Guillermo Fernández



Selección
y nota de
Mariano Flores
Castro




VERSIÓN PDF


 

Nota introductoria
 


La poesía de Guillermo Fernández se distingue por la condición perdurable de sus imágenes y por cierta suntuosidad verbal que en ocasiones toca las superficies desaforadas del delirio, como en una suerte de pérdida de control que termina siempre por convertirse en triunfo sobre el material vital que la sustenta. Sus poemas en prosa preceden de alguna manera a buena parte de las corrientes experimentales de poetas de generaciones posteriores a la suya. Desde Visitaciones (1964), este poeta demarca sus ritmos, pule sus instrumentos expresivos y, donde encuentra la savia o la sangre, hinca su visión para extraer la encendida palabra que anima a las sombras, los sueños y los deseos. Toda su obra, pero particularmente La hora y el sitio, está poblada por seres mitad reales y mitad imaginarios con los que juega a recobrar y perder, alternativamente, los discursos del silencio, los ambientes en que se han transfigurado el amor, la soledad, el misterio de la existencia. Hay aquí algo de religiosidad que se quiere liberar de los imperativos accidentes del conocimiento. ¿Qué formas adopta este rescate, esta pesquisa de lo trascendente tras lo cotidiano? Para Guillermo Fernández el color, la textura y el volumen de cada palabra están envueltos en las leyes de un meta-lenguaje que no se detiene ante nada. Todo lo dice, todo lo recoge como si se tratara de joyas ardientes. La sabiduría verbal de Fernández, su dominio de las mínimas oscilaciones del significado, su incorregible vicio de la exactitud, son para el lector auténticos paraísos donde surgen las más raras voces, los más altos frutos del tiempo fugitivo. Su mundo se complica hasta lo indecible, pero si en él se entra dispuesto a desentrañar su misterio, el que lee vive, literalmente, la experiencia luminosa de una poesía que creíamos desaparecida.

Mariano Flores Castro

 


Nocturno por un silfo

 

¿Qué extraño aire viene a henchir de signos a esta tu soledad que hiere como un remordimiento incurable? ¿En qué momento la rosa desnuda el sentido del incendio, abandonándote, a la buena de Dios, en esta boca de lobos que no dice la palabra que te invento?

Dime, hermano invisible, el nombre del camino en que extravías tu rastro.

Dime cuál es el cuerpo de mi sombra, la fidelidad antigua que te ciñe en todos los rincones de esta noche —huérfana rama de pájaros—; el asedio sin fin a la orilla de esta luz que no se toca con el pensamiento y aventura la huella de tu nomadía.

Dime la espiga que se guarda el agobiante cuidado senil de la madre que invierte ensueños y ternuras en el unigénito atardecido entre sus manos.

Dime el santo y seña con que aprehenda la estatura nocturna de tus besos, la deslumbrante geografía que he visto en el floreal mapamundi del sueño.

Seré el color que abra la puerta de tu laberinto en primavera, la nota que enhebraba el suceso de los juegos más tiernos y remotos.

Seré el calendario que vaya nominando, escaño a escaño y sin tregua, la escala inexplorada de tu sangre.

Oigo tu paso perdido entre la noche.

Mi voz no tiene más patria que tu oído.

De Visitaciones


Palinodia

 

Flota en la memoria la sombreada humedad que penetra las cosas sin olvidar un sólo espacio virgen, contagiándolas de un peso desconocido.

Se piensa que las flores caen de sus pequeños campanarios de colores cuando el viento las derriba con arietes invisibles, o que las piedras, fingiendo un retiro sagrado, rompen la quietud de sus estancias al impulso de una señal indescifrable y demoniaca, que viene de la tierra a derretir la parálisis difícilmente duradera.

En la encumbrada soledad del aire incompartible alguien se orilla a nuestro oído a secretear que no hay nada más cercano que aquello que pensamos desconocido. Se aviva el gesto del sueño vigilante en nuestras manos, disolviendo las islas de la realidad anémica, y se desata una corriente en el cuerpo de todo lo que habrá de venir a gritar desconocidas evidencias, a fundar en espacios descubiertos el ala más callada que abre su vuelo en la entraña de lo existente.

(Acudiría la calle provinciana si el olvido descuidara el ritual oficio de su celo. Volverían a urdir los enrejados las sombras cedularias; el ventanerío insomne, velado por blancuras sospechosas, defendiéndose de la luz como de una ofensa que tarde o temprano debía de ser padecida. Irías en ella como por un río de riberas hostiles, adivinando miradas enemigas, acechos rencorosos y el hurto a sovoz de una libertad sedentaria y engañosa. Ahondaría en tu paso la aceleración que precede al salto del aullido repetirse en la sombra; escucharías el rumor del lentísimo desgaste de la alfombra bajo unos pies en fuga perpetuamente fracasada. Encontrarías tu nombre en un jarrón coronado de epitafios; la esbeltez de los aromas marchitos en un pañuelo secretamente guardado. Sabrías la duración de tus ausencias si bajaras a los círculos de sombra labrados por el llanto y ardores solitarios de las doncellas agostadas por el in­fierno virginal; sabrías la detenida madurez floreal en los bordados de las almohadas estérilmente blancas, devoradas por una frialdad incurable.)

Nada queda de ello sino el albor fiel de una posibilidad de olvido remoto…

Ahora sabes que todo regresa a decir la existencia de una desaparición inconforme que se adhiere a la piel y reseca la voz con avaricia. Sabiente de que nada ocupa el sitial de lo último, reconquista escondrijos usurpados que reclaman sus destinos, para siempre.

La palabra se reenciende en la tibia humildad de los rescoldos, llena las sienes, anubla el paso por venir y se difunde por los hondos laberintos de la sangre, alimentando la resurrección de lo que no muere nunca del todo.

Aquí está —aparentemente petrificada en los caminos del tiempo—, humedeciendo la osamenta quebradiza del primer encuentro, reedificando el muro de la hora palmo a palmo y extendiendo una alfombra de piedra en la herida fresca de la calle que escapa a un horizonte de colinas coloreadas por la lejanía.

Todo sobrevive igual en la pobreza.

Escalarás el viento hasta aquel alto nido de palomas y sentirás de nuevo en tu pecho el relámpago azul que descendía entre los rebaños promisorios del verano;

irás cobijando bajo el puño el mismo sueño, que no fue al viento, porque no hubo un viento a su medida;

llamarás por su nombre a cada una de las piedras que amaste como a tu propia vida y les preguntarás de lo acaecido durante tantos siglos de ausencia.

Sabrás —al fin— si aún es posible llevar una vida pasada entre los brazos, como si fuera un ramo de amapolas.

De Visitaciones


Fugacidad


Aquella última burbuja, la que vive de tu aliento limpio y suave ¿adónde irá?

Venial y liviana, un soplo apenas de tu irisado abril, obedece la voluntad del viento, inconsciente de su hermosura y de su perfecta humildad. Un instinto sabio la conduce entre tantos rencores implacables, eludiendo aleros, muros, umbrales surtidores de la entraña enemiga y secreta.

Mil asechanzas la miran pasar, cumplir la eternidad relativa de todo lo que es hermoso, y tan leve, que una mirada impura la destruirá.

Aire, vivirá en el aire lo que el aire quiera. Dejará de ser tan pronto y silenciosamente.

Ese aliento tuyo, la existencia en su forma perfecta, la transparencia de su pensamiento y de sus actos ¿adónde irán? ¿Y por qué?

Simple en su verdad ¿qué mortal extrañeza invadirá su vida intocable al diluirse en ese otro mundo que no vemos sino a través del dolor, que nos aplasta y persigue a donde vamos? ¿Con cuáles ojos mirará su desamparo?

Algo de ti desaparecerá con ella. Algo en lo más hondo de mí se rompe y abre un vacío que ya nada habitará.

De Visitaciones


Esquema de viaje (II)

 

Entre nadie, la playa silenciosa
de una eternidad blanca.

Tiene que ser:
lo que se inventa, acecha y busca.

En los ojos está la noche
anticipando el viaje más hondo.

Tiene que ser.

De La palabra a solas


Ahora este silencio


A Thelma Nava

I

¿En qué archipiélagos del día
anda la sombra de mi sombra?

¿Quién escribe el adiós,
quién ha partido de una ciudad que no conozco?

¿Quién pesa más en el agua:
tu nombre en el ala de un pájaro
o el pan de la tristeza?

Sucede que mi oído se desliza
por la curva infinita de la ausencia
como un rumor a la medida de tus pasos.

Estoy en el crucero de todos los caminos
plantando signos o árboles extraños,
escuchando el tatuaje del eco
que el viento trae como flor en los labios.

(Ya no sé si se ahoga la tarde o la espera;
si es tu paso el que cruza la llanura
o la sombra de una nube de verano.)


II

Bajo tu planta voy,
bajo tu planta miro un cielo de palomas,
el viaje hacia la fábula
durmiendo en las amarras de los muelles.

Ante mis ojos pasas con un aire de abismos inminentes,
lasca de soledad o herida ciega
de mis manos huyendo cuando el alba.

Se ha quedado una espina en la garganta
y resuena su lampo adormecido
en todo lo que digo o lo que callo.

Se cierran las ventanas de la espiga
que afiló su milagro de verdor ebrio,
en el itinerario del viento y sus naufragios.


III


Ahora este silencio; su esbeltez
de palomar en los desiertos del agua.

Se queda la hora hablando a solas.
La amplitud de la tarde gira y se ahonda
en coágulos de palidez inconstante.

Sólo tú estás aquí,
pisándole la sombra a mi tristeza;
presente en la afilada veladura
que media entre mis ojos y las cosas.

Y mi verdad se mueve a ciegas…
Perro sin dueño,
anda y desanda la llanura
en busca de otro cielo claro y justo.

La tarde resucita
un viaje de agua oscuro entre la hierba,
peso de palomas en el pecho,
tus ojos derramados en horizontes diminutos
y el equilibrio exacto de tu sangre
como una flor inclinada hacia el olvido.

De La palabra a solas


Hablando a Cernuda

"…y con sueño se volvió
—lentamente
Adonde nadie
Sabe nada de nadie.
Adonde acaba el mundo."

I

Yo soy la soledad en crecimiento
la sola cuerda en una sola lira,
la afilada presencia que conspira
contra el paso del día bajo el viento.

Surtidor de un secreto movimiento,
sobrevivo a la luz. En mí respira
la vida eterna de la noche y gira
la quietud indecible de su aliento.

He venido a olvidar aquella espuma
que vio la transparencia de la nada.
No me importa saber lo que consuma

el bullicio del día que se dora
en coágulos de vida abandonada.
Solitario en el bosque y en la hora.


II

¿Hacia qué luz viaja Noviembre;
en qué mano su cuerpo se desgrana
y siembra la tristeza de pensarte
en un hondo balcón deshabitado?

Lo sabías: "La vida no es un sueño":
es una larga vigilia cenicienta
que afila su verdad de espina pura
en la yema sin fin de la memoria.

(Existe la Belleza
—el terso endriago rubio.
Su blanda mordedura
espiga los islotes al alcance
de un sueño que se sueña en el otoño
y mata lo que toca o lo que mira.)


III

Te fuiste por el hilo de la duda
de estar con los demás como contigo:
a sombra y luz a solas, sin testigo
al ser lo que en tus manos se reanuda.

"Triste sino nacer" bajo la ruda
condición de viajar sin un amigo.
Sin tú saberlo, te seguí y te sigo
como una sola sombra, Luis Cernuda.

En la barca del agua un cielo manso
nos deja contemplar lo que tu vida
tuvo de la tormenta y del remanso.

Tu voz responderá contra las olas
del viento y el olvido desmedida.
Yo me quedo contigo, solo, a solas…


IV

La noche, dilatadamente sola,
ahonda tragaluces al vacío
y planta dedos finos en las cosas
que acechan los racimos de esperanza.

En sus manos la vida es agua lenta,
la caída incesante del deseo
que mira hacia el final puerto del alba
despierto ante la luz lo halla desierto.

Tu palabra se acoda en la ventana
y deja deslizar su pluma leve
al aire de esta noche pensativa;
inunda los rincones de la hora
con un rumor de seda oscura
o un agua de olvido entre la hierba.


V

Por ti, el hemisferio que te nombra
sabe de la memoria sin olvido,
del tiempo que he llorado por perdido
al encontrar tu árbol sin la sombra.

Otoño que se va, deja la alfombra
al pie de un nuevo aire ya encendido.
El cielo es un diamante desabrido
y el tiempo en un rincón su peso escombra.

La loma que te duerme en aire antiguo
sabe el perfil exacto de tu viaje
y se ahonda la tierra en un viraje

que confunde el ocaso con el orto.
Tiene un ciprés el corazón ambiguo;
musita su palabra y queda absorto.


VI

Tú viniste a mirar rostros amables
como viejas escobas.
Yo estoy para olvidarlos.

Primer aniversario, noviembre de 1964.
De La palabra a solas


La palabra a solas


I

Algo se mueve en tu cansancio,
algo. Y no lo crees. La misma espina blanda
en el alto palomar de la zozobra,
la desnudez interna
—torre de marfil, agua del alba,
orilla del deseo, columna del poema.

Invisible, rumor de hierba,
sientes crecer su paso entre los muros,
dialogando consigo. No el paso que conoces,
como el hombre, a solas,
sino el eco de tus pasos tras los suyos,
la sombra que no vive sin su sombra.

(La ausencia es un monstruo adormecido
en lo más hondo de tu antigua noria.)

Este temblor sagrado —lo sabes—
es el viento ya visible de sus pasos,
el movimiento de su ser
o de las estaciones que sorprendes
y ensilas para mirarlas a solas.

Algo se mueve en tu memoria…
"Recuerdas aquel atardecer en la avenida,
tierna aún la noche, en el jardín del Carmen."

Contigo fue la hora atardecida,
el espanto de no saberte solo
frente a la ventana abierta a un horizonte sin colinas.

Algo se mueve.
Óyela venir
habitando el hueco inmenso de la hora,
el día interminable a solas.

Esta gracia —di— no la esperabas.
Lo vivido termia aquí,
el cansancio de estar cansado
oyendo los ladridos de los perros
si tu ternura fue más allá de la ventana.

No te preguntas más
quién va cambiando el rostro de las cosas,
quién canta esta canción desconocida
a la pluma incansable y mediodía:
el tiempo existe fuera de tus párpados.

Di que el ave florece
bajo un árbol imposible,
que el espejo ha dejado de mirarse
a sí mismo. Di, canta al arcángel,
a la espesura transparente de su cuerpo,
al henil que te aguarda para el fin del viaje.

A mano abierta, deslumbrante,
esta otra y misma primavera
que se abre paso entre los muertos,
reintegra eternidad al sueño.


II

Habita tu memoria ese silencio
derramado sobre la casa a oscuras.
De otros tiempos imágenes concitan
a la gótica danza del insomnio.
La hora es una cueva submarina
donde yerra un ejército de sombras olvidadas.

No sabes en qué rumbo de tu cuerpo
duele la espina vaga de tu infancia
que huyó, como las nubes, a la nada.

Traspuesta ya la linde de su manso imperio,
bajo un sol ignorado, te remuerde
el tiempo que has vivido entre tus muertos;
las mariposas yertas cuando el alba
sorprendió tu tristeza en la ventana
insomne y sola en la impiedad del viento.

Húmedo aún del río envejecido,
la sal entre la herida travesía,
la fidelidad noble con su empeño
en traducir el largo memorial
de su caída, viva en sus tatuajes;
libre ya de sus aguas ateridas
y el engaño vernal de sus reflejos,
tu oído crea su orilla a tu deseo:

Tú, mi tierna verdad, poema mío,
alientas hondo y suave bajo el sueño
en la alcoba contigua. Un puente angosto
resplandece su viaje entre la sombra,
hacia el lirio, corola de tu aire
ya intocable, final puerto de escala.

Si pudieras oírme, te diría:

"La eternidad es tierna
cuando miro tu piel de hierba fina
que en las luces del sueño se rebana;
yo estaré contigo
cuando la luz levante sus andamios
en la llanura azul de la mañana."

Yo soy el embozado destino de tu sangre,
el último pabilo que habrá de consumirse
tras el sencillo andar de tu mirada.


III

Afuera, la segura lentitud
del alba desembarca en la aridez
de la ciudad aún dormida entre sus ruinas.

Sólo al alcance de tu oído
sientes que el tiempo no transcurre
bajo la lluvia casi ausente
en este amanecer de rostro envejecido.

Dentro, sobre tu sola muerte, un mismo mundo.
Dos lagos ya como aires ateridos
contra el tiempo de nadie: tuyo.

La soledad de que me hablas
está rodeada por su muro,
en su límite de viento endurecido,
mas claro y largo como el desencanto.
Di que tu voz se afila en su sombra,
en ésa, amada sobre todo.
Cogida de su mano reconoce
sus propias huellas en las suyas,
en un mismo camino a solas.

Le hablas. Irremediablemente escucha.
No ignoras que sus ojos son ahora
una vaga violeta sumergida
en el secreto ensimismado de una loma,
bajo la mano oscura de otra vida.

Otra se mueve en ti, en tu memoria.
La breve eternidad de un surtidor
en su columna de agua clara y alta,
caída en el hondón amargo de tus manos,
tan jóvenes aún para entenderla.
Desnuda tu alma ahora va tras ella
como un niño extraviado, sola.

Su nombre es el destello en otros cuerpos
desgajados a ciegas,
bajo el lívido engaño de las horas baldías.

El tiempo se te va buscando
la forma inconocida a tu deseo,
la morenía tierna de la espiga
que has mirado en el eco de tu sueño.

Y te cansa el cansancio del hombre,
la soledad de la bestia derrumbada
por el don poderoso de la gracia;
la invención maligna de otra vida
como si ésta que hiere no bastara.

Pudieras olvidar tu paso incierto
de niño; la inocente estupidez
familiar limitando los contornos
de la luz, que ya no conocerás.

Una noche sin nombre te dijo:
"La caricia es mentira,
el amor es mentira,
la amistad es mentira."
Vas, contra todo, intentando el amor
una vez más…


IV

Hablo ahora del aire,
del cristal frío de tu ausencia,
donde apoyo mi frente y mi cansancio.

Torre del alba. Puertas de humo.

Ruedan mis ojos a la zaga de tus pasos.

Sin ti la brevedad del sueño
y la vigilia en espacios sumergidos
son un largo balcón deshabitado.

El corazón es viento a la deriva,
la tempestad entre inaudibles resplandores,
el fruto que cayó de sus andamios.

Desde cualquier rincón del mundo
has de librarme del exilio
si tu palabra me tiendes y la mano.


V

Tras la ventana, la indiferencia de las flores.
El vocerío agudo de los niños
cubre las amenazas de la muerte.
Bestias puras, ignoran la caída
oculta en el breñal que les espera;
sus manos son el aire mismo
cabe la luz liberada de sus redes.

Con los primeros goterones huyen
los soles diminutos y la dicha.
Tu alma persigue con su oído
los postreros jirones amarillos
que jadean por no sabes qué rincones.

Con la lluvia llegó la soledad
y el tesoro escondido de su nombre.
En las nubes habita la esperanza
y la felicidad en el viento,
en ese abismo donde nada permanece.

Cantarás al arcángel,
a la orilla más cierta
de tu sueño improbable;
al árbol más cercano,
agua lustral,
nimbo cerrado;
al aire sólo oído
en el pecho de un pájaro.

No te importa saber:
olvidas el recuerdo y el olvido.


VII

Tras de tus pasos, todo.
A la espera que un día
te vuelvas y me digas:
"He perdido mi rostro."

De La palabra a solas


Esquema de viaje (I)


Sino la noche.
La persuasión viva y segura
de una locura silenciosa.

Por todos los caminos
—tuyos, míos, de nadie—
un sueño que perdió su rostro
en otro extraño y enemigo.

Aún palpita el sapo de la vida
consciente sólo en su soberbia de aire

Abriremos los ojos tras el día
como un vaho
en un cristal que no alcanzamos.

De La palabra a solas


I


Que se abra pues esa ventana
Que el viento endurezca los vapores cercanos a esta
incipiente carnosidad
Pincha los significados flotantes que vienen bajando
la voz desde el cuarto vecino
Ahora abrirás violentamente mis párpados y me dejarás
en ellos dos heridas
En mi llanto estará el canto de las generaciones recobradas
y la memoria de la sangre recordando la luz
Esas manos auscultarán para mí un destino que nada tenga
qué ver con la vida
Y en esta situación ponme esa máscara tan funcional y
convincente
Algo sabré de mí cuando entrecierre los ojos
Dispongo de poco tiempo para hacer muchas preguntas

De La hora y el sitio


II

Clemente I
90?-99

 

Deja que el amanecer romano entre a la orfandad
de tu celda
El crimen llegará con el olor de los hachones últimos
de la noche y la proximidad de unos pinos lejanos
la muerte de Anacleto te nombra sucesor y tu espíritu
lucha a muerte contra la duda y la certeza
Pero las llaves están sobre tu mesa siervas de tu voluntad
Ahora tu alba puede dormitar entre pechos y corazas o
agitarse en las premoniciones de los hechos
impacientes
Es tu primera noche en esta casa nueva y sus muros
blancos han teñido de blanco el estupor
Tienes la potestad para inventar la docilidad de mi rebaño
para venir hacia mí hablándome de siglos
coagulados
Por mi sueño camina tu fantasma
Abdico al reino y sus caminos fatigados porque a un lado
de tu celda Evaristo engrasa ya la maquinaria
silenciosa

23 de febrero de 1973
De La hora y el sitio


III

 

 

No me lamento porque existe, sino porque no existe.
Los días desdentados pueden hablarme con voz de niño
o intentarlo la lluvia como un loco que habla con los
ojos cerrados.
Mi corazón jolivudense exige para mi infancia una casa
muy blanca
con noventa ventanas abiertas al estío.
Para mi adolescencia, las palabras Isabel, Istambul,
Nueva Zelandia.
Para estos días en que me da por mirar al fondo de mí
mismo
basta un poco de carne en el hocico de la lujuria.
Me falta juventud para vender mi alma.
Estoy cansado ya de rascarle a las palabras
y esta urgencia de hablarle a mi propio corazón y que
me crea.

10 de septiembre de 1971
De La hora y el sitio


IV

 

Ocho años de silencio sobre ti
y sobre ese montón nada ha cambiado.
Los poetas, con sus versitos;
las nalgas, con sus pájaros.
Ninguna raíz nutre al orgullo.
En pie la misma ruina de las casas hechas en serie,
indistintas libreas para los buenos habitantes
que reparten codazos para respirar un poco de aire.
De vez en cuando —los domingos—, salen al campo
y por una veloz autopista ganan su Arcadia.
(¡Viejo Walt Whitman, tú qué sabes!
En nuestros días ya no hay actos desmesurados.
Digerimos el Diez de Junio y Tlatelolco
como la oveja más dócil del rebaño).
Estoy mirando a la derecha y hacia abajo
mientras dejo que el buitre me contemple.
La vida se ha burlado de nosotros.
Lo hará también el polvo de la muerte.

noviembre de 1971
De La hora y el sitio


IX

 

Un buen momento de esa tarde en el bosque
También los mantos de llovizna en los hombros
y el tú y yo creciendo contra la luz
Aquella taza de café hablando por nosotros
Tuve en mis manos la madeja enredada de tu vida
cuyo hilo debió bordar los contornos de la felicidad
Conjuntamos destinos cuerpos y palabras por sólo
cien pesitos
No está mal

Domestica a tus fieras
ciérrales la jaula de la noche para que no huellen tu sueño
Que la jauría de tus miedos se adormezca bajo las piedras
y el alma salga al jardín a respirar otros aires
Deberías alentar esa lámpara que el tiempo preserva
solamente para ti
esperar calmo esa ola que se está formando en el altamar
y espera que a su encuentro la acaricies
Hay muchas casas cuerpos almas aún por habitar
caminos que te aguardan desde el principio del tiempo
para llevarte hacia ti
hacia el desnudo corazón del fuego
Voy a tocar tu mano sobre esa mesa donde se juega la
suerte de los mercaderes
a preguntarte por mí
por la hora y el sitio donde yo pueda encontrarme
Quiero saber si la opinión que me informa coincide con
la mía
si verdaderamente llego a casa cuando yo llego a casa y voy
diciendo mi nombre en todos los cuartos vacíos
Quiero saber si aún hay tiempo de que yo camine a mi
lado por un camino angosto y sencillo
Aplacadas ya las fieras por supuesto

 

***

 

Quiero decirlo aquí
porque me dejas solo cuando me acosan los cuernos
de caza
porque tienes aduanas para cada uno de mis pasos
porque mellas el filo a mis cuchillos
y vuelcas en el jardín el petróleo de mi lámpara
Porque me humillo ante mi dios de ateo
y rezo por ti en la soledad de mi merienda
porque hay un templo en un rincón de mi cuarto
desde donde te llamo y clamo por la resurrección
porque te encuentro bajo todas las piedras del desvelo
y tu parte de sábana es la parte oscura de la luna
Porque no falta quien escupa mi mano de huérfano
porque al fin de cuentas nada de esto te importa
y me falta el aire para gritarme "¡Basta ya!"
quise decirlo aquí

 

***

 

Otra vez con los ojos abiertos
otra vez las quejas del suelo por donde camino
otra vez la mierda sobre los planos de reconstrucción
Mis amigos tienen nombres de hospital
y sus almas huelen a pasillos solos y limpios
Pero siempre se debe regresar a casa
y hacer un poco de ruido en los cuartos vacíos
(Había para nosotros un lugar en Nueva Zelandia
una ventana en todos los trenes del mundo)
Para que no entre voy a gritarle a la muerte
a poner vidrios rotos en lo alto del muro
Y velaré mis armas
Mientras vuelves

31 de mayo de 1973
De La hora y el sitio


Discurso en homenaje a Heráclito

 

I

Todo lo llena el instante
que vendrá
que pasa
que pasó


II

Cogito, ergo, fuit


III

Nadie se baña dos veces
en algo que fue un río


IV

Hagamos el amor
en esta cama
encontraremos
tibios aún
nuestros cadáveres


V

Dejad que los niños
arrojen la primera piedra
porque de los ancianos fue
el reino de los cielos

De La hora y el sitio


Por principio

 

Ya es tiempo de que vuelvan todas tus palabras
las que el olvido ha perdonado
las que sobreviven al puño del amor
las sonámbulas guías bajo los párpados
las mendigas que esperan tras la puerta
las fieles a los sótanos del alma

Remueve escombros y gusanos
límpiales el rostro de lunas empolvadas
de niñas traviesas en la noche de San Juan

Arráncalas del fondo de ese armario
apuéstales el silencio de las bestias
tus ojos bautizados con los ácidos
que digan eso poco que te queda
bajo la podredumbre de tu máscara

Se acabó el tiempo de pudrirse libremente
de acariciar los lomos de la tranquilidad
los ojos tras las rejas tras los actos

La inocencia es un pedazo de carne
que se pudre en la jaula de las fieras.

Del libro inédito Bajo llave


A un muchacho desconocido

 

De abril el paso
y la cadencia
vas dejando tu sombra
como alfombra de primavera

Y apresuro mi paso

Caminando a tu vera
un invisible brazo apoyo
en tu hombro tan lejano

"Pero qué viejo el paje"
dirán los que me vean
caminando a tu lado

Anónimo dichoso
camino junto a ti
emparejando edades
reinos y pasos.

De libro inédito Bajo llave


Al jóven crítico que quiere servir en las cortes

 

Naciste con el alma de perfil
pero de frente siempre a lo que nace
para ahogarlo, apprendista di rapace,
de mercenario honoris causa, vil.

Del libro inédito Bajo llave


Las tazas de café

 

Antes de que el agua del café
puse a entibiar unas palabras
que debieron discurrir
con su rebaño de ovejas obsesivas
en un calvero de montaña

Las peinó el entendimiento
con sagaz óleo de luz
rediles cordiales
naranjas persuasivas

Bebimos el café
entre distancias elegantes
—el mío estaba más que nunca
helado y sin azúcar

Te despediste
y me quedé con las palabras
como fotografías
volteadas contra el muro

De libro inédito Bajo llave


El poema de amor que me pediste

 

Entre tus piernas me disfrazo de Asno de Oro
me pongo la invención de todos los trajes nocturnos
para que la mañana me encuentre como una catedral
recién lavada
y por la incómoda estrechez de tus pensamientos
finjo paseos nutritivos por una galería renacentista

En mis conversaciones con amigos
desfilas como cisne nacarado
como nube oficial que sombrea lo acezante de mi
Olimpo

Por ti pueden ponerse en cuatro patas los versitos
suicidarse la Estrella del Sur
por no inquietar la levedad de tu sueño

Déjame verte caminar a lo largo de la noche tlatelolca
acariciar la hierba aplastada por la caballería

Está chato el colmillo que siempre quise clavarte en
el alma

Puedes seguir babeando mis pensamientos y mis actos
mearte en mi boca
tomar o rechazar el mendrugo de vida que nos queda.

Del libro inédito Bajo llave


Ninní
1934-1940

 

Siempre al atardecer giras la llave
que abre las rejas del cancel
y separa las hojas de la senda
para que llegue al mármol que te nutre
con sus racimos congelados.

Desde el fondo del valle nos invoca
la voz de la carreta rechinante,
cantándole al inerme corazón.

¿Por qué tengo que oír a cada tarde
el horror que gotea en el silencio?

Ninní, Ninní, tú lo sabías:
me siguen embrujando los caminos
las flores brunas de la carne
que acarician mis ojos con su bisturí;
el veneno que dormía en los labios de Ihú
el que se alimentaba tan sólo de silencio;
las palabras que vienen a mi mesa
a iluminar el pan de la mañana.

Por buscarte, Ninní, he removido
los muladares de la noche,
he roído huesos rechazados por los perros,
he malbaratado bienes del reino lejano,
proyectos de reconstrucción.

Pero no he vuelto a hablar a solas.
Tú plantas los laureles en el sueño
persuades a las aguas
para que sólo reflejen tu reflejo;
por ti alienta aún esa colina
en su primavera de tumbas y jardines.

Cuando yo vuelva
te hablaré de Isabel, Estambul, Nueva Zelandia,
de la isla que nos aguarda en el Atlántico
donde yacen sepultas nuestras alas.
Pero mucho tendré que caminar aún conmigo mismo,
perseguido por todos mis caminos moribundos
escapar a las trampas tendidas a las corzas
en los calveros de la profanación;
fingir que dormiré cuando esas mismas flores
extiendan su corola en la penumbra empozoñada.

Tras la ventana pasarán los días
como caballos negros con crineras blancas.

Del libro inédito Bajo llave