Una temporada en el viejo hotel
[Notas sociales]


A Stan Hardy, viajante de comercio,
vendedor de corbatas,
sombra sonriente
y destructor de pianos,
con el agradecimiento de su alumno
que mucho lo quiere y verlo desea.



I

El día gris es perfecto. Anuncia nieve el diario y en el hall las viejas señoras revolotean con los ojos inquietos, llevando en las manos pastillas para el resfriado y el reumatismo. El Coronel Maugham arregla su bigote, y Henry James prepara el equipaje para regresar a la casa de campo. Peter Quint y Miss Jessel esperarán en la terraza jugando con la tortuga, mientras Flora hace el amor en el bosque sin que sus faldas se arruguen, sin que Miles se entere, sin que la nueva institutriz pueda mostrar las mejillas del escándalo. Pasa Noel Coward; diríase que baila con aquella señora de la espalda desnuda. Groucho Marx será el orador de la cena anual. T. S. Eliot informó que no podía asistir; pretextó gripa, pero todo el mundo sabe que está paseando en trineo con su primo el archiduque, y que muy pronto partirá hacia el sur.


Corre el año de 1930
hoy, diciembre de 1975,
en el viejo hotel asomado al río.



II

Misteriosa en su gastado abrigo de pieles
y su turbante verde, la señora de pelo rizado
abanica el aire con sus viejas pestañas.
Su mirada me traspasa para perseguir a Douglas Fairbanks,
que avanza por el corredor con un ramo de violetas de parma;
lo pone a los pies de la dama y la orquesta toca un fox lento.
Desaparece la tarde.
Un halo de niebla fosforescente cubre a los amantes.
La dama gorda toca el piano,
y en la pantalla el beso
dura cincuenta y tres años.


III

En el salón de té,
música de Youmans
toda la tarde.

En los ojos,
el furioso apego a los días
que recorren la calle
junto a las hojas secas
de este nuevo invierno
de Europa.


IV

La orquesta convierte en fox la samba de Guanabara
cuando apareces, pequeña y frágil, en tu uniforme de la
escuela.
Qué absurda suena la canción latina bajo las arañas de
cristal.
No eres tú la que entra en el salón
ni ese enorme escocés es tu padre.
Sin embargo ordeno tu entrada y apareces.
Al levantarme la escena se descompone.
En el invierno de 1975
la nieve cubrió los divanes del hotel
y desapareciste.
La señora Templeton acompañada de su nieta cruzó el salón,
y la orquesta con sus fracs remendados
tocó de nuevo "more than you know".


V

El hotel navega en las aguas del río;
parpadean sus luces y la ciudad naufraga
en la melcocha de navidad.
La eternidad recorre los pasillos
con su cuello alto y sus mitones polvorientos.
Se descascaran los juramentos de amor,
y al paso de los amantes
caen pedazos de yeso y guirnaldas secas.
La eternidad vacila al abrir la puerta,
—Rosalinda, nos miran las estrellas—
y el tiempo cruje este fin del año 1930,
mientras 1976 abre la puerta al señor Eliot
que tiembla y sonríe bajo la nieve,
esperando las lilas
de la puntual primavera de Verdún.


VI

En Roma el sol de invierno destruyó la obra del hielo en los charcos de Piazza Navona. II Paese Sera consignó este hecho con lenguaje meteorológico rechazando el misterio, cerrando la puerta a la tentación del milagro. El año santo también cerró sus puertas, y en San Pedro los ojos de los peregrinos se abrieron al temor de años menos santos. Apunto estas cosas la madrugada del 25 de diciembre, en mi cuarto de un hotelito de Porta Pinciana. Hace diez años este lugar era habitado por turistas alemanes, y alguna Katherine Mansfield que veía la tarde desde su cama enferma. Ahora damas de "costumbres sospechosas", con los abrigos de cuero y las bocas púrpuras del pecado para petroleros árabes, políticos tamaulipecos y juniors venezolanos, recorren los pasillos y entorpecen el tránsito con sus culos enormes. La inminencia de 1976 me da un poco de miedo, pero se desvanece cuando escucho el crujido del lecho en el cuarto vecino; los jadeos se unen, y de pronto recuerdo que su habitante es el joven Bruno Petronio (22 años, lo acompaña su esposa). Entonces siento que este país arruinado y el mundo, entran con paso seguro en el nuevo año. Entran jadeando y haciendo que crujan los camastros. Pero el periódico... y la muerte danzando en las colinas…


VII PENSANDO EN BERTOLT BRECHT

Tratar de que el mundo que dejamos sea más bueno, dices mientras escuchas desde tu cama de hospital, el canto del mirlo de primavera. Brecht, autor dramático que recogiste las acciones de los hombres para ilumi-narlas. Brecht, jugador que no supiste de treguas ni de trampas, ni perdonaste jamás a los santos propietarios, es difícil decir la verdad, gritarla bajo el cielo azul y tonto de los hombres que se explotan y se matan.
Cerca de la agonía dijiste que tu dolor era más leve al pensar que después, otros hombres escucharían también el canto del mirlo en los balcones de las casas de los hombres pequeños. ¿Qué haremos con tus mirlos viejo autor, querido viejo, amigo de los explotados? Recuerdo —y va de anécdota como en tus obras—, a un mi tío que al sentirse morir se levantó de su silla (estábamos en el corredor de una vieja casa azotada por el viento de los Altos de Jalisco), nos miró a todos, y sin decir palabra fue a esconderse en un rincón de la caballeriza. Ahí esperó su muerte acurrucado bajo un pesebre. Aún no sé si su acto fue de humildad, de su-prema elegancia, o de orgullo herido por la postrera y peor de las humillaciones. En fin… era ya viejo, y poco o nada había hecho para mejorar el mundo.

Divago, pienso en ti,
en los mirlos que cantarán muy pronto,
cuando la primavera…

 

de Cuando el placer termine