Hombre adentro o la poesía de José Regio

 

El poeta de Vila do Conde, nació en 1901 y murió en 1960, dejando una abundante obra de creación, así como una importante producción ensayística. No fue el único de su generación y acaso más bien deba decirse que fue típico del grupo Presença, al que pertenecía. Pero si hay quienes encuentran fundamental, dentro de la narrativa portuguesa, "romances" (novelas) como Jogo de Cabra Cega, otros habrá que consideren artificial esta forma de novelar.

Lo cierto para el caso, es que se trata de un poeta de primerísimo orden. En su obra se dan los conflictos del alma humana de fines del siglo xx, con mayor lucidez que en el católico tradicional y que ha ocultado el materialista. Su concepción cristiana del mundo —ideología de la que ni el marxismo puede prescindir— no es la concepción cerrada y estrecha que los trasnochados liberales impugnaron e impugnan. Su enfrentamiento consigo mismo, con el mundo y las otras creaturas, su sentimiento de absoluto desamparo y su amor imperfecto, alcanzan momentos de cimas y simas, elevadísimas y oscuras. El dolor de esta existencia conflictiva, vacía, incongruente, puede sorprender, pero está expresado con tal verdad y desnudez, que el énfasis la hubiera destruido, en cambio su sentido del humor la hace vivamente grotesca hasta las lágrimas, con eso que se llama sentido de la realidad.

Los Poemas de Deus e do Diabo, As Encruzilhadas de Deus de José Regio nos hablan a gritos del hombre y sus ansias de infinito, del hombre que no es únicamente burda fisiología, y que no podrá salir adelante sólo con soluciones políticas y económicas, que esto es plantearse sólo una parte del problema de la existencia humana. Aquí el hombre da consigo mismo, tocando fondo todo el tiempo, bajo una tensión que sólo el lenguaje humano, así triste, así enlamado y purulento, puede empezar a descifrar, si es que alguna vez lo descifra.

El hombre moderno descubre que es profundamente antiguo. Que la fenomenología y la problemática son iguales en todos los tiempos y que la idea de progreso es profundamente inhumana. Sólo que —en esto sí parece haber habido evolución— se ha descubierto la forma en que los líderes y el poder son, inevitablemente, decepcionantes y tramposos: verdaderos malandros. Y que, tras el extremismo y la intolerancia —se llame como se llame su creencia—, sólo pueden estar el afán de lucro y la miseranda detentación del poder.

El hombre de adentro, que las ideas totalitarias quieren condenar, como han querido desde siempre, sale a la luz en cada línea de la poesía de José Regio. Ese hombre enmazmorrado, pobre, que siente la vida y sus horas sólo clasificadas separadamente por las convenciones:

 

La gente se acuesta... es de noche;
Se levanta la gente... es de día.

 

Ese ser de excepción de O Papão (El Coco), que es cualquiera de nosotros, si tiene eso que se llama ánima, que es lo que nos conserva vivos, está en todos. Ay de aquel que no se identifica siquiera un poco con él. El egoísmo de la Carta de amor, la incompetencia de la entrega allí reflejados nos habla del mundo, nuestro contemporáneo. Ese mundo que Bernanós había señalado con tanta lucidez y dolor en esas magníficas líneas dirigidas a Jorge de Lima.

Y la vergüenza que el ser en estado de gracia tiene que sentir en este mundo de traficantes, de Fantasía sobre um velho tema nos hiere y salpica de esa materia inevitable y sórdida, en la que hallamos justificación a la sordera y la torpeza. ¿Quién no es ese hombre que ha encerrado a su Arcángel en la mazmorra, para ver si puede ser como toda la gente?

Regio no perdona a nadie, porque la condición humana tampoco lo hace. Y cuando leemos su obra, de pronto nos encontramos con ese espejo en que se ve O Papão, con idéntica sorpresa que él, aunque con mayor rechazo.

Las raíces humanas de su obra tendrán que ser divinas. De ello dan prueba sus poemas.

El sentido profundo de la portuguesidad o la lusitanidad, ejemplares en Fado Portugués o Portugal de todo o mundo, no incluidos aquí, son herencia universal. Veamos la sexteta inicial de Fado.

 

O fado nasceu um día
Quando o vento mal bulla

E o ceu o mar prolongava

Na amurada de um veleiro

No peito de um marinheiro

Que estando triste, cantava.
 


En esa canción nacional que es el fado, late aún el espíritu camoniano, sigue viva la estela espiritual que llevó al hombre Além do bojador. En la leyenda y en la historia, el eco de Os Lusiadas se perpetúa con esa nostalgia atlántica que sólo alcanza a expresarse con la palabra inmortal Saudade. Esa saudade de las regiones donde el poeta nació y que nos hace el mismo efecto a cada uno, ante el recuerdo de nuestros y propios lugares originales:

 

Vila do Conde espraiada
Entre pinhais rio e mar...
 


Pero se nos antoja que la mejor manera de entrar en materia es empezar por leer al propio poeta. El nos acompañe y os lleve.

Francisco Cervantes