Miguel
Hernández




Trayectoria
(Breve antología)

Selección y nota
introductoria de
Ángel Cosmos




VERSIÓN PDF

 


 

Miguel Hernández: don, amor, voluntad y lucha


Diéronle muerte y cárcel las Españas
Francisco de Quevedo


Tenía Miguel Hernández 32 años en el momento de su muerte —28 de marzo de 1942—. Apenas. Sucedió en el Reformatorio de Adultos de la ciudad de Alicante, enfermos de muros sus pulmones. Pero muere con los ojos abiertos, sin que quienes le vieran morir pudieran lograr cerrárselos. Sus últimas palabras son para su esposa: "¡Josefina, hija, qué desgraciada eres!"


I. Había nacido en el pueblo de Orihuela, provincia de Alicante (Sureste Español), el 30 de octubre de 1910. Su padre era pastor, y Miguel también lo fue desde muy corta edad. Aprendió a leer a los diez años, y aunque sus profesores descubrieron ciertas dotes y afición a la lectura, e intentaron convencer a su familia para que siguiera estudiando, su padre decidió, por razones puramente económicas, que trabajara, y así fue que continuó como pastor y en ocasiones como repartidor de leche a domicilio.

La adolescencia de Miguel Hernández es, pues, una adolescencia aparentemente alejada de la poesía, y digo aparentemente, porque creo que sin embargo, son los años en los que se descubre y devora lecturas, y ya siente necesidad de exteriorizar sus sentimientos. Pero es en 1925 cuando encuentra en su pueblo a un grupo de muchachos que, como él, también se aficionaban a los versos. En ese grupo destaca la figura de Ramón Sijé, sacerdote posteriormente; éste le prestó libros, fue la persona que ordenó sus lecturas y Miguel Hernández conoció a los poetas clásicos y modernos, leyó novelas, y desde luego comenzó a escribir de manera torrencial.

En otro lugar he escrito que "imaginamos como resultado", es decir, que la imaginación es el fruto de una buena observación y aprehensión de lo que nos llega del exterior; esto se cumple también en Miguel Hernández, ya que, a raíz de sus lecturas, se va conformando un paisaje poético personal y, a través de su amistad con Sijé, un paisaje ideológico.

En el caso de su amistad con Sijé, me ha llamado anecdóticamente la atención el pensar que el apellido de este cura significa en griego alma; y resulta curioso que fuera Ramón Sijé el impulsor y descubridor de nuestro poeta. (En realidad "Ramón Sijé" es un seudónimo: el nombre verdadero de este personaje es José Marín Gutiérrez, pero éste es un dato poco conocido).

Sijé fue la persona que más influyó, en un principio, en Miguel Hernández. El carácter temperamental, espontáneo y agradecido del poeta le llevó a cuajar unos versos de hondo sentimiento religioso (Silbos), de los que sin embargo Miguel se arrepentiría más tarde. Llegó a escribir un Auto-Sacramental —Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras—: y fue este Auto el que le proporcionó su definitiva entrada en Madrid, ya que José Bergamín, de pensamiento católico, lo publicó en su excelente revista Cruz y Raya, en los números 16-18 de julio y septiembre de 1934.

Es entonces cuando conoce en Madrid a los principales poetas que reunió ese tiempo fecundo de la República Española —Juan Ramón, Machado, García Lorca, Alberti, Cernuda, Aleixandre, León Felipe, Neruda, etcétera. Pero trabó especial amistad con dos de ellos, Aleixandre y Neruda, quienes en gran medida sustituyeron a Sijé en el "alma" del poeta. Y esto fue así hasta tal punto que, de la misma manera que Sijé le influyó ideológica y formalmente, el conocimiento de Pablo Neruda le hizo "convertirse" al comunismo y cambiar la materia de su canto. En el caso de Vicente Aleixandre, le influyó su libro La destrucción o el amor.


II. Ya había viajado a Madrid una primera vez en 1931, pero en aquel momento ni logró hallar trabajo ni conectar con los poetas que ya comenzaba a conocer en libros.

Fue éste, a pesar de ello, un viaje enriquecedor: los poetas de la Generación del 27 festejaron el Centenario de Góngora con abundantes versos, y esto supuso para Miguel Hernández un desafío; un desafío que dio su fruto en un libro de versos, el primero, Perito en lunas, publicado en Murcia en 1933. El libro ha sido menospreciado por la crítica, acusándolo de "deshumanizado conceptismo y huera retórica, vacío de toda emoción y sentimiento", pero tal como apunta Concha Zardoya en su artículo sobre "el mundo poético de Miguel Hernández", se trata de "un asombroso comienzo poético y un prodigio de autosuperación juvenil", porque "cuando Miguel escribía este libro, estaba superando la tragedia del hombre sin cultura que aspira a ella y a las más elevadas formas del arte y del pensamiento". Es un libro repleto de metáforas y de neogongorismos de gran maestría; maneja todas las figuras retóricas con artificio, aunque de vez en vez se le escapen versos "en un lenguaje natural y de expresividad directa".

Su segundo libro de poemas, El rayo que no cesa, ve la luz en Madrid en 1936; se trata del libro que "consagra" definitivamente al poeta como el primero entre los de su generación. Los elogios se suceden, y sólo son acallados por el estallido de la Guerra Civil Española. Algunos de los poemas incluidos en este libro ya fueron ensalzados con anterioridad por varios críticos y poetas, entre ellos Juan Ramón Jiménez, que queda asombrado por la "Elegía a la muerte de Ramón Sijé" y "Seis sonetos desconcertantes", tal como Juan Ramón mismo escribe.

Amor, dolor y muerte son los temas que se reúnen en El rayo que no cesa. Y amor, dolor y muerte son el rayo que no cesa, sinónimos y contrapuestos.

A partir del momento en que da comienzo en España la Guerra Civil, Miguel se une activamente al Frente Popular, y actúa como comisario en varios lugares. Escribe cantidad de poemas-arenga, poemas-grito, poemas-lucha, poemas-épicos, en fin: y en 1937 aparece su Viento del pueblo, que reúne esos versos motivados por la guerra y sus consecuencias primeras. Se convierte de este modo en un poeta que sigue la tradición de cantar a España como problema, pero también abunda su calidad humana y tierna. Veo en estos poemas una humanidad y una rabia a borbotones, entremezclados; veo incontrolados sentimientos escritos, pero sin duda sentimientos.

(El tiempo de guerra es propicio para el teatro, y entre 1936 y 1938 escribe la mayor parte de su producción teatral: El labrador de más aire, Teatro en la guerra y Pastor de la muerte, que junto con el Auto ya citado y las obras Los hijos de la piedra y El torero más valiente componen toda su obra dramática, de la que aquí sólo podemos dar referencia.)

También en plena guerra, entre 1937 y 1939, escribe un poemario más: El hombre acecha. Nos ofrece en él una poesía en la línea que ya conocíamos en Viento del pueblo, pero aquí un tono mucho más triste recorre los versos, con ciertos destellos de esperanza que, a pesar de su taciturnidad íntima, siempre había luchado por aparecer en su poesía; así sucede por ejemplo, en los poemas "Carta" y "El herido", "Llamo a los poetas", "Madre España" y sobre todo en "Canción última"; en cada uno de estos poemas basta considerar los últimos versos para confirmar lo que venimos diciendo.

Finaliza la guerra en marzo de 1939, y Miguel Hernández es apresado y condenado a muerte; se logra conmutarle la pena por treinta años de prisión. Fue trasladado varias veces de cárcel, hasta terminar en la de Alicante, donde moriría. Pero hasta entonces siguió escribiendo. En las cárceles escribe un nuevo libro, al que titula Cancionero y romancero de ausencias, y que no verá la luz hasta después de su muerte.

Cancionero y romancero de ausencias es un libro que debe ser insertado en la más pura tradición de la literatura española. Pero una amargura y dolor profundo pueblan todas las canciones y romances, y desaparecen las imágenes, esa retórica espontánea y rica que le había distinguido: son los poemas de este libro secos pensamientos que brotan desde el dolor, con aliento entrecortado, "por ausencias".

Sus últimos poemas contienen también ese tono amargo del Cancionero, pero hay en ellos mucho de la retórica hernandiana que había sido abandonada en los poemas de aquel libro. Entre sus últimos poemas están algunos de los más conocidos del poeta, sobre todo el dedicado "a su hijo, a raíz de recibir una carta de su mujer, en la que le decía que no comía más que pan y cebolla", y que tituló "Nanas de la cebolla", la canción de cuna más patética que jamás se haya escrito. Sobresalen también los poemas "Hijo de la luz y de la sombra", "A mi hijo", "Vuelo", "Muerte nupcial", "Sepultura de la imaginación", "Ascensión de la escoba" y "Eterna sombra".


III. Miguel Hernández: don, amor, voluntad y lucha. Esto quiero que reflejen estas notas de introducción a una breve antología de sus versos, no sin antes advertir que en el caso de nuestro poeta, toda antología es breve, y debe cumplir la misión de impulsar la lectura de toda su obra, extensa, fecunda y maravillosa.

Es indudable que Miguel poseía don a raudales. Ya lo descubrió Francisco Martínez Corbalán en la entrevista que, por primera vez en su vida, le hizo para Estampa, de Madrid, en 1932. En ella se decía: "el joven Miguel Hernández es despierto, rima con gran facilidad; tiene lo que no se compra, le falta lo que se puede adquirir".

Tuvo prisa por adquirir lo que le faltaba, se ejercitó con maestría en Perito en lunas, pero creemos que su voz principal vino después, cuando por amor, por rabia, por pasión o por lucha, consiguió hacerse popular, hacer pueblo de / con su poesía. Por ello creo que uno de los estudiosos de Miguel, Leopoldo de Luis, ha llegado a decir: "Si la poesía social tuviera que ser reducida a un solo nombre por su autenticidad, tendríamos que limitarnos a escribir: Miguel Hernández".

Y en lo social no se descarta el amor, antes al contrario, es uno de sus elementos principales. El amor es aquí para el poeta motor vital y poético, desde sus primeros poemas hasta los amargos en prisión: su esposa Josefina Manresa, que hoy como siempre vive en su Orihuela natal,* es quizá una de las mujeres más bellas y también más trágicamente cantadas en lengua castellana.

Y, por supuesto, por encima de todo, Miguel es el ejemplo de voluntad humana y poética de mayor leyenda en este siglo. Conocemos un poco de su vida, pero ya que se trata de un poeta, fijémonos bien en su voluntad como poeta: del barroquismo a la sencillez; comenzó culterano en octavas reales para alcanzar culta y llanamente el romance. Y a este propósito, conviene citar a Octavio Paz, quien afirma en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en el Madrid de 1937, que "el romance es el medio de expresión por excelencia del pueblo español", pensamiento que Miguel Hernández, presente en aquella ocasión, compartió y puntualizó de la siguiente manera: "lo importante es la técnica personal del poeta. Lorca renovó, retocó, pulió el viejo romance de Góngora y el Romancero. Le impuso un sello único".

Y en cuanto a su lucha, digamos que se trata de una lógica consecuencia. Con las características que venimos anotando, quién puede dudar de su natural enrolamiento en una causa que siempre creyó justa y de la que, pese a sufrimiento y muerte, nunca se arrepintió.

Así fue que Miguel Hernández alcanzó su plenitud a los 32 años de edad apenas: a penas.

He renunciado a citar versos del poeta en esta nota, pero me permitirán ustedes terminarla con unos de su amigo Jorge Guillén, en parte inspirados por aquel de Quevedo que nos sirvió de pórtico:
 

A Miguel Hernández
 
 
Era el don de sí mismo
con arranque inocente,
la generosidad
por exigencia y pulso
de aquel ser, criatura
de fuego —si no barro,
o ya vidrio con luz que lo traspasa.
Así, de claridades fervoroso,
encuentra fatalmente su aliado
más íntimo, más fiel
en ciertos cuerpos leves.
¡Palabras! Signos muy reveladores
van alumbrando un más allá, descubren
un mundo fresco, gracia.
Este aprendiz perpetuo de las formas,
pretéritas, actuales, ya futuras,
es el fin absorbido
por un grave tumulto
que le arroja al extremo de su dádiva:
Mujer, el hijo, lucha. Lucha atroz,
límite esperanzado.
Genial: amor, poema.
Español: cárcel, muerte.



Ángel Cosmos

 

* Josefina Manresa Marhuenda murió el 19 de febrero de 1987 en Elche, España.

 


 

El silbo de la llaga perfecta



Ábreme, Amor, la puerta
de la llaga perfecta.

Abre, Amor mío, abre
la puerta de mi sangre;

Abre, para que salgan
todas las malas ansias.

Abre, para que huyan
las intenciones turbias.

Abre, para que sean
fuentes puras mis venas,

mis manos cardos mondos,
pozos quietos mis ojos.

Abre, que viene el aire
de tu palabra... ¡Abre!

Abre, Amor, que ya entra...
¡ay!
Que no se salga... ¡Cierra!

(de Silbos)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

I
 

 

Je m'enfonce au mépris
de tant d'azur oiseux.
Valéry



A lo caña silbada de artificio,
rastro, sino evasión, de su suceso,
bajaré contra el peso de mi peso:
simulación de náutico ejercicio.
Bien cercén del azar, bien precipicio,
me desamparará de azul ileso:
no la pita, que tal vez a cercenes
me impida reflejar sierra en mis sienes.

 

(de Perito en Lunas)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI



Subterfugios de luz, lagartos, lista,
encima de la palma que la crea:
invención de colores a la vista,
si transitoria, del azul, pirea.
A la gloria mayor del polvorista,
recta la caña, círculos planea:
todo un curso fugaz de geometría,
principio de su fin, vedado al día.


(de Perito en Lunas)


XIV
 


Blanco narciso por obligación.
Frente a su imagen siempre, espumas pinta,
y en el mineral lado del salón
una idea de mar fulge distinta.
Si no esquileo en campo de jabón,
hace rayas, con gracia, mas sin tinta;
y al fin, con el pulgar en ejercicio,
lo que le sobra anula del oficio.

 

(de Perito en Lunas)


XXV

 

Hay un constante estío de ceniza
para curtir la luna de la era,
más que aquélla caliente que aquél iza,
y más, si menos, oro, duradera.
Una imposible y otra alcanzadiza,
¿hacia cuál de las dos haré carrera?
Oh tú, perito en lunas; que yo sepa
qué luna es de mejor sabor y cepa.

 

(de Perito en Lunas)

 


 

Un carnívoro cuchillo
 


Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.

Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a la aldea.

Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.

¿Adonde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.

Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.

Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.

Sigue, pues, sigue, cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.


(de El rayo que no cesa)

 


Como el toro he nacido para el luto



Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle como un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.


(de El rayo que no cesa)


Elegía


(En Orihuela, su pueblo
y el mío, se me ha muerto
como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería.)


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.


(10 de enero de 1936.)
(de El rayo que no cesa)

 


Sino sangriento



De sangre en sangre vengo,
como el mar de ola en ola,
de color de amapola el alma tengo,
de amapola sin suerte es mi destino,
y llego de amapola en amapola
a dar en la cornada de mi sino.

Criatura hubo que vino
desde la sementera de la nada,
y vino más de una
bajo el designio de una estrella airada
en una turbulenta y mala luna.

Cayó una pincelada
de ensangrentado pie sobre mi herida,
cayó un planeta de azafrán en celo,
cayó una nube roja enfurecida,
cayó un mar malherido, cayó un cielo.

Vine con un dolor de cuchillada,
me esperaba un cuchillo en mi venida,
me dieron a mamar leche de tuera,
zumo de espada loca y homicida,
y al sol el ojo abrí por vez primera
y lo que vi primero era una herida
y una desgracia era.

Me persigue la sangre ávida y fiera,
desde que fui fundado,
y aun antes de que fuera
proferido, empujado
por mi madre a esta tierra codiciosa
que de los pies me tira y del costado,
y cada vez más fuerte, hacia la fosa.

Lucho contra la sangre, me debato
contra tanto zarpazo y tanta vena,
y cada cuerpo que tropiezo y trato
es otro borbotón de sangre, otra cadena.

Aunque leves los dardos de la pena
aumentan las insignias de mi pecho:
en él se dio el amor a la labranza,
y mi alma de barbecho
hondamente ha surcado
de heridas sin remedio mi esperanza
por las ansias de muerte de su arado.

Todas las herramientas en mi acecho:
el hacha me ha dejado
recónditas señales,
las piedras, los deseos y los días
cavaron en mi cuerpo manantiales
que sólo se tragaron las arenas
y las melancolías.

Son cada vez más grandes las cadenas,
son cada vez más grandes las serpientes,
más grandes y más cruel su poderío,
más grandes sus anillos envolventes,
más grande el corazón, más grande el mío.

En su alcoba poblada de vacío
donde sólo concurren las visitas,
el picotazo y el color de un cuervo,
un manojo de cartas y pasiones escritas,
un puñado de sangre y una muerte conservo.

¡Ay sangre fulminante,
ay trepadora púrpura rugiente,
sentencia a todas horas resonante
bajo el yunque sufrido de mi frente!

La sangre me ha parido y me ha hecho preso,
la sangre me reduce y me agiganta,
un edificio soy de sangre y yeso
que se derriba él mismo y se levanta
sobre andamios de huesos.

Un albañil de sangre, muerto y rojo,
llueve y cuelga su blusa cada día
en los alrededores de mi ojo,
y cada noche con el alma mía
y hasta con las pestañas lo recojo.

Crece la sangre, agranda
la expansión de sus frondas en mi pecho
que álamo desbordante se desmanda
y en varios torvos ríos cae deshecho.

Me veo de repente
envuelto en sus coléricos raudales,
y nado contra todos desesperadamente
como contra un fatal torrente de puñales.

Me arrastra encarnizada su corriente,
me despedaza, me hunde, me atropella,
quiero apartarme de ella a manotazos,
y se me van los brazos detrás de ella,
y se me van las ansias en los brazos.

Me dejaré arrastrar hecho pedazos,
ya que así se lo ordenan a mi vida
la sangre y su marea,
los cuerpos y mi estrella ensangrentada.

Seré una sola y dilatada herida
hasta que dilatadamente sea
un cadáver de espuma: viento y nada.


(de Otros poemas)

 


El sudor


En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado
un voraz oleaje.

Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.

Hijo de movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.

Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.

Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.

El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.

Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.

Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.

Entregad al trabajo, compañeros, las fuentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.



(de Viento del pueblo)


Canción del esposo soldado
 


He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y altos ojos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hasta mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siéntame en la trinchera;
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
 

 

(de Viento del pueblo)

 


Llamo a los poetas
 

 

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo soy, por qué soy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.
Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.
Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.

Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico; sentémonos al pie
de su herida, del chorro asesinado
que quiero contener como si fuera mío
y salta y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes al trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el viento y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.
 
(de El hombre acecha)
 

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Canción última



Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa,
con su ruinosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

 

(de El hombre acecha)

 


El cementerio está cerca



El cementerio está cerca
de donde tú y yo dormimos,
entre nopales azules,
pitas azules y niños
que gritan vívidamente
si un muerto nubla el camino.

De aquí al cementerio, todo
es azul, dorado, límpido.
Cuatro pasos y los muertos.
Cuatro pasos y los vivos.

Límpido, azul y dorado,
se hace allí remoto el hijo.

 

(de Cancionero y romancero de ausencias)

 


Cogedeme, cogedme



Cogedme, cogedme.
Dejadme, dejadme.

Fieras, hombres, sombras.
Soles, flores, mares.
Cogedme.

Dejadme.

(de Cancionero y romancero de ausencias)


La vejez en los pueblos

 

(Guerra)

 

La vejez en los pueblos.
El corazón sin dueño.
El amor sin objeto.
La hierba, el polvo, el cuervo.
¿Y la juventud?

En el ataúd.

El árbol solo y seco.
La mujer como un leño
de viudez sobre el lecho.
El odio sin remedio.
¿Y la juventud?

En el ataúd.

 

(de Cancionero y romancero de ausencias)


Antes del odio



Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y yo abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Espesura, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más solo
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión:
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy, siénteme libre.
Sólo por amor.

 

(de Cancionero y romancero de ausencias)

 

 


Aunque tú no estás



Aunque tú no estás, mis ojos
de ti, de todo, están llenos.
No has nacido sólo a un alba,
sólo a un ocaso no he muerto.
El mundo lleno de ti
y nutrido el cementerio
de mí, por todas las cosas,
de los dos, por todo el pueblo.
En las calles voy dejando
algo que voy recogiendo:
pedazos de vida mía
perdidos desde muy lejos.
Libre soy en la agonía
y encarcelado me veo
en los radiantes umbrales,
radiantes de nacimientos.
Todo está lleno de mí:
de algo que es tuyo y recuerdo
perdido, pero encontrado
alguna vez, algún tiempo.

Tiempo que se queda atrás
decididamente negro,
indeleblemente rojo,
dorado sobre tu cuerpo.
Todo está lleno de ti
traspasado de tu pelo:
de algo que no he conseguido
y que busco entre tus huesos.

 

(de Cancionero y romancero de ausencias)

 

 


A mi hijo


Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío,
abiertos ante el cielo como dos golondrinas:
su color coronado de junios, ya es rocío
alejándose a ciertas regiones matutinas.

Hoy, que es un día como bajo la tierra, oscuro,
como bajo la tierra, lluvioso, despoblado,
con la humedad sin sol de mi cuerpo futuro,
como bajo la tierra quiero haberte enterrado.

Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas,
al fuego arrebatas de tus ojos solares:
se precipita octubre contra nuestras ventanas
diste paso al otoño y anocheció los mares.

Te ha devorado el sol, rival único y hondo
y la remota sombra que te lanzó encendido;
te empuja (un ahogo) llevándote hasta el fondo,
tragándote; y es como si no hubieras nacido.

Diez meses en la luz, redondeando el cielo,
sol muerto, anochecido, sepultado, eclipsado.
Sin (pasar) por el día que marchitó tu pelo;
atardeció tu carne con el alba en un lado.

El pájaro pregunta por ti, cuerpo al oriente,
carne naciente al alba y al júbilo precisa,
niño que sólo supo reír tan largamente
que sólo ciertas flores mueren con tu sonrisa.

Ausente, ausente, ausente como la golondrina
ave estival que esquiva viril al pie del hielo:
golondrina que a poco de abrir la pluma fina,
naufraga en las tijeras enemigas del vuelo.

Flor que no fue capaz de endurecer los dientes,
de llegar al más leve signo de la fiereza.
Vida como una hoja de labios incipientes,
hoja que se desliza cuando a sonar empieza.

Los consejos del mar de nada te han valido...
vengo de dar a un tierno sol, una puñalada,
de enterrar un pedazo de pan en el olvido,
de echar sobre unos ojos un puñado de nada.

Verde, rojo, moreno; verde, azul y dorado:
los latentes colores de la vida, los huertos,
el centro de las flores a tus pies destinado,
de oscuros negros tristes, de graves blancos yertos.

Mujer arrinconada: mira que ya es el día,
(ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada)
pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mía,
la noche continúa cayendo desolada.
 
(de Últimos poemas)

 


Vuelo



Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que dan cierto coraje.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otro como el granizo grave.

Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.

Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.

Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de debatirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.

Cada ciudad, dormida, despierta, loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

 

(de Últimos poemas)

 


Muerte nupcial
 



El lecho, aquella hierba de ayer y de mañana:
este lienzo de ahora sobre madera aún verde,
flota como la hierba, se sume en la besana
donde el deseo encuentra los ojos y los pierde.

Pasar por unos ojos como por un desierto:
como por dos ciudades que ni un amor contienen.
Mirada que va y vuelve sin haber descubierto
el corazón a nadie, que todos la enarenen.

Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos.
Se descubrieron mudos entre las dos miradas.
Sentimos recorrernos un palomar de arrullos
y un grupo de arrebatos de alas arrebatadas.

Cuando más se miraban más se hallaban: más hondos
se veían, más lejos, más en uno fundidos.
El corazón se puso, y el mundo, más redondos.
Atravesaba el lecho la patria de los nidos.

Entonces, el anhelo creciente, la distancia
que va de hueso a hueso recorrida y unida,
al aspirar del todo la imperiosa fragancia,
proyectamos los cuerpos más allá de la vida.

Expiramos del todo. ¡Qué absoluto portento!
¡Qué total fue la dicha de mirarse abrazados,
desplegados los ojos hacia arriba un momento,
y al momento hacia abajo con los ojos plegados!

Pero no moriremos. Fue tan cálidamente
consumada la vida como el sol, su mirada.
No es posible perdernos. Somos plena simiente.
Y la muerte ha quedado, con los dos, fecundada.

 

(de Últimos poemas)


 

Sepultura de la imaginación


Un albañil quería... No le faltaba aliento.
Un albañil quería, piedra tras piedra, muro
tras muro, levantar una imagen al viento
desencadenador en el futuro.

Quería un edificio capaz de lo más leve.
No le faltaba aliento. ¡Cuánto aquel ser quería!
Piedras de plumas, mares de pájaros los mueve
una imaginación al mediodía.

Reía. Trabajaba. Cantaba. De sus brazos,
con un poder más alto que el ala de los truenos,
iban brotando muros lo mismo que aletazos.
Pero los aletazos duran menos.

Al fin, era la piedra su agente. Y la montaña
tiene valor de vuelo si es totalmente activa.
Piedra por piedra es peso y hunde cuanto acompaña
aunque esto sea un mundo de ansia viva.

Un albañil quería... Pero la piedra cobra
su torva densidad brutal en un momento.
Aquel hombre labraba su cárcel. Y en su obra
fueron precipitados él y el viento.

(de Últimos poemas)

 


Ascensión de la escoba



Coronada la escoba de laurel, mirto, rosa,
es el héroe entre aquellos que afrontan la basura.
Para librar del polvo sin vuelo cada cosa
bajó, porque era palma y azul, desde la altura.
Su ardor de espada joven y alegre no reposa.
Delgada de ansiedad, pureza, sol, bravura,
azucena que barre sobre la misma fosa,
es cada vez más alta, más cálida, más pura.

¡Nunca! La escoba nunca será crucificada.
Y ante su aliento raudo se ausenta el polvo quieto,
y asciende una palmera, columna hacia la aurora.



(de Últimos poemas)

 


Nanas de la cebolla

(Dedicadas a su hijo a raíz de
recibir una carta de su mujer en
la que le decía que no comía más
que pan y cebolla)



La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pones alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela, niño, en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.



(de Últimos poemas)


Eterna sombra
 



Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto,
dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,
por donde va tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

 


(de Últimos poemas)