Manuel Ponce



Prólogo de
Javier Sicilia

Selección de
Jorge González
de León
y Javier Sicilia



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Prólogo

La condición espiritual y
Manuel Ponce

 

¿Se puede hablar hoy en día de espiritualidad? Los cristianos podemos imaginar aún que existe una enseñanza que la tradición preserva en medio de una historia desgarrada. Al volver la mirada nos encontramos con Jesús o San Francisco y entonces reconocemos que el espíritu está en la tierra. Sí, es el amor de aquellos hombres el que lo revela y, delante de sus enseñanzas, es posible volver a recuperar la certeza de un mundo fraterno.

Se necesita tiempo para saber que esas mismas enseñanzas se pueden encontrar vivas en medio de la confusión de nuestra época. No es que el espíritu haya desertado de nosotros sino que en la actitud de los hombres ya no hay la disposición generosa para estrecharse amorosamente al mundo y escuchar la voz de Dios en el rumor del agua o en el perfume barato de una prostituta. Actualmente los hombres más espirituales toleran cierta racionalidad que los angustia; los más contemplativos, una duda. En las profundidades religiosas de Muerte sin fin de Gorostiza o de Los cuartetos de Eliot la poesía se debate en un intento desgarrado por acceder a Dios. Demasiada racionalidad termina por encadenarla a una lógica que le impide ascender. Es que nosotros ya no sabemos nada de la sencillez que se declara a través del amor; ya no queremos mirar la desnudez que nace de la presencia de lo cercano, abstraídos solamente en las grandes ideas y en las grandes empresas. Gustamos más de la abstracción y dejamos a un lado la concreción de un mundo sencillo y pleno de amor para terminar por hacer de él una evidencia vulgar. Sin embargo, para ciertos espíritus religiosos como el de San Francisco o actualmente el de Teresa de Calculta, la razón y las grandes ideas no cuentan para nada. Lo importante para ellos es esta vida que en su fondo declara por la sencillez. Nada de un mañana. El amor está aquí y redime al mundo, lo reintegra a una espiritualidad perenne.

Pero nuestros contemporáneos no ven en aquellos hombres más que ingenuidad. Si se trata de Teresa de Calcuta se le tolera por cierta consideración a la inocencia de los buenos sentimientos; si es otro, precisamente alguien que no ha sido consagrado por las instituciones o por los aparatos publicitarios, se le concede un lugar entre los anónimos y los ingenuos de su época. Éste es el caso de Manuel Ponce (Michoacán, 1914).*

Muy pocos conocen su obra. Tal vez algunos asocien su nombre con el del sacerdote que oficia los domingos en una parroquia de la colonia Roma. Pero, leer su obra es casi un triunfo, excluida de antologías como Poesía en movimiento (por no considerarla moderna); editada casi toda en una editorial que goza de cierto prestigio reaccionario; fuera de circulación en librerías (es prácticamente imposible encontrar un libro suyo), la obra de Ponce, a no ser por la antología que hizo Gabriel Zaid en 1980 para el Fondo de Cultura Económica, sería un fantasma. Pero, los fantasmas, cuando son de la calidad de Ponce descubren como San Francisco o la Madre Teresa de Calcuta que la espiritualidad no necesita de lo lejano. Se le encuentra aquí, en esta carne y en este universo y tiene el rostro de la nimiedad. "No tiembla la hoja de un árbol si no es por la voluntad del Padre", dicen los Evangelios. Ponce lo sabe y su poesía aparece como el vivo reflejo de esa enseñanza. Atento a ese gesto se inclina sobre el mundo y descubre que el espíritu se ha encarnado en esta tierra.

Desde su primer libro-plaquet, Ciclo de vírgenes (1940), Ponce vuelve a aquella antigua espiritualidad franciscana y recobra la experiencia del cuerpo para sentir y hablar de Dios. Sus vírgenes no son entes teológicos, ni abstracciones cargadas de una pureza sobrehumana, sino muchachas de carne y hueso que "...arrastran una sombra / habitan una sombra. / No podían / arrastrar otra cosa", y que incluso cuando caen llevadas por la fascinación del pecado no dejan de revelar ese gesto profundo de un Dios que permanece:

Corría ya
Se deslizaba por el ventisco
glaciar abajo,
lanzada,
pero guardando el equilibrio
Siempre reflujo abajo,
más aprisa, siempre en vuelo, casi en vilo.

Tú, acelerabas, vértigo;
acelerabas tú racha de siglos.
¡Dios mío!
¿Acelerabas
tú mismo?

Es por ello que concuerdo con Zaid cuando dice que la obra de Ponce desde Ciclo de vírgenes, hasta Elegías y Teofanías (1968) (última obra hasta ahora publicada),** pasando por Cuadragenario y segunda pasión, Misterios para cantar bajo los álamos (1947) y Cristo y María (1962), podían reunirse bajo el título de El jardín increíble, primera obra de Ponce que aparece como libro propiamente dicho. Como San Francisco que declara que este mundo es fraterno y se estrecha igual a un hombre que a una piedra para reconocerlos hermanos, Ponce descubre, en el menor filamento de la materia, la vida y su cuerpo se regocija. Apenas mira este mundo, su cuerpo se estremece en un éxtasis que dice a través de sus poemas: si Dios es un jardín real e increíble como lo es toda realidad que se toca en su más extrema elementalidad; la materia y la vida no son sino la presencia y la permanencia de este jardín. El amor hace florecer esa realidad y la vuelve increíble. El cuerpo del hombre llevado hasta su más elemental y generosa desnudez es ese sitio por el que la realidad revela la presencia del jardín. En el cuerpo tocado por el amor, la realidad, la vida y la muerte se vuelven una, se vuelven Dios, y los opuestos se reconcilian. Dios es la virgen caída, es la mariposa y el capullo, la tierra, "la desaparición final" de un hombre, "la estrella que nos hiende con sus agujas", "la plata fugaz" y "el líquido gorjeo / del agua que musita por la hondura" o "un puñado de gaviotas" que se convierten en "amor" El amor revela al mundo e inmediatamente lo puebla de Espíritu, lo llena de realidad, de una realidad increíble. A través de él todo lo que se ve, todo lo que se experimenta, todo lo breve y pequeño se vuelve profundo y trascendente. El amor alimenta al mundo y este mundo con su materia y su cuerpo alimenta al amor. El jardín es el mundo y el mundo es la presencia inextinguible de un Dios que nos habla y nos acoge. Como en las últimas líneas del poema "retiro espiritual en el Pedregal de San Ángel": "Y vi salir la luz, como Tú sales / y todo sonreír, como Tú sueles / esta mañana tierna de pirules". No hay nada extraordinario en la mirada de Ponce, únicamente una sencillez delgada y profunda que se ha decidido por la grandeza de esta tierra y de esta vida. Esa mirada ha nacido de la propia tierra. El cristianismo ha sido su semilla, pero la tierra su madre. En esta tierra, donde la enseñanza de Ponce es más que poesía, descubro una actitud que me habla de un Dios demasiado simple y corpóreo. En este sitio y bajo este canto la tierra vuelve a su insondable desnudez, donde Dios tiene los ojos de las piedras y de los hombres, y donde la carne reconoce la grandeza de su espíritu y de su resurrección. Si el espíritu vive, si, como mi fe me lo enseña, hay una resurrección, ésta no está en las grandes ideas; surge, en todo caso, de un amor secreto y mudo que ha aprendido a trascender la corruptibilidad de un cuerpo que desdeña esta vida. Sólo el amor (o la verdad, es lo mismo), dice San Juan, os hará libres y esto es hablar de la perennidad que hay en lo cotidiano, simple y pequeño como el paso breve y silencioso de las hormigas que nuestros ojos desdeñan.


Javier Sicilia

* Manuel Ponce murió el 5 de febrero de 1994. (N. del E.)
** Manuel Ponce escribió, entre otras obras, Quadragenario y segunda pasión (1942), Misterios para cantar bajo los álamos (1946), El jardín increíble (1950), Cristo y Maríam (1962), Antología poética (1980) y Poesías, 1940-1984 (1988).

 


Prólogo, a las puertas del paraíso

 

—La promesa—

El prólogo de las Vírgenes
se terminó en una noche.

Dios, sin tinta ni papel,
le dió cuerpo cimbreante de voces,
y todos sus caracteres
de fuego tres veces joven
quedaron en la serpiente
y dos malogrados dioses.

Porque podéis, si queréis,
comprender, aguas salobres,
repasad, a los principios,
el cómo, el cuándo y el dónde.

 


Las vírgenes del sueño

Las vírgenes arrastran una sombra,
habitan una sombra. No podrían
arrastrar otra cosa.

Las vírgenes sin esclavinas
llevan contorno de fluidos,
galvanizada sombra.

Pero ya nimbo, sombra misma,
la sombra de su sombra:
cosa limpia.

* * *

Pasan de vez en cuando,
tangentes de la rosa y el querube,
por un relieve de celistias.
Medrosas
de hacer hasta en el aire heridas.
Etéreas,
espíceas,
apacentando greyes de neblinas.

Otro es el sol. Ese gran sol de luz de seda
apresante de redes inconsútiles.
Otra es la flor. Esa flor imantada
sin tallos y sin clorofilas.

Iguales son las horas,
y la clepsidra es otra.

* * *

Aunque ciegos, ¡miradlas!
Todos los ojos tienen telarañas,
pero las adivinan.

 


Las vírgenes caídas

 

A su primer suspiro,
nadie tendió la mano;
sólo el abismo.

Después mil brazos
corrieron al auxilio,
pero ya entonces
ella no quiso.

Corría ya.
Se deslizaba por el ventisco
glaciar abajo,
lanzada,
pero guardando el equilibrio.
Siempre reflujo abajo,
más aprisa, siempre en vuelo, casi en vilo.

Tú acelerabas, vértigo;
acelerabas tú, racha de siglos.
¡Dios mío!
¿Acelerabas
tú mismo?

Quillas contra el viento
sus mellizos,
cabellera de relámpago asido.

¡Miradla!

La miraban. Un sólo guiño
de los oscuros lobos
le despojó el vestido.
Allá quedó,
jirones, el armiño.

Lo demás,
siguió, se fue en un grito.
No el suyo.
Más no digo.

(De Ciclo de vírgenes)

 


En el huerto

 

Hora en redondo
pendular de lo alto,
luna
de su hora de estaño.

Hecha de filtros, hazte
luna de nardos,
en los enervamientos
de su nombre olvidado.

Hecha de crismas, hazte,
luna pan Ácimo
píxide agónico
de su agónico labio.

Tú que bañas la hirsuta
cabellera del árbol,
y prohibidos senos
de la noche lacios.

Unge su cabellera,
en rememoración
del vaso
difuso, de alabastro.

 


Equiflujo


"...en el insomne olivo de Nizán"

I

Este dolor no es mío.
Remotamente, como
crepuscular navío.

Me llega de un oriente
calizo de trasmundos
a la hora presente.

En mi duna se esconde
y en mi dolor se acuna.
Dolor ¿de quién y dónde?

Carga oliente de ruinas
esenciales de musgos
y enmigrantes morfinas.

Grano a grano en la boca
destilada laceria
que respiro y sofoca.

Dolor tuyo, no mío,
que no es, sino fue:
hoy errante navío.

II

Brocal, si alguna vez estuvo Él,
gustando a sorbos lentos la quietud,
e izada el asta del silencio, di:

Si de los bordes de tu vaso pétreo,
entonces Él, tal como ahora yo,
desligó sus miradas a tu fondo.

En donde las estrellas fidedignas,
hiriente el frío de la irrealidad,
mienten reos de azules calabozos.

Si desdobló su imagen y se vio,
cielo abajo imprevisto,
aherrojado en túmidos infiernos.

Y sorprendió sus ojos en el agua,
¡oh contracielos hipostáticos!
y el agua de sus ojos a sus ojos.

En su ser de unidad, descuartizado
y hecha añicos su clara hegemonía
como afinado vaso de cristal.

Y halló su nuevo género de muerte,
asido de tu cruz desde lo alto,
la nueva hiel de su visión amarga.

Si entonces Él, tal como ahora yo.
Si esta muerte que bordo en el vacío,
mientras la flor del agua tensa ríe…

 

(De Quadragenario y segunda pasión)

 


La anunciación

 

¿Qué más puro ruiseñor
hace cuerdas de armonía
de la piel de noche fría,
como el ángel del Señor
cuando pronuncia: "María"…?

 


El nacimiento del señor

 

Ángeles en un pesebre,
como estrellas en el mar,
van diciendo este cantar:
"Joya del divino orfebre
perdida en un muladar".

 


La oración en el huerto

 

Tal claror y tal amor,
tanta luna y tanto olivo,
tanto cielo fugitivo,
tanto mundo corredor
y tu corazón, cautivo.

 


Camino del calvario

 

Los mástiles inclinados
en mar de naves y linos,
surcando sus pies marinos;
huellas de sus pies sagrados
¡qué peces de los caminos!

 


La resurrección

 

Vuelva la muerte a su fosa
después que en la sombra inerte,
luchando en lid silenciosa,
rompió capullos de muerte
invencible mariposa.

 


La venida del espíritu santo


Amor, no te conocía,
ni tampoco te creía,
hasta que tu fuego, amén,
me ha consumido recién,
¡y quién sabe todavía!

 


La anunciación

 

Lirios, lauros, espumas,
aires, llamas, aromas,
peces, cristales, palomas
llaman abriles: ¡María!

 


La coronación de espinas

 

Cuando nace una espina
todo lo hiere:
aires, jardines
y sienes.

 


La resurrección


Vengan, barcas de oriente,
vengas, niñas auroras
ven, oh muerte,
vengan a ver la losa

 


La purificación

 

¡Qué piscinas de incienso!
¡Qué espumas de las brasas
mojaban azucenas!

 


La flagelación

 

No está lejano el día
en que me siembren surcos de claveles.

 


La ascensión

 

Mirando desde arriba,
de pedro no se ve
sino la roca viva.

 


La venida del espíritu santo

 

Con el vino de amor
todos se hicieron lenguas.

 


La coronación

 

Madre mía; también hay en mi frente
una vieja nostalgia de coronas.

 


En las siete columnas se detiene
un solo cielo de sabiduría
y en las siete virtudes sólo existe
un solo amor, un solo amor sin tacha.

Tú, rosa, en tu viril lo manifiestas
aunque te pares en un pie dudoso;
tú, cedro, lo sostienes en un asta
y lo destilas en humilde sombra.

Luego existe el amor, Ave María,
en la ventana oscura de los hombres
que al temblar una brisa pasajera
se abren de pronto a recobrar su cielo

Luego existe una espera sin fatiga
sobre la lentitud de ciertas horas
y una manera de llorar con gracia
ante la inanidad de lo perdido.

Luego existe la luz, la melodía,
la inalcanzable sucesión del viento
y ese viaje tan largo de los ríos
para decir nomás: he aquí tu esclava.

 

(De Misterios para cantar bajo los álamos)

 


Qué taller...

 

¡Qué taller
del Pintor
de Belén!

El alma
de los hombres
¡qué mural!

En sus dedos
de luna
¡qué pincel!

Restaurar
el rostro
divinal:

¡Qué labor
del Pintor
de Belén!

 


Ojos de Cristo

 

Ojos de Cristo hablando con los míos,
de miradas que fluyen como ríos,
para que los remonten mis navíos.

Ojos, en donde sin estudio, leo
lo que mejor conviene a mi deseo:
ojos que ven por mí lo que no veo.

Ojos, que por señales convenidas,
son promesas, halagos, bienvenidas
y escape de mis ansias contenidas.

Ojos inevitables y presentes,
que acuden a divinos expedientes
para que no los juzgue indiferentes.

Ojos que me penetran como espadas
y, si corro por sendas extraviadas,
me mueven una guerra de miradas.

Ojos que si sucumbo en la contienda,
son a mis daños: vino, aceite y venda,
buenos samaritanos de mi senda.

Ojos que, centinelas apostados,
por mi descuido viven con cuidados
y por su compasión, disimulados.

Porque no quiero daros más enojos,
¡romped, ojos de Cristo, mis cerrojos!
pues me lleváis el alma tras los ojos.

 


Gratia plena

 

Dios te salve, María
—di más—, de gracia llena;
un tiempo de azucena
eternidad ansia.

Mía la gracia; mía
gratia plena, agua buena
al corazón en pena
sumido. —Todavía

di más—. Dios va con ella,
maravilla del prado
y de la noche estrella.

—Di más—. Ya no hay doncella,
ni camino no andado
que no tenga su huella.

 


Misterial de gozo

 

La soledad es mundo que germina,
el agua es una estrella solitaria,
y una perla en su nido, no disuelta,
ejerce imperios dulces y lejanos.

Por eso me detengo, Ave María,
como la noche ciega se prolonga
hasta que puede precisar la vaga
fisonomía de su amor redondo.

Mi amor es un puñado de gaviotas,
siervas de Dios y vírgenes falaces,
de inaccesibles rocas desgajándose,
que vienen a lamer mares airosos.

Hay tanto que nos une y nos disuelve
y tanto que nos llama retirándose,
que sentarse a la sombra de la dicha
es resignarse a mínimas entregas.

Hay una playa de uniformes lirios,
un mar muy lejos de serenas músicas,
unos pies nunca vistos, y un velero
que deja sangre de paloma herida.

 


Bendita tú entre las mujeres

—Virgen y Madre—

Dadle a la Flor por bella cuanto quiso
de luz, si de la luz se hizo rosa,
y dadle lo mejor de cada cosa
para ser rosa, si le es preciso.

Tal candor a su ser es compromiso,
que de aromas celestes se desposa;
y por hacerla suya y más preciosa
¿Dios le arrebatará su paraíso?

Y si la más altiva providencia,
aromando el jardín de lo absoluto,
nos dio flor y mujer en una esencia:

¡Eximidla, mortales, del tributo!
y dejad a la flor por excelencia,
sin dejar de ser flor, que dé su fruto.

 


Y bendito el fruto de tu vientre

—Maternidad divina, Maternidad espiritual—

Amor, que de sus bienes hace gala
y su medida es no medir favores,
a quien hizo merced de sus amores
en consiguientes dones le regala.

Contigo pudo en superior escala,
darte la flor y su vergel de flores,
darte la gracia y darte admiradores,
darte la estrella y su estrellada sala.

El fruto de tu vientre fue bendito
y se colmaron todos los anhelos:
mas no quedó a la causa circunscrito.

Y arrastras al aroma de tus vuelos,
con tu Hijo, pastor de lo infinito,
las dos terceras partes de los cielos.

 


11

 

Terrible, poderosa,
como el agua dinámica.
El agua que despierta
de sus sueños de hada
y repentinamente
su timbre de voz cambia.

Eres Tú la tormenta
de Dios y la borrasca.

El rayo de los cielos
en un cabello arrancas.

Al abismo se arrojan
los vientos en manada.

Tocas el hondo piélago,
y sus nervios estallan.

Naufraga la galera
herética y pirata.

De superiores diques
inclinas la balanza.

Endurecidos montes
su corazón ablandan.

Tus cuentas de granizo
flagelan sus espaldas.

Se doblegan los pinos
de testas coronadas.

En sesión borrascosa
aprueban tu palabra.

Las furias del torrente
desbordan de su jaula.

Y cuando pacificas
la destructora máquina,
al fondo de los cielos,
como la luna impávida,
te sigue con estrellas
la noche a tus espaldas.

 

(De Cristo y María)

 


¡Ay muerte más florida!

 

1

Nos ha traído una lengua lejana
a este puro silencio de bosque partido,
en el canto de ayer que se delata en nido,
en el silente nido que cantará mañana.

Callamos por la luz que se rebana,
por la hoja que se ha distraído
y cae. Yo estoy herido
de muerte, una muerte venial y liviana.

Cuelga en la luz, cuelga en la rama vencida,
en cuevas perfumadas se despeña,
y en dondequiera pienso y amo, me provoca.

¡Ay, ninfa descarnada! ¡Ay, muerte más florida!
Se prende una rosa, se prende una tarde pequeña
en el risueño plantel de su boca.

2

Entre dos continentes amarillos
y una marcha de perlas hacia dentro,
asomaba su prístina palabra
como semilla de su limpio mundo.

De sus labios colgaban los jardines,
gozosos de su alegre despedida,
y envueltos en su túnica sonora,
desflecaba los iris de su lengua.

¡Oh muerte, paraíso doloroso,
en tu mercadería de perfumes
anda luzbel de simple mariposa!

Pero en tus sienes, que las horas hacen
urna depositaría de sus mieles,
no tejeré ni una sola frase.

3

Después, cuando la sangre se gloríe
de haber ensortijado fieramente
millares de kilómetros febriles
en el pequeño huso de la estatua

y, rito silencioso el olvido,
trace por último su atenta firma,
para la identidad de la materia,
botín de pajarillos seculares:

reducirás a polvo el argumento
que tuve para hollar con pies altivos
los dorados insectos de la tierra.

Pero mientras ocurren los narcisos
a cegarme la fuente de los sueños,
tu enigma es floreciente margarita.

 


Y en pos de ti

 

Inescrutable y puro,
por hallarte de veras,
¡oh Señor! ando en busca
de tus afinidades.

De no verte se sigue,
oh Señor, no buscarte;
me supongo a tu sombra
sin más indagaciones.

Ese valle da paños
verdes que pisan simples
animales, nacidos
en ello. ¿No eras Tú?

Esa voz deslizada
que pregona entre orillas
una finalidad
sonriente. ¿No eras Tú?

En los campos. Empero,
en las ciudades, hechas
de puro afán caduco
y llanto. ¿No eras Tú?

Allí donde agoniza
en un vaso funesto
la formalidad última
de la flor. ¿No eras Tú?

Donde apenas se salve
la esencia de tu rostro,
la noción de tu risa
delicada… Te busco.

 


Carpe Diem

 

Antes de que la vida se consuma
sumando en islas de verdor los años,
contad uno por uno sus escaños:
porque el tiempo nomás es una suma.

Antes de que la rosa infiel asuma
descoloridos síntomas extraños,
lo efímero gozad de sus engaños:
porque la rosa es nada más espuma.

Gozad el curso de la edad ligera:
porque la juventud es una ola
que nos induce a la glacial ribera.

Y antes de que marchite su corola,
con risas acatad la primavera:
porque la primavera es una y sola.

 


Cuna y sepulcro en un botón hallaron

 

Lleno de soledad y aburrimiento,
procuro consolarme con tu vista,
y toma el sueño su segura pista,
acostumbrado a cabalgar el viento.

No precisa ningún descubrimiento
para correr en pos de tu conquista:
bástame al intentarlo que me asista
un ligero temblor del pensamiento.

Surco entonces etapas de rocío,
iluminadas a uno y otro bando
por soles raros de calor y frío.

Y cuando estoy los límites tocando,
imperceptiblemente me desvío,
y me hallo solo, triste y meditando.

 


A una bondad relativa

 

Yo bendigo al Señor porque te hizo
aproximadamente dulce y bella:
en cuanto pudo te acercó a la estrella
para que recibieras su bautizo.

Yo bendigo al Señor por el hechizo
que recatadamente se destella
de tu barco mortal, por esa huella
de eternidad sobre tu ser huidizo.

Y lo bendigo con la certidumbre
de que tu gracia es nada más probable,
amenazada de inminente herrumbre.

Y aunque carezca de razón tu hechizo
sólo por un imperativo amable,
yo bendigo al Señor porque te hizo.

 


La siesta de la rosa

 

¡Pobre de mí, que sé lo que es la rosa,
éxtasis en los páramos del día:
lo que es la llama, pero llama fría,
lo que más huye cuanto más se acosa!

Siempre que surjan vidas de la fosa
y se repueble la melancolía
de nuevos ángeles de poesía,
la rosa es la culpable, por hermosa.

Todo en la vida es rosa, ser extraño
que no parece que nos hace daño
y toca en lo más hondo de la llaga.

Todo en la vida es rosa, si es dudosa,
hasta la muerte cuando nos amaga:
sólo la rosa no es mentira, es rosa.

 


Romance a lo divino

 

Con el libro en la mano
Te amo.

Con las hojas abiertas
Te amo.

Y los ojos cerrados
Te amo.

Con el sol del quinqué
Te amo.

Y el bosque de la radio
Te amo.

Me sabes a pacíficas
tormentas.

A palomas en fórmulas
abstractas.

¡Te amo en superficies
tan hondas!

En láminas tan finas
de sangre.

Amador de oficina,
Te amo.

Marino de agua dulce,
Te amo.

Continental y náufrago
Te amo.

 


L'amor che move il sol e l'altre stelle

 

En tus palabras de suave lira,
en tu torre de gracia y homenaje,
vengo a tomar novel aprendizaje,
porque mi yo diferenciado expira.

Mientras me acerco más a tu mentira
y a su prisión de rosa sin ultraje,
más circunscrita de su ardiente viaje
verdad de abeja eternamente gira.

(Esto lo sabe el ruiseñor oculto
y la luna que piensa ruiseñores
en donde sólo hay soledad vacía.

Lo sabe el pez medianamente culto,
y todo aquel que feneció de amores:
yo lo aprendí por inducción del día).

 


Santa simplicidad

 

Ese mar del olvido
de quien opinas favorablemente,

esa tela de araña
que viste nuestros más puros deseos,

esa urna flotante
donde nadan tus sueños de colores,

esa indecisa línea
de sangre blanca tras heridas barcas,

este lunes, mañana
y el hecho histórico de aquel suspiro,

lo temporal y eterno
de la simplicidad, aquí lo pongo.

 


Ifigenia fue arrebatada
de la zarza ardiente

 

Verte para quererte
es a poder quererte sin mirarte,
como poder hallarte
quebrada en los espejos de la muerte.

Callar y bendecirte

es a tender un puente de llorarte,
como saber fijarte
en las orillas diáfanas de huirte.

Cantar y disolverte
es a romper el hilo de alargarte,
como erguirte, afinarte
en sus violines áridos la muerte.

Por eso vengo a verte
entre los laberintos de olvidarte,
de todo despojarte,
menos de la delicia de perderte.

Pensar que has de morirte,
tras de mi pensamiento eternizarte,
arder, no consumirte,
siempre que yo no muera de pensarte.

 


Aquel blando zumbido

 

Oír el fragmentario galanteo
de las aves que habitan la espesura,
sonar el viento en una partitura
que cede blandamente a su deseo.

Plata fugaz y líquido gorjeo
del agua que musita por la hondura
imitaciones de una risa oscura
y de humanada voz en escarceo.

Oír después aquello que persigo,
un oculto sonido más perfecto,
que se produce cuando no hay testigo.

Lo que tienen las voces de indirecto,
una voz que no deja de ir conmigo
cantando entre la causa y el efecto.

 


Teoría de lo efímero

 

Todos ellos, tan puros vegetales,
dichosos en su condición de árbol,
tocan la perfección de la delicia
al quedar cimentados en suspiros.

Han erigido la verdad más simple,
siempre inclinada por el lado verde,
sumergiendo probables contingencias
en la profundidad de su ternura.

Siendo, creciendo de su fértil nada,
por graderías, albas lentitudes,
sobre los ojos de hombres ocultos,
sobre venas de fuentes desdichadas.

Siendo, creciendo, no según los años,
sino conforme a savias sostenidas,
augurios verticales que se irguieron
llenos de fe bajo imanes celestes.

Genios del barro, manos respirables
del jardín, a vosotros me refiero,
y entre la multitud de mis palabras
hay esta joya: vedme con vosotros.

Os llevo por los cielos más difíciles
a la espuma rizada de las cosas,
a donde no hay inviernos que os deploren
ni manos afiladas que os codicien.

Escarbo en las raíces, filamentos
empeñados en su oficio de niño,
y de ahí extraigo esta verdad insigne:
todo pasa, lo efímero es eterno.

El accidente verde es lo que vive,
el accidente viento lo que halaga,
la selva en otro tiempo y, ¡oh Silenos!,
vuestras dulces amigas que no mueren.

Se descubren sus mitos devengados
con fresca risa, dulces devaneos,
y en los ríos de hoy está vigente
la curva de su pie, que dobla el agua.

Deliberadamente se alza el árbol,
suelta de lejos su sensible dato
y de su erecta asociación de talle
queda la sola soledad serena.

Miro después el miedo de ser álamo,
la importancia de alzarse como pino,
la desnudez de no dar sombra alguna,
la frescura de hallarse en las colinas.

Las hojas por su aroma de aluminio,
por esa especie de vaivén que acerca
perspectivas de mares lejanísimos,
pisan escalas de mayor donaire.

Sobrecogidas de temblor sagrado,
han captado lo fútil de la hora,
la inestable delicia que les traza
un sedoso camino hacia la muerte:

Una formando terraplén muy lento
cayó al polvo, la otra balanceándose,
una adoptando la espiral aguda,
otra en desliz de madrigal haciéndose.

Y se han hecho, por eso, perdurables;
porque sin los adioses inminentes
vistas fijas, paisajes amorosos,
pintores ángeles, no existirían.

Y con todo, su tránsito más puro
aquí está: se percibe su aleteo
como las siegas que entre sueños hacen
mies nocturna de imágenes segadas.

El rumor se despierta en las entrañas
del ciego sílex y la antigua noche,
y en la espera inocente de su limbo
le fraguan un futuro de armonía.

Las raíces con besos sustanciosos
le adelgazan en cuerdas de violines,
se perfecciona con la edad y sube
por largos soles a final de espumas.

Ya en los trémulos bordes del suspiro,
busca el ápice breve de las hojas,
y en la incidencia de aires pasajeros
suelta su miel de colmenar pensado.

Casi briznas de fuego, casi nieve
cayendo fuera de su abismo estable,
los rumores fabrican telarañas
donde prender al alma que navega.

Por el camino de la primavera,
capullos del azar infatigable,
su radio vegetal se desmadeja
en la entrega sedosa del suspiro.

Así por muertes cada vez más puras,
de lo más sustancial a lo más tenue,
de lo más permanente a lo intangible,
elaboran su fuga progresiva.

Motivos de ficción, os eterniza
el ser fingidos; dioses eviternos,
su mismo ser fugacidad elude
las zafias embestidas de la muerte.

Árboles, sí, de sostener su nombre,
hojas y ramas de tejer paisajes,
y, lo mejor de todo, son suspiros
y suspiros de puro accidentarse.

El mar aquél ¡qué conclave de espumas!
y es lo que menos puede atribuírsele;
aquel monte ¡qué azul de lejanías!
y le define casi sin ser suyo.

Lo menos firme del rosal, ¡oh rosa!,
pero intachable signo de belleza,
es, a pesar del riguroso hado,
tu dulce contingencia de ser rosa.

Así guardo el rumor en mis oídos;
insustancial efluvio de lo eterno,
vence la gravidez de la materia.
Todos: armoniosas esculturas.

Epílogo

Hoy, por eso, ¡qué fecha memorable
este recogimiento colectivo
para desentenderse de las horas
que parten de su lado como barcas!

Y mi primer recuerdo era una brisa
verde por donde llegan las palomas,
un fluir de corrientes submarinas
y tan remotas que me causan pena.

Y mi esperanza en vísperas de viaje
con holgura de lentas despedidas,
una muerte a la vuelta de un suspiro,
y lo demás como el amor lo quiera.

¡Oh magisterio vegetal! Crisálida
sin más propósito que deshacerse;
milicias para un orden de batalla
que no vendrá. ¡Magnánimo reposo!

 


Rosa de lima

 

Pena de plenilunio,
¡oh qué muerte de armiño!
y la noche ¡qué aliño
de luna y de infortunio!

Noche monja de junio,
pan blanco de cariño
en soliloquio niño
de blanco solilunio.

Teológica luna
asume mi porfía,
me anonada y apoca.

Y ya soy algo cuna,
soy algo eucaristía,
algo lino, algo toca.

 

 


Virgo Láctea

 

Virgen de Nicomedia
era Bárbara. Hija
de Dióscoro. Sortija
de luz y de tragedia.

Tocada de la inedia
celeste, se prohija
clavel o rosa fija
que el huracán asedia.

Pero ella está de hinojos,
y en los divinos prados
ofrece los despojos

de su misa igualados:
en dos cálices rojos
sus pechos cercenados.

 


La soñadora de Ávila


Vivo en mi primer morada
de Amadís y de Morgante,
de soñadora y amante
y de estar enamorada.

Os estoy a vuestra espada,
a vuestra voz de diamante;
mas vivo, de tal talante,
sin vos, sin Dios y sin nada.

Por eso, de hoy más, persigo
sobre rocín clavileño
un Dios Andante y amigo.

Y así cumplir el empeño
de tener siempre conmigo
a vos, a Dios y a mi sueño.

 


El mar

 

Oh mar, a tus orillas me presento,
y participo del común asombro.

La misma novedad que no envejece
haces rodar en tu solemne disco.

Como la mano del Buen Dios, se abaja
tu inmensidad y nuestra piel alisa.

En superficies de violines lloras,
cantas, sin revelarnos el misterio.

De la riqueza inmemorial que ocultas
nos salpican minúsculos fragmentos.

Barriendo resonancias nos arrojas
de tu infinito las basuras blancas.

Tranquilamente por el aire sube
haciendo círculos el pensamiento.

La noche que se yergue a tus espaldas
prende su lámpara de mano, sorda.

A su silencio ilimitado añaden
su mecanografía las estrellas.

(De El jardín increíble)

 


Elegía II

 

Del polvo de la tierra
los árboles recobran
sus dulces nombres;
y del trillado césped
reverdecen los cantos de las cigarras.

El águila de vidrio
engancha sus caballos
de fuerza;
y en cascadas nos bañan sus añicos.

La primavera es una
insurrección de aromas,
arrancados con gritos a la piedra.

Sólo tú, dios informe,
no mueres ni renaces.
Tuya es la sombra;
los manantiales quietos.

 


Elegía III

 

Me buscaba en el sol innumerable,
repartido en abejas y jardines.

Me buscaba en las cimas congeladas
donde aletean las ideas puras.

Me buscaba en las selvas lujuriantes,
abandonadas a su fantasía.

Me buscaba en los áridos esquemas
que se resuelven melodiosamente.

Me buscaba en las místicas ciudades
que fertilizan los sagrados ríos.

Me buscaba en la noche de mil ojos
que nos miran por miles de orificios.

Me buscaba en los límites del tiempo
y en las extremidades del espacio.

Pero me halló colgado en una pica;
ciego, pisando el aire como un héroe.

 


Elegía XV

(La Magnolia del Claustro del Seminario)

Surges de la penumbra recoleta
y en firmes votos, árbol emitido,
tu longanimidad cobró sentido
en un estilizado anacoreta.

Y del puño de sombra que te aprieta
hasta su desenlace florecido,
disparas en un vuelo reprimido
tus hitos refrenados de saeta.

No te da tregua la materia ruda,
ni la sombra tenaz como un absceso
que de raíz y planta no se muda.

Pero tocar el cielo con un beso
en número redondo y flor desnuda,
es el fin, y te basta ya con eso.

 


Elegía XIX

 

Llegar a ser por fin desnudo esquema,
rito que piensa y fórmula que ama;
una brillante hipótesis de llama
que no se apaga porque no se quema.

Moraleja final y epifonema
a los que se reduzca el vivo drama,
en la sublimación del pentagrama
con variaciones al divino tema.

Y en esta purificación sin tasa,
donde mi pensamiento queda fijo
frente a la solicitación que pasa,

volver cual hijo pródigo y prolijo;
mientras deshecho de dolor se abrasa
mi corazón al pie del crucifijo.

 


Elegía última

 

Todo es igual, remedo de sí mismo,
desasosiego y aflicción de espíritu.

Persecución, proyecto que no acaba
su interminable secreción de seda.

El sol que por momentos nos alumbra
o nos incendia esplendorosamente,
encerrados en círculos de fuego.

La estrella que nos hiende sus agujas
y de su luz y de su cruz más alta
deja caer su inagotable gota.

Los hombres que se apagan y sus nombres
que van sin exhalar ni una queja
a ocupar sus nocturnas hornacinas.

Sino de luz en luz, de sombra en sombra,
ir a la desaparición final.

 


Teofanía III

 

Ya rompí las cadenas
de tanta servidumbre;
pero de tan sedosas telarañas,
que a su prisión odiosa
yo le otorgaba nombres lisonjeros.

Ya la voz acallé
que al oído epicúreo
en cestillos de céfiros venía,
de las organilleras avecillas
y de los bosquecillos de baladas.

Porque Tú eres mi páramo,
mi cactus tenebroso
y el viento que me arrasa.

 


Teofanía VII

 

Quien escucha tu voz, no escucha nada;
sólo las torrenciales avenidas,
los fragores de selva,
entre revelaciones que anonadan.

Enjambres de silencio
cristalizan en torno su diamante
traspasado de puntos
luminosos y noches de relámpagos.

Aunque nada se mueva,
ni una hoja de árbol;
aunque no turbe nada
la solidez del mundo.

Quien descubre tu luz, no mira nada:
sólo cielos azules, marginales,
recodos apacibles
en los suaves crepúsculos de otoño.

Tus ojos mortecinos que nos miran
tras membranas y espesas cataratas;
y el rayo de la muerte
de tu impasible, tu imposible cara.

 


Teofanía XIV

(Retiro Espiritual en el Pedregal de San Ángel)

Sufrir, amar, pesar la hora, el día,
en Ti, de Ti, por Ti; sin que rehúya
mi propia soledad, por ser la tuya,
ni tu crucifixión, por ser la mía.

Arder en una sola Eucaristía
que no por consumirse disminuya:
ésta fue mi oración y mi aleluya;
y un silencio interior amanecía.

Yo miraba los negros pedernales
florecer, convertidos en vergeles
por tus manos de céfiros azules.

Y vi salir la luz, como Tú sales
y todo sonreír, como Tú sueles,
esta mañana tierna de pirules.

(De Elegías y Teofanías)