Primavera en Eaton Hasting

(Continuación)


VIII

De nuevo estoy en pie frente a mi mundo
el mundo que creé para mis sueños
con sus árboles altos florecidos
sus campos fatigados de verdores
y el cielo transparente sobre el campo
con sol por todas partes: en el agua
que acelera su paso bullicioso
en la brisa transida de pinares
en la cima veloz de la montaña.
Se me adelgaza el tacto de los dedos
se hace mi planta elástica y flexible
puedo flotar, saltar desde un barrote
al otro de mi jaula.
cantar balanceándome en el viento
alisar la montaña con mis manos
y detener el vuelo de los ríos.
Remonto la corriente
sorteo los escollos familiares
y anclo en la media noche:
cojo la luna blanca
y la traigo a mi recto mediodía
que la pinta de azul desvanecido.
Lanzo al espacio el lago soñoliento
con alboroto de las nubes quietas
y pasmo de los juncos fugitivos.

Cuelgo a las horas briznas de colores
para poder seguir con la mirada
su marcha presurosa por los aires...
La tierra, el mar y el cielo, mis amigos,
sonríen de mis juegos infantiles.

IX

A cada arbusto florido
ronda el viento enamorado:
le besa sobre las sienes
le lleva temblor de pájaros
le cuenta bellas historias
de vuelos imaginarios
hasta que el arbusto crece
a la altura de su llanto...

El viento tiene palabras
que no las comprende el árbol.

X

Con la frente a la altura de los robles
con las manos desnudas y el corazón ligero
vengo de andar el bosque en primavera.
El verdor de los campos florece en mis pupilas
y el trino de los pájaros atraviesa mis sienes.
Traigo aromas de pinos y hojas frescas
de álamos en los hombros.
Mi vieja pesadumbre se ha fundido en el agua
y canta río abajo entre las dos orillas...
La violeta de ayer
ha salido al camino para verme pasar.

Vengo de andar el bosque en primavera.

XI

El sol, el sol de fuego que quema las entrañas
ha descendido en líquidas venas incandescentes.
Arde el bosque profundo y arde el lago tranquilo
y arde mi corazón gloriosamente.

Siento cómo devora mis carnes miserables
hay dos llamas azules en mis cuencas vacías
chisporrotea el canto de las hojas inútiles
y lame mis costados como una lengua viva.

Se limpia mi osamenta y se desnuda.
Ya soy sólo materia, cal y fósforo...
Como la piedra inmóvil, gozo el sol que me funde
sin saber que lo gozo.

XII

Si me pusiese en pie, con todo mi dolor,
por cima de estas frescas lomas primaverales
que surcan en arroyos las aguas y los pinos
podría hablar contigo. Destino que me acechas.
Te presiento en lo hondo de este largo camino
que junta sus orillas allí donde mis ojos
no llegan con su vuelo: te adivino paciente
como el suelo que piso. No me engaña esta flor
de la voz diminuta ni me enreda en sus giros
este pájaro hueco. A través de la tarde
voy a ti todo recto como el día a la noche.

XIII

La Tierra dando vueltas va alejándose
con la soga del Tiempo a la cintura.
Fuera del tiempo y el espacio estoy
con mi vida enlazada por sus puntas.

Las noches se prolongan en oscuras
estancias sin descanso
mientras pastan los días
yerba dorada al rubio sol del prado.

Yo recorro mi vida como un perro
andando y desandando mi camino.
Me es grato olfatear el aire nuevo
allí donde aún respira el aire antiguo;

a derecha y a izquierda
desperezar los ojos
y luego descansar, sobre la cumbre,
diciendo: esto fue todo.

XIV

Vienen del cielo a mis ojos,
van de mis ojos al cielo
azules, blancas, doradas...
del color de mis recuerdos.
Se encuentran en el camino
y hacen su ronda de juegos;
se persiguen y se esconden…
¿dónde Sirio? ¿dónde Venus?
La noche gira suave
como una veleta al viento.
El silencio tiene un nombre:

Tu silencio.