César Vallejo



Selección y nota introductoria de
Isabel Fraire



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Nota introductoria
 


Si de algún autor es más útil tener datos sobre su vida que juicios sobre su obra es Vallejo. Su obra se presenta a sí misma. Se llega a ella mediante la lectura repetida, adentrándose en las vivencias de Vallejo y habituándose a su particular lenguaje, hecho de exclamaciones, saltos lógicos, asociaciones enigmáticas, patrones rítmicos que van grabando sus palabras indeleblemente en la memoria. Para la lectura propiamente dicha de Vallejo —no el estudio, análisis, comparación, juicio crítico, etcétera— las explicaciones y comentarios salen sobrando. En cambio algunos datos biográficos pueden situar al hombre y ayudar a esclarecer, en ciertos casos, su poesía.

Es por eso que el breve espacio de que dispongo para esta introducción lo dedicaré a una somera revisión de su vida, tan íntimamente entretejida con su obra, nacida no de su postulación de otro mundo imaginario, ideal excelso, en comunicación directa con el topos uranos o con la divinidad o las musas o lo que ustedes quieran, sino de su intensa vivencia, y en la mayoría de los casos su intenso sufrimiento y cuestionamiento de éste que le tocó vivir en carne y hueso y sensibilidad exacerbada. En su poesía la madre, la novia, la amante, cobran perfiles no sólo eróticos sino metafísicos, como se verá; su experiencia de la pobreza, la separación familiar, la impotencia y ultrajado sentido de la justicia, su heredada hipersensibilidad y vulnerabilidad y fatalismo de raíz posiblemente indígena, están presentes en su obra de principio a fin; su paso por universidades, también deja una huella profunda, y su lectura de los clásicos del Siglo de Oro español le da los instrumentos que maneja de una forma tan novedosa, tan concreta, tan apegada a su vivencia, tan "coloquial", que es difícil incluso reconocerlos si no se está advertido. Si los datos biográficos son importantes es porque su poesía está hecha de vida, de su vida, y de su intensa percepción de las vidas que lo rodean (baste recordar Un hombre pasa con un pan al hombro). Adelantándose al "confesionalismo" y participando del "coloquialismo", relativamente reciente en su momento, Vallejo hace del habla y de la vivencia cotidiana y propia, individual, materia de una poesía que maneja con instrumentos clásicos, que conoce tan bien que puede romper con sus anquilosadas formas con la libertad consciente de quien las domina. Discúlpeme pues el lector ávido de explicaciones y juicios críticos, si en vez de ellos le doy una breve trayectoria vital de Vallejo.

Abraham César Vallejo nació el 16 de marzo de 1892, en Santiago de Chuco, un pueblecillo de los Andes peruanos. Sus padres eran ambos mestizos, y ambos hijos de unión libre entre sacerdote español y mujer indígena. La familia era numerosa, tradicional, católica y muy unida. Su madre fue, como verá el lector en los poemas, de crucial importancia para César Vallejo, y su aspecto de mujer fuerte y tierna, que brinda seguridad, levanta el ánimo, y lo arregla todo, como quien realiza con alegre eficacia una tarea doméstica, se proyecta también en la figura de la amada, como en el poema VI de Trilce, en el que exclama Vallejo: Mi aquella lavandera del alma... dichosa de probar que sí sabe, que sí puede, ¡cómo no va a poder! azular y planchar todos los caos.

Sin embargo, en la mujer amada y en el amor mismo se proyectan también sentimientos de culpa, y complejas identificaciones de sacralidad, martirio, profanación, madre, amante, Cristo, culpa, etcétera, debidas indudablemente a su educación religiosa, reforzada por sus tempranas inclinaciones místicas. Basta recordar: Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso... de "El Poeta y su Amada", no incluido en esta antología, para darse cuenta de toda la carga de sanciones religiosas que pesaba sobre el erotismo de Vallejo, y, probablemente, también sobre su forma de percibir el mundo y vivir la experiencia cotidiana.

El padre de Vallejo, que tenía 52 años cuando éste nació, era tinterillo, y en cierta época de su juventud, cuando no tenía empleo, Vallejo lo ayudó en su trabajo. Vallejo cursó, además, tres años de derecho, con la evidente intención de hacerse abogado, y no es difícil que el ejemplo del padre haya influido en esta decisión, que se suponía definitiva, ya que había abandonado la carrera de medicina y, aunque estudiaba la de letras, ninguna persona cuerda piensa vivir de eso.

Cuando terminó la primaria Vallejo tuvo que emigrar a Huamachuco, para hacer la secundaria, y luego a Trujillo, a la universidad, después de un fallido intento de iniciar los estudios de medicina en Lima. Sin embargo, hubo un periodo intermedio en que trabajó, después de terminar la secundaria, primero en Quiruvilca, donde conoció la vida de los mineros, que describiría en su novela, El tungsteno (1931), después de ayudante de cajero en una hacienda azucarera, y finalmente de preceptor de los hijos de un rico hacendado. Más tarde, notoriamente en Trujillo y en Lima, ya en la universidad, tuvo trabajos más adecuados a sus inclinaciones, como maestro de primaria o de secundaria.

Aunque su interés en la literatura se había despertado ya en Huamachuco, Vallejo no se encontró en un medio propicio sino hasta llegar a Trujillo, en 1913, a estudiar literatura y derecho, cuando entró en contacto con un grupo de jóvenes que ansiaban romper la estrechez provinciana del medio, que leían a Unamuno, Nietzsche, Kierkegaard, Emerson, Whitman, los simbolistas franceses, los modernistas latinoamericanos, los novísimos ultraístas... jóvenes que se interesaban en política, publicaban periódicos, escribían, discutían, bebían, escandalizaban. Hay que mencionar que fue en Trujillo que Vallejo leyó y releyó muchas veces a los clásicos del Siglo de Oro español, de quienes se encuentran profundas huellas en su poesía. Esta influencia se combinó con la modernista y con otras menos claras, como la ultraísta, o la indígena, que, más que influencia, es una sorprendente afinidad espiritual observable en ciertas constantes de la poesía de Vallejo, también presentes en la poesía quechua —sentimiento de orfandad, dolor por la separación de la familia, sentimiento doloroso de la vida, noción de una predestinación fatal— que justifican el juicio de Mariátegui (ver Siete ensayos sobre la realidad peruana), avalado por el mismo Vallejo.

"El sentimiento indígena obra en su arte quizá sin que él lo sepa ni lo quiera."

En Trujillo comenzó a tener amoríos. En 1916 tuvo su dama de las camelias, María Rosa Sandoval, una joven culta y sensible que murió poco después, tuberculosa. El segundo amor se lo inspiró una chiquilla de quince años, con quien tuvo relaciones en 1917. Los celos que le infundió lo llevaron al borde del crimen, como más tarde otra frustración amorosa lo haría probar el opio y la heroína.

Harto de Trujillo, Vallejo emigró a Lima a donde llegó al finalizar 1917. Allí su fortuna tuvo un breve periodo de alza, a pesar de la muerte de su madre, en agosto de 1918 (su hermano Miguel había muerto en 1915 y su padre moriría en 1924). Encontró trabajo como maestro en uno de los "mejores colegios particulares" y, a la muerte del director, pasó a ocupar su sitio. Se hizo, además, novio de la cuñada de uno de sus socios. Parecía que todo marchaba sobre ruedas, pero cuando ella se embarazó y él se negó a casarse Vallejo perdió el puesto y Otilia huyó de Lima a esperar el desenlace. Fue entonces que Vallejo pasó unos meses especialmente difíciles, cayendo en frecuentes depresiones y recurriendo al alcohol y a las drogas… Ni siquiera la publicación de su primer libro, Los heraldos negros, en 1919, ni el hecho de que fuera bien recibido por la crítica, pudo evitarlo. Fue, quizá, su estado de ánimo el que le impidió participar activamente en la agitación po­lítica estudiantil de ese año, en favor de la reforma universitaria, a pesar de ser amigo de varios de los dirigentes, entre ellos Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien conocía desde Trujillo, y que fundó más tarde el APRA.

Harto ahora de Lima, pensó en irse a París. Pero otra vez la falta de dinero y otras contrariedades aplazaron la realización de sus planes. En uno de los viajes que hizo a Santiago de Chuco para despedirse de su familia Vallejo fue a dar, sin culpa alguna, a la cárcel de Trujillo, mientras se levantaba en todo el país una ola de protesta que terminó por ponerlo en libertad a los tres meses y medio, a principios de 1921. Vallejo era ya lo suficientemente conocido para que estudiantes e intelectuales se movilizaran masivamente en su favor.

La cárcel lo marcó profundamente. Es posible que esta experiencia haya sido definitiva para el desarrollo de su estilo, ya que los poemas de Trilce fueron escritos en la cárcel, o en el periodo inmediato posterior, o bien reescritos entonces para su publicación.

En los poemas de Trilce (1922), que en lugar de título se identifican con números romanos, se viola el orden lógico que de ordinario sistematiza y digiere la experiencia. Los enlaces asociativos se dan por supuestos, sin que medie ningún guiño de inteligencia para el lector. La métrica se convierte en un punto de apoyo, un medio ocasional, jamás un fin en sí mismo. La ortografía se vuelve bárbara, utili­zándose así como recurso expresivo. Las letras se separan, chorrean a veces sobre la página. Los signos de puntuación adquieren vida propia. Los números incursionan en el poema, simbolizando quizás un azar necesario e inescrutable, que domina al hombre.

Inútil informarle al lector que Trilce no les gustó a los críticos. Los hubo que reaccionaron con burlas y desprecio. Otros, más condescendientes, consideraron el libro como un traspiés, esperando que el prometedor poeta recuperara más tarde el buen camino. La experiencia de la cárcel y el vacío e incomprensión con que fue recibida una obra que él sabía importante acabaron de hartar a Vallejo, que partió por fin, llegando a París a mediados de 1923.

Allí vivió, salvo un año (1932) pasado en Madrid, tres breves viajes a Rusia y otros a España, hasta el día de su muerte, en 1938. Aunque pensó en regresar a Perú, o bien radicar en Madrid, lo cierto es que, a pesar de las penalidades que sufrió siempre en París, análogas pero mucho más agudas que las sufridas anteriormente en Perú, Vallejo encontró a Madrid demasiado "aldeano" después de París.

Vallejo convive con dos mujeres francesas, la primera, Henriette, a quien conoce en 1926, la segunda, Georgette, con quien más tarde se casó, y que fue su compañera desde 1929 hasta su muerte.

Georgette era tanto o más neurótica o nerviosa que Vallejo, y tan propensa como él a la depresión. Lo cierto es que las circunstancias en que vivían, a pesar de haber heredado ella un departamento, eran para deprimir a cualquiera. "La inseguridad económica siempre ha sido mi fuerte", contaba Vallejo, y nunca aprendió a sacar provecho material de sus dotes intelectuales. Ni siquiera cuando escribió un best-seller, Rusia en 1931, un reportaje entusiasta sobre su reciente viaje, hizo dinero, y el siguiente libro sobre el mismo tema se lo rechazaron los editores, como le rechazaron también sus obras de teatro, rechazadas antes por los posibles escenificadores, "por violentas". La poesía que fue escribiendo durante estos años tampoco fue pu­blicada en forma de libro en vida de Vallejo, apareciendo póstumamente con el título de Poemas humanos. Los artículos que enviaba Vallejo desde París a revistas y periódicos peruanos demuestran la claridad mental, el antidogmatismo, la profundidad, y el muy respetable criterio estético de Vallejo, y se puede leer una breve selección, muy recomendable, en Escritos sobre arte, (López Crespo, ed., Buenos Aires, 1977) o bien, fragmentariamente, en "Cronología de Vivencias e Ideas", de Ángel Flores (Aproximaciones a César Vallejo, Las Américas, Nueva York, 1971), obra de la cual, junto con César Vallejo, de André Coyné (Ed. Nueva Visión, Buenos Aires, 1968) se tomaron los datos necesarios para esta breve introducción.

No podemos dejar de señalar la participación activa de Vallejo en política a partir de su ingreso al Partido Comunista Español primero, pero sobre todo desde la fundación del peruano, por José Carlos Mariátegui, a fines de 1928, del cual Vallejo y sus amigos formaron una célula en París. Sus inquietudes políticas y su poesía sólo se confunden o fusionan, sin embargo, en España, aparta de mí este cáliz, colección de poemas inspirados por la guerra civil española cuya primera edición, publicada por los soldados del Ejército Republicano, fue destruida por los falangistas al caer Cataluña. Por cierto que es la mejor poesía, en mi opinión, escrita sobre ese tema, y sólo se ha excluido de esta antología para no fragmentar su unidad.

Vallejo murió en París, un viernes santo, 15 de abril de 1938, después de una prolongada agonía, que dio término a una enfermedad indiagnosticable. Se considera probable que sus largas privaciones físicas y la angustia producida por el curso de la guerra en España lo hayan debilitado, dejándolo indefenso al ataque de algún virus poco conocido.

Para los poemas recogidos en esta antología, hemos respetado el orden con que aparecen en sus libros, y el cronológico de los mismos. Guiándonos fundamentalmente por un gusto personal, hemos procurado, sin embargo, no dejar fuera ninguno de los poemas que suelen saberse de memoria los aficionados a Vallejo. Por limitaciones de espacio ha sido imposible incluir muestras de todos sus estilos o periodos, pero el lector interesado encontrará fácilmente ediciones más completas, y abundante material crítico sobre la poesía de Vallejo.

Isabel Fraire

 


Los heraldos negros


Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos, pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

Idilio muerto


Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir,
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de Mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando "Qué frío hay... Jesús!"
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

La de a mil


El suertero que grita "La de a mil",
contiene no sé qué fondo de Dios.

Pasan todos los labios. El hastío
despunta en una arruga su ya no.
Pasa el suertero que atesora, acaso
nominal, como Dios,
entre panes tantálicos, humana
impotencia de amor.

Yo le miro al andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón;
pero la suerte aquella que en sus manos
aporta, pregonando en alta voz,
como un pájaro cruel, irá a parar
adonde no lo sabe ni lo quiere
este bohemio dios.

Y digo en este viernes tibio que anda
a cuestas bajo el sol:
por qué se habrá vestido de suertero
la voluntad de Dios!

Los dados eternos


Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan:
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado.
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

Unidad


En esta noche mi reloj jadea
junto a la sien oscurecida, como
manzana de revólver que voltea
bajo el gatillo sin hallar el plomo.

La luna blanca, inmóvil, lagrimea,
y es un ojo que apunta… Y siento cómo
se acuña el gran Misterio en una idea
hostil y ovoidea, en un bermejo plomo.

¡Ah, mano que limita, que amenaza
tras de todas las puertas, y que abierta
en todos los relojes, cede y pasa!

Sobre la araña gris de tu armazón,
otra gran Mano hecha de luz sustenta
un plomo en forma azul de corazón.

Los arrieros


Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor.
La hacienda Menocucho
cobra mil sinsabores diarios por la vida.
Las doce. Vamos a la cintura del día.
El sol que duele mucho.

Arriero, con tu poncho colorado te alejas,
saboreando el romance peruano de tu coca.
Y yo desde una hamaca,
desde un siglo de duda,
cavilo tu horizonte y atisbo, lamentado
por zancudos y por el estribillo gentil
y enfermo de una "paca-paca".

Al fin tú llegarás donde debes llegar,
arriero, que, detrás de tu burro santurrón,
te vas...
te vas...

Feliz de ti, en este calor en que se encabritan
todas las ansias y todos los motivos;
cuando el espíritu que anima el cuerpo apenas,
va sin coca, y no atina a cabestrar
su bruto hacia los Andes
occidentales de la Eternidad.

A mi hermano Miguel


In memoriam


Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: "Pero, hijos..."

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá

Espergesia


Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrian,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes,

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

II


Tiempo Tiempo.

Mediodía estancado entre relentes.
Bomba aburrida del cuartel achica
tiempo tiempo tiempo tiempo.

Era Era.

Gallos cancionan escarbando en vano.
Boca del claro día que conjuga
era era era era.

Mañana Mañana.

El reposo caliente aun de ser.
Piensa el presente guárdame para
mañana mañana mañana mañana.

Nombre Nombre.

¿Qué se llama cuanto heriza nos?
Se llama Lomismo que padece
nombre nombre nombre nombre.

III


Las personas mayores
¿a qué hora volverán?
Da las seis el ciego Santiago,
y ya está muy oscuro.

Madre dijo que no demoraría.

Aguedita, Nativa, Miguel,
cuidado con ir por ahí, por donde
acaban de pasar gangueando sus memorias
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde
las gallinas que se están acostando todavía,
se han espantado tanto.
Mejor estemos aquí no más.
Madre dijo que no demoraría.

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día.
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.

Aguardemos así, obedientes y sin más
remedio, la vuelta, el desagravio
de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
no pudiésemos partir.

Aguedita, Nativa, Miguel?
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.
No me vayan a haber dejado solo,
y el único recluso sea yo.


V


Grupo dicotiledón. Oberturan
desde él petreles, propensiones de trinidad,
finales que comienzan, ohs de ayes
creyérase avaloriados de heterogeneidad.
¡Grupo de los dos cotiledones!

A ver. Aquello sea sin ser más.
A ver. No trascienda hacia afuera,
y piense en son de no ser escuchado,
y crome y no sea visto.
Y no glise en el gran colapso.

La creada voz rebélase y no quiere
ser malla, ni amor.
Los novios sean novios en eternidad.
Pues no deis 1, que resonará al infinito.
Y no deis 0, que callará tanto,
hasta despertar y poner de pie al 1.

Ah grupo bicardiaco.


VI


El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera;
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia.

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí.
todas no están mías
a mi lado.

Quedaron de su propiedad,
fratesadas, selladas con su trigueña bondad.

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.


XI


He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar.

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle
el talle, mis manos han entrado en su edad
como en par de mal rebocados sepulcros.
Y por la misma desolación marchóse,
delta al sol tenebroso,
trina entre los dos.

"Me he casado",
me dice. Cuando lo que hicimos de niños
en casa de la tía difunta.
Se ha casado.
Se ha casado.

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.


XIII


Pienso en tu sexo.
Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,
ante el hijar maduro del día.
Palpo el botón de dicha, está en sazón.
Y muere un sentimiento antiguo
degenerado en seso.

Pienso en tu sexo, surco más prolífico
y armonioso que el vientre de la Sombra,
aunque la Muerte concibe y pare
de Dios mismo.

Oh Conciencia,
pienso, sí, en el bruto libre
que goza donde quiere, donde puede.

Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.
Oh estruendo mudo.

¡Odumodneurtse!

 


XVIII


Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número.

Criadero de nervios, mala brecha,
por sus cuatro rincones cómo arranca
las diarias aherrojadas extremidades.

Amorosa llavera de innumerables llaves,
si estuvieras aquí, si vieras hasta
qué hora son cuatro estas paredes.
Contra ellas seríamos contigo, los dos,
más dos que nunca. Y ni lloraras,
di, libertadora!

Ah las paredes de la celda.
De ellas me duele entretanto más
las dos largas que tienen esta noche
algo de madres que ya muertas
llevan por bromurados declives,
a un niño de la mano cada una.

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.


XXIII


Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos
pura yema infantil innumerable, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente
mal plañidas, madre: tus mendigos.
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto
y yo arrastrando todavía
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías
de mañana, de tarde, de dual estiba,
aquellas ricas hostias de tiempo, para
que ahora nos sobrasen
cáscaras de relojes en flexión de las 24
en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo
quedaría, en qué retoño capilar,
cierta migaja que hoy se me ata al cuello
y no quiere pasar. Hoy que hasta
tus puros huesos estarán harina
que no habrá en qué amasar
¡tierna, dulcera de amor,
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto!
en las cerradas manos recién nacidas!

Tal la tierra oirá en tu silenciar,
cómo nos van cobrando todos
el alquiler del mundo donde nos dejas
y el valor de aquel pan inacabable.
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros
pequeños entonces, como tú verías,
no se lo podíamos haber arrebatado
a nadie; cuando tú nos lo diste,
¿di, mamá?


XXVIII


He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir
de tales platos distantes esas cosas,
cuando habrase quebrado el propio hogar,
cuando no asoma mi madre a los labios.
Cómo iba yo a almorzar nonada.

A la mesa de un buen amigo he almorzado,
con su padre recién llegado del mundo
con sus canas tías que hablan
en tordillo retinte de porcelana,
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;
y con cubiertos francos de alegres tiroriros
porque estanse en su casa. Así qué gracia!

Y me han dolido los cuchillos
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el bocado que no brinda la madre.


XXXV


El encuentro con la amada
tanto alguna vez, es un simple detalle,
casi un programa hípico en violado,
que de tan largo no se puede doblar bien.

El almuerzo con ella que estaría
poniendo el plato que nos gustara ayer
y se repite ahora,
pero con algo más de mostaza;
el tenedor absorto, su doneo radiante
de pistilo en mayo, y en verecundia
de a centavito, por quítame allá esa paja.
Y la cerveza lírica y nerviosa
a la que celan sus dos pezones sin lúpulo,
y que no se debe tomar mucho!

Y los demás encantos de la mesa
que aquella núbil campaña borda
con sus propias baterías germinales
que han operado toda la mañana,
según me consta, a mí,
amoroso notario de sus intimidades,
y con las diez varillas mágicas
de sus dedos pancreáticos.

Mujer que, sin pensar en nada más allá,
suelta el mirio y se pone a conversarnos
sus palabras tiernas
como lancinantes lechugas recién cortadas.


XLVI


La tarde cocinera se detiene
ante la mesa donde tú comiste;
y muerta de hambre tu memoria viene
sin probar ni agua, de lo puro triste.

Mas, como siempre, tu humildad se aviene
a que le brinden la bondad más triste.
Y no quieres gustar, que ves quien viene
filialmente a la mesa en que comiste.

La tarde cocinera te suplica
y te llora su delantal que aun sórdido
nos empieza a querer de oírnos tanto.

Yo hago esfuerzos también; porque no hay
valor para servirse de estas aves.
Ah! qué nos vamos a servir ya nada.


LII


Y nos levantaremos cuando se nos dé
la gana, aunque mamá toda claror
nos despierte con cantora
y linda cólera materna.
Nosotros reiremos a hurtadillas de esto,
mordiendo el canto de las tibias colchas
de vicuña ¡y no me vayas a hacer cosas!

Los humos de los bohíos, ¡ah golfillos
en rama! madrugarían a jugar
a las cometas azulinas, azulantes,
y, apañuscando alfarjes y piedras, nos darían
su estímulo fragante de boñiga,
para sacarnos
al aire nene que no conoce aún las letras,
a pelearles los hilos.

Otro día querrás pastorear
entre tus huecos onfalóideos
ávida cavernas,
meses nonos,
mis telones.

O querrás acompañar a la ancianía
a destapar la toma de un crepúsculo,
para que de día surja
toda el agua que pasa de noche.

Y llegas muriéndote de risa,
y en el almuerzo musical,
cancha reventada, harina con manteca,
con manteca,
le tomas el pelo al peón decúbito
que hoy otra vez olvida dar los buenos días,
esos sus días, buenos con b de baldío,
que insisten en salirle al pobre
por la culata de la v
dentilabial que vela en él.


LXXIV


Hubo un día tan rico el año pasado...!
que ya ni sé qué hacer con él.

Severas madres guías al colegio,
asedian las reflexiones, y nosotros enflechamos
la cara apenas. Para ya tarde saber
que en aquello gozna la travesura
y se rompe la sien.
Qué día el del año pasado,
que ya ni sé qué hacer con él,
rota la sien y todo.

Por esto nos separarán,
por eso y para que ya no hagamos mal.

Y las reflexiones técnicas aún dicen
¿no las vas a oír?
que dentro de dos gráfilas oscuras y aparte,
por haber sido niños y también
por habernos juntado mucho en la vida,
reclusos para siempre nos irán a encerrar.

Para que te compongas.


Hoy me gusta la vida
mucho menos...


Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo el mentón en retirada
y en estos momentáneos pantalones yo me digo:
¡Tanta vida y jamás!
¡Tantos años y siempre mis semanas!...
Mis padres enterrados con su piedra
y su triste estirón que no ha acabado;
de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,
y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla... Y
repitiendo...
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

Dije chaleco, dije
todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.
Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado
y está bien y está mal haber mirado
de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!


Considerando en frío.
Imparcialmente...


Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado:
que lo único que hace es componerse
de días:
que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la
cabeza...

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué más da! Emocionado... Emocionado...


Piedra negra sobre una
piedra blanca


Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París –y no me corro–
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


Poema para ser leído
y cantado


Sé que hay una persona
que me busca en su mano, día y noche,
encontrándome, a cada minuto, en su calzado.
¿Ignora que la noche está enterrada
con espuelas detrás de la cocina?

Sé que hay una persona compuesta de mis partes,
a la que integro cuando va mi talle
cabalgando en su exacta piedrecilla.
¿Ignora que a su cofre
no volverá moneda que salió con su retrato?

Sé el día,
pero el sol se me ha escapado;
sé el acto universal que hizo en su cama
con ajeno valor y esa agua tibia, cuya
superficial frecuencia es una mina.
¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,
que hasta sus propios pies así la pisan?

Un gato es el lindero entre ella y yo,
al lado mismo de su taza de agua.
La veo en las esquinas, se abre y cierra
su veste, antes palmera interrogante...
¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!


Intensidad y altura


Quiero escribir, pero me sale espuma,
quiero decir muchísimo y me atollo;
no hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay tos hablada, que no llegue a bruma
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

Vámonos, pues, por eso, a comer yerba,
carne de llanto, fruta de gemido,
nuestra alma melancólica en conserva.

¡Vámonos! ¡Vámonos! Estoy herido;
Vámonos a beber lo ya bebido,
vámonos, cuervo, a fecundar tu cuerva.

 


 

París, octubre 1936


De todo esto yo soy el único que parte.
De este banco me voy, de mis calzones,
de mi gran situación, de mis acciones,
de mi número hendido parte a parte,
de todo esto yo soy el único que parte.

De los Campos Elíseos o al dar vuelta
la extraña callejuela de la Luna,
mi defunción se va, parte mi cuna,
y, rodeada de gente, sola, suelta,
mi semejanza humana dase vuelta
y despacha sus sombras una a una.

Y me alejo de todo, porque todo
se queda para hacer la coartada:
mi zapato, su ojal, también su lodo
y hasta el doblez del codo
de mi propia camisa abotonada.

 


 

Despedida, recordando
un adiós


Al cabo, al fin, por último,
torno, volví y acábome y os gimo, dándoos
la llave, mi sombrero, esta cartita para todos.
Al cabo de la llave está el metal en que aprendiéramos
a desdorar el oro, y está, al fin
de mi sombrero, este pobre cerebro mal peinado,
y, último vaso de humo, en su papel dramático,
yace este sueño práctico del alma.

¡Adiós, hermanos san pedros,
heráclitos, erasmos, espinozas!
¡Adiós, tristes obispos bolcheviques!
¡Adiós, gobernadores en desorden!
¡Adiós, vino que está en el agua como vino!
¡Adiós, alcohol que está en la lluvia!

¡Adiós también, me digo a mí mismo,
adiós, vuelo formal de los miligramos!
¡También adiós, de modo idéntico,
frío del frío y frío del calor!
Al cabo, al fin, por último, la lógica,
los linderos del fuego,
la despedida recordando aquel adiós.

 


 

Los desgraciados


Ya va a venir el día; da
cuerda a tu brazo, búscate debajo
del colchón, vuelve a pararte
en tu cabeza, para andar derecho.
Ya va a venir el día, ponte el saco.

Ya va a venir el día; ten
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona
antes de meditar, pues es horrible
cuando le cae a uno la desgracia
y se le cae a uno a fondo el diente.

Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba:
remiéndate, recuerda,
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.

Ya va a venir el día; pasan,
han abierto en el hotel un ojo,
azotándolo, dándole con un espejo tuyo...
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente
y la nación reciente del estómago.
Roncan aún... ¡Qué universo se lleva este ronquido!
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!
Ya va a venir el día, ponte el sueño.

Ya va a venir el día, repito
por el órgano oral de tu silencio
y urge tomar la izquierda con el hambre
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,
abstente de ser pobre con los ricos,
atiza
tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.

Ya va a venir el día;
la mañana, la mar, el meteoro, van
en pos de tu cansancio, con banderas,
y, por tu orgullo clásico, las hienas
cuentan sus pasos al compás del asno,
la panadera piensa en ti,
el carnicero piensa en ti palpando
el hacha en que están presos
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides
que durante la misa no hay amigos.
Ya va a venir el día, ponte el sol.

Ya viene el día; dobla
el aliento, triplica
tu bondad rencorosa
y da codos al miedo, nexo y énfasis,
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo
el malo ¡ay! inmortal,
has soñado esta noche que vivías
de nada y morías de todo...

 


 

La paz, la avispa, el taco,
las vertientes


La paz, la avispa, el taco, las vertientes,
el muerto, los decílitros, el búho,
los lugares, la tiña, los sarcófagos, el vaso, las morenas,
el desconocimiento, la olla, el monaguillo,
las gotas, el olvido,
la potestad, los primos, los arcángeles, la aguja,
los párrocos, el ébano, el desaire,
la parte, el tipo, el estupor, el alma...

Dúctil, azafranado, externo, nítido,
portátil, viejo, trece, ensangrentado,
fotografiadas, listas, tumefactas,
conexas, largas, encintadas, pérfidas...

Ardiendo, comparando,
viviendo, enfureciéndose,
golpeando, analizando, oyendo, estremeciéndose,
muriendo, sosteniéndose, situándose, llorando...

Después, éstos, aquí,
después, encima,
quizá, mientras, detrás, tanto, tan nunca,
debajo, acaso, lejos,
siempre, aquello, mañana, cuánto,
¡cuánto!...

Lo horrible, lo suntuario, lo lentísimo,
lo augusto, lo infructuoso,
lo aciago, lo crispante, lo mojado, lo fatal.
lo todo, lo purísimo, lo lóbrego,
lo acerbo, lo satánico, lo táctil, lo profundo...

 


 

Traspié entre dos estrellas


¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto!, ¡ay de tan poco!, ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez; amado sea
el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

 


 

La cólera que quiebra
al hombre en niños...


La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño, en pájaros iguales,
y al pájaro, después en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

La cólera que al árbol quiebra en hojas,
a la hoja en botones desiguales
y al botón, en ranuras telescópicas;
la cólera del pobre
tiene dos ríos contra muchos mares.

La cólera que quiebra al bien en dudas,
a la duda, en tres arcos semejantes
y al arco, luego, en tumbas imprevistas;
la cólera del pobre
tiene un acero contra dos puñales.

La cólera que quiebra al alma en cuerpos,
al cuerpo en órganos desemejantes
y al órgano, en octavos pensamientos;
la cólera del pobre
tiene un fuego central contra dos cráteres.

 


 

Un hombre pasa con un pan
al hombro...


Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo.
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano.
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño.
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre.
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras,
¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza.
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente,
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance.
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda.
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando.
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina.
¿Con qué valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos.
¿Cómo hablar del no-yo sin dar un grito?

 


 

Ello es que el lugar donde
me pongo...


Ello es que el lugar donde me pongo
el pantalón, es una casa donde
me quito la camisa en alta voz
y donde tengo un suelo, un alma, un mapa de mi España.

Ahora mismo hablaba
de mí conmigo, y ponía
sobre un pequeño libro un pan tremendo
y he, luego, hecho el traslado, he trasladado,
queriendo canturrear un poco, el lado
derecho de la vida al lado izquierdo;
más tarde, me he lavado todo, el vientre,
briosa, dignamente;
he dado vuelta a ver lo que se ensucia,
he raspado lo que me lleva tan cerca
y he ordenado bien el mapa que
cabeceaba o lloraba, no lo sé.

Mi casa, por desgracia, es una casa,
un suelo por ventura, donde vive
con su inscripción mi cucharita amada,
mi querido esqueleto ya sin letras,
la navaja, un cigarro permanente.
De veras, cuando pienso
en lo que es la vida,
no puedo evitar de decírselo a Georgette,
a fin de comer algo agradable y salir,
por la tarde, comprar un buen periódico.
guardar un día para cuando no haya,
una noche también, para cuando haya
(así se dice en el Perú —me excuso);
del mismo modo, sufro con gran cuidado,
a fin de no gritar o de llorar, ya que los ojos
poseen, independientemente de uno, sus pobrezas,
quiero decir, su oficio, algo
que resbala del alma y cae al alma.

Habiendo atravesado
quince años; después, quince, y, antes, quince,
uno se siente, en realidad, tontillo,
es natural, por lo demás ¡qué hacer!
¿Y qué dejar de hacer, que es lo peor?
Sino vivir, sino llegar
a ser lo que es uno entre millones
de panes, entre miles de vinos, entre cientos de bocas,
entre el sol y su rayo que es de luna
y entre la misa, el pan, el vino y mi alma.

Hoy es domingo y, por eso,
me viene a la cabeza la idea, al pecho el llanto
y a la garganta, así como un gran bulto.
Hoy es domingo, y esto
tiene muchos siglos; de otra manera,
sería, quizá, lunes, y vendríame al corazón la idea,
al seso, el llanto
y a la garganta, una gana espantosa de ahogar
lo que ahora siento,
como un hombre que soy y que he sufrido.