Primavera en Eaton Hastings

(Poema bucólico con intermedios de llanto)


I

Porque te siento lejos y tu ausencia
habita mis desiertas soledades
qué profunda esta tarde derramada
sobre los verdes campos inmortales.

Ya el Invierno dejó su piel antigua
en las ramas recientes de los árboles
y avanza a saltos cortos por el prado
la Primavera de delgado talle.

Por el silencio de pendiente lenta
rueda la brisa en tácito oleaje
y apunta la violeta su murmullo
al pie del roble y de la encina grave.

En las aguas inmóviles del lago
anclan nubes y luces vesperales
y tiende el bosque sus flexibles redes
al vuelo prodigioso de tu imagen.

El sol azul con cuidadosas manos
rayos y brumas teje, en noble arte,
hasta dejar de tu color, amada,
la piel inmaculada de la tarde.

Te miro recostada sobre el césped
agua verde y verdor claro tu carne
tu rumoroso pelo embravecido
y el bosque de tu risa palpitante.

Alrededor de tus tobillos breves
ciñe la luz minúsculos collares
y abrazan a tus brazos poderosos
los tallos y las ramas verdeantes.

Pulsan las finas cuerdas del silencio
tus voces y los pájaros locuaces;
el cielo en plenitud abre sus venas
de calurosa y colorada sangre
¡y alza mi corazón su pesadumbre
como un nido de sombras un gigante!

II

Dentro del pecho oscuro
la clara soledad me va creciendo
lenta y segura... Hay luz en mis entrañas
y puedo ver mi sangre ir y venir
y puedo ver mi corazón... Afuera
se agolpan desojadas y sonámbulas
noches enracimadas.
Un atropello de silencios turbios
repta y ondula…
Señor que hiciste el verso y la amapola

haz las paredes de mi pecho fuertes,
duras como el cristal de esta ventana.

III

Pasear contigo en soledad perfecta
fondo azul de colinas y a los lados
árboles comprensivos vigilantes
el doble paso caricioso y lento.

Pasear contigo en soledad callada
al través de un silencio transparente
la frente levantada al sol que sube
orgulloso del brío de su vuelo.

Pasear contigo por la superficie
de redondez suave de la tierra
con lentitud perseverante y noble...
contigo y tu recuerdo y tu esperanza.

IV

Me pesaban los párpados con dulce pesadumbre.
Un tumulto de imágenes con retazos de sueños
afloró a mi conciencia... Acaso era día claro:
pero un postrer plumón de sombras me envolvía.

Palpitaba a mi oído el corazón del mundo.
En la pequeña noche de mis ojos cerrados
había estrellas pálidas y una luna redonda;
sombras de azules velos lentas la recorrían.

Un murmullo de aguas y un murmullo de pinos
se entrelazaban dóciles como dos ramas nuevas;
una delgada brisa pasaba entre los dos
y empapaba sus labios en melliza ternura.

Yo te veía cerca, dibujada en el aire,
del color de la noche, como ella sin relieve.
Mis brazos te buscaban cual ríos disparados...
Detrás de los cristales burbujeaba el día.

V

Yo te puedo poblar, soledad mía,
igual que puedo hacer rocas y árboles
de estas oscuras gentes que me cercan
¿Cómo, si no, llevar sobre los hombros
la ausencia? El ágil viento me conoce
y ayuda en mi trabajo: cada día
cuelgo del monte nuestro cielo limpio,
planto en el lago nuestra rubia era
y el ancho río de corriente pródiga
vacío lentamente...
Allí donde los pinos y los álamos,
donde la encina sólida y el roble
el claro olivo de verdor de plata.
Y sobre el culto césped
el triunfo de la espiga.
El sol muy en lo alto, fatigando
el aire con sus alas,
en el cénit su vuelo detenido.

Cómo su gracia y limpidez los ojos
me abrasan con su luz... No lo soñara
la torpe mano que me arrebatara
mi blanca Andalucía.

VI

Hoy que llevo mis campos en mis ojos
y me basta mirar para verlos crecer,
siento vuestra llamada, prados de verde edad,
oigo vuestra palabra, árboles de cien años,
y os busco inútilmente a través de la tarde.
Ni el vuelo de los trinos ni el canto de las ramas
han de romper el duro silencio de mi boca.
Si me quedase inmóvil, como esta buena encina,
vendrían vuestros pájaros a anidar en mi frente,
vendrían vuestras aguas a morder mis raíces
y aún seguiría viendo con su blancura intacta
quién sabe si dormida, la España que he perdido.

VII

Tú que todo lo hiciste
—los pasos y el sendero— me has dejado
en libertad de andar a mi albedrío.
Pero yo doy al viento mis velas indefensas…
Sólo quiero mirar, mirar el agua
de intimidad azul, mirar el cielo
de grises bloqueado, y a la orilla,
el bosque de frescura inmarchitable.
Mis ojos son mi vida.
Aquello que mis ojos reflejaron
vuelve a su ser de nuevo verdecido.
Mirando voy creando
naturaleza pura, luz exacta,
el mundo que Tú hiciste.