Hugo Gutiérrez Vega






Nota introductoria de
Pedro Serrano


Selección de
Carlos Monsiváis




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f

Nota introductoria
 


Dudo y persisto en la búsqueda
de un cordel pendiente del aire


Siempre hay, en la obra de un poeta, poemas que mejor definen sus dudas, sus intereses; que mejor definen, en suma, al poeta. "El Pontífice" es, creo, un poema con estas características. Poema personal, íntimo, usa el título como un espejo, que a su vez se ve reflejado en el espejo fijo del destino. La duda, el pontífice, el destino; son los tres planos en los que se mueve el poema. El poeta es, entonces, el que predice, el que sabe, el que duda. O al revés: el que duda, el que por dudar sabe, el que por saber puede decir, puede predecir. "Vivo en el descalabro", comienza este poema, y Gutiérrez Vega es un poeta que antes que nada, duda, y dudar es para él aventarse al vacío, a la conciencia del dolor y a la imposibilidad de la certeza. Así, antes de descalabrarse, decide hacerlo. Podría decir también: vivo por el descalabro, porque, como dice en otro poema, no es la luz, sino un fantasma de ella, un fantasma reconocido, un fantasma sabido lo que lo hace continuar, lo que lo hace, luego del naufragio, desplegar las velas, las más altas, y zarpar, "esperando un naufragio más profundo". Poeta consciente, poeta amargo por lo tanto, sus bromas son a veces más duras, más desoladoras que sus quejas y su poesía, como el amor, lleva esa almendra amarga del que acepta el destino, del que lo conoce y acepta, del que, a fin de cuentas, lo inventa. Porque la poesía es esa creación desengañada, esa ficción aceptada y asumida, y los mejores poemas de Gutiérrez Vega son aquellos que, aceptando el engaño, lanzan sus velas para que el desastre, para que el naufragio, sean mayores. Dudar es, en cierto modo, desencantarse. Pero el desencanto, a veces, es también aceptar que lo único posible es volver a dudar, volver a desencantarse. No esa realidad, sino ese movimiento, esa posibilidad, ese ser posible de las cosas es la poesía de Gutiérrez Vega. Poemas como "El Pontífice", o como "Variaciones sobre una Mujtathth de Al-Sharif Al-Radi", o "Golfo de California", son ese movimiento de la nueva duda, de la que nace después del desencanto, de la que hace posible el poema, y la vida de nuevo. Son ese "aguijón de un mar cansado" que "clava sus espuelas en el costado del vacío", que hace que el poeta asuma su destino, acepte la tragedia de la imposibilidad de salvarse y, paradójicamente, en este asumir la tragedia que es vivir en duda, encuentre una nueva posibilidad, una duda continua que lo destruye y lo crea, que lo deshace y rehace continuamente, trágica y dolorosamente:


Tal vez esta búsqueda y la certeza del engaño sean una oscura forma de la gracia.



Pedro Serrano


Datos biográficos



Hugo Gutiérrez Vega nació en Guadalajara, Jalisco en 1934. Director de teatro, escritor, poeta, ensayista, periodista, profesor universitario y diplomático. Por su trabajo que desarrolló como Consejero Cultural de la Embajada de México en Roma (1962-1965), se le concede en 1966 la condecoración de "Comendador de la Orden al Mérito de la República Italiana". Posteriormente ese mismo cargo lo desempeña en Londres. Regresa a México y es nombrado director de la Casa del Lago de la UNAM (1975-1976). Los dos años siguientes es director general de Difusión Cultural de la Universidad Nacional. A finales de 1979 es nombrado nuevamente Agregado Cultural de la embajada mexicana en España.

Algunos de los libros de poesía publicados de Gutiérrez Vega son: Buscado amor (1965), con prólogo de Rafael Alberti; Desde Inglatrera (1971), Samarcanda y otros poemas (1972), Resistencia de particulares (1974), Cuando el placer termine (1976), libro con el que ganó el Premio Nacional de Poesía; Cantos de Plasencia (1977) y Poemas para el perro de la carnicería y otros homenajes (1979), Las peregrinaciones del deseo. Poesía 1965-1986 (1987), Andar en Brasil (1988), Los soles griegos (1990), Cantos del Despotado de Morea (1994), Una estación de Amorgós (1997), Los pasos revividos (1997), Antología personal (1998) y Peregrinaciones (1999), así como varios volúmenes de ensayos.

En 1975 se le otorgó el Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes y en 1999 se le reconoció con el Premio Nacional de Periodismo. Recientemente, noviembre de 2010, recibió el Premio y Homenaje de Periodismo cultural "Fernando Benítez", que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.


De nuevo llegas a mi casa



Conoces el camino
y sabes que mis cosas
se han amoldado a ti.

En el espejo
queda tu reflejo.

En la tarde de la ciudad,
bajo las máquinas;
en la tarde amarillenta,
sucia, habitada de sombras,
manchada por las prensas,
vociferante río de niebla
hacia la noche del tumulto;
en la tarde tus cabellos
serán un recuerdo presente.
Yo estaré junto
a tus dieciséis años
y junto a tu fracaso,
a tus cansados días
vividos bajo el humo de la ciudad.
Estaré junto a tu voz pasada
escuchando tu voz presente.
Leeremos nuestra historia
en el libro cerrado
de tu vientre.

 

de Buscado amor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



 

 

 

 

 

 

 


Carta al poeta José Carlos Becerra
muerto en la carretera de Brindisi



Al escribirla pienso en la muerte de amor que danza en el sueño de Quevedo.

Era el momento de la conjuración de todas las piedras del camino.
Lo oportuno era dar marcha atrás y regresar a la ciudad de ámbar.
Sin embargo yo sé que no podías dejar el viaje y sé también que la llegada no era el objeto del camino.
Lo que buscabas era llevarte en los ojos todos los árboles, los ríos, los pájaros que pasaban al lado de tu viejo automóvil y que formaban parte de tu cuerpo.
Ahora sé por qué preguntabas los nombres de los árboles y por qué querías aprender a conocer el canto de los pájaros.
Estabas lleno de ceibas, de tulipanes, de todas las creaturas del reino vegetal. Tú, como Pellicer, nacido en esa tierra-agua de Tabasco escuchabas el silencio de la creación.
Te conocimos ya muy tarde, pero pronto te conocimos y aprendimos con gozo a amar los ojos con que veías el mundo.
Todos los días regresabas de tu casa de un día con un asombro nuevo, con un nuevo motivo para mantener abiertos los ojos. Ibas siempre a decir algo: el cuadro de Turner en la Tate Gallery, un fragmento de sueño de Quevedo, la noche dedicada a Bogart en el National Film Theatre. —Casa Blanca a las 4.30 a.m., café y galletas a las 6 a.m.
Otra noche hablaste de Quiroga hasta que las ocho de la mañana se desprendieron de los edificios de Park Lane.
Como tu compromiso era con la pureza extemporánea, con la más arriesgada de las honestidades, hablabas con asombrado amor de la flor amarilla, de todos tus amigos, de tu infancia, de los seres vivos en tus mitos tabasqueños, de las mujeres en que te habías ido quedando, de las cosas de México que tanto te dolían…
Ahora, con tu muerte, el río de las palabras ha disminuido su caudal.
No exagero, poeta. No hago tu elogio fúnebre. (La oratoria te daba desconfianza, bien lo sé.) Digo todo esto dando una cabriola de cine mudo, saludándote con mi vieja corbata.
La vida sigue sin ti, hermano, pero ya no es la misma ni lo será ya nunca para los que te amamos.
Nos hemos quedado con lo que nos dijiste. Gracias por tus asombros, por esa diminuta certeza de alegría que a todos repartiste.
Hablaremos de ti como se habla de esos ausentes dones que un día nos da la tierra y que nos quita con su inocente furia al día siguiente.

 

Londres, mayo de 1970

de Resistencia de particulares

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Samarcanda



1

La ciudad azul y blanca
bajo la luna de los mongoles.
Aquí no se mira la luna.
El palacio del emperador inmortal
aparece en la claridad de la tarde.
Estamos parados cerca de las tumbas;
comemos higos con una especie de ansiedad.
Samarcanda tiene un jardín por inventar.
—Ginsberg vio un jardín semejante
entre las piedras negras de México—
Se puede inventar un poema del tamaño del jardín,
comer dátiles y echar los huesecillos
en la tumba del emperador que va a vivir siempre.
Las tumbas no están frías.
En una de ellas cabe la cópula
de un joven y una mujer madura
—pelo blanco y grupa de galera fenicia—
Fuera del palacio los uzbekos venden
semillas de girasol, panalitos, higos.
Desde aquí se levantan el grito de los buitres del profeta
y la torre de Bujara.

Igual que en México, en China
y el Perú,
aquí las voces humanas son huecas
como los caracoles donde el mar se finge mar
en las playas de Cozumel.


2

Uluj-Beg para ver las estrellas
abrió un profundo camino
al centro de la tierra.


3

El muezzin me dijo en su cansancio:
escribirá un poema sobre nuestra ciudad,
dirá que nos conoce al darse cuenta
de que nunca estuvo entre nosotros.
Como respuesta abrí la boca
y devoré un racimo de uvas amarillas.

En la noche soñé que ni el muezzin ni yo
podíamos inventar plegarias nuevas.


4

A las cuatro de la mañana
caminé por el corredor del templo Scha-sinda.
La luna estaba en Dushambé.
Soñé bajo un pedazo de cielo abierto.
La estrella bajó la vista.
Me recorrió el calosfrío claro.


5

Hablar de la ciudad-camino
¿Quién me dice que estuve?


de Samarcanda y otros poemas


Variaciones sobre una Mujtathth
de Al-Sharif Al-Radi


"Pasaré la noche con el inmenso desierto
que hay entre mí y el estar contigo."


1

Hay una extensión cercada por el cielo,
una inmensa planicie descubierta por la luna,
un campo de flores pálidas
sitiadas por su propio perfume,
una casa en el bosque de los grandes abetos de la noche,
un camino entre los pinos,
el otoño de planetas cercanos,
el lago de orillas blanquísimas,
el violeta tenue en la madrugada del mar,
la pulpa entregada de un fruto
que sobrepasa la medida de la mano,
la noche de la selva,
la madrugada de la altiplanicie
y el corazón de todos los niños de la tierra.
Todo eso, Al-Sharif, todo eso
y "pasaré la noche con el inmenso desierto
que hay entre mí y el estar contigo".


2

Está lejana la gloria de Al-Andalus,
lejana la tarde de las montañas de Córdoba.
Colocamos todos nuestros bienes,
un puñado de cosas entrañables,
sobre la frágil estructura
que levantan los hombres en la tierra.
Todo está tan lejano, Al-Sharif.
Queda este enorme cansancio,
la débil certeza de no saber nada,
de no querer ya nada,
de conformarnos con esta tarde en la playa
y con los ojos pálidos del mar,
los que no ven,
los hechos para ser contemplados.


3

Era el tiempo en que se nos abría el paraíso
en todos los minutos del día.
Días de minutos largos,
de palabras recién conocidas.
El ojo de la magia les daba una iluminación irrepetible.
Y sucedió después que el paraíso era un engaño de la luz,
que a los amigos les bastaba un segundo para morirse,
que los amores llevaban dentro una almendra agria.

En la noche el paraíso sigue abriendo su rendija,
un fantasma de la luz,
el que hace que los amigos estén siempre aquí,
que los amores se conformen con su almendra agria,
que el corazón no rompa a aullar en la montaña.


4

Esa noche escuchamos el graznido de los cuervos del destino
presagiando la partida.
Esa noche que, aunque siendo de verano, nos impidió pasar
las horas en el terrado escuchando la voz del poeta joven.
Esa noche los lobos anduvieron cerca de la casa y al inicio de
la madrugada las flechas sombrías se clavaron en la
puerta.
Se escuchó el gemido de las gacelas perseguidas por la
sombra y se agrió la leche en los pechos de las madres.
Rodearon los presagios el lecho de la madrugada y el nuevo
día nació llorando.
El viento dijo que la separación se acercaba a la puerta.

Los cuervos no graznaron en vano:
antes de que el sol descubriera una pequeña parte de su
rostro la casa quedó vacía.
Desde el terrado te vi correr hacia la montaña. Se fue
perdiendo la música de tus ajorcas.

Ahora la pena ocupa nuestro lecho.

Cómo encontrar reposo durmiendo sobre los guijarros de la
soledad no deseada.
Cómo vivir con la certidumbre de que la ausencia ha puesto
sitio a nuestra casa ya en sombra.

 

de Samarcanda y otros poemas


México-Charenton


Apuntes para un guión cinematográfico sobre
TIBURCIA, nacida en Irapuato, el 18 de marzo
de 1933 y muerta en el manicomio de Mixcoac
de la ciudad de México el 14 de abril de 1969.

A Carlos Pacheco Reyes



1

Toda la santa mañana perdido en mis cosas
sin pensar en ti ni de paso

Ahora te pienso como si quisiera
resarcirte del olvido de todo un día

Está chisporroteando la sangre en mis venas
cuando te pienso

Súbitamente te instalas frente a mis ojos

Esas pequeñas flores azules
te están pensando como yo siempre


2

SU NOMBRE

En todas las mañanas en que se abren
las flores de la guerra y del cansancio
caminé por el valle sin que el viento
me gritara mi nombre
De la tarde no supe más que un beso
una caricia torpe descuidada
y el silencio fisgando entre los pinos
El silencio
qué bendición del claro mediodía
qué terror escondido en las cortinas
el dedo en alto
la oración rezada
con la aguja del sueño ante los ojos
Ahora me digo que mi propio nombre
se me quedó colgado en los helechos
estoy viajando con un nombre ajeno
con palabras del viento que me asigna
un lugar en la escuela
una canasta para el viaje
de todas las cuaresmas
mi puesto de lectura en esos parques
que saben dos silencios en el día

Vino después la noche
nunca antes
recorrí sus estrechos callejones
sus amplias plazas
las arcadas en que el sueño no existe
Descubrí que a mis ojos iba mejor la noche
iba mejor la sombra en el camino
El terror es de día
cuando las bestias abren las fauces
En esta casa todo se maquina
a la hora del café del mediodía
No hubo ningún terror que no sintiera
en la primera hora de la tarde
la noche me borraba las memorias
las calles de la luna saben siempre
decirnos nuestros nombres

Es que no sé mi nombre y eso es todo
Acepto que me pongan inyecciones
hablaré sin parar en los divanes
haré todo sabiendo que es inútil
no voy a dar con él
hace ya tanto tiempo
que se quedó colgado en los helechos
ya pueden repetirlo
gritarlo sin parar en los pasillos
ya no lo reconozco
griten nombres
escriban nombres en mis documentos
ninguno es mío
El viento de la noche tal vez pueda
no entregarme mi nombre
decir sólo que tuve
una vez en la luna de la infancia
un nombre que era mío
como lo eran
las manos y los ojos


3

LA INFANCIA

En la llanura el árbol solitario
las ramas desprendidas por el aire
este año
una cosecha de resecos frutos
se arrastró por el suelo
y en el valle
crecieron las marañas los espinos
toda la noche el sueño anduvo solo
y regresó a la hora de los gallos
Todas las noches la visita horrible
la cabeza pequeña que avanzaba
hasta llegar enfrente de la cama
la cara del arcángel castigado
crecida en pelos en colmillos agrios
abría las fauces para devorarme
Despertaba llorando
en la ventana
las gotas de la lluvia
la casa se movía con pasos breves
hacia los prados de la madrugada
Sin dolor es que pienso en estas cosas
las manos ya están quietas
el sueño malo se quedó prendido
en las ramas del árbol
a veces lo contemplo
es un girón de ropa una piltrafa
a la luz de los llanos sin cosecha
ya pienso en él con pena
se me ha ido
y era mejor
que el sueño blanco
en que ahora me hundo
este sueño de sueños sin recuerdo


4

SUS UNIVERSIDADES

A las doce la pastilla roja
a la una la verde
con el agua servida por las manfloras
de horrendísima sangre
a las cuatro el doctor
no racionalice
y yo que voy a racionalizar
asocie libremente
fang
qué
lodo
ah
lodo
agua
mmm
a las seis huir de Papacito Cienfuegos
y su manguera tricolor
esconderse en los cedros recortados
ya se va puedes salir
ahora a la palmera sola
la asfixian las flores amarillas
que alrededor le ha plantado
la suprema del burdel de los católicos

Los domingos sale una luna de papel
entre las jacarandas
no es la luna
es la cara del rey o la del virrey
es el señor de las flagelaciones
que siempre ha vivido aquí
que no se va
que vive en lo alto del valle
sentado sobre el vientre de la mujer dormida
agita su penacho de plumas preciosas
golpea su yelmo coronado
no precisamente de ilusión
deja que vuelen las plumas blancas
de su tricornio napoleónico
da golpecitos en su chistera de luces
se arrisca el texano a la Sam Houston
juguetea con la cadena dorada de su reloj francés
levanta el kepí con el águila entre laureles inmortales
el casco de la primera guerra
el stelson del take off period to development
y de nuevo el penacho de la guerra florida
el yelmo no coronado de ilusión
el casco de dios está conmigo
y ese sombrerito lleno de cascabeles
con que adormece adormece
igual que el péndulo plateado del doctor
que el brillo de la luna entre las jacarandas
el zumbido que se nos viene del corazón a la boca
los ojos del sapo constante
la noche que se devora todos los sortilegios
y se queda para siempre
en el aire gris
de la ciudad con las tripas abiertas


5

INTERMEDIO


Pensando en Sylvia Plath
y en hospitales


Todo es perfecto en la sábana
extensión de nieve limpísima
Con un leve movimiento de las piernas
se destrozan los valles profundos
se reordenan los accidentes nimios
los abismos de la cordillera
En el día claro la cama navega
con una ligereza blanca
blanca como el dios que está al final
Las manos se levantan
dos nuevas colinas en la nieve
El dios está al final
en las Termópilas
de la batalla perdida siempre


6

PAPACITO CIENFUEGOS

El lunes el cuerpo se despierta retorcido
es el día de los zanates
de la oscuridad cubriendo todos los templos
Lucifer Aminadab Belcebú
y los diablos medianos y la legión de los pequeños
balanceándose en todos los ombligos saltados
en la cúspide de los senos oprimidos
en la costra sebosa de los muslos
El día de los pecados se nos queda
una comezón tibia en la mirada

La Virgen de la Luz pone su planta
sobre la cabeza de Luzbel
lo humilla
por la boca del diablo
la pareja desnuda
se va entrando
las nalgas de marfil
la espalda en curva
de la mujer del lecho en remolino

En el Santuario de Atotonilco
defecan al mismo tiempo
cuarenta campesinos que meditan
en las postrimerías

En la puerta
los castigos se encienden
la llamarada turbia
reina sobre la tierra
las campanas que suenan en la sombra
y los rojos tizones
de los ojos del diablo en el potrero
La legión de los diablos del castigo
se balancea en las hojas de la puerta
inicia el llanto una mujer pequeña
arrodillada a un lado de la tumba
es un gemido de animal huyendo
que sabe bien que no hay escapatoria
se le une otra mujer
la iglesia es un aullido
que no cesa
El llanto se entrecorta
y abre paso a un gemido
que se alterna
de banca en banca
hasta llegar al coro
Las monjas en penumbra
inician la oración que nadie escucha

Ahora la pastilla roja
que hable mi padre de aquel "llano en llamas"
del tiempo en el que todo iba a nacer
Al final de mi viaje está Comala
la de las voces en el aire oculto

Pero todos se duermen cuando piensan
que en todas partes se habla de nosotros
se nos admira odia se conjura
contra la peculiar sabiduría
que nos hace crecer y ser felices
no hay fortuna mayor
que la de haber nacido aquí
el tema es bueno
para escarbarse el cráneo
y comer piojos ante las visitas
Baño helado después electrochoques
y la pastilla
que nos hace pensar en los caminos
que saliendo de aquí rodean la tierra
y regresan con sueño a nuestra cama

Para que no se diga
que volvemos sobre nuestro silencio
y que reímos sin motivo de fuerza
hoy nos metemos
por la puerta dorada del periódico
la fiesta fue un derroche
nuestro niño se vistió de Zapata
y su amiguito
se colocó la barba de Carranza
gozamos tanto desde la escalera
la señora gritó que a su marido
se le había muerto el pájaro
el cepeté levantó el bigotito alacranado
y se acercó a la dama
ofreció sus servicios
eran de ver sus ojos de culebrita de agua
Papacito Cienfuegos voz del agua
manantial del terror
rana dorada
croando en este silencio
en que se vive
Papacito Cienfuegos
las manfloras de horrendísima sangre te obedecen
ya nos tapan los ojos y la boca
y hablo en nos porque soy arzobispo
obispo papa
y monseñor de capa y de sortija
ordeno que se calle el organista
que le den palos al señor de luto
que bajen a patadas del templete
al orador del mitin
que me sirvan ese plato de oro
en el que nada
entre salsas moradas
el cerebro del mono que han traído
de la selva del sur
el chocolate en el cáliz de plata
que los señores coman las piltrafas
de mi escuintle enjoyado de turquesas
que toquen el tambor en el gran templo
Quetzalcóatl estudia su latín en Salamanca
la ciudad duerme entera
el teponaxtle suena en Tlatelolco

No estoy para decir cosas mejores
que comience el banquete
el pato de texcoco
pasteles de castilla
la minuta del palacio del señor austriaco
los vinos del héroe de la paz
los escamoles del principio
del desarrollo propio y asociado

Hoy encontré por fin a mi nahual
tiene una naricilla granujienta
y está comiendo siempre maíz a puños
reímos mucho sin saber por qué
nos brincaron los huesos de la risa
La suprema, se acerca por el patio
las tocas van que vuelan por la tarde
El sueño nuevo ardiendo en la camisa
las espinas subiendo por las piernas
el alabado
que galopa sentado en mi cabeza


7

FINAL

El cansancio Tiburcia esta mañana
se quedó muerto entre las jacarandas
su cabecita gris cuelga del muro
esta mañana Papacito Cienfuegos está lejos
el corazón Tiburcia se recuesta
en este musgo frío
Está la madrugada
jugando con sus luces en el patio
son los niños del alba
los pequeños del aliento feliz
esta infancia de todos y de todo


de Resistencia de particulares

 


 

Suite doméstica


"Margot está en la ventana..."


I

Te digo que quiero quedarme
a vivir en la ducha.
No comprendes de inmediato,
pero después te ríes
y tus dientes son compasivos
e irónicos.
Tienen la complicidad
de los quince años juntos.

Te digo que no quiero salir de la ducha
y tú, sentada junto a la ventana,
cepillas tus cabellos
pausadamente.

Desde la ducha te envío mi despedida,
y el torrente organiza
el trágico naufragio del jabón.


II


"Una ofrenda
de dos que aunque pecaron
han vivido."


Mientras me dices
que ya estás cansada del café,
de los huevos fritos
y de la pedagogía activa,
haces cuentas, las siempre
equivocadas cuentas optimistas,
y te ríes de lo que pasó anoche.

Me dices que convendría copular.

(Una luna de agencia de viajes
anda sobre los edificios.)

Esta semana se cayó un cuadro
y un amigo derrotó al viejo sillón.
La casa peligra… copulemos.


III


"Todo fue brillante
menos el final."


Porque soy un señor domesticado
que escribe versos
y gesticula en los parques,
digo que nada pido.

La vida ha derramado su cornucopia
sobre mis zapatos.
Tengo un auto, dos trajes,
diez pañuelos, y me puedo comprar
nuevas corbatas.

Me inquietan las jornadas submarinas.
Sé volar y lo hago raras veces.

Aquí paré mi tienda. Sólo espero
esa fiesta nocturna. Me moriré
cuando el placer termine.


"La vita non é sogno."



IV DECLARACIÓN FINAL


"Irascor tibi sic meos amores?
paulum quid lubet allocutionis,
maéstius lacrimis Simonideis."


Exploro el domicilio. Me gusta
este desorden vivo.
Cuando la casa siente
que se pega a la tierra
empieza a protestar,
decide irse,
y los libros se llenan de humedad.

Dos veces vimos ya la misma arena.
Nunca somos los mismos.
Es tiempo, amada gente, de largarnos.


de Cuando el placer termine

 


Para la abuela que hablaba con pájaros
creyéndolos ángeles



I

La Abuela abría las puertas de la mañana;
entraba el sol por el balcón cerrado
y un rayo se pegaba a sus gafas solares.
El día andaba ya por los corredores
abrillantando las plumas del pájaro ciego,
jugando un rato con los peces anhelantes
en su marecito engañoso,
y con el caracol de filos negros
en su playa de cristal.
La claridad giraba por los cuartos vacíos
y se escondía entre las cortinas.
De las gafas de la Abuela brotaba el día
y bajo mi cama se enroscaban los vientos.
Cerraba los ojos y regresaba al sueño.
Las sábanas me daban una noche que sólo existía ahí
y que se prolongaba por unas horas,
mientras la mañana maduraba
y se caía a pedazos en las calles de color naranja
y en el cielo azul y tonto de los trabajos para vivir.


II

Un polvo limpísimo, casi más fino que el aire de esta mañana,
se levantó cuando abrimos la tumba de la Abuela.
La caja se deshizo, y el cráneo que tenía aún su blanca
trenza
cayó con tanta gracia, que la tierra se negó a entrar en él.
¡Quién lo dijera!; tú que tanto temías morirte sola
has pasado diez años en la tumba hablando con tus ángeles,
percibiendo las voces de tantas insolentes primaveras.
"La muerte es grande" dices, y la vida se concentra en tu
trenza.
No hemos perdido nada. La mañana sigue entrando a la
casa;
entrando sin cesar.
Si nada cesa tú nunca cesarás.
La muerte grande te besó en las mejillas
y nosotros lloramos y reímos.
Estábamos contigo.
Tu memoria no se detuvo nunca.


de Cuando el placer termine


Una temporada en el viejo hotel
[Notas sociales]


A Stan Hardy, viajante de comercio,
vendedor de corbatas,
sombra sonriente
y destructor de pianos,
con el agradecimiento de su alumno
que mucho lo quiere y verlo desea.



I

El día gris es perfecto. Anuncia nieve el diario y en el hall las viejas señoras revolotean con los ojos inquietos, llevando en las manos pastillas para el resfriado y el reumatismo. El Coronel Maugham arregla su bigote, y Henry James prepara el equipaje para regresar a la casa de campo. Peter Quint y Miss Jessel esperarán en la terraza jugando con la tortuga, mientras Flora hace el amor en el bosque sin que sus faldas se arruguen, sin que Miles se entere, sin que la nueva institutriz pueda mostrar las mejillas del escándalo. Pasa Noel Coward; diríase que baila con aquella señora de la espalda desnuda. Groucho Marx será el orador de la cena anual. T. S. Eliot informó que no podía asistir; pretextó gripa, pero todo el mundo sabe que está paseando en trineo con su primo el archiduque, y que muy pronto partirá hacia el sur.


Corre el año de 1930
hoy, diciembre de 1975,
en el viejo hotel asomado al río.



II

Misteriosa en su gastado abrigo de pieles
y su turbante verde, la señora de pelo rizado
abanica el aire con sus viejas pestañas.
Su mirada me traspasa para perseguir a Douglas Fairbanks,
que avanza por el corredor con un ramo de violetas de parma;
lo pone a los pies de la dama y la orquesta toca un fox lento.
Desaparece la tarde.
Un halo de niebla fosforescente cubre a los amantes.
La dama gorda toca el piano,
y en la pantalla el beso
dura cincuenta y tres años.


III

En el salón de té,
música de Youmans
toda la tarde.

En los ojos,
el furioso apego a los días
que recorren la calle
junto a las hojas secas
de este nuevo invierno
de Europa.


IV

La orquesta convierte en fox la samba de Guanabara
cuando apareces, pequeña y frágil, en tu uniforme de la
escuela.
Qué absurda suena la canción latina bajo las arañas de
cristal.
No eres tú la que entra en el salón
ni ese enorme escocés es tu padre.
Sin embargo ordeno tu entrada y apareces.
Al levantarme la escena se descompone.
En el invierno de 1975
la nieve cubrió los divanes del hotel
y desapareciste.
La señora Templeton acompañada de su nieta cruzó el salón,
y la orquesta con sus fracs remendados
tocó de nuevo "more than you know".


V

El hotel navega en las aguas del río;
parpadean sus luces y la ciudad naufraga
en la melcocha de navidad.
La eternidad recorre los pasillos
con su cuello alto y sus mitones polvorientos.
Se descascaran los juramentos de amor,
y al paso de los amantes
caen pedazos de yeso y guirnaldas secas.
La eternidad vacila al abrir la puerta,
—Rosalinda, nos miran las estrellas—
y el tiempo cruje este fin del año 1930,
mientras 1976 abre la puerta al señor Eliot
que tiembla y sonríe bajo la nieve,
esperando las lilas
de la puntual primavera de Verdún.


VI

En Roma el sol de invierno destruyó la obra del hielo en los charcos de Piazza Navona. II Paese Sera consignó este hecho con lenguaje meteorológico rechazando el misterio, cerrando la puerta a la tentación del milagro. El año santo también cerró sus puertas, y en San Pedro los ojos de los peregrinos se abrieron al temor de años menos santos. Apunto estas cosas la madrugada del 25 de diciembre, en mi cuarto de un hotelito de Porta Pinciana. Hace diez años este lugar era habitado por turistas alemanes, y alguna Katherine Mansfield que veía la tarde desde su cama enferma. Ahora damas de "costumbres sospechosas", con los abrigos de cuero y las bocas púrpuras del pecado para petroleros árabes, políticos tamaulipecos y juniors venezolanos, recorren los pasillos y entorpecen el tránsito con sus culos enormes. La inminencia de 1976 me da un poco de miedo, pero se desvanece cuando escucho el crujido del lecho en el cuarto vecino; los jadeos se unen, y de pronto recuerdo que su habitante es el joven Bruno Petronio (22 años, lo acompaña su esposa). Entonces siento que este país arruinado y el mundo, entran con paso seguro en el nuevo año. Entran jadeando y haciendo que crujan los camastros. Pero el periódico... y la muerte danzando en las colinas…


VII PENSANDO EN BERTOLT BRECHT

Tratar de que el mundo que dejamos sea más bueno, dices mientras escuchas desde tu cama de hospital, el canto del mirlo de primavera. Brecht, autor dramático que recogiste las acciones de los hombres para ilumi-narlas. Brecht, jugador que no supiste de treguas ni de trampas, ni perdonaste jamás a los santos propietarios, es difícil decir la verdad, gritarla bajo el cielo azul y tonto de los hombres que se explotan y se matan.
Cerca de la agonía dijiste que tu dolor era más leve al pensar que después, otros hombres escucharían también el canto del mirlo en los balcones de las casas de los hombres pequeños. ¿Qué haremos con tus mirlos viejo autor, querido viejo, amigo de los explotados? Recuerdo —y va de anécdota como en tus obras—, a un mi tío que al sentirse morir se levantó de su silla (estábamos en el corredor de una vieja casa azotada por el viento de los Altos de Jalisco), nos miró a todos, y sin decir palabra fue a esconderse en un rincón de la caballeriza. Ahí esperó su muerte acurrucado bajo un pesebre. Aún no sé si su acto fue de humildad, de su-prema elegancia, o de orgullo herido por la postrera y peor de las humillaciones. En fin… era ya viejo, y poco o nada había hecho para mejorar el mundo.

Divago, pienso en ti,
en los mirlos que cantarán muy pronto,
cuando la primavera…

 

de Cuando el placer termine

 


II



El vendaval
que tiene a Extremadura
cogida por el cuello,
trajo sueños de un tiempo acongojado.
¿En qué caverna fraguóse el material
de estos delirios
que a todos lastimaron?
¿Qué presencia sin rostro
dispersó por los cuartos
sus airados lebreles?
La aurora entró.
Nosotros, mudos,
vencidos por el ángel más terrible,
sentimos su mirada.
¿Es la tormenta la feroz autora
de estos sueños rugientes?
¿O, tal vez, sólo es cómplice del ángel?
Vendrá la paz.
Sobre Plasencia
el viento sembrará sueños mejores.
Los de ayer fueron hijos de la lluvia,
de esta larga tormenta
que el aire rompe
y que a la tierra enturbia.


de Cantos de Plasencia

 


Golfo de California

I

Cuando el mismo suspiro del ratón macilento
arañe la corteza de la casa
y el búho arranque pedazos de noche
con su pico curvado y amarillo;
cuando la soledad sea placentera
y el aire tibio ya no diga nada;
cuando el sol sea una manta
para las piernas ateridas
y las manos descansen sobre el tumor,
la conciencia servirá para hacer vendas
y el cerebro se irá de paseo
para cortar biznagas en el monte.
En ese cuando, miraré los barcos
en los que nunca iré;
desmenuzaré las cartas amadas
y sus pedazos caerán,
como una lluvia de primavera,
sobre las hojas podridas.
Amanecerán las horas embalsamadas
y no traerán más que sus manos mudas.
En el lomo plomizo de un mar inmutable
cabalgarán mis ojos
y la noche
encenderá hogueras en el bosque.
Será hermoso perderse entre los árboles esqueléticos
para despertar amortajado por el rocío,
mientras las vacas son ordeñadas
y el día ordena sus rebaños
bajo las manos cálidas
de un viento que cortará las ramas del laurel
para que no me veas.


II

El aguijón de un mar cansado,
oculto para traicionar, esperó el momento más claro
para descargar su veneno.
En el día perfecto, el grito fue como una irrupción de la vida
en el torrente gris de lo igual.
Tal vez sea cierto que el dolor nos hace vivir,
que sus espuelas se clavan en el costado del vacío.
Sólo cuando llega y pasa, nuestras manos
aferradas a la roca, palpitan para recuperar la vida.
En ese instante horrible pasa la vida delante de los ojos
y pedimos más vida, bajo el horror eléctrico.
Al confirmar la asiduidad del corazón,
desplegamos las velas más altas
y zarpamos, esperando un naufragio más profundo.

de Cantos de Plasencia


Oda litúrgica para "la mujer de ámbar"*


Il tuo splendore é aperto

E. Móntale

Como hecha de ámbar
giras sobre la tierra.

No sé hasta donde
pueda llegar
esta ansia de buscarte,
esta cansada desesperación
nacida de tu huida.

Hoy fue una noche grave,
anunciadora de la muerte,
la que me obligó a asirme
de tu imagen huyendo.

Mañana, el día con sol
hará que no te piense
y, sin embargo, estarás ahí,
oculta entre las cortinas
y tu cuerpo de ámbar,
tu gran coño frutal,
tus oscilantes uñas,
tus labios inventores,
tu carne de mujer mujer,
tu entrega entera,
tu manera de apoderarte
de los momentos,
tu forma de coger y ser cogida,
tu certeza de vida en la mañana,
tu inocente, santa, bendita,
sacrosanta, litúrgica, teológica,
óptica, acústica,
olfativa, gustativa fornicación,
levantará las sábanas
abrirá las ventanas,
bendecirá la carne,
entronizará el gozo
y santificará la noche humana.
 


de Poemas para el perro de la carnicería

 

* Ramón Gómez de la Serna

 


Tlayacapan

Para Claudio Favie y sus compañeros
de una nueva utopía.

La Tonantzin, fuego petrificado,
presenció la llegada de los primeros padres.
Pequeños, laboriosos, amasaron el lodo,
colocaron los techos, se dieron a la vida
y plantaron sus flores
—para los xochimilcas la vida es una flor que da perfume y al
llegar el crepúsculo se cierra y se convierte en polvo para
hacer otra flor—.

Los aztecas llegaron con sus dioses a cuestas,
su señor de la guerra,
la generosa madre rodeada de serpientes
y la mujer florida.
Ensoñaban, en la nariz del mundo,
otra ciudad perfecta para dioses y hombres,
pues para los aztecas la vida es una guerra
y las flores se cortan para que salga el sol.

Agua, tierra, sol y aire dieron su crecimiento a la semilla
y en la ciudad naciente se escuchaban las voces productivas
en el duro trajín de la mañana,
y en la noche el Teocali contemplaba
las oscuras fatigas de unos hombres hechos para llorar.
La luna llena daba el buen camino
y el pequeño labriego regresaba
para esperar, con el color del alba, el signo del final.
Los dioses —risa y llanto, más compasión que odio—,
desde los cuatro puntos cardinales y en el centro de todo
dividían las jornadas,
y dictaban el ritmo sol y estrella polar.
Al poniente, el Tlatoani y Cihuapapalotzin, la mujer mariposa,
cercaban la ciudad.
La Cihuapapalotzin agitaba sus alas y, encerrada
en sí misma,
todos los días mataba al sempiterno sol.

Sobre esta tierra y sobre calaveras y estatuas derrumbadas,
dioses que huían, mitologías hundiéndose en la sombra,
España construyó otra ciudad.
Manos indígenas levantaron las casas, la morada
de novísimos dioses protectores:
Santiago en el oriente, galopando los caballos del sol,
San Martín al poniente y la luna saliendo de sus manos,
al centro, Magdalena, la mujer siempre virgen al final.
Se alzaron las capillas, los conventos predicaron sus nuevas
y la ciudad vivió, durmió sus noches
y el tiempo la fue hiriendo,
ennegreció sus piedras,
lanzó sus batallones vegetales
a ocupar las cornisas,
a ocultar los murales,
a romper las agudas espadañas,
a devorar almenas,
a colocar raíces entre los muros rotos.

Muchos años después la ciudad duerme
en la intranquila noche
y, por momentos, el sol la redescubre.
Ciudad de dioses mudos, de voraces caciques
y de hombres y mujeres
que tienen miedo de su propia sombra,
este cuento nos dice lo que fuiste
y nos anuncia el retorno del sol.
Para los xochimilcas la vida es una flor que da perfume
y al llegar el crepúsculo se cierra y se convierte en polvo
para hacer otra flor.

 


 

La calaca


En la danza
el cordel, la gritería;
de azúcar es tu hueso
y en tu frente
la burla de la vida.
La carcajada reina en el mercado
con curvada alegría;
la flor de la casa de los muertos,
el duro sempasúchitl,
decora las cazuelas de la ofrenda;
las mujeres lloran embozadas
—en este sitio hay que ocultar las lágrimas,
sólo se admite el pálido sollozo,
el discreto aletear de las entrañas—
y el macho grita en su guitarra oscura
las coplas retadoras:
¿"en qué quedamos pelona,
me llevas o no me llevas"?
Los cerros inclinan la cabeza
y alguien dice en la noche creciente:
"viene la muerte cantando
detrás de la nopalera".
La luna de noviembre es un gran cráneo
y el país entero llora de risa.

 


La emperatriz


Un paisaje de minaretes,
pájaros,
aguas violáceas,
callejuelas torcidas
con gatos y palomas,
turbantes,
las palabras llamando,
la oración en la alfombra,
el pórtico que enmarca
la claridad rabiosa.
La emperatriz desnuda
se acuesta con la luna.
—El poeta oculto mira
la luna de sus nalgas—.
Deslumbrado agoniza
el buitre del profeta.
La emperatriz sonríe
y envejece de pronto;
cuelgan las tetas mustias
y en su cruel calavera,
como en la noche muerta,
la luna derrotada.

 


El pontífice


Vivo en el descalabro.
No he podido aliar mi voluntad
a una ortodoxia
firme, clara y segura.
Dudo y persisto en la búsqueda
de un cordel pendiente del aire,
de lo innombrado,
de lo que da sentido a la noche lunar,
a la mañana descubierta por pájaros sedientos,
a la tarde sentada en la banca del parque,
a tu calma cuando al final del amor
te ocupa la plenitud del cuerpo.
No puedo aceptar
el orden preciso de las creencias.
Cuarenta y seis años en el mundo
me han dejado la certidumbre
de que aquí hay un engaño,
un retorcido truco,
algo que sobrecoge al desamor,
algo trivial y blando,
algo tan natural como la sangre.
A nada puedo aferrarme
y no protesto o me doy por vencido.
Tal vez esta búsqueda
y la certeza del engaño
sean una oscura forma
de la gracia.

 


La fuerza


Aterido, sobre la acera húmeda
—en su cara la sombra del miedo acumulado—,
busca el hombre su fuente de alegría.
He conocido tres o cuatro hombres felices
que decían sus cálidas canciones
con sólo andar,
con estrechar las manos,
sonreír,
cumplir cada jornada
con naturalidad de girasoles.
Tenían la plenitud
en su jornal discreto,
las calles sucias,
la inaudita naranja
en medio del invierno,
una flor en el viento,
la sopa compartida.
Gozaban su pan, el lecho,
la compañía y la espera,
el sol, la lluvia,
la soledad en calma
y el principio de todos sus trabajos.
Tres o cuatro hombres simples,
fuertes y temerosos,
parados en la acera,
bajo el cielo de todas las ciudades,
cuando suenan las alas
del ángel sin memoria.

 


La sacerdotisa


Jarandilla abre la puerta al frío.
La viejecita negra cuenta mendrugos,
mira
y la piedad le entrecierra los ojos.
Me detengo y le doy una moneda,
la toma y se la pone sobre el corazón.
El viento de Gredos
le revuelve el pelo
y en la tarde las encinas
son esqueletos sonoros.
La primera estrella da su calma
y todo se resigna
a la helada.

 


El diablo


Noche sin sortilegios.
En el cielo se encienden
las estrellas opacas.
Mañana un día trivial y de áridos trabajos
descubrirá la imagen del enemigo malo.
Estará en los párpados mustios del aduanero,
en las manos pálidas del burócrata
en su trinchera de papeles,
en la desconfianza prendida del cogote del policía,
en la retórica cansina del declarante,
en los labios temblones del gerente.
Estará adormilado entre los harapos,
galopando en las panzas satisfechas,
sentado en los cafés,
agazapado bajo las sillas de los aeropuertos
y temblando en el índice del maestro terrible.
Pequeño, mediocre,
aburrido, cansado,
con la camisa limpia,
los nuevos pantalones,
caminará por todas las ciudades.
Un día se quedará tendido sobre el césped,
y el sandwich de jamón, la coca-cola
y una hermosa manzana
enmarcarán su muerte.
Mas la ciudad no notará su ausencia;
será reemplazado por pequeñas creaturas
como tú, como yo, que no tienen la culpa,
coludas, trepidantes,
ojos ardientes,
testas encornadas,
con su horror cotidiano,
corbatas nuevas,
zapatos bien lustrados,
tazas de té, cervezas,
todas esas creaturas para la compasión,
con sus noches sin magia
y mañanas iguales
a todas las estúpidas mañanas.

 


La estrella


Todo está en calma.
La ciudad y su halo anaranjado
tiemblan ligeramente
cuando desde la peña los miramos.
Un mundo de cabezas descansa,
y los borrachos
con racimos dorados,
caras de dioses falsos
coronados por su propia ebriedad,
juntan angustia y gozo
en su fiesta nocturna.
El cansancio cubre los rescoldos del día
y todo se junta en una gran respiración.
Los cuerpos bajo las sábanas viven
y se buscan en las camas desiertas.
Un hombre que sueña nunca está solo,
lo acompañan fantasmas de todas sus edades,
las figuras de todas las edades del mundo.
Al abrir la ventana
se aferra al último vestigio de la noche:
la estrella matutina.
Todo está en calma;
sobre la gran cabeza brillan las estrellas;
en el cielo hay caminos,
y esta noche todos tenemos alas.

 


El juicio


Esta carta aparece al lado del espejo.
Se reflejan los símbolos usuales
y una guirnalda rota
se enrosca en las paredes.
"No soy el primer hombre que va a morir",
y sin embargo sobrecoge
este fracaso natural.
Hay que cubrir el papel
con la dignidad de un cómico viejo,
hacer el mutis sin aspavientos
para no robarnos la escena;
pedir que no nos sobrevenga
el sentimiento de dejar huérfano al mundo;
evitar las declaraciones finales,
los testamentos sacros,
la efusión de moralina
y la escena de "la muerte del justo".
Irse como todos los seres humildes
y pequeños de la naturaleza:
los perros callejeros,
las flores silvestres
y los elegantes paquidermos
que se ocultan en el bosque.
Tal vez una mueca ante el dolor;
todo debe recordar al cine mudo
y homenajear en silencio
a Buster Keaton.

 


El emperador



Disciplinar al corazón,
impedirle inclinarse
hacia los desvaríos,
dejar que un ritmo estricto
ordene su camino.
La magia le hace daño
y lo corrompen
los sortilegios de la primavera.
Fue hecho para alentar el cuerpo
por un tiempo fijado
y son inadmisibles los eventos
que vengan a romper
este orden duro por lo inexplicable,
esta regla trivial que nos indica
llegar hasta la esquela,
a la nota luctuosa
y las coronas.
Acepto todo;
me conformo con mi puesto en la hierba
y respeto la ley,
mas no la cumplo.
Me escapo sin parar.
Hoy por ejemplo,
a pesar del invierno
abrí los ojos
bajo el sol de Gredos,
y por unos instantes
supe que quienes andan por la calle
—tú, yo y tú, "lector hipócrita"—
éramos inmortales,
que el dolor nunca ha sido
y que no es necesaria
la esperanza.

 

de Tarot de valverde de la vera

 


La estación destructora

¿Dónde te esconden,
oh consuelo del mundo?

Novalis



Agitando las manos hasta llegar
a la agonía perfecta.
Con los ojos abiertos
a las pequeñas cosas,
presintiendo la llegada
de la estación destructora.

El miedo en el jardín
acongoja
al frío de la estatua.

Tendidos en la hierba
esperamos el momento
de la siega.

No hay más realidad
que esta pálida espera
no hay más voces
que las del miedo oculto
tras la sombra
de esta noche interminable
que se desploma
sobre el jardín.

 

de Buscado amor

 


 

El lamento de Paddington
(fragmento)


2

La Madame Sosostris de Eliot
echa las cartas en Paddington;
me entrega un esqueleto.
Qué buena suerte,
un esqueleto con corona imperial
en este crepúsculo vegetal de Paddington.

Mañana empezaré a dejarme el bigote,
visitaré los pubs
y hablaré en voz muy alta.
Madame Sosostris me dice
que aún puedo beber muchas tazas de té.

Mi cuarto de hotel bajo la lluvia de semanas,
mis zapatos, mi abrigo, todo lo que es mío,
todo lo que soy yo,
mi colección de máscaras para mirar la vida
o para que la vida me mire a mí.
Los poemas que escribo, este contar las sílabas,
la pobre artesanía con que hago mis palabras;
todo se agita bajo la corona imperial.

Si pudiera robar esta carta
la pondría sobre mi cama de hotel
y le diría a la vieja camarera española
que es un recuerdo de familia,
un escudo nobiliario,
una máscara definitiva;
la máscara del día
en que a pesar del silencio en que caeremos,
no lograremos descubrir nuestros rostros.
Estoy seguro de que ella reirá
y me dirá que el café con leche se está enfriando.

de Resistencia de particulares

 


Letanías de la madrugada



2

Las ocho palabras del encantamiento,
el círculo de ceniza...
a las doce de la noche
las brujas de Macbeth cantarán de nuevo.
las palomas negras rondarán ciegas por los campanarios.

Esta noche andan sueltos los presagios
por las calles de los cinco continentes.

Hemos de inventar nuevas palabras para encantamientos.
Las viejas brujas cuentan sus huesos de gato
sobre el terciopelo negro y no hay respuesta.
Las ramas del árbol santo recorren los cuerpos
pero cae la gota serena;
ya no hablan los ojos de los gatos,
no hay respuesta en el caldero de los sortilegios.
El sacerdote quema incienso y no hay respuesta.

Digamos palabras…
una, dos, cien, mil palabras;
hagamos ruido con huesos frotados,
campanas benditas,
matracas de cuaresma,
magnavoces,
grabadoras,
claxons,
gargantas,
trompetas,
tal vez se haga el milagro
y se descifren los signos
en la madrugada de los aeropuertos.

de Desde Inglaterra

 


Finale


Il poeta chiude Il becco



Debería callarme el hocico
y evitar las calles adyacentes.

Voy exhibiendo la cabeza rota,
los agujeros de los pantalones,
el corazón que por barroca vanidad
espero que algún día sea trasplantado
a un negro de sudáfrica.
Debería callarme el hocico
y escribir solamente en los retretes
alumbrado por fósforos,
hacer grandes graffiti con carbón
y terminarlos con la punta de la nariz.

Yo nací en un mundo tan solemne,
tan lleno de conmemoraciones cívicas,
estatuas,
vidas de héroes y santos,
poetas de altísimas metáforas
y oradores locales;
en la ciudad que tiene siempre puesta
la máscara de jade y de turquesa,
y como ahí nací
debería callarme el hocico
y pintar solamente en los retretes.



de Desde Inglaterra

 


Nota roja
 

A Cesare Pavese



Salir una mañana de la casa
sin tomar el café, sin decir nada,
sin besar ni a la esposa ni a los hijos.
Salir e irse perdiendo por las calles,
tomar aquel tranvía,
recorrer el jardín sin ver que el sol
va colgando sus soles diminutos
de la rama del árbol.
Recorrer el jardín
sin ver que un niño nos está contemplando,
sin ver las cabelleras rubias, morenas, pálidas.

Pasar cargando una sonrisa muerta
con la boca cerrada hasta hacer daño.

Entrar en los hoteles,
hallar uno silencioso y lejano,
tenderse entre las sábanas lavadas
y sin decir palabra, sin abrir la ventana
para que el sol no meta su esperanza
apretar el gatillo.

He dicho nada,
ni el sol,
ni la flor que nos dieron las muchachas.
 


de Resistencia de particulares