Prólogo


Allen Ginsberg nació en 1926 en Paterson, New Jersey, hijo de un poeta y maestro de escuela. Asistió a la Universidad de Columbia, donde escribió sus primeros poemas —según se dice, a la manera de Thomas Wyatt— pero pronto rompió con las convenciones europeas, y comenzó a escribir en un estilo libre, pero a la vez, muy elaborado. Su libro Howl publicado por Lawrence Ferlinghetti en 1955 lo convirtió en el guía de una generación. Esta obra es considerada la primera manifestación del movimiento "Beat" en la poesía norteamericana. La primera edición fue confiscada en su totalidad en San Francisco, pero luego fue liberada de los cargos de obscenidad que se le hicieron. A través de sinuosas cadencias que parecen brotar al ritmo de la respiración, y de una dicción sobrecargada, los poemas de Allen Ginsberg calan profundamente en la percepción de los estados de conciencia. Este efecto resulta más marcado en los poemas largos, difíciles de recuperar en una antología. Un buen ejemplo sería el poema Kaddish, escrito para su madre, y publicado en 1960.

Entre las primeras influencias de Ginsberg podemos citar a Milton, Shelley y Wordsworth, que seguramente conoció en la biblioteca paterna, lo mismo que las obras de Edgar Allan Poe, Andrew Marvell y, aunque parezca un poco extraño, Emily Dickinson. Más tarde, tal vez sus mayores influencias las haya recibido de Walt Whitman y de William Blake. Hay que hacer notar que Allen Ginsberg ha dedicado buena parte de su vida a estudiar la obra de Blake, así como a cantar sus Canciones de Inocencia y Experiencia, a las cuales él mismo les ha compuesto música. Ginsberg cree en la función tradicional del poeta como un cantor, lo cual explica en parte, el gran interés que ha manifestado durante los últimos años por el trabajo con mantras. Un mantra es una combinación de sonidos cuya repetición sirve de apoyo para lograr un estado meditativo. Así, Ginsberg alterna en sus lecturas en público, canciones de William Blake con sus propios poemas, y con el canto de mantras en los cuales el auditorio puede participar.

No es de extrañar que las visiones panteístas de Blake y Wordsworth casaran bien con las experiencias psicotrópicas personales y de su generación, desde el movimiento "Beat" hasta el estallido "Hippy" de San Francisco, y recientemente la revuelta "Punk". Para Allen Ginsberg todo esto forma parte de una tradición singular que ve el trabajo creativo como una forma de conocimiento, una investigación meticulosa de la propia conciencia. Es por eso que Emily Dickinson le interesa, como le interesa también Gertrude Stein.

Sin embargo, quien obró una transformación definitiva en la poesía de Ginsberg fue su amigo, el gran poeta y novelista "Beat" Jack Kerouac. En él vino a encontrar el ejemplo acabado de lo que buscaba: una poesía espontánea, que fuera escrita al llamado imperioso del inconsciente, sin pasar por el filtro de una reelaboración literaria. Se trata, como Ginsberg mismo ha dicho en relación con la poesía, de "captar el arcángel del alma entre dos imágenes… dos polos opuestos que se relacionan mediante un chispazo en la mente". Esta concepción, que podría servirnos para describir la esencia del haiku, permanece en la base de su obra que, curiosamente, se manifiesta casi siempre en poemas largos, muy alejados de la económica nitidez de la poesía oriental. A pesar de esto Ginsberg se siente cerca de la poesía oriental, no sólo en su amor por las imágenes visuales, sino en su concepción del mundo, en especial, en su manera de ver los mecanismos del pensamiento. Al igual que la tradición zen y la tradición taoista, Ginsberg busca la sorpresa que puede parar el flujo de las ideas… Cuando la atención capta dos imágenes aparentemente no relacionadas, y logra extraer un sentido profundo de su cercanía, se produce un instante de comprensión que va más allá del flujo normal del pensamiento. Algo tiene en común esta manera de ver la imagen poética con la poética surrealista, y mucho con la escuela imaginista de Pound y Williams, y de todos aquellos poetas que después la desarrollaron.

"Antes que nada, puedo decir de mi trabajo literario, que no tengo oficio alguno, y que no sé lo que estoy haciendo" ha declarado Allen Ginsberg. Para él el "oficio de poeta" consistiría en observar con desapego la actividad de la propia mente, para luego transcribir al papel lo observado. La materia de su poesía, lo que podría llamarse "su tema", es la acción de la mente. Se trata de una labor descabellada hasta cierto punto, y Ginsberg lo sabe muy bien: sólo pueden transcribirse fragmentos, retazos, astillas del pensamiento, y aquí es donde entra su concepción del "arcángel del alma captado entre dos imágenes"; el salto que hay que dar de un verso a otro queda a criterio del lector según sus propias posibilidades. Es por todo esto que Ginsberg casi no corrige sus textos, pues para él la verdadera labor —como para los grandes pintores chinos y japoneses— consiste en lograr un impecable estado de atención que permita una observación perfecta. Sólo que a diferencia de los pintores, poetas y calígrafos de las dinastías Tang y Sung, y de las escuelas zen de arte, Ginsberg no observa el paisaje exterior, sino que se concentra en su propio pensamiento y lo transcribe. En este sentido, cualquier cosa que pase por la mente es digna de ser considerada y descrita, por eso dice: "Si estás interesado en la escritura como una forma de meditación o de yoga introspectivo —tal como yo lo estoy— entonces no hay nada que corregir". En pocas palabras, para Allen Ginsberg el oficio del poeta es observar con atención la mente. Esto lo aprendió en gran medida de Jack Kerouac, así como de buena parte de la tradición hindú, budista, y de la tradición jasídica.

Lo interesante es que todas estas preocupaciones de Ginsberg no sólo no están en contradicción con su mundo real, sino que participan de una forma muy natural en su actividad diaria y en sus convicciones políticas. No hay que olvidar que Ginsberg, muy lejos de ser un conformista inmovilizado por sus visiones interiores —tal como suele ser la caricatura que de Oriente tienen la mayor parte de los occidentales— es un hombre profundamente inmerso en los problemas y las contradicciones de su tiempo. De nuestro tiempo.

Allen Ginsberg es también un poeta que mira constantemente hacia el año 2000.* El tono apocalíptico de muchos de sus poemas se nutre de los augures pesimistas que flotan en el ambiente. No sólo los artistas y los científicos anuncian con grandes voces la inminencia de una catástrofe, sino que los mismos periódicos y las noticias de todos los días convocan a la desolación. Ya lo declaraba en una entrevista reciente: "Nunca los poetas tuvieron que afrontar la posibilidad de la destrucción del mundo entero". Esta es una de las razones por la cual las formas del arte de nuestro tiempo no se pueden parecer a ninguna otra. La destrucción del mundo ha dejado de ser una imagen poética. Esto ha llevado a Ginsberg —entre otras cosas— a dar una mayor importancia a las formas de arte que podrían sobrevivir a una catástrofe, formas que no necesitaran ni la imprenta, ni el radio, ni el cine, ni la televisión para ser practicadas. Le ha llevado a trabajar en formas poéticas fáciles de memorizar y de cantar. Al igual que a Gary Snyder, le ha llevado a la antigua tradición oral, a la voz, al cuerpo. Le ha llevado a la música. Por eso las Canciones de Inocencia y Experiencia. Por eso los mantras.

"Veo la función de la poesía —ha dicho Allen Ginsberg— como un catalizador de estados visionarios, y digo visionarios, porque sólo en esta época de grosero materialismo en que nos hallamos, totalmente desvinculados de nuestra propia naturaleza y de la naturaleza que nos rodea, las enseñanzas más naturales nos parecen visiones".



Alberto Blanco


* Allen Ginsberg murió el 5 de abril de 1997, a la edad de 70 años. (N. del E.)