Prosas de Gaspar

XIX

Mi verdadera vocación es el silencio. Mi vicio incoercible, la aridez. Mi solo crimen, la soledad.

La risa o la sonrisa o el rictus: tácitos glosadores de los fenómenos circundantes y del espectáculo grotesco. Tácitos, pues no es sonora mi risa —tumulto latente.

Ah, las intraducidas burlas! Ah, la nunca espetada ironía! Ah, los sarcasmos suculentos, la buída gorja, la alacre befa, el comentario acre, el peregrino escolio! Tácitos. Jamás oídos.

* * *

Alguna vez soñé ser cazador de muy donosas hamadríadas, de oreadas y de faunesas, y aun de ninfas no habitadoras de los bosques ni riberas, sino citadinas ninfas, harto muy seductoras;

De ellas apasionadas, de ellas un poquitín frías, unas graves en demasía, otras frívolas en extremo;

De ellas leales, francas y rendidas veramente, de ellas traidorzuelas o apenas tornátiles o sólo volubles:

Enamoradas ésas del amor, y de sus juegos accesorios, esótras de lo segundo singularmente, acaso más en lo cierto y valedero;

Aquellas otras afincadas por redes y redecillas de prejuicios y temores: pero que se donaban y ricamente, en intención y pensamiento, de lo cual deducíanse muy sabrosos deliquios, un poco enervadores a la larga.

En fin, el eternal proceso amatorio de todos los siglos, desde Eva y Lilith (pasando por la fastuosa teoría, por la aromosa guirnalda venusina de las donas ilustres y las damas galantes), hasta las de hoy fatales vampiresas, absolutamente semejantes a las ingenuas, o no tánto, burguesillas, o a las en bruto apetitosas musas campestres.

Y soñé ser cazador de féminas sabidoras, por las florestas de los símbolos y emblemas, por los meandros de los mitos, por los laberintos de las leyendas y de las sagas.

Pero mi vera vocación es la soledad. Mi delito real es la aridez. Y mi sola disculpa es el silencio.

La risa o la sonrisa y el rictus: tácitos glosadores, arquílocos benévolos y zoilos que asordinan leve incredulidad.

* * *

Otro tiempo fui leogrifo, y otra ocasión juglar de larga travesía, y alguna vez hube de incursionar por cotos vedadísimos, tras de la música y en pos de la poética: Dianas celosísimas que cribáronme con sus veneblos —pero mi solo vicio es el silencio, la soledad mi vocación, y la aridez mi crimen.

Aridez, fino manto, vulnerable corteza tenue: por recatar —acaso— un espíritu asaz emocional.

Silencio, joyel de músicas recónditas.

Soledad, con los mudos amigos.

Mudos amigos: cuya callada melodía por los ojos se cuela y se aposenta en el magín. Mudos amigos que otro ensueño ajeno creó. Mudos amigos que engendró el propio ensueño, si no urdió la fantasía, y vivos —ah, tan reales!— como nó los que topan conmigo o que discurren a la vera de mi aburrimiento.

Soledad, con los mudos amigos; aridez, fino manto; silencio, joyel de músicas recónditas, floración de recuerdos, divagar...

Ah, las jamás catadas elaciones nacidas del silencio! Las sortílegas músicas que la soledad acondiciona! Y la frescura espiritual que la aridez depara: fruición de callado embeleso, inebriante acinesia de extático y eufórico regusto!

(De Prosas de Gaspar, 1937)