Retrato de Pedro Garfias
por Juan Rejano (1950)*


De oscuro pájaro ganchudo la faz, reverso insólito de un
alma luminosa, melancólica, manadora de sueños, como
la sepultada estrella de la niñez;

revuelta, hirsuta la melena de cansado león sobre una fren-
te organizada para los pensamientos que con la virgen
ternura se humedecen;

agudos y endrinos los ojos dispares, disparados y anublados
a un tiempo por un frío velo crepuscular, como esos pe-
queños relámpagos estrangulados en un cielo de nácar
aborrascado;

un rictus de bondadosa amargura en la boca navajeada, por
donde han brotado tantas sílabas musicales, que apenas
quedan campanas en las torres herrumbrosas, lenguas
de cristal en los ríos romanceros;

apesadumbrado el dorso: las corvas espaldas trepando a los
hombros de encima o de sillar;

torpe, renqueada la andadura, que fue airosa alguna vez
como la inconsciente juventud que no advierte su sangre;

ágiles las manos cual navecillas de nicotina: manos subra-
yadoras de palabras que ya no son sino esqueletos de
palabras, recortadas imágenes fonéticas, de las que sólo
percibimos un sonido de coda rota;

monólogo puro, monólogo cordial,

desesperado hilo del corazón que, a punto de romperse, se
anuda más fuertemente y vibra y restalla y se enciende,
metal desafiador de los más altos fuegos:

aquí está Pedro,
aquí está Pedro Garfias,
aquí está Pedro Garfias de Ecija, de Cabra, de Osuna,
Pedro de la campiña bética y de las marismas que llegan
a Tartesos,

Pedro poeta, poeta contra él mismo: Pedro contra todos,
mago de los naipes líricos, maestro de los otros naipes
que abanican madrugadas de azar y livideces recónditas;

matemático jubilado antes de nacer a las altas ecuaciones
que se enlazan con el álgebra poética;

coleccionista de noches universales, de esas noches calum-
niadas, en que el poeta crece sobre el césped de los jar-
dines brumosos;

soldado de la sola, sola verdad revolucionaria; aprendiz en
la Casa del Pueblo, huelguista de las glorietas madrile-
ñas, orador de mítines rurales con olor a establo y tri-
cornio de la guardia civil;

disecador de lunas ásperas, de lunas como puños sangrien-
tos alzados vengativamente sobre la miseria enracimada,
contra las cerraduras millonarias;

acaricia las nieblas, ignora la topografía: ciego sin laza-
rillo y sin perro por los temibles laberintos;

lucero galán de todas las tabernas enamoradas: arcángel
frecuentador de los manantiales embriagantes; pontífice
mudo del cante jondo que de Triana a Jerez tiende su
riguroso meridiano:

la guitarra de los acordes alterados deambula por su cuerpo,
de un amanecer a otro:

estatua desprendida de la tierra, oloroso a vides y panales,
una rama de olivo de signó la frente,
un clavel negro le traspasó la piel,
un torso campesino doblado sudorosamente sobre la tierra
le avivó la rebeldía.

Si un día fue renovador metafórico, gladiador impulsivo en
los anales poéticos españoles,

si un día cantó con la frescura de los racimos, de las orillas
y de los rocíos, la humildad de los blancos caserías ten-
didos al sol, la novia torcaz en la provincia lejana, la
lluvia, el viento, los nidos, el alba,

otro día, ya desgajada España, ya rota la patria por todos
los puñales de la mentira, la cobardía y la traición, car-
gó de pólvora y acero su voz y la disparó incesantemente
contra las espadas purulentas, aniquiladoras de la ino-
cencia popular;

brotaron los himnos, resplandecieron las canciones heroicas;
un clarín perforó el verso alerta, hecho de heridas y lau-
reles, de agonía y de esperanza, de juventud y pan libre.

¡Ay, el sueño, el sueño aquél del hombre, de los hombres
de España encarnados en el poeta, lanzado fue de su
tierra, desterrado, sumido en lo aciago;

pero, vertical sobre sus despojos sangrientos, lejos, lejos
del regazo perdido, de nuevo levantó su acento de dia-
mante, su vuelo cegador, y en un bosque inglés nació
el más hermoso canto al amor y a la patria, escapado
de unas pupilas ciegas.

Brindó el mar sus anchas espaldas, su poderoso pulmón de
olvido a la caravana del éxodo, y cabalgando con ella
en las olas llegó el poeta al nuevo mundo, a la ribera
fragante de América:

México abría los brazos,

México restañaba la crueldad occidental, la de los caballe-
ros de la civilización cristiana, con dulces paños frater-
nales,

y el poeta desde el mar lanzó su canto a México, a su ge-
nerosidad ardiente, y aún sigue cantando, a la sombra
violada

del tezontle, sobre la meseta milenaria del Anáhuac.

Miradlo todavía penetrando noches, respirando auroras, la
garganta juglar enronquecida de decir el metro armo-
nioso de su evangelio,

de su poesía: de su poesía impar que, como las selvas, tie-
ne un rumor eterno, un pensamiento brotado de las en-
trañas y una autenticidad inmarchitable;

de su poesía, abrevada en lo esencial hasta cuando briza
las cosas más cercanas; dentro del tiempo, del intrans-
ferible tiempo que le ha tocado apresar;

de su poesía, forjada en el corazón-de-siempre, clara, pura,
humana, como el hombre a quien busca, el hombre ca-
paz de sueños, abnegaciones, nobles luchas.

¡Cerrad vuestras trampas, vuestros podridos legajos, torpes,
interesados antólogos, historiadores literarios del agua-
chirle, que tantas veces la habéis postergado, que tantas
veces habéis olvidado esta poesía, olvidando al que no
conoce el olvido!

Aquí está Pedro. ¡Miradlo!

Aquí está Pedro Garfias.

Aquí está el poeta contra todos: contra él mismo.

¡Aquí —miradlo— está el poeta!



* Tomado de: Pedro Garfias, Antología poética, Finisterre, México, 1970.