Pedro Garfias


Selección y nota de Aurora Pedroche

Retrato de Pedro Garfias por
Juan Rejano (1950)


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Nota
 


Pedro Garfias Zurita nace en Salamanca el 20 de mayo de 1901. Fueron sus padres Antonio Garfias y Dolores Zurita. Aunque salmantino por nacimiento, se considera generalmente como poeta andaluz, y razones no faltan. Su madre era de la sevillana Villa Manrique y su padre, aunque ignoremos a ciencia cierta dónde nació, era andaluz, radicado en la provincia de Córdoba y con apellido de origen onubense. Además, y ello es lo que cuenta, Garfias se sintió siempre andaluz y amó a su "blanca Andalucía" por encima de todo.

Cursa sus primeros estudios en Osuna y la escuela preparatoria en Sevilla, a la que llega en 1910. Después, dos años en Cabra cursando el bachillerato de letras para preparar su ingreso a la carrera de leyes, cosa que no llegaría a hacer aunque se traslada a Madrid con ese propósito.

En vez de ello se sumerge en el mundo literario y al poco tiempo funda, junto con Xavier Bóveda, César A. Comet, Guillermo de Torre, Fernando Iglesias Caballero, J. Rivas Panedas y J. Aroca, el movimiento ultraísta cuyos voceros serán las revistas Tableros y Horizonte. Posteriormente, se unirán a este movimiento otros poetas como Juan Larrea y Gerardo Diego.

Publica su primer libro, El ala del sur, en 1926, en el que se recoge poesía escrita entre 1918 y 1923 en Madrid y Sevilla. Otros de la misma época, como Ritmos cóncavos, Romances y canciones, Tres poemas de Toledo y Motivos del mar, se publicarán mucho después, ya en México; después, un largo silencio de trece años de los que sólo sabemos que vive en Osuna y Écija.

La guerra "española", a la que se incorpora en defensa de la República como comisario político en el frente de Córdoba, devuelve la palabra al poeta y publica Héroes del sur, Consignas del frente y de la retaguardia y Consignas para comisarios, tres opúsculos que se reunirán posteriormente en Poesía de la guerra española, publicado en México en 1941. Estos poemas le valen a Garfias el premio Nacional de Literatura, otorgado por la España republicana, en 1938.

En marzo o abril de 1939, ya perfilada la derrota de la causa de la República, marcha el poeta al exilio como tantos otros miles de sus compatriotas, y pasa primero las fronteras de Francia y posteriormente las de Inglaterra, donde habrá de escribir la considerada por muchos su obra mayor: Primavera en Eaton Hastings, cuya primera edición debemos al FCE en 1939. Después, México, al que llega a bordo del vapor Sinaia, y en el cual compone su conocido poema "Entre España y México".

Viviendo en Monterrey (de 1943 a 1948), publica De soledad y otros pesares, recopilación de poemas escritos en diversas épocas en España, y algunos en México. En el año de 1943 se conoce su Elegía a la presa de Dnieperstroi. Años después, en 1951, saldrá a la luz Viejos y nuevos poemas, con prólogo de Juan Rejano que por considerar es lo más certero que se ha escrito sobre Garfias, incluimos después de esta breve introducción.

Viajero incansable recorre casi toda la República Mexicana y es acogido por sus amigos lo mismo en Torreón que en Chihuahua, Sonora, Jalisco, Puebla, Campeche, Yucatán, Guanajuato, Veracruz o el Distrito Federal. Dicta conferencias, da recitales, y en 1953 publica en Guadalajara el que será su último libro en vida: Río de aguas amargas.

Se habla de tres inéditos: Sonetos a mi padre, La balada de la cárcel del mundo y La ronda de los toreros muertos, que presumiblemente se llevó Garfias a la tumba impresos en su portentosa memoria en la que escribía y pulía cada palabra, cada verso.

Escribió una obra teatral, Las vidas paralelas y una comedia llamada Los hijos de la luna que ignoramos si fueron representadas y publicadas. Se sabe también de un guión para cine y de algunos cuentos, pero tampoco podemos dar noticia de ellos.

A la edad de 66 años, cansado, enfermo y lleno de nostalgia, muere el poeta en Monterrey en el año de 1967.

Aurora Pedroche

 

 


 

 

Retrato de Pedro Garfias
por Juan Rejano (1950)*


De oscuro pájaro ganchudo la faz, reverso insólito de un
alma luminosa, melancólica, manadora de sueños, como
la sepultada estrella de la niñez;

revuelta, hirsuta la melena de cansado león sobre una fren-
te organizada para los pensamientos que con la virgen
ternura se humedecen;

agudos y endrinos los ojos dispares, disparados y anublados
a un tiempo por un frío velo crepuscular, como esos pe-
queños relámpagos estrangulados en un cielo de nácar
aborrascado;

un rictus de bondadosa amargura en la boca navajeada, por
donde han brotado tantas sílabas musicales, que apenas
quedan campanas en las torres herrumbrosas, lenguas
de cristal en los ríos romanceros;

apesadumbrado el dorso: las corvas espaldas trepando a los
hombros de encima o de sillar;

torpe, renqueada la andadura, que fue airosa alguna vez
como la inconsciente juventud que no advierte su sangre;

ágiles las manos cual navecillas de nicotina: manos subra-
yadoras de palabras que ya no son sino esqueletos de
palabras, recortadas imágenes fonéticas, de las que sólo
percibimos un sonido de coda rota;

monólogo puro, monólogo cordial,

desesperado hilo del corazón que, a punto de romperse, se
anuda más fuertemente y vibra y restalla y se enciende,
metal desafiador de los más altos fuegos:

aquí está Pedro,
aquí está Pedro Garfias,
aquí está Pedro Garfias de Ecija, de Cabra, de Osuna,
Pedro de la campiña bética y de las marismas que llegan
a Tartesos,

Pedro poeta, poeta contra él mismo: Pedro contra todos,
mago de los naipes líricos, maestro de los otros naipes
que abanican madrugadas de azar y livideces recónditas;

matemático jubilado antes de nacer a las altas ecuaciones
que se enlazan con el álgebra poética;

coleccionista de noches universales, de esas noches calum-
niadas, en que el poeta crece sobre el césped de los jar-
dines brumosos;

soldado de la sola, sola verdad revolucionaria; aprendiz en
la Casa del Pueblo, huelguista de las glorietas madrile-
ñas, orador de mítines rurales con olor a establo y tri-
cornio de la guardia civil;

disecador de lunas ásperas, de lunas como puños sangrien-
tos alzados vengativamente sobre la miseria enracimada,
contra las cerraduras millonarias;

acaricia las nieblas, ignora la topografía: ciego sin laza-
rillo y sin perro por los temibles laberintos;

lucero galán de todas las tabernas enamoradas: arcángel
frecuentador de los manantiales embriagantes; pontífice
mudo del cante jondo que de Triana a Jerez tiende su
riguroso meridiano:

la guitarra de los acordes alterados deambula por su cuerpo,
de un amanecer a otro:

estatua desprendida de la tierra, oloroso a vides y panales,
una rama de olivo de signó la frente,
un clavel negro le traspasó la piel,
un torso campesino doblado sudorosamente sobre la tierra
le avivó la rebeldía.

Si un día fue renovador metafórico, gladiador impulsivo en
los anales poéticos españoles,

si un día cantó con la frescura de los racimos, de las orillas
y de los rocíos, la humildad de los blancos caserías ten-
didos al sol, la novia torcaz en la provincia lejana, la
lluvia, el viento, los nidos, el alba,

otro día, ya desgajada España, ya rota la patria por todos
los puñales de la mentira, la cobardía y la traición, car-
gó de pólvora y acero su voz y la disparó incesantemente
contra las espadas purulentas, aniquiladoras de la ino-
cencia popular;

brotaron los himnos, resplandecieron las canciones heroicas;
un clarín perforó el verso alerta, hecho de heridas y lau-
reles, de agonía y de esperanza, de juventud y pan libre.

¡Ay, el sueño, el sueño aquél del hombre, de los hombres
de España encarnados en el poeta, lanzado fue de su
tierra, desterrado, sumido en lo aciago;

pero, vertical sobre sus despojos sangrientos, lejos, lejos
del regazo perdido, de nuevo levantó su acento de dia-
mante, su vuelo cegador, y en un bosque inglés nació
el más hermoso canto al amor y a la patria, escapado
de unas pupilas ciegas.

Brindó el mar sus anchas espaldas, su poderoso pulmón de
olvido a la caravana del éxodo, y cabalgando con ella
en las olas llegó el poeta al nuevo mundo, a la ribera
fragante de América:

México abría los brazos,

México restañaba la crueldad occidental, la de los caballe-
ros de la civilización cristiana, con dulces paños frater-
nales,

y el poeta desde el mar lanzó su canto a México, a su ge-
nerosidad ardiente, y aún sigue cantando, a la sombra
violada

del tezontle, sobre la meseta milenaria del Anáhuac.

Miradlo todavía penetrando noches, respirando auroras, la
garganta juglar enronquecida de decir el metro armo-
nioso de su evangelio,

de su poesía: de su poesía impar que, como las selvas, tie-
ne un rumor eterno, un pensamiento brotado de las en-
trañas y una autenticidad inmarchitable;

de su poesía, abrevada en lo esencial hasta cuando briza
las cosas más cercanas; dentro del tiempo, del intrans-
ferible tiempo que le ha tocado apresar;

de su poesía, forjada en el corazón-de-siempre, clara, pura,
humana, como el hombre a quien busca, el hombre ca-
paz de sueños, abnegaciones, nobles luchas.

¡Cerrad vuestras trampas, vuestros podridos legajos, torpes,
interesados antólogos, historiadores literarios del agua-
chirle, que tantas veces la habéis postergado, que tantas
veces habéis olvidado esta poesía, olvidando al que no
conoce el olvido!

Aquí está Pedro. ¡Miradlo!

Aquí está Pedro Garfias.

Aquí está el poeta contra todos: contra él mismo.

¡Aquí —miradlo— está el poeta!



* Tomado de: Pedro Garfias, Antología poética, Finisterre, México, 1970.

 


 

 

Romance de la soledad

Homenaje a Góngora


Aquí estoy sobre mis montes
pastor de mis soledades.

Los ojos fieros clavados
como arpones en el aire.

La cayada de mi verso
apuntalando la tarde.

Quiebra la luz en mis ojos
la plenitud de sus mármoles.

Tiene el tiempo en mis oídos
retumbos de tempestades.

Mi corazón se acelera
sobre el volar de las aves.

Vibra mi sien al zumbido
de los vientos y los mares.

Y aquí estoy sobre mis montes
pastor de mis soledades.

 


 

Capitán Ximeno


Mirada azul de Ximeno
en cara de niño bueno.
Mirada de azul cuajado,
de azul acero templado
tan inocente
bajo la paz de la frente.

Dicen, Ximeno, que fuiste
bandolero y que supiste
de la fuga por los montes
hacia aquellos horizontes
donde nadie sabe dónde
un tibio rincón se esconde
para el hombre como el ave
sediento de libertad.
Y quién sabe
si fue mentira o verdad.
Yo te he visto Capitán
en el frente cordobés:
del Batallón de Garcés.
Valiente, serio, callado,
gran soldado
sobre tu caballo alzado
qué buena estampa tenías
tu mirada, como el cielo
desperezando su vuelo
sobre lentas lejanías.
Y ahora irás por las veredas
y entre breñas y jarales
—no por blandas alamedas
ni por caminos reales—
a la muerte. Buen Viaje.
Tu pistola sin reposo
y tu caballo nervioso
serán tu sólo equipaje.
Y tu silencio y tu afán
desolados…
Capitán
de bandidos y soldados.
Y a mi qué
si yo siempre te veré
con la muerte terca enfrente
y tu mirada inocente
mirándola fijamente.
¡Ay, Ximeno, Capitán
del Batallón de Garcés;
Capitán
de la cabeza a los pies!

 


 

Asturias


Asturias, si yo pudiera,
si yo supiera cantarte...
Asturias verde de montes
y negra de minerales.
Yo soy un hombre del Sur;
polvo, sol, fatiga y hambre,
hambre de pan y horizontes
¡Hambre!
Bajo la piel resecada
ríos sólidos la sangre
y el corazón asfixiado
sin venas para aliviarle.
Los ojos ciegos, los ojos
ciegos de tanto mirarte
sin verte, Asturias lejana,
hija de mi misma madre.

Dos veces, dos, has tenido
ocasión para jugarte
la vida en una partida,
y las dos te la jugaste.
¿Quién derribará este árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado
con su raíz entrañable
que corre por toda España
crispándonos de coraje?

Mirad, obreros del mundo
su silueta recortarse
contra ese cielo impasible
vertical, inquebrantable,
firme sobre roca firme,
herida viva su carne.

Millones de puños gritan
su cólera por los aires,
millones de corazones
golpean contra sus cárceles.

Prepara tu salto último
lívida muerte cobarde
prepara tu último salto
que Asturias está aguardándote
sola, en mitad de la Tierra,
hija de mi misma madre.

 


 

Madrid


I

Déjame mirarte bien
con mis dos ojos abiertos,
Madrid de las casas rotas
y del corazón entero.
Déjame mirarte bien
con un mirar largo y lento
que te recorra la piel
y te penetre los huesos
Que cada herida en tu carne
abra una herida en mi pecho.
Que cada lágrima tuya
fluya por mis ojos ciegos,
ciudad abierta a la muerte
por la tierra y por el cielo.
Déjame mirarte bien
que quiero llevarme dentro
para mil eternidades
tu recuerdo.

II

Bajo la metralla bullen las mujeres
Bajo la metralla los hombres trabajan,
bajo la metralla descansan los viejos
y los niños juegan bajo la metralla.

Graves, sobrios, serios
bajo la metralla.

Sin miedo ni alardes,
sin prisas ni pausas,
con el ritmo justo,
con la cotidiana
razón de su vida —razón del destino—
bajo la metralla.

III

Quinientas noches en vela
como montaña de plomo
pesando sobre sus párpados
que ha enrojecido el insomnio,
tiene a Madrid en pie
sobre un pedestal de escombros
sólo con la muerte enfrente
y con la vergüenza en torno.
Qué tranquilo su ademán,
qué transparentes sus ojos
que ya no velan los sueños
y no fatiga el reposo.
De pie sobre sus entrañas,
que no hay cimiento más sólido,
mira el bullir de sus hijos
en un despertar glorioso.
Derrama París su llanto
demagógico.
Londres arropa en su niebla
los deslumbres de su oro.
Madrid espera y espera,
sobre un pedestal de escombros,
sin sus collares de luces
y entre sus mármoles rotos
espera y espera y mira
por encima de sus hombros.

 


 

Primavera en Eaton Hastings

(Poema bucólico con intermedios de llanto)


I

Porque te siento lejos y tu ausencia
habita mis desiertas soledades
qué profunda esta tarde derramada
sobre los verdes campos inmortales.

Ya el Invierno dejó su piel antigua
en las ramas recientes de los árboles
y avanza a saltos cortos por el prado
la Primavera de delgado talle.

Por el silencio de pendiente lenta
rueda la brisa en tácito oleaje
y apunta la violeta su murmullo
al pie del roble y de la encina grave.

En las aguas inmóviles del lago
anclan nubes y luces vesperales
y tiende el bosque sus flexibles redes
al vuelo prodigioso de tu imagen.

El sol azul con cuidadosas manos
rayos y brumas teje, en noble arte,
hasta dejar de tu color, amada,
la piel inmaculada de la tarde.

Te miro recostada sobre el césped
agua verde y verdor claro tu carne
tu rumoroso pelo embravecido
y el bosque de tu risa palpitante.

Alrededor de tus tobillos breves
ciñe la luz minúsculos collares
y abrazan a tus brazos poderosos
los tallos y las ramas verdeantes.

Pulsan las finas cuerdas del silencio
tus voces y los pájaros locuaces;
el cielo en plenitud abre sus venas
de calurosa y colorada sangre
¡y alza mi corazón su pesadumbre
como un nido de sombras un gigante!

II

Dentro del pecho oscuro
la clara soledad me va creciendo
lenta y segura... Hay luz en mis entrañas
y puedo ver mi sangre ir y venir
y puedo ver mi corazón... Afuera
se agolpan desojadas y sonámbulas
noches enracimadas.
Un atropello de silencios turbios
repta y ondula…
Señor que hiciste el verso y la amapola

haz las paredes de mi pecho fuertes,
duras como el cristal de esta ventana.

III

Pasear contigo en soledad perfecta
fondo azul de colinas y a los lados
árboles comprensivos vigilantes
el doble paso caricioso y lento.

Pasear contigo en soledad callada
al través de un silencio transparente
la frente levantada al sol que sube
orgulloso del brío de su vuelo.

Pasear contigo por la superficie
de redondez suave de la tierra
con lentitud perseverante y noble...
contigo y tu recuerdo y tu esperanza.

IV

Me pesaban los párpados con dulce pesadumbre.
Un tumulto de imágenes con retazos de sueños
afloró a mi conciencia... Acaso era día claro:
pero un postrer plumón de sombras me envolvía.

Palpitaba a mi oído el corazón del mundo.
En la pequeña noche de mis ojos cerrados
había estrellas pálidas y una luna redonda;
sombras de azules velos lentas la recorrían.

Un murmullo de aguas y un murmullo de pinos
se entrelazaban dóciles como dos ramas nuevas;
una delgada brisa pasaba entre los dos
y empapaba sus labios en melliza ternura.

Yo te veía cerca, dibujada en el aire,
del color de la noche, como ella sin relieve.
Mis brazos te buscaban cual ríos disparados...
Detrás de los cristales burbujeaba el día.

V

Yo te puedo poblar, soledad mía,
igual que puedo hacer rocas y árboles
de estas oscuras gentes que me cercan
¿Cómo, si no, llevar sobre los hombros
la ausencia? El ágil viento me conoce
y ayuda en mi trabajo: cada día
cuelgo del monte nuestro cielo limpio,
planto en el lago nuestra rubia era
y el ancho río de corriente pródiga
vacío lentamente...
Allí donde los pinos y los álamos,
donde la encina sólida y el roble
el claro olivo de verdor de plata.
Y sobre el culto césped
el triunfo de la espiga.
El sol muy en lo alto, fatigando
el aire con sus alas,
en el cénit su vuelo detenido.

Cómo su gracia y limpidez los ojos
me abrasan con su luz... No lo soñara
la torpe mano que me arrebatara
mi blanca Andalucía.

VI

Hoy que llevo mis campos en mis ojos
y me basta mirar para verlos crecer,
siento vuestra llamada, prados de verde edad,
oigo vuestra palabra, árboles de cien años,
y os busco inútilmente a través de la tarde.
Ni el vuelo de los trinos ni el canto de las ramas
han de romper el duro silencio de mi boca.
Si me quedase inmóvil, como esta buena encina,
vendrían vuestros pájaros a anidar en mi frente,
vendrían vuestras aguas a morder mis raíces
y aún seguiría viendo con su blancura intacta
quién sabe si dormida, la España que he perdido.

VII

Tú que todo lo hiciste
—los pasos y el sendero— me has dejado
en libertad de andar a mi albedrío.
Pero yo doy al viento mis velas indefensas…
Sólo quiero mirar, mirar el agua
de intimidad azul, mirar el cielo
de grises bloqueado, y a la orilla,
el bosque de frescura inmarchitable.
Mis ojos son mi vida.
Aquello que mis ojos reflejaron
vuelve a su ser de nuevo verdecido.
Mirando voy creando
naturaleza pura, luz exacta,
el mundo que Tú hiciste.

 


 

Intermedio

Llanto sobre una isla

 

Ahora
ahora sí que voy a llorar sobre esta gran roca sentado
la cabeza en la bruma y los pies en el agua
y el cigarrillo apagado entre los dedos...
Ahora
ahora sí que voy a vaciaros ojos míos, corazón mío,
abrir vuestras espitas lentas y vaciaros
sin peligro de inundaciones.
Ahora voy a llorar por vosotros los secos
los que exprimís vuestra congoja como una virgen sus
pechos
y por vosotros los extintos
que ya exhaláis vapor de hieles.
Ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber por qué
cuyos porqués resuenan todavía
en la tirante bóveda impasible…
Y también por vosotras, lívidas, turbias, desinfladas
madres,
vientres de larga voz que araña los caminos.
Un llanto espeso por los pueblecitos
que ayer triscaban a un sol cándido y jovial
y hoy mugen a las sombras tras las empalizadas.

Y por las multitudes
que pasan sus vigilias escarbando la tierra...
Un llanto viudo por los transeúntes
tan serios en el ataúd de su levita.

Ahora
ahora puedo llorar mis llantos olvidados
mis llantos retenidos en su fuente
como pájaros presos en la liga.
Los llantos subterráneos
los que minan el mundo y lo socavan
los que buscan la flor de la corteza
y el cauce de la luz, los llantos mínimos
y los llantos caudales, acudan a mis ojos
y fluyan en corrientes sosegadas
e incorporarse al llanto universal.

Sobre esta roca verdinegra
agua y agua a mi alrededor
ahora sí que voy a llorar a gusto.

 


 

Primavera en Eaton Hasting

(Continuación)


VIII

De nuevo estoy en pie frente a mi mundo
el mundo que creé para mis sueños
con sus árboles altos florecidos
sus campos fatigados de verdores
y el cielo transparente sobre el campo
con sol por todas partes: en el agua
que acelera su paso bullicioso
en la brisa transida de pinares
en la cima veloz de la montaña.
Se me adelgaza el tacto de los dedos
se hace mi planta elástica y flexible
puedo flotar, saltar desde un barrote
al otro de mi jaula.
cantar balanceándome en el viento
alisar la montaña con mis manos
y detener el vuelo de los ríos.
Remonto la corriente
sorteo los escollos familiares
y anclo en la media noche:
cojo la luna blanca
y la traigo a mi recto mediodía
que la pinta de azul desvanecido.
Lanzo al espacio el lago soñoliento
con alboroto de las nubes quietas
y pasmo de los juncos fugitivos.

Cuelgo a las horas briznas de colores
para poder seguir con la mirada
su marcha presurosa por los aires...
La tierra, el mar y el cielo, mis amigos,
sonríen de mis juegos infantiles.

IX

A cada arbusto florido
ronda el viento enamorado:
le besa sobre las sienes
le lleva temblor de pájaros
le cuenta bellas historias
de vuelos imaginarios
hasta que el arbusto crece
a la altura de su llanto...

El viento tiene palabras
que no las comprende el árbol.

X

Con la frente a la altura de los robles
con las manos desnudas y el corazón ligero
vengo de andar el bosque en primavera.
El verdor de los campos florece en mis pupilas
y el trino de los pájaros atraviesa mis sienes.
Traigo aromas de pinos y hojas frescas
de álamos en los hombros.
Mi vieja pesadumbre se ha fundido en el agua
y canta río abajo entre las dos orillas...
La violeta de ayer
ha salido al camino para verme pasar.

Vengo de andar el bosque en primavera.

XI

El sol, el sol de fuego que quema las entrañas
ha descendido en líquidas venas incandescentes.
Arde el bosque profundo y arde el lago tranquilo
y arde mi corazón gloriosamente.

Siento cómo devora mis carnes miserables
hay dos llamas azules en mis cuencas vacías
chisporrotea el canto de las hojas inútiles
y lame mis costados como una lengua viva.

Se limpia mi osamenta y se desnuda.
Ya soy sólo materia, cal y fósforo...
Como la piedra inmóvil, gozo el sol que me funde
sin saber que lo gozo.

XII

Si me pusiese en pie, con todo mi dolor,
por cima de estas frescas lomas primaverales
que surcan en arroyos las aguas y los pinos
podría hablar contigo. Destino que me acechas.
Te presiento en lo hondo de este largo camino
que junta sus orillas allí donde mis ojos
no llegan con su vuelo: te adivino paciente
como el suelo que piso. No me engaña esta flor
de la voz diminuta ni me enreda en sus giros
este pájaro hueco. A través de la tarde
voy a ti todo recto como el día a la noche.

XIII

La Tierra dando vueltas va alejándose
con la soga del Tiempo a la cintura.
Fuera del tiempo y el espacio estoy
con mi vida enlazada por sus puntas.

Las noches se prolongan en oscuras
estancias sin descanso
mientras pastan los días
yerba dorada al rubio sol del prado.

Yo recorro mi vida como un perro
andando y desandando mi camino.
Me es grato olfatear el aire nuevo
allí donde aún respira el aire antiguo;

a derecha y a izquierda
desperezar los ojos
y luego descansar, sobre la cumbre,
diciendo: esto fue todo.

XIV

Vienen del cielo a mis ojos,
van de mis ojos al cielo
azules, blancas, doradas...
del color de mis recuerdos.
Se encuentran en el camino
y hacen su ronda de juegos;
se persiguen y se esconden…
¿dónde Sirio? ¿dónde Venus?
La noche gira suave
como una veleta al viento.
El silencio tiene un nombre:

Tu silencio.

 


 

Intermedio

Noche con estrellas


Aunque te rompas, frágil bóveda, en mil pedazos
esta noche estrellada
yo tengo que gritar en este bosque inglés
de robles pensativos y altos pinos sonoros.
He de arrancar los árboles a puñados convulsos
he de batir el cielo con mis manos cerradas
y he de llorar a voces este dolor mordido
que brota a borbotones de mi raíz más honda.

Solo en medio de un pueblo que forja su destino
y rueda sus azares con temple calculado;
que trabaja y que juega y el domingo descansa
y toda la semana vigila los confines
con la mirada alerta de un perro de rebaño;
que traza sus caminos como quien peina un niño;
que devora las negras entrañas de su suelo
con una verde lengua de parques y jardines;
que cuida con ternura franciscana sus flores,
sus aves y sus peces, y esclaviza a la India;
solo en medio de un pueblo que duerme en esta noche
yo he de gritar mi llanto.

Aunque el silencio cruja y se despierte el cisne
—que es propiedad del Rey— y quiebre aleteando
las aguas impasibles; aunque las aguas corran
a golpear la orilla con sus tiernos nudillos
y el rumor se propague por el bosque curioso
y llegue a despertar la brisa que dormía
tras la colina curva; aunque la brisa vuele
a sacudir los prados y pulsar las ventanas
aunque el temblor sonoro se extienda a las estrellas
y perturbe un momento su formación tranquila
mientras duerme Inglaterra, yo he de seguir gritando
mi llanto de becerro que ha perdido a su madre.

 


 

Primavera en Eaton Hastings

(Continuación)

 

XV

Andar es lo ordenado.
Seguir nuestro camino
llevando a los costados
el césped satisfecho
y el alto pino, demasiado alto.
Así nuestra palabra
va bien con nuestro paso solitario.

Tú sigue tu camino.
Yo quiero recostarme sobre el árbol
y ver pasar la tarde... Tanto tiempo
que mis ojos inmóviles
olvidaron su oficio
no han de negar su condición de espejos:
deja correr el río
deja volar la nube
por mis ojos abiertos y tranquilos.

XVI

Para tener una gran voz que te contara
—allí donde tú estés— mi sueño de esta hora…
Si se lo digo al árbol
¿quién llevará el mensaje a través de las aguas?
Si se lo digo al viento
¿quién guiará sus potros a través del espacio?

Te lo diré al oído, sombra que me acompañas.

XVII

Hoy quiero hacer un verso que lleve un vuelo curvo,
que camine conmigo y dé la vuelta al lago
así veré tu techo perenne de verdores,
bosque primaveral, y soñará mi frente
una evasión posible por un cielo de hojas:
así veré mi imagen mecida por tus aguas
que fingirán la cuna que han hecho azul los años
enredaré mis ojos en tus violetas breves,
saludaré de paso al roble enternecido
que ayer cruzó su rama con mi mirada amiga
y al sapo que me huye con infantil torpeza;
el aire que me lleva con alas juveniles
me traerá despacio como un aroma lento:
y volveré a sentarme sobre esta misma piedra
y como el agua inmóvil seguiré hablando solo,
conmigo y con el cielo…

XVII

Oh, fuego, hermano fuego:
mirar, sólo mirar tu llama pura
fiera y perpetuamente renovada
dá vigor a mis alas y a mis voces.
El dócil leño que te entrego ahora
sabe más de soberbias resignadas
que el corazón pequeño de los hombres.
Ayer el sol de acero lo bruñía
y lo mecía el viento enamorado:
ayer las hojas verdes le brotaban
cual un sudor de cándido rocío
y lo lamía la inocente lluvia
como una res tranquila;
era su pompa orgullo de los prados
y norte de los juncos su estatura:
su pedestal buscaban los arroyos
como las flores tímidas su sombra:
hoy es él mismo flor y sol y lluvia.
Mirándote tenaz, paciente y terco,
con tu rosada lengua infatigable
devorando a los troncos y a las horas
hasta lograr, pavo real del viento,
la plenitud de tu cenit glorioso
fluye sereno el pulso
y la labor diaria se remansa
consciente del camino y de la meta.

¿Qué me dice tu luz, que no es luz sólo,
sino calor cordial, lumbre de aurora?
Mi soledad se funde en tu regazo
y alrededor de mi cintura siento
mil brazos que florecen.
Fuera el duro granizo
apalea los campos.
En el hogar tu llama
igual que un corazón, palpita y canta.

XIX

Hoy el sol puntual faltó a la cita.

Mis ojos le han buscado en vuelo lento

por todo el horizonte.

Y el cielo reducido palidece en la espera.

Sobre los verdes campos

la lluvia se destrenza perezosa.

Su desnudez es casta como un mármol.

XX

El verso humano pesa.
Yo lo cojo en mis manos
y siento que me dobla las muñecas.
Mi traspiés juega mal con el camino
y mi dolor contigo, oh blanca primavera.

A veces de lo hondo del silencio
que bordean las flores y la brisa
acude el largo grito a mi garganta.
La primavera rápida se esquiva,
se rompe en mil pedazos
el aire de veloz cristalería
y cubre el sol sus desnudados miembros
como una virgen tímida.
Yo quedo sobre un monte de tinieblas
aullando al horizonte de mi vida.
Desde esta primavera luminosa
¿por qué no recordaros,
vosotros que conmigo compartisteis
la lluvia y el espanto?
De vuestra sencillez sabe este agua,
de vuestra dignidad sabe este árbol.
Acaso vuestros rostros en borrasca
rimaran mal con este culto prado:

pero también su cultivado césped
lo ha sido por las manos.
Hombres de España muerta, hombres muertos de España,
¡venid a hacerles coros a estos pájaros!

 

 


 

Entre España y México

 

A bordo del Sinaia

 

Qué hilo tan fino, qué delgado junco
—de acero fiel —nos une y nos separa
con España presente en el recuerdo,
con México presente en la esperanza.
Repite el mar sus cóncavos azules,
repite el cielo sus tranquilas aguas
y entre el cielo y el mar ensayan vuelos
de análoga ambición, nuestras miradas.

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.

Y tú, México libre, pueblo abierto
al ágil viento y a la luz del alba,
indios de clara estirpe, campesinos
con tierras, con simientes y con máquinas;
proletarios gigantes de anchas manos
que forjan el destino de la Patria;
pueblo libre de México:
como otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,
de generosa sangre desbordada.
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas,
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

 


 

Canción

 

Guadalquivir:
El espejo de tus aguas
sabe del rodar suave
de las tardes sevillanas.

Ay, río que se me va.
Ay, tarde que se me escapa.

A cada paso del río
va adelgazando la noche
y las estrellas menudas
ya nos parecen enormes.

Capitán, pronto, la brújula.
Que este río no va al mar.
Que va a la luna.

La palabra se rebela.
Si no la cuidas se escapa
porque tiene su querencia.

Te procura.
De noche te asaete
de día levanta el vuelo
y se aleja.

La palabra busca siempre
su querencia.

Antes de dormirte todo
hazte el dormido y espera;
pero cuando llegue, cuídala,
acomódala en su tienda,
que sienta calor y frío,
que se ajuste, que se avenga,
que respire, que se quede.

Y verás, si es que se queda,
cómo suena la palabra
cuando suena.

Cuando me tiro de noche
en el ataúd del lecho
que es menos duro que el otro
porque ya sabe mis huesos,
me pongo a mirar arriba
los astros de mis recuerdos.

Aquél que se abrió de pronto
cuando todo era misterio.
El otro que se apagó
antes de sentirse abierto.

A veces grito iracundo:
aquí me falta un lucero,
aquí me sobra una estrella.
¿Quién hizo este firmamento?

Una voz piadosa dice
que no es cielo sino techo.
—Por mi vida, grito yo,
dejadme saber mi sueño.
Donde yo pongo los ojos
Todo es cielo—.

 


 

 

Epitafio a Antonio Machado

 

Qué cerca de tu tierra te has sabido quedar.
Así el viento de España te cantara al oído
a poco que desborde su vuelo circular
y el sol mirarte, cuando en el mediodía
frene su impulso fiero, antes de resbalar.