Prólogo

La condición espiritual y
Manuel Ponce

 

¿Se puede hablar hoy en día de espiritualidad? Los cristianos podemos imaginar aún que existe una enseñanza que la tradición preserva en medio de una historia desgarrada. Al volver la mirada nos encontramos con Jesús o San Francisco y entonces reconocemos que el espíritu está en la tierra. Sí, es el amor de aquellos hombres el que lo revela y, delante de sus enseñanzas, es posible volver a recuperar la certeza de un mundo fraterno.

Se necesita tiempo para saber que esas mismas enseñanzas se pueden encontrar vivas en medio de la confusión de nuestra época. No es que el espíritu haya desertado de nosotros sino que en la actitud de los hombres ya no hay la disposición generosa para estrecharse amorosamente al mundo y escuchar la voz de Dios en el rumor del agua o en el perfume barato de una prostituta. Actualmente los hombres más espirituales toleran cierta racionalidad que los angustia; los más contemplativos, una duda. En las profundidades religiosas de Muerte sin fin de Gorostiza o de Los cuartetos de Eliot la poesía se debate en un intento desgarrado por acceder a Dios. Demasiada racionalidad termina por encadenarla a una lógica que le impide ascender. Es que nosotros ya no sabemos nada de la sencillez que se declara a través del amor; ya no queremos mirar la desnudez que nace de la presencia de lo cercano, abstraídos solamente en las grandes ideas y en las grandes empresas. Gustamos más de la abstracción y dejamos a un lado la concreción de un mundo sencillo y pleno de amor para terminar por hacer de él una evidencia vulgar. Sin embargo, para ciertos espíritus religiosos como el de San Francisco o actualmente el de Teresa de Calculta, la razón y las grandes ideas no cuentan para nada. Lo importante para ellos es esta vida que en su fondo declara por la sencillez. Nada de un mañana. El amor está aquí y redime al mundo, lo reintegra a una espiritualidad perenne.

Pero nuestros contemporáneos no ven en aquellos hombres más que ingenuidad. Si se trata de Teresa de Calcuta se le tolera por cierta consideración a la inocencia de los buenos sentimientos; si es otro, precisamente alguien que no ha sido consagrado por las instituciones o por los aparatos publicitarios, se le concede un lugar entre los anónimos y los ingenuos de su época. Éste es el caso de Manuel Ponce (Michoacán, 1914).*

Muy pocos conocen su obra. Tal vez algunos asocien su nombre con el del sacerdote que oficia los domingos en una parroquia de la colonia Roma. Pero, leer su obra es casi un triunfo, excluida de antologías como Poesía en movimiento (por no considerarla moderna); editada casi toda en una editorial que goza de cierto prestigio reaccionario; fuera de circulación en librerías (es prácticamente imposible encontrar un libro suyo), la obra de Ponce, a no ser por la antología que hizo Gabriel Zaid en 1980 para el Fondo de Cultura Económica, sería un fantasma. Pero, los fantasmas, cuando son de la calidad de Ponce descubren como San Francisco o la Madre Teresa de Calcuta que la espiritualidad no necesita de lo lejano. Se le encuentra aquí, en esta carne y en este universo y tiene el rostro de la nimiedad. "No tiembla la hoja de un árbol si no es por la voluntad del Padre", dicen los Evangelios. Ponce lo sabe y su poesía aparece como el vivo reflejo de esa enseñanza. Atento a ese gesto se inclina sobre el mundo y descubre que el espíritu se ha encarnado en esta tierra.

Desde su primer libro-plaquet, Ciclo de vírgenes (1940), Ponce vuelve a aquella antigua espiritualidad franciscana y recobra la experiencia del cuerpo para sentir y hablar de Dios. Sus vírgenes no son entes teológicos, ni abstracciones cargadas de una pureza sobrehumana, sino muchachas de carne y hueso que "...arrastran una sombra / habitan una sombra. / No podían / arrastrar otra cosa", y que incluso cuando caen llevadas por la fascinación del pecado no dejan de revelar ese gesto profundo de un Dios que permanece:

Corría ya
Se deslizaba por el ventisco
glaciar abajo,
lanzada,
pero guardando el equilibrio
Siempre reflujo abajo,
más aprisa, siempre en vuelo, casi en vilo.

Tú, acelerabas, vértigo;
acelerabas tú racha de siglos.
¡Dios mío!
¿Acelerabas
tú mismo?

Es por ello que concuerdo con Zaid cuando dice que la obra de Ponce desde Ciclo de vírgenes, hasta Elegías y Teofanías (1968) (última obra hasta ahora publicada),** pasando por Cuadragenario y segunda pasión, Misterios para cantar bajo los álamos (1947) y Cristo y María (1962), podían reunirse bajo el título de El jardín increíble, primera obra de Ponce que aparece como libro propiamente dicho. Como San Francisco que declara que este mundo es fraterno y se estrecha igual a un hombre que a una piedra para reconocerlos hermanos, Ponce descubre, en el menor filamento de la materia, la vida y su cuerpo se regocija. Apenas mira este mundo, su cuerpo se estremece en un éxtasis que dice a través de sus poemas: si Dios es un jardín real e increíble como lo es toda realidad que se toca en su más extrema elementalidad; la materia y la vida no son sino la presencia y la permanencia de este jardín. El amor hace florecer esa realidad y la vuelve increíble. El cuerpo del hombre llevado hasta su más elemental y generosa desnudez es ese sitio por el que la realidad revela la presencia del jardín. En el cuerpo tocado por el amor, la realidad, la vida y la muerte se vuelven una, se vuelven Dios, y los opuestos se reconcilian. Dios es la virgen caída, es la mariposa y el capullo, la tierra, "la desaparición final" de un hombre, "la estrella que nos hiende con sus agujas", "la plata fugaz" y "el líquido gorjeo / del agua que musita por la hondura" o "un puñado de gaviotas" que se convierten en "amor" El amor revela al mundo e inmediatamente lo puebla de Espíritu, lo llena de realidad, de una realidad increíble. A través de él todo lo que se ve, todo lo que se experimenta, todo lo breve y pequeño se vuelve profundo y trascendente. El amor alimenta al mundo y este mundo con su materia y su cuerpo alimenta al amor. El jardín es el mundo y el mundo es la presencia inextinguible de un Dios que nos habla y nos acoge. Como en las últimas líneas del poema "retiro espiritual en el Pedregal de San Ángel": "Y vi salir la luz, como Tú sales / y todo sonreír, como Tú sueles / esta mañana tierna de pirules". No hay nada extraordinario en la mirada de Ponce, únicamente una sencillez delgada y profunda que se ha decidido por la grandeza de esta tierra y de esta vida. Esa mirada ha nacido de la propia tierra. El cristianismo ha sido su semilla, pero la tierra su madre. En esta tierra, donde la enseñanza de Ponce es más que poesía, descubro una actitud que me habla de un Dios demasiado simple y corpóreo. En este sitio y bajo este canto la tierra vuelve a su insondable desnudez, donde Dios tiene los ojos de las piedras y de los hombres, y donde la carne reconoce la grandeza de su espíritu y de su resurrección. Si el espíritu vive, si, como mi fe me lo enseña, hay una resurrección, ésta no está en las grandes ideas; surge, en todo caso, de un amor secreto y mudo que ha aprendido a trascender la corruptibilidad de un cuerpo que desdeña esta vida. Sólo el amor (o la verdad, es lo mismo), dice San Juan, os hará libres y esto es hablar de la perennidad que hay en lo cotidiano, simple y pequeño como el paso breve y silencioso de las hormigas que nuestros ojos desdeñan.


Javier Sicilia

* Manuel Ponce murió el 5 de febrero de 1994. (N. del E.)
** Manuel Ponce escribió, entre otras obras, Quadragenario y segunda pasión (1942), Misterios para cantar bajo los álamos (1946), El jardín increíble (1950), Cristo y Maríam (1962), Antología poética (1980) y Poesías, 1940-1984 (1988).