Ojos de Cristo

 

Ojos de Cristo hablando con los míos,
de miradas que fluyen como ríos,
para que los remonten mis navíos.

Ojos, en donde sin estudio, leo
lo que mejor conviene a mi deseo:
ojos que ven por mí lo que no veo.

Ojos, que por señales convenidas,
son promesas, halagos, bienvenidas
y escape de mis ansias contenidas.

Ojos inevitables y presentes,
que acuden a divinos expedientes
para que no los juzgue indiferentes.

Ojos que me penetran como espadas
y, si corro por sendas extraviadas,
me mueven una guerra de miradas.

Ojos que si sucumbo en la contienda,
son a mis daños: vino, aceite y venda,
buenos samaritanos de mi senda.

Ojos que, centinelas apostados,
por mi descuido viven con cuidados
y por su compasión, disimulados.

Porque no quiero daros más enojos,
¡romped, ojos de Cristo, mis cerrojos!
pues me lleváis el alma tras los ojos.