La palabra a solas


I

Algo se mueve en tu cansancio,
algo. Y no lo crees. La misma espina blanda
en el alto palomar de la zozobra,
la desnudez interna
—torre de marfil, agua del alba,
orilla del deseo, columna del poema.

Invisible, rumor de hierba,
sientes crecer su paso entre los muros,
dialogando consigo. No el paso que conoces,
como el hombre, a solas,
sino el eco de tus pasos tras los suyos,
la sombra que no vive sin su sombra.

(La ausencia es un monstruo adormecido
en lo más hondo de tu antigua noria.)

Este temblor sagrado —lo sabes—
es el viento ya visible de sus pasos,
el movimiento de su ser
o de las estaciones que sorprendes
y ensilas para mirarlas a solas.

Algo se mueve en tu memoria…
"Recuerdas aquel atardecer en la avenida,
tierna aún la noche, en el jardín del Carmen."

Contigo fue la hora atardecida,
el espanto de no saberte solo
frente a la ventana abierta a un horizonte sin colinas.

Algo se mueve.
Óyela venir
habitando el hueco inmenso de la hora,
el día interminable a solas.

Esta gracia —di— no la esperabas.
Lo vivido termia aquí,
el cansancio de estar cansado
oyendo los ladridos de los perros
si tu ternura fue más allá de la ventana.

No te preguntas más
quién va cambiando el rostro de las cosas,
quién canta esta canción desconocida
a la pluma incansable y mediodía:
el tiempo existe fuera de tus párpados.

Di que el ave florece
bajo un árbol imposible,
que el espejo ha dejado de mirarse
a sí mismo. Di, canta al arcángel,
a la espesura transparente de su cuerpo,
al henil que te aguarda para el fin del viaje.

A mano abierta, deslumbrante,
esta otra y misma primavera
que se abre paso entre los muertos,
reintegra eternidad al sueño.


II

Habita tu memoria ese silencio
derramado sobre la casa a oscuras.
De otros tiempos imágenes concitan
a la gótica danza del insomnio.
La hora es una cueva submarina
donde yerra un ejército de sombras olvidadas.

No sabes en qué rumbo de tu cuerpo
duele la espina vaga de tu infancia
que huyó, como las nubes, a la nada.

Traspuesta ya la linde de su manso imperio,
bajo un sol ignorado, te remuerde
el tiempo que has vivido entre tus muertos;
las mariposas yertas cuando el alba
sorprendió tu tristeza en la ventana
insomne y sola en la impiedad del viento.

Húmedo aún del río envejecido,
la sal entre la herida travesía,
la fidelidad noble con su empeño
en traducir el largo memorial
de su caída, viva en sus tatuajes;
libre ya de sus aguas ateridas
y el engaño vernal de sus reflejos,
tu oído crea su orilla a tu deseo:

Tú, mi tierna verdad, poema mío,
alientas hondo y suave bajo el sueño
en la alcoba contigua. Un puente angosto
resplandece su viaje entre la sombra,
hacia el lirio, corola de tu aire
ya intocable, final puerto de escala.

Si pudieras oírme, te diría:

"La eternidad es tierna
cuando miro tu piel de hierba fina
que en las luces del sueño se rebana;
yo estaré contigo
cuando la luz levante sus andamios
en la llanura azul de la mañana."

Yo soy el embozado destino de tu sangre,
el último pabilo que habrá de consumirse
tras el sencillo andar de tu mirada.


III

Afuera, la segura lentitud
del alba desembarca en la aridez
de la ciudad aún dormida entre sus ruinas.

Sólo al alcance de tu oído
sientes que el tiempo no transcurre
bajo la lluvia casi ausente
en este amanecer de rostro envejecido.

Dentro, sobre tu sola muerte, un mismo mundo.
Dos lagos ya como aires ateridos
contra el tiempo de nadie: tuyo.

La soledad de que me hablas
está rodeada por su muro,
en su límite de viento endurecido,
mas claro y largo como el desencanto.
Di que tu voz se afila en su sombra,
en ésa, amada sobre todo.
Cogida de su mano reconoce
sus propias huellas en las suyas,
en un mismo camino a solas.

Le hablas. Irremediablemente escucha.
No ignoras que sus ojos son ahora
una vaga violeta sumergida
en el secreto ensimismado de una loma,
bajo la mano oscura de otra vida.

Otra se mueve en ti, en tu memoria.
La breve eternidad de un surtidor
en su columna de agua clara y alta,
caída en el hondón amargo de tus manos,
tan jóvenes aún para entenderla.
Desnuda tu alma ahora va tras ella
como un niño extraviado, sola.

Su nombre es el destello en otros cuerpos
desgajados a ciegas,
bajo el lívido engaño de las horas baldías.

El tiempo se te va buscando
la forma inconocida a tu deseo,
la morenía tierna de la espiga
que has mirado en el eco de tu sueño.

Y te cansa el cansancio del hombre,
la soledad de la bestia derrumbada
por el don poderoso de la gracia;
la invención maligna de otra vida
como si ésta que hiere no bastara.

Pudieras olvidar tu paso incierto
de niño; la inocente estupidez
familiar limitando los contornos
de la luz, que ya no conocerás.

Una noche sin nombre te dijo:
"La caricia es mentira,
el amor es mentira,
la amistad es mentira."
Vas, contra todo, intentando el amor
una vez más…


IV

Hablo ahora del aire,
del cristal frío de tu ausencia,
donde apoyo mi frente y mi cansancio.

Torre del alba. Puertas de humo.

Ruedan mis ojos a la zaga de tus pasos.

Sin ti la brevedad del sueño
y la vigilia en espacios sumergidos
son un largo balcón deshabitado.

El corazón es viento a la deriva,
la tempestad entre inaudibles resplandores,
el fruto que cayó de sus andamios.

Desde cualquier rincón del mundo
has de librarme del exilio
si tu palabra me tiendes y la mano.


V

Tras la ventana, la indiferencia de las flores.
El vocerío agudo de los niños
cubre las amenazas de la muerte.
Bestias puras, ignoran la caída
oculta en el breñal que les espera;
sus manos son el aire mismo
cabe la luz liberada de sus redes.

Con los primeros goterones huyen
los soles diminutos y la dicha.
Tu alma persigue con su oído
los postreros jirones amarillos
que jadean por no sabes qué rincones.

Con la lluvia llegó la soledad
y el tesoro escondido de su nombre.
En las nubes habita la esperanza
y la felicidad en el viento,
en ese abismo donde nada permanece.

Cantarás al arcángel,
a la orilla más cierta
de tu sueño improbable;
al árbol más cercano,
agua lustral,
nimbo cerrado;
al aire sólo oído
en el pecho de un pájaro.

No te importa saber:
olvidas el recuerdo y el olvido.


VII

Tras de tus pasos, todo.
A la espera que un día
te vuelvas y me digas:
"He perdido mi rostro."

De La palabra a solas