El diablo


Noche sin sortilegios.
En el cielo se encienden
las estrellas opacas.
Mañana un día trivial y de áridos trabajos
descubrirá la imagen del enemigo malo.
Estará en los párpados mustios del aduanero,
en las manos pálidas del burócrata
en su trinchera de papeles,
en la desconfianza prendida del cogote del policía,
en la retórica cansina del declarante,
en los labios temblones del gerente.
Estará adormilado entre los harapos,
galopando en las panzas satisfechas,
sentado en los cafés,
agazapado bajo las sillas de los aeropuertos
y temblando en el índice del maestro terrible.
Pequeño, mediocre,
aburrido, cansado,
con la camisa limpia,
los nuevos pantalones,
caminará por todas las ciudades.
Un día se quedará tendido sobre el césped,
y el sandwich de jamón, la coca-cola
y una hermosa manzana
enmarcarán su muerte.
Mas la ciudad no notará su ausencia;
será reemplazado por pequeñas creaturas
como tú, como yo, que no tienen la culpa,
coludas, trepidantes,
ojos ardientes,
testas encornadas,
con su horror cotidiano,
corbatas nuevas,
zapatos bien lustrados,
tazas de té, cervezas,
todas esas creaturas para la compasión,
con sus noches sin magia
y mañanas iguales
a todas las estúpidas mañanas.