Tlayacapan

Para Claudio Favie y sus compañeros
de una nueva utopía.

La Tonantzin, fuego petrificado,
presenció la llegada de los primeros padres.
Pequeños, laboriosos, amasaron el lodo,
colocaron los techos, se dieron a la vida
y plantaron sus flores
—para los xochimilcas la vida es una flor que da perfume y al
llegar el crepúsculo se cierra y se convierte en polvo para
hacer otra flor—.

Los aztecas llegaron con sus dioses a cuestas,
su señor de la guerra,
la generosa madre rodeada de serpientes
y la mujer florida.
Ensoñaban, en la nariz del mundo,
otra ciudad perfecta para dioses y hombres,
pues para los aztecas la vida es una guerra
y las flores se cortan para que salga el sol.

Agua, tierra, sol y aire dieron su crecimiento a la semilla
y en la ciudad naciente se escuchaban las voces productivas
en el duro trajín de la mañana,
y en la noche el Teocali contemplaba
las oscuras fatigas de unos hombres hechos para llorar.
La luna llena daba el buen camino
y el pequeño labriego regresaba
para esperar, con el color del alba, el signo del final.
Los dioses —risa y llanto, más compasión que odio—,
desde los cuatro puntos cardinales y en el centro de todo
dividían las jornadas,
y dictaban el ritmo sol y estrella polar.
Al poniente, el Tlatoani y Cihuapapalotzin, la mujer mariposa,
cercaban la ciudad.
La Cihuapapalotzin agitaba sus alas y, encerrada
en sí misma,
todos los días mataba al sempiterno sol.

Sobre esta tierra y sobre calaveras y estatuas derrumbadas,
dioses que huían, mitologías hundiéndose en la sombra,
España construyó otra ciudad.
Manos indígenas levantaron las casas, la morada
de novísimos dioses protectores:
Santiago en el oriente, galopando los caballos del sol,
San Martín al poniente y la luna saliendo de sus manos,
al centro, Magdalena, la mujer siempre virgen al final.
Se alzaron las capillas, los conventos predicaron sus nuevas
y la ciudad vivió, durmió sus noches
y el tiempo la fue hiriendo,
ennegreció sus piedras,
lanzó sus batallones vegetales
a ocupar las cornisas,
a ocultar los murales,
a romper las agudas espadañas,
a devorar almenas,
a colocar raíces entre los muros rotos.

Muchos años después la ciudad duerme
en la intranquila noche
y, por momentos, el sol la redescubre.
Ciudad de dioses mudos, de voraces caciques
y de hombres y mujeres
que tienen miedo de su propia sombra,
este cuento nos dice lo que fuiste
y nos anuncia el retorno del sol.
Para los xochimilcas la vida es una flor que da perfume
y al llegar el crepúsculo se cierra y se convierte en polvo
para hacer otra flor.