Material de Lectura

Aurelio Arturo



Selección y nota de Álvaro Mutis




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Mi verdadero encuentro
con Aurelio Arturo

 

No recuerdo quién nos presentó. Tal vez fue Carlos Villar Borda o quizá Fernando Charry Lara. Recuerdo, sí, muy bien, la vez siguiente en que nos vimos. Me fue a saludar a mi oficina en el edificio en donde entonces estaba El Espectador. Y recuerdo también que, de nuevo, tornó a inquietar mi curiosidad su aspecto y sus maneras. No tenía Aurelio ninguno de los signos convencionales que en nuestra juventud admiramos como propios del poeta. Ni el engallado y envolvente entusiasmo de Carranza, ni el halo de silencio y distancia de Maya, ni la elegante bohemia de Ángel Montoya, ni, desde luego, el vikingo y picante colorido de León de Greiff, para referirme a los que solíamos ir a ver en las mesas del Café Asturias o del Molino y a quienes contemplábamos a distancia alelada mientras terminábamos la modesta cerveza o el ya abolido ¡helas!, sorbete de curaba. Recuerdo que el aspecto exterior de Aurelio y cierta reticencia de su trato personal me inhibieron para hablarle de literatura. Su corbatín, siempre en el clásico estampado "pays-ley", sus trajes escogidos con cierta intención en donde la fantasía se hallaba gravemente encauzada por un vago dandismo del Harvard de los años veinte, su hablar apagado, casi monótono si no hubiera estado siempre al servicio de una como desdibujada ironía, su saber de las letras escanciado siempre con el dosificado entusiasmo de quien regresa de una experiencia con el escepticismo de los lúcidos, hicieron de mi trato con Aurelio una de las experiencias más gratificantes, tonificantes y exigentes de mis años de aprendizaje en las letras y en la vida.

Nos veíamos con mucha frecuencia. Rota cierta prudente defensa que Aurelio sabía imponer a nuestros fervores literarios, tan efímeros a menudo, solíamos hablar larga y calurosamente de nuestras aficiones ya probadas por el tiempo y la relectura. Sana costumbre ésta que le debo precisamente a Aurelio. Sería tan larga la lista de los autores y libros que tienen para mí todavía, y tendrán siempre, el prestigio de haber sido indicados por Aurelio o haber corroborado con él mi entusiasmo. No solamente Eliot, Pound, Cecil Day Lewis o Hart Crane, sino también el Dickens de Barnaby Rudge —aún escucho su risa gozadora cuando recordábamos al cuervo aquel que soltaba impertinencias desde el hombro del personaje principal de tan deliciosa obra— y de Great Expectations; Norman Douglas, los Garnett, Lytton Strachey y algunos otros miembros del grupo de Bloomsbury, Leon Paul Fargue y, obviamente, Milocz; las novelas policiacas de Dashiel Hammet, en fin, la lista se haría un tanto larga y demasiado personal por nostálgica y entrañable.

Mi exilio en México suspendió nuestros encuentros mas no, desde luego, la amistad y cariño ya para entonces harto firmes. No hubo día en que no lo recordara en las páginas de un libro, en un rincón de Nueva Inglaterra, en ciertas tardes de lluvia cuando volvía a sus poemas como una manera de estar más cerca suyo, de dialogar de nuevo con quien fuera uno de mis mejores amigos de una Colombia, entonces lejana e imposible. Y aquí viene a cuento algo que me sucediera con la poesía de Aurelio Arturo y que quiero evocar ahora que ya no está con nosotros, a manera de homenaje al poeta y al amigo.

Yo había leído Morada al sur y otros poemas, antes de conocerlo. Esa poesía me atrajo poderosamente por su ámbito de nostalgia y al mismo tiempo su rigor y transparencia; pero nunca fue, durante los años de nuestra amistad, la que más retuviera mi entusiasmo. Jamás hablé con él de sus poemas. No se prestaba a ello y evadía la menor alusión al asunto. En el exilio lo leía por un acto de afecto y una necesidad de diálogo, apreciaba de nuevo su condición marginal y su espléndida calidad, pero volvía de nuevo a mis poetas habituales extrañando a Aurelio y dejando su poesía en una penumbra de semiolvido.

En uno de esos veranos que se instalan sobre México como un propósito deliberado de esta tierra de dioses sangrientos, de dar una lección a los hombres ajenos que la habitan ahora, resolví pasar un fin de semana en Tepoztlán al abrigo de los altos y frescos acantilados que la encierran misteriosamente. Llevé algunos libros de posible lectura. Entre ellos, vaya yo a saber debido a qué misteriosa señal secreta de mi inconsciente, estaba la edición de Morada al sur hecha por el Ministerio de Educación de Colombia: en Tepoztlán me sumergí en la delicia de ese ámbito de leve brisa que recorre como un pájaro ciego los altos farallones en donde pueden verse aún rastros de los toltecas y hasta una pirámide que se levanta en un lugar de imposible alcance, lo que suma aún más misterio al que su forma y su propósito ceremonial despiertan. La lectura se me hacía premiosa, difícil, esquiva. Ningún libro logró ganar mi curiosidad y alejarme del lugar que acaparaba toda la atención de mis sentidos y mi divagar sin pausa ni sosiego. Una tarde abrí el libro de Aurelio Arturo y empecé a leer sus poemas. Por una red de circunstancias que me niego a examinar, en ese instante las palabras de cada poema empezaron a decirme la plena y secreta hermosura de su designio, a mostrarme los más escondidos caminos que el poeta se propusiera recorrer en ese afán ciego y sin esperanza de crear para el hombre otros mundos y otros sueños que casi nunca merece. No recuerdo cuántas veces leí el breve libro. Lo que sí recuerdo muy bien es que durante un largo tiempo me fue imposible volver a ninguna otra poesía. Los poemas de Aurelio me acompañaban tan totalmente que no había cabida en mí para otras voces que no fuera la suya, para otra nostalgia sin salida que no fuera la de esas tierras del sur y esa infancia dichosa evocadas por él. Esta deslumbrada invasión de la poesía no me había ocurrido nunca antes ni creo que me ocurra ya jamás. Es un milagro que no puede repetirse.

Regresé a Colombia. Torné a ver a Aurelio en mis esporádicas visitas a Bogotá. Hablamos de nuevo de nuestros asuntos, que nos habían esperado, intactos, durante diez años y nunca encontré palabras para contarle lo que me había sucedido con sus poemas. Siempre me proponía hacerlo en una ocasión más propicia y siempre había algo en él que me lo impedía. Ahora lo hago en la apresurada torpeza de estos recuerdos. Algo me dice que así ha sido mejor, que así lo hubiera querido el amigo y el poeta cuya ausencia empobrece mi vida para siempre.

Álvaro Mutis

 


Nota biográfica

 

Aurelio Arturo nació en La Unión (Nariño) —sur de Colombia— el 22 de febrero de 1906. Estudió Derecho y ocupó destacados cargos en la rama jurisdiccional. Publicó sus primeros poemas en la Crónica literaria, que dirigía Rafael Maya y obtuvo, en 1963, el premio nacional de poesía "Guillermo Valencia".

Publicó un solo libro, Morada al Sur, en donde se recoge su obra, breve e intensa, sin lugar a dudas una de las más singulares dentro de la poesía colombiana, en este siglo.

La editorial colombiana Obra e Imagen reeditó Morada al sur, en la versión definitiva que Aurelio Arturo preparó antes de morir, y otros poemas, aparecidos en publicaciones periódicas. Igualmente, allí aparecen testimonios e indagaciones críticas, que muestran la significación de su poesía y la autenticidad de su persona.

Aurelio Arturo falleció, en 1974, en Bogotá, cuando su lección y su influencia eran unánimemente reconocidas por las nuevas generaciones literarias.

 


Morada al sur

 

I

En las noches mestizas que subían de la hierba,
jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,
estremecían la tierra con su casco de bronce.
Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.
La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.
(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,
sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.
Una vaca sola, llena de grandes manchas,
revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,
es como el pájaro toche en la rama, "llamita",
["manzana de miel".

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.
Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,
con majestad de vacada que rebasa los pastales.
Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,
y se detiene y duda ante las puertas grandes,
abiertas a las salas, a los patios, las trojes.
Y se duerme en el viejo portal donde el silencio
es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,
en el centro del patio que barrieron los criados.
(El más viejo de ellos en el suelo sentado,
su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño
se enredaba a la pulpa de mis encantamientos.
Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,
al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos
de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).

II

Y aquí principia, en este torso de árbol,
en este umbral pulido por tantos pasos muertos,
la casa grande entre sus frescos ramos.
En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.

En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.
Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,
allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,
sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

* * *

Entre años, entre árboles, circuida
por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,
casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,
a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,
demoraba entre el humo lento alumbrado de
[remembranzas:

Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas
del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo
[asombrosas ramas.

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,
yo ascendí a las montañas donde un grito
persiste entre las alas de palomas salvajes.

* * *

Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:
te hablo de las vastas noches alumbradas
por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria
que cae eternamente en la sombra, encendida:

te hablo de un bosque extasiado que existe
sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa
violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
entre millares de hojas inquietas, de una sola
hoja:
pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,
hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
por los bellos países donde el verde es de todos los
colores,
los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales,
[junto a cielos,

que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,
en mi canción moviendo toda palabra mía,
como ese aliento que toda hoja mueve en el sur,
[tan dulcemente,
toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

III

En el umbral de roble demoraba,
hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,
un viento ya sin fuerza, un viento remansado
que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

Y yo volvía, volvía por los largos recintos
que tardara quince años en recorrer, volvía.

Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,
temblando temeroso, con un pie en una cámara
hechizada, y el otro a la orilla del valle
donde hierve la noche estrellada, la noche
que arde vorazmente en una llama tácita.

Y a la mitad del camino de mi canto temblando
me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,
con tanta angustia, una ave que agoniza, cual pudo,
mi corazón luchando entre cielos atroces.

IV

Duerme ahora en la cámara de la lanza rota en las
[batallas.
Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran
las abejas doradas de la fiebre, duerme.
El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,
y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.
Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo
de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.
—Soy el profundo río de los mantos suntuosos.

Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido
suavemente tus párpados, como dos hojas más,
[a su follaje negro.

* * *

No eran jardines, no eran atmósferas delirantes.
[Tú te acuerdas
de esa tierra protegida por una ala perpetua de palomas.
Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran
brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía
con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas
[ardientes.
¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa,
[tu sangre?

Todos los cedros callan, todos los robles callan.
Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,
hay un caballo negro con soles en las ancas,
y en cuyo ojo líquido habita una centella.
Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:
"Es el potro más bello en tierras de tu padre".

* * *

En el umbral gastado persiste un viento fiel,
repitiendo una sílaba que brilla por instantes.
Una hoja fina aún lleva su delgada frescura
de un extremo a otro extremo del año.
"Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida".

V

He escrito un viento, un soplo vivo
del viento entre fragancias, entre hierbas
mágicas; he narrado
el viento; sólo un poco de viento.

Noche, sombra hasta el fin, entre las secas
ramas, entre follajes, nidos rotos —entre años—
rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,
las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.

 


Clima

 

Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en todo, son el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por el ámbito.

El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y hojas verdes.

Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes múltiples.

Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al norte
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de horizontes.

La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.

Este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del viento.

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y los días.

Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas mis canciones.

 


Sol

 

Mi amigo el sol bajó a la aldea
a repartir su alegría entre todos,
bajó a la aldea y en todas las casas
entró y alegró los rostros.

Avivó las miradas de los hombres
y prendió sonrisas en sus labios
y las mujeres enhebraron hilos de luz en sus dedos
y los niños decían palabras doradas.

El sol se fue a los campos
y los árboles rebrillaban y uno a uno
se rumoraban su alegría recóndita.
Y eran de oro las aves.

Un joven labrador miró el azul del cielo
y lo sintió caer entre su pecho.
El sol, mi amigo, vino sin tardanza
y principió a ayudar al labriego.

Habían pasado los nublados días,
y el sol se puso a laborar el trigo.
Y el bosque era sonoro. Y en la atmósfera
palpitaba la luz como abeja de ritmo.

El sol se fue sin esperar adioses
y todos sabían que volvería a ayudarlos,
a repartir su calor y su alegría
y a poner mano fuerte en el trabajo.

Todos sabían que comerían el pan bueno
del sol, y beberían el sol en el jugo
de las frutas rojas, y reirían el sol generoso,
y que el sol ardería en sus venas.

Y pensaron: el sol es nuestro, nuestro sol,
nuestro padre, nuestro compañero
que viene a nosotros como un simple obrero.
Y se durmieron con un sol en sus sueños.

Si yo cantara mi país un día,
mi amigo el sol vendría a ayudarme
con el viento dorado de los días inmensos
y el antiguo rumor de los árboles.

Pero ahora el sol está muy lejos,
lejos de mi silencio y de mi mano,
el sol está en la aldea y alegra las espigas
y trabaja hombro a hombro con los hombres del campo.

 


Palabra

 

nos rodea la palabra
la oímos
la tocamos
su aroma nos circunda
palabra que decimos
y modelamos con la mano
fina o tosca
y que
forjamos
con el fuego de la sangre
y la suavidad de la piel de nuestras amadas
palabra omnipresente
con nosotros desde el alba
o aun antes
en el agua oscura del sueño
o en la edad de la que apenas salvamos
retazos de recuerdos
de espantos
de terribles ternuras
que va con nosotros
monólogo mudo
diálogo
la que ofrecemos a nuestros amigos
la que acuñamos
para el amor la queja
la lisonja
moneda de sol
o de plata
o moneda falsa
en ella nos miramos
para saber quiénes somos
nuestro oficio
y raza
refleja
nuestro yo
nuestra tribu
profundo espejo
y cuando es alegría y angustia
y los vastos cielos y el verde follaje
y la tierra que canta
entonces ese vuelo de palabras
es la poesía
puede ser la poesía

 


Lluvias


ocurre así
la lluvia
comienza un pausado silabeo
en los lindos claros de bosque
donde el sol trisca y va juntando
las lentas sílabas y entonces
suelta la cantinela

así principian esas lluvias inmemoriales
de voz quejumbrosa
que hablan de edades primitivas
y arrullan generaciones
y siguen narrando catástrofes
y glorias
y poderosas germinaciones
cataclismos
diluvios
hundimientos de pueblos y razas
de ciudades
lluvias que vienen del fondo de milenios
con sus insidiosas canciones
su palabra germinal que hechiza y envuelve
y sus fluidas rejas innumerables
que pueden ser prisiones
o arpas
o liras
.............................................................
pero de pronto
se vuelven risueñas y esbeltas
danzan
pueblan la tierra de hojas grandes
lujosas
de flores
y de una alegría menuda y tierna

con palabras húmedas
embaidoras
nos hablan de países maravillosos
y de que los ríos bajan del cielo
………………………………………………………
olvidamos su treno
y las amamos entonces porque son dóciles
y nos ayudan
y fertilizan la ancha tierra
la tierra negra
y verde
y dorada

 


Canción del ayer

A Esteban

 

Un largo, un oscuro salón rumoroso
cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica.
Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas
[inclinadas
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente
[en la noche.

Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta
[de roble.
Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino
soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como
[terciopelo.

La voz de Saúl me era una barca melodiosa.
Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas,
de Vicente, el menor, que era como un ángel
que hubiese escondido su par de alas en un profundo [armario.

Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón
[profundo?,
¿quién la bella criatura en nuestros sueños profusos?
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra
[sangre?
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre?

O acaso, acaso esa mujer era la misma música,
la desnuda música avanzando desde el piano,
avanzando por el largo, por el oscuro salón como en
[un sueño.
……………………………………………………...………………………………

(A ti, lejano Esteban, que bebiste mi vino,
te lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras
[palabras:
Cuando estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan
de una estrella a otra hasta tu lecho,
y entre tus propios sueños eres humo de incienso,
quizá entonces comprendas, quizá sientas,
por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla).
…………………………………………………….......…………………………

Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia.
Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida,
en la noche tibia, destrenzada, en la noche
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano,
llenaba de ángeles de música toda la vieja casa.

 


La ciudad de Almaguer

 

La ciudad de Almaguer en oro y en leyendas
alzada, ardiera siempre con audaz fogata
la remembranza. (Brisas erraban. Noche.
Brumosa voz urdía la feliz cantinela).

"Hablaban las mujeres, su voz la dicha ardía
y el suave amor. Los largos brazos blancos
fluían lentitud…" (Y en una sombra
honda la voz dorada se perdía).

Las montañas de oro ya en la bruma se hundían.
Mas las bellas mujeres ardientes de pureza,
hendiendo con sus senos la bruma y la opalina
sombra vienen, venían.

"Hablaban las mujeres…"
La habla pulposa, casi palpable, altas
vienen. (La bruma azul ya se desvanecía).
Y en la voz de las mórbidas mujeres
reclinado, mil años me adormía.

 


Canción de la noche callada

 

En la noche balsámica, en la noche,
cuando suben las hojas hasta ser las estrellas,
oigo crecer las mujeres en la penumbra malva
y caer de sus párpados la sombra gota a gota.

Oigo engrosar sus brazos en las hondas penumbras
y podría oír el quebrarse de una espiga en el campo.

Una palabra canta en mi corazón, susurrante
hoja verde sin fin cayendo. En la noche balsámica,
cuando la sombra es el crecer desmesurado de los
[árboles,

me besa un largo sueño de viajes prodigiosos
y hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla.

En medio de una noche con rumor de floresta
como el ruido levísimo del caer de una estrella,
yo desperté en un sueño de espigas de oro trémulo
junto del cuerpo núbil de una mujer morena
y dulce, como a la orilla de un valle dormido.

Y en la noche de hojas y estrellas murmurantes,
yo amé un país y es de su limo oscuro
parva porción el corazón acerbo;
yo amé un país que me es una doncella,
un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.

Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne.

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas…

Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,
si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,
¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?,
¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?

 


Qué noche de hojas suaves

 

Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados,
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.

El aire besa, el aire besa y vibra
como un bronce en el límite lontano
y el aliento en que fulgen las palabras
desnuda, puro, todo cuerpo humano.

Yo soy el que has querido, piel sinuosa,
yo soy el que tú sueñas, ojos llenos
de esa sombra tenaz en que boscajes
abren y cierran párpados serenos.

Qué noche de recónditas y graves
sombras de hojas, sombras de tus párpados
está en la tierra el grito mío, ardiendo,
y quema tu silencio como un labio.

Era una noche y una noche nada
es, pregona en sus cantigas el viento:
aún oigo tu anhelar, tu germinar melódico
y tu rumor de dátiles al viento.

Y he de cantar en días derivantes
por ondas de oro, y en la noche abierta
que enturbiará de ti mi pensamiento,
he de cantar con voz de sombra llena.

Qué noche de hojas suaves y de sombras
de hojas y de sombras de tus párpados,
la noche toda turba en ti, tendida,
palpitante de aromas y de astros.

 


Canción de la distancia

 

Mirarás un país turbio entre mis ojos,
mirarás mis pobres manos rudas,
mirarás la sangre oscura de mis labios:
todo es en mí una desnudez tuya.

Venía por arbolados la voz dulce
como acercando un bosque húmedo y fresco,
y una estrella caía duramente,
fija, la antigua cicatriz de un beso.

De arena parecían los cielos, y volvía
poseso del rumor que cual dos alas
me ciñó en una ronda inacabable,
me ciñó al fin la flor de tu palabra.

¿Qué rojea en la noche sino el puro
labio tuyo? y corazón, estrella y sueño,
mueve un solo vaivén que lejos fluye,
turbio como distancia y como ruego.

Tu desnudez verás en mis ojos absortos,
mirarás mi horizonte que roe una fogata,
tú, que no serás nunca sino masa de llamas,
en mi honda noche de árboles, callada.

Desnudo en mi fervor y tú en tu sangre,
es más que seda suave este silencio,
en esta noche ancha en que germina
todo y palpita todo, aromas y luceros.

Volver cuando anoche en canto y frondas
y rumia el viento que lo aleja todo:
ya no veré sino una palma muda
y el cielo, un áureo torbellino, en torno.

Volver, los cielos parecían de arena,
ha mucho, hace un instante, ha mucho tiempo;
y nadie ha de quitarme esta noche en que fuiste
larga y desnuda carne vestida de mi aliento.

Volver la senda turbia oyendo al viento
rumiar lejos, muy lejos, de los días.
Por mi canción conocerás mi valle,
su hondura en mi sollozo has de medirla.