ponderable para fustigarlo, y, opiado,
las manos, fuente de gaviotas,
ya no vibraban cuando nos hablaba de Kuala Lumpur,
los cuernos de la luna.

Sabiendo que jamás tendría alas para volar, aletas para
nadar, volvía
todos los sábados, en la tarde, al punto de observación,
donde, subyugado,
moría preferentemente una semana. Ebrio, trazaba
mapas, definía concavidades,
y bajo el peso del malogro levantaba la copa y
brindaba: kuala Lumpur, kuala Lumpur,
como algo inasible, más allá de los límites de la razón.
Y a los amigos
hablaba de Bélgica, Trinidad, Hong Kong y Port-Said
con intimidad y colores
tales, del clima y del comercio, de las calles y de las
mujeres, de los prostíbulos
y de los atardeceres, que jamás alguno se mostró
incrédulo, marineros, marginales,
prostitutas.

Hablan de su muerte; hace dos meses que no aparece:
si se mutiló, no fue del todo;
vive, fragmentado, en cada uno de nosotros, míseros y
sedentarios, adventicios
firmes en el suelo, maniatados por compromisos, a lo
superfluo.

No era humano: pájaro de ala quebrada, pez retenido
en el acuario, o vegetal,
quién sabe?

1980


Para Jorge Guillén


¿En qué calendario está la fecha de mi muerte,
qué carta de amigo la detalló, imprevista
bajo el impacto del miedo o consciente del fin?

Inventamos palabras para justificar emociones
suscitadas y las sentimos y vivimos a través
de las que incorporamos a nuestro vocabulario.

El sol no nace ni se pone.

1980

 


Chichicastenango

 

a Claudia Guillen

Cada gota de lluvia tiene un color
y la vegetación explota con violencia.
El tiempo pasa gritando, opaco y pesado,
preñado de sortilegios;
todos los pájaros son quetzales: los escucho,
y las palabras, cajas donde salta una sorpresa.

1980

J. T. Hopkins, soldado

 

Sus dudas y temores
con la humedad de su cuerpo,
bajo escombros, en Vietnam,
alimentaron una simiente,
y en un arbusto continuará.

Dios es el acaso, la continuidad
de la materia engendrando vida.

1980