Nota introductoria
 


Poesía de las cosas de este mundo, la de Jorge Guillén tiene la medida de la luz que se posa en ellas. La medida de las formas y los relieves de las cosas, de su calor o de su aspereza, de su blancura y de su movimiento. Poeta que ve, el mundo le entra por los ojos, ilimitadamente, desmesuradamente. Todo en su poesía es objeto de contemplación. Toda ella lo es. Casi pensaría yo que la métrica es para él el andamiaje rítmico de sus ojos, de lo que sus ojos descomponen o separan, de lo que sus ojos fijan para hacerlo poema. Para Guillén el poema es el espacio donde intenta retener el tiempo de la dicha. Es la "eternidad en vilo" que quiere asir en un presente fugaz. Por la poesía, Guillén sale del tiempo y establece su propio tiempo. Asombrado ante el mundo, el suyo es el tiempo de la imagen. Nunca el tiempo histórico. Aunque él lo entienda y lo asuma (pensemos en su actitud ante la guerra civil española, o algunos poemas de Clamor, al que subtitula "Tiempo de Historia"), su sensibilidad poética no lo concibe. El suyo es un tiempo fragmentario y sus poemas son los intentos frágiles que el poeta hace para asirlo, para fijarlo. Quiere fijar el mundo en el instante mismo en que lo ve y su lucha es la lucha por la expansión del instante. Sólo el movimiento de la imagen puede hacer esto. La imagen poética no es espacio. Es tiempo detenido, es una vertiginosa condensación temporal que Guillén fija gracias a la luz, y toda su poesía, de Cántico a Y otros poemas, es el intento de dejar para siempre en vilo ese instante, visto más que vivido, vivido porque visto. Su poesía, el intento de su poesía (de toda poesía en realidad) se expresa en esta cita de Lezama Lima: "La poesía que es instante y discontinuidad ha podido ser conducida al poema que es un estado y un continuo". Por esa relación con el mundo y con el poema la noche es para él la cesación del tiempo, la cesación de la vida. Durante la noche el hombre, y las cosas, se sumergen en su propia soledad y esperan sólo la luz, que creará de nuevo el "acorde". El tiempo durante la noche —el de la poesía cuando menos— "no acierta a vivir sin fondo que enamore". La noche no tiene sentido si no es porque va hacia el día, hacia el momento en que el poeta volverá a enfrentarse, desde el asombro mismo de la novedad, con el mundo:

¿Aventura?
No la caza
Mi cacería.
Tengo con el mismo sol
La eterna cita.
Y a fuerza de ver, Guillén va iluminando cada vez más este mundo que se le presenta. Lo recoge, lo cierne, lo vuelve a recoger, al fin lo crea. Ramón Xirau dice que Guillén es un "laborioso buscador de aristas exactas" y "un poeta para el cual el mundo es relación y revelación". Guillén, en su poesía, va en busca del mundo, de esa "realidad que lo inventa", que le permite participar de ella. Cuando encuentra esa arista, el poema es, y, ante la revelación, Guillén establece su relación con las cosas, que nunca serán poéticas per se, sino sólo en el instante en que se crea una armonía entre ellas, cuando al sumarse, al añadirse unas a otras, inventan el mundo: "Todo es prodigio por añadidura". Así, el instante poético se da "Cuando el espacio sin perfil resume / en una nube / su vasta indecisión a la deriva", esto es, cuando el poeta, al ver, restablece el mundo, sacándolo del caos de lo informe, y lo nombra, y lo forma. "Redondo ahora" en el que el goce de la escritura le da peso al goce de la mirada. Sensación hecha poema, la suya es un tacto visual que va, firme el pulso, conformando y gozando lo informe. De ese modo, sutil, Guillén hinche el mundo hasta nombrarlo.



Pedro Serrano