Carta a un joven poeta

 

Un tigre de paja no es un tigre.
En un espectáculo donde un mago se presenta ante una
platea de magos,
es tedioso ver surgir un conejo de un sombrero de
copa.
De la minucia de un examen depende la constatación
de las diferencias;
los poetas, hoy, tienen la misma boca, vocabulario y
vómito:
no distinguimos a Juan de Juana.

El poema, hecho de nadas, es intrínseco,
no depende de la miel o de la lluvia;
poetízalo o no, como quieras, perfuma la flor,
burla al defensa, al toro, o a la señora fulana de tal.
Desconfía de las palabras, te traicionan, y de los
recursos gráficos:
pasa por ellos como por mullidas alfombras.

No traspases las inoxidables rejas que te limitan:
palabra, mujer, casa, cachorro, teléfono,
la marca de tu cigarro, la cerveza:
eres un condenado a lo cotidiano,
prisionero de la corbata y del autobús.
La remington, la máquina de afeitar y los calzones son
tus amigos: ¿para qué más?

Cércate de un foso donde edificarás tu soledad y bebe
una cerveza, no más de una:
todas las mujeres son inferiores a las fantasías.
Todo es moneda falsa: quema todos los poetas.
Rompe las cámaras fotográficas, falsean la realidad,
acampa en la fuente.

No serás mejor poeta si matas al presidente de la
república:
la evidencia engaña, no la violentes;
manzana madurando o gusano de seda, cuídate,
cultiva la rosa, no la hagas de papel.