Nota introductoria

 

Los años treinta son el momento central en la vida de Léopold Sédar Senghor. En esos años, el poeta reside en París, ciudad que vive una intensa fermentación artística. André Bretón, Blaise Cendrars y Pablo Picasso se habían interesado en el arte negro, siguiendo el ejemplo de Apollinaire. El jazz se incorporaba al gusto de una época y se alababa al mismo tiempo el talento de los negros para la música. Los años treinta son también la década bárbara. El ascenso del fascismo y el temor paralizante de la burguesía dominan la escena política.

África es el depósito secular de materias primas y mano de obra, asiento de una población vejada, sin identidad cultural según las metrópolis. Senghor se da a la tarea de rescatar y afirmar esa identidad. En su búsqueda por afirmar una tradición que había sido sepultada por la arrogante presencia del colonizador funda un movimiento llamado negritud. En esta empresa lo acompaña el poeta de la Martinica Aimé Césaire con quien habría de compartir credos estéticos y, en algún momento, políticos. Juntos publican la revista L'Etudiant Noir (El estudiante negro) en el año de 1934; en ella exponen los principios de la negritud. El significado original de este término era una definición de las cualidades de los negros sin importar su nacionalidad. La expresión hizo historia y con el tiempo se cargó de ambigüedad y se volvió borrosa. A partir de la revista se definen los dos polos sobre los que habría de girar la vida de Senghor: poesía y política. En años de quiebra moral, Senghor reivindica para los suyos el derecho a existir sin someterse a servidumbres y el orgullo de una raza. En el quehacer de su obra el poeta abreva en la estética del surrealismo. Para expresar un mundo, que no se ceñía a un orden "racional", multiforme y fragmentario, donde el animismo era la negación de los dioses porque el hombre aún era capaz de someter a las fuerzas de la naturaleza que encarnaban en un destino, Senghor se adentra en la exuberante vegetación imaginativa de donde salen los cuadros de Dalí y Max Ernst, los poemas de Bretón y Peret, los filmes de Buñuel. El verso era surrealista y africano. Esta alianza le dio un sello distintivo a su poesía. Del África están presentes el orgullo de una tradición cultural y de un color que no es fatalidad y, en el fondo de todo ello, un ritmo, una forma de canto que busca integrarse con los elementos de la naturaleza. La importancia de Senghor radica en que su liturgia verbal se funda en una rica imaginación poética y en un poderoso ritmo que da a sus versos la cadencia de un canto de amplias resonancias. Una poesía que en su intención roza tangencialmente la de dos grandes poetas de su misma lengua: Saint-John Perse y Paul Claudel.

Senghor es la expresión de una paradoja; portavoz de la negritud y cabeza visible de la independencia africana, nunca dejará de ser francés. Lo relevante en él es su dominio de la lengua del ex colonizador. La altura estética a la que lleva el francés es uno de los hitos más importantes de la poesía en esta lengua. La visión de Senghor es sólo una modalidad de la cultura francesa. La construcción de la teoría política no estuvo a la altura de la acción. El humanismo de Senghor es de una estirpe que difícilmente alcanza las costas del África: André Malraux lo señaló con lucidez: "Lumumba era la otra África a la cual no pertenece Senghor". El político nunca alcanzó la nobleza del poeta. El conjunto de poemas que a continuación presentamos atestiguan su eminencia entre los grandes poetas de nuestro siglo.

 

Miguel Ángel Flores