Palinodia

 

Flota en la memoria la sombreada humedad que penetra las cosas sin olvidar un sólo espacio virgen, contagiándolas de un peso desconocido.

Se piensa que las flores caen de sus pequeños campanarios de colores cuando el viento las derriba con arietes invisibles, o que las piedras, fingiendo un retiro sagrado, rompen la quietud de sus estancias al impulso de una señal indescifrable y demoniaca, que viene de la tierra a derretir la parálisis difícilmente duradera.

En la encumbrada soledad del aire incompartible alguien se orilla a nuestro oído a secretear que no hay nada más cercano que aquello que pensamos desconocido. Se aviva el gesto del sueño vigilante en nuestras manos, disolviendo las islas de la realidad anémica, y se desata una corriente en el cuerpo de todo lo que habrá de venir a gritar desconocidas evidencias, a fundar en espacios descubiertos el ala más callada que abre su vuelo en la entraña de lo existente.

(Acudiría la calle provinciana si el olvido descuidara el ritual oficio de su celo. Volverían a urdir los enrejados las sombras cedularias; el ventanerío insomne, velado por blancuras sospechosas, defendiéndose de la luz como de una ofensa que tarde o temprano debía de ser padecida. Irías en ella como por un río de riberas hostiles, adivinando miradas enemigas, acechos rencorosos y el hurto a sovoz de una libertad sedentaria y engañosa. Ahondaría en tu paso la aceleración que precede al salto del aullido repetirse en la sombra; escucharías el rumor del lentísimo desgaste de la alfombra bajo unos pies en fuga perpetuamente fracasada. Encontrarías tu nombre en un jarrón coronado de epitafios; la esbeltez de los aromas marchitos en un pañuelo secretamente guardado. Sabrías la duración de tus ausencias si bajaras a los círculos de sombra labrados por el llanto y ardores solitarios de las doncellas agostadas por el in­fierno virginal; sabrías la detenida madurez floreal en los bordados de las almohadas estérilmente blancas, devoradas por una frialdad incurable.)

Nada queda de ello sino el albor fiel de una posibilidad de olvido remoto…

Ahora sabes que todo regresa a decir la existencia de una desaparición inconforme que se adhiere a la piel y reseca la voz con avaricia. Sabiente de que nada ocupa el sitial de lo último, reconquista escondrijos usurpados que reclaman sus destinos, para siempre.

La palabra se reenciende en la tibia humildad de los rescoldos, llena las sienes, anubla el paso por venir y se difunde por los hondos laberintos de la sangre, alimentando la resurrección de lo que no muere nunca del todo.

Aquí está —aparentemente petrificada en los caminos del tiempo—, humedeciendo la osamenta quebradiza del primer encuentro, reedificando el muro de la hora palmo a palmo y extendiendo una alfombra de piedra en la herida fresca de la calle que escapa a un horizonte de colinas coloreadas por la lejanía.

Todo sobrevive igual en la pobreza.

Escalarás el viento hasta aquel alto nido de palomas y sentirás de nuevo en tu pecho el relámpago azul que descendía entre los rebaños promisorios del verano;

irás cobijando bajo el puño el mismo sueño, que no fue al viento, porque no hubo un viento a su medida;

llamarás por su nombre a cada una de las piedras que amaste como a tu propia vida y les preguntarás de lo acaecido durante tantos siglos de ausencia.

Sabrás —al fin— si aún es posible llevar una vida pasada entre los brazos, como si fuera un ramo de amapolas.

De Visitaciones