Nota introductoria

 

Ya que el pueblo argentino fue a principios de este siglo el más nutrido en traductores, resulta explicable que sean tan marcadas las influencias, tanto alemanas, como italianas o francesas, en los menores y en los mayores de sus poetas.

Y si de mayores se trata, tenemos ese misterio penante que se llama Leopoldo Lugones, a quien los velardianos señalan como una de las primeras influencias del poeta jerezano. Pero no solamente existen las influencias, sino también las afinidades. Así como Ramón López Velarde tiene un marcado Baudelaire con mucho de auténticamente mexicano, Leopoldo Lugones denota un acentuado origen en el romanticismo alemán sólo que profundamente argentino. Y podemos añadir que Lugones nunca niega la cruz de su parroquia, puesto que obviamente titula a varios de sus poemas con el nombre de Lied, que significa "canción" en alemán. "Lied de la boca florida", "Lied de la estrella marina" y muchas otras más que aquí se incluyen. Pero no únicamente se advierten estas influencias consientes, sino la repetida insistencia del poeta en los temas de la luna, la ausencia, el dolor y la muerte que atormentan obsesivamente a los románticos. Sólo que en Lugones se perfila mezclada a la afición romántica, ese sabor irónico que a su vez lo señala como un inconfundible precursor del humorista español contemporáneo, Noel Clarasó. ¿Qué otra cosa le recuerda al lector el Himno a la luna de Lugones si no es la introducción de El asesino de la luna del agresivo humorista español?

Pero no solamente por Lugones se conoce a los Lugones, sino porque a pesar del modernismo en que se clasifica su poesía debido a los juegos de palabras que tan hábilmente maneja el poeta argentino, o por su exuberancia verbal, existe y late en sus poemas esa especialidad por la creación y recreación de atmósferas, algo que nos lleva a considerarlo no sólo como un romántico disfrazado de poeta moderno, sino como un embozado dramaturgo impresionista que nos hace vivir una situación crítica en cada verso aparentemente reposado.

En Lugones es notable la característica de un principio de siglo, sobre todo de nuestro siglo, que al comenzar no sabe a dónde va, y ensaya todos los metros y todos los ritmos, acertando tanto en el romance, como en el soneto, la silva, el verso libre, el poema corto o el poema extenso. El tema de la soledad está muy repetido en este poeta, pero más que un sentimiento que lo asfixia, parece tratarse de una marca estética, de una especie de poético logotipo. Tan presto se deja llevar por las sombras y las obsesiones de la muerte, como se libra de ellas y las satiriza. Más bien puede decirse que ensayó todas las actitudes con el mismo ánimo de búsqueda, con el afán de encontrar todas las imágenes posibles, dentro de una temática aparentemente lineal, todas las variaciones dentro de un solo tema, o sea la capacidad proteica del poeta de siempre, su facilidad para convertirse en rosa o en lirio, en criatura terrestre o en vibración astral. Lugones estaba consciente de esto al afirmar en uno de sus romances: "Yo he sido lirio también", o "Señora, yo he sido rey".

A semejanza de nuestro González Martínez, no se escapa de reminiscencias de imágenes bíblicas, aunque no se expresen abiertamente sino que palpitan muy al interior del poema. Como ejemplo tenemos El canto de la angustia, tan repetido en numerosas antologías, desde los primeros manuales de literatura que leímos en la escuela secundaria. En una de las estrofas, nos lleva sin querer al temor de volver la vista atrás, por miedo a convertirnos en estatuas de sal, aunque el poeta no haga alusión directa a dichas estatuas: "Solamente no me atrevía/ a mirar hacia atrás, aunque estaba cierto/ De que no había nadie; pero nunca/ Oh, nunca habría mirado de miedo/ Del miedo horroroso/ De quedarme muerto.

Leopoldo Lugones está además consciente de que el poeta no solamente lo es de oficio, sino a la vez de nacimiento, puesto que alude a esas legendarias hadas madrinas, que al nacer lo dotaron "del gozo y pena de todos". Sólo que con estos toques mitológicos lo único que comprueba son sus orígenes insistentemente germánicos, en cuanto a poética se refiere. Pero no todo es romanticismo alemán a lo largo de su evolución poética, se dejan ver ciertas inclinaciones al poema breve japonés, aunque José Juan Tablada lo intentó más y con mayor éxito. Sin embargo, en su poema La Garza se advierte esa tendencia, aunque no muy lograda, a la máxima síntesis.

Aunque admirado por unos y rechazado por otros, no puede negarse la calidad de un poeta que ha resistido y superado las tendencias de los movimientos de su época. Nacido en 1874 y fallecido en 1938, su poesía va mucho más allá de la retórica que privó a principios de este siglo, y no siempre llegaba a los excesos por simple afán de aventura verbal o exploración imaginativa. Al unir el sentido con el sonido de algunas palabras, lo hacía más bien para darnos el toque mágico de la consustanciabilidad terrestre y astral, auditiva y conceptual, olfativa y táctil, que rige en toda verdadera poesía.

Muchos versos de su romancero son tan argentinos, que fácilmente el lector va a imaginarlos declamados a la luz de una fogata en medio de las pampas, como sucede y ha sucedido siempre con los versos del popular José Hernández en su Martín Fierro, aunque la diferencia estriba en que Lugones no recurre en ningún momento al lenguaje popular ni al color local, ya que su castellano es absolutamente neutro.

Lugones nos confirma una vez más que la verdadera universalidad se alcanza viviendo del todo unido a nuestra propia región o terruño, y los vuelos astrales se logran viviendo valientemente las angustias más humanas y comunes.

Quede con nosotros uno de los modernos que mayormente trascendió a tal clasificación, y que fuertemente repercutió en tantos y tan variados de nuestros poetas mexicanos, y es más, españoles también.

 

Carmen Alardín