Debo a mi querida amiga la intensa lírica y crítica uruguaya Esther de Cáceres el conocimiento de los poemas que siguen.

Sí, es verdad que Esther de Cáceres tiene, como ella misma dice, "cierto don" que le ha sido conferido, el don de percibir la calidad de los artistas solitarios que andan con seguridad y altivez por estrechos caminos escondidos (emocionantes).

Lo extraordinario es que yo, curioso constante de poesía y conocedor, yo lo creía así, de todo lo poético escrito en esta América española, no había leído nada de Enrique Casaravilla Lemos, cuyos libros datan de los años 1911-1920, según veo ahora.

¿Por qué leo hoy estos poemas del profundo uruguayo? Porque para mí han sido poesía escondida y quiero descubrir a ustedes, que acaso lo conocen, no su encanto, sino mi triste ignorancia de un caso poético tan bello.

 

Juan Ramón Jiménez en
Política poética


Nota introductoria

I


Cuando bajo el epígrafe Los raros reunió Darío algunos nombres entonces poco conocidos estableció a la vez una categoría que cada época vuelve a recrear. Aquellos raros dejaron de serlo y de una vena casi secreta llegan otros a ocupar ese espacio.

Es difícil que fuera del Uruguay alguien sepa de Enrique Casaravilla Lemos. Su generación, llamada "del veinte" vivió un momento de auge económico —cuando el país abastecía, a la Europa de la primera posguerra del siglo, de carnes y lanzas— simbolizado por la construcción del característico palacio Salvo. Esa generación importó un rostro en la poesía, más hermoso que el Salvo, e igualmente conocido: el de Juana de Ibarbourou, de valor innegable, proyectada fuera de fronteras por su título de Juana de América, operación en la que tuvo no poca parte la generosa actividad de Alfonso Reyes, por entonces embajador de México en Buenos Aires. El brillo de Juana atenuó el de poetas valiosos de ese momento, incluso el de algunos que no carecían de espectacularidad, y oscureció a otros que no aspiraban a situarse en la inestable superficie. Sin duda el más valioso de estos relegados fue Casaravilla Lemos. Todo lo predisponía a la marginalidad: el decoro de su vida austera, paupérrima y el de su poesía, adusta, desdeñosa, en aquella época de músicas fáciles y metáforas todavía mitológicas.

Hoy Casaravilla aparece dentro del Río de la Plata con una fulgurante condición de adelantado. Fue uno de esos seres para los cuales la poesía no es un juego del intelecto o de la sensibilidad sino una aventura absoluta que los compromete abrumadoramente, hasta tal punto que sus pasos cotidianos se tiñen de extravagancia, de desasimiento, de total falta de mundanidad. Sin agresividades, vivió bastante al margen del mundo intelectual, sobre todo al final de su vida, publicando algún poema de tanto en tanto, ganando anónimamente algún concurso, en comunicación tan sólo con pocos y fieles amigos. Pasó sus últimos años en una casa de reposo. El mundo en el cual se abismaba le era tan privativo que podía dar cabida a cualquiera sin que el poeta sufriera menoscabo y así era posible verlo en algún café cercano hablando de delicados problemas de la creación ante oyentes tan mudos e impresionados como incapaces de comprenderlo.

Alberto Zum Felde, dispensador de glorias y olvidos para los escritores de este periodo, lo recibió en el Proceso intelectual del Uruguay con las páginas justas y consagratorias que le dictó su casi infalible olfato. Acierta en lo biográfico:

 

Como hombre civil, carece en absoluto del sentido práctico necesario al triunfo o a la adaptación en el mundo. No ha sido, ni será nunca, probablemente, periodista, ni diputado, ni jefe de oficina, ni miembro de consejos, ni académico de ninguna parte. Es el poeta, todo y sólo poeta.

 

Y acierta en la valoración literaria, al situarlo "entre las figuras más culminantes de la lírica hipanoamericana", mostrando indirectamente su singularidad:

"Casi ninguna influencia literaria podría señalarse en esta definitiva obra poética de Casaravilla, no siendo las generales y vagas, propias de la época", y estableciendo las polarizaciones de su poesía: "entre el fervor místico y el ardor erótico… vibra en tensión trágica su lirismo". Para un análisis total y diacrónico de la poesía de Casaravilla se requerirá una labor previa de investigación, un ajuste de su obra. Lo editado no la abarca por completo, hay en manos amigas manuscritos que ofrecen variantes no datadas. Estas variantes nos aseguran la positiva insatisfacción del poeta ante su labor, su actitud de constante reelabo­ración.

La crítica ya ha señalado los rasgos peculiares a su poesía, hondamente conflictuales al estar enfrentados: la conciencia del pecado, creada por una educación religiosa muy estricta en pugna con una premiosa sensualidad, una sensibilidad que aflora a cada paso, el dolor ante el misterio de la iniquidad que ensombrece la tierra, el misterio de los pobres, el misterio del fariseísmo, las miserias constantes de la vida que la alejan de la perfección posible.

Estos elementos conjugados son el sustrato de una poesía que vigila y diezma su musicalidad por el férreo propósito de no incurrir en el halago de los sentidos, en las ampulosidades retóricas que equivalían al acopio de porcelanas meramente ostentoso en las vitrinas.

El común de los lectores, que busca en la poesía la anécdota, el dato biográfico, no encontrará aquí material suficiente. Casaravilla lo evita. Su poesía no es el resultado de una biografía sino de una técnica, espontánea y acertada o sabiamente consciente; su expresión conlleva una historia personal, árida o dichosa, pero su visión de ella es siempre una trasposición, supeditada a una ética.

Aún desconociendo la cronología exacta de sus poemas, señalemos la coincidencia del mayor nivel poético con ausencia de rima o rima muy diluida. Otras características —vocabulario, uso o no uso de ciertos determinantes— permiten vincular poemas entre sí y fijar aproximadamente su periodo de creación. Sin embargo, a veces la rima se impone, justificada.

"Secreto de atardecer", un poema breve —en general casi todos los suyos lo son— ofrece un ejemplo: Raro fondo de nube y terciopelo... / Estoy solo. ¿El amor?... Perdido anhelo. / Una delicia muerta —lacio duelo / vago— las cosas tapa con un velo. / Los árboles adorno son del Cielo / Estas cosas, ¡ay! mira el desconsuelo... La rima se ha vuelto omnímoda, logrando dentro del breve poema, junto a la vía del significado, una segunda vía, sonora, para la recepción del mensaje. La reiteración en los seis versos, al eliminar el contraste, el juego rítmico, suena como un bordoneo apagado. Esa e suave, diptongada a veces, prolonga asordinadamente la penúltima sílaba, reforzando mediante la percepción inconsciente la función conceptual. Las palabras que se parecen por el sonido tienden —lo señalaba Jackobson— a ser aproximadas por sus sentidos. La rima establece una escala vertical que nos precipita en el desconsuelo que es la clave, el secreto que esa hora encierra para el poeta y para el lector, ganado por sus diversas sugestiones.

Varias veces encontramos el fenómeno de la repetición de una palabra: Es una hora más larga...! / abrázate a mis brazos flor nocturna. / Nada se ve como tu vida; nada / se ve como tu dicha; flor nocturna. / Ningún misterio iguálate, ninguna / carne como la tuya; flor nocturna / blanca y lacia: en tu intensa forma se unen / mujer y flor nocturna.

El efecto fónico de la repetición se diluye dentro del signo reiterado, en la misma medida en que asciende el valor simbólico de dicho signo; en que la nocturnidad se transforma en el rasgo único definitorio de la mujer, como lo anticipa el título: "Nocturna".

Casaravilla no usó la rima de modo sistemático, sino en ocasiones muy deliberadas, buscando en ella un determinado efecto; la dispone, la mueve en su servicio, sin dejarse gobernar por ella, que gobernó a tantos poetas de esa misma época; pese al dicterio verlainiano: ce bijou d'un sous qui sonne creux et faux sous la lime seguía sonando de buena ley desde hacía casi medio siglo. Si Casaravilla elude ese imperio es porque está ligado a algo más hondo, y ésa es su invulnerable virtud. Su prescindencia de virtuosismos tentadores hace que nunca entregue las riendas de su poesía al fárrago convencional.

Corresponde juzgar a un poeta por su aproximación o su descaecimiento respecto de un modelo desprendido del mismo corpus de su poesía. De este modelo él es responsable pero es a la vez el prisionero, ya que ha establecido un código hecho de fragmentos, pero de imperiosa fuerza coercitiva. Rige para el lector, que debe comprender estas leyes para que su juicio sea válido. Rige para el poeta, que pone en nuestras manos el instrumento para medir su grado de desviación.

"Partituras secretas" ofrece muchos momentos ejemplares de expresión poética que nos iluminan el rumbo de Casaravilla, su fidelidad a un pensamiento preciso, su concisión, su funcional manera de utilizar la superficie de lo real para ahondar en ello. En "El rico después de la muerte" por ejemplo, no hay metáforas, pero todo el poema es una sola metáfora. Ese caballo, cuya materialidad provista de precisos estribos se disuelve en la reiteración muy alto, muy oscuro, que señala su carácter excepcional, ese caballo, cuyos estribos no alcanza el Rico, salva. ¿De qué? La elipsis deja sin mención ese mundo cuyos atributos de horror tampoco son enunciados y del cual sólo aparece esa sombra amarillenta y sin entendimiento, etcétera, su habitante. No hay juicio sobre el rico. Pero la dicción rápida, sobrevolante, desciende, fija su pregunta, ofreciéndola sin comentarios, pero sugiriendo una terrible apertura sobre el porvenir.

El poema está lleno de precisiones que apuntan al recato y no al deslumbramiento: cuando caído, caiga, parece pleonástica. Pero detrás del repetido empleo del verbo, lo denotado varía básicamente. Pasando del participio al presente de subjuntivo pasamos de la caída material a la terrible, sin fondo, caída espiritual.

Poemas de esta categoría nos muestran los alcances de la expresión poética de Casaravilla, distante del artificio posmodernista de sus comienzos, y cercana a una visión crítica del mundo próxima a la de ciertos poetas de hoy. Su concisión logra admirables resultados. Del conjunto nace una energía atractiva que sólo pide leales lecturas. Porque es ética, porque no es tramposa, porque da más de lo que en una primera lectura ofrece.

Ida Vitale
II

 

"Nuestro gran poeta Enrique Casaravilla Lemos, logra siempre la emoción del más iluminado transporte por medio de una figuración pertinaz que recuerda a los juglares de la piedra gótica; y así lo dejó en vida secular la imagen grabada por Bernabé Michelena. Tensión de aristas que no corta la elegancia de los pasos femeninos, que animan rosas, en su Celebración de la Primavera ni ensordece el estallido de los brotes vegetales ni apaga la llama que lleva las manos de la doncella encima del seno aturdido. Nada de giros convencionales en la expresión del poder amoroso, toda pasión es inédita para quien la siente, y el poeta no debe dar pasiones de prestado: qué poderosa hélice desplaza olas de criaturas alucinadas alrededor de su corazón dolorido de Júbilo Viviente:

 

…palomas curvas de amor pasan presurosas)
ebrios de los amaneceres sutiles y ligeros, de la
claridad del día.
y de ventura desordenada de jardines,
estremeceré mi abrazo…

 

"En el canto suyo más breve luce la virtud del forjado a fuego y martillo:

Yo estoy condenado a mi antiguo sufrir,
como el ojo a mirar,
cual la cima a romper la tormenta,
como el fuego a abrazar!
¡Y la tierra me ríe! ¡Y el cielo me protege!
Yo estoy condenado a los trabajos eternos…
¡Cuándo pasará esta demencia que me alza y me
lanza
cuando descansaré como la menos suave flor entre
sus hojas!

 

"La imagen de su muerte es cuidadosa como un pájaro de su nido; elige un hueco fresco de hojas, picotea las hierbas, y mira la rama de donde ha de volar al cielo, de esta manera".*

 

Que digan de mí: murió…
está ahora entre las hojas
dulcísimas,
entre las hojas más tiernas de la sombra,
de las praderas y los
árboles y los ramajes,
reposando
en todas las cosas. Hacia
la luz única!

O que digan por mi muerte
cual decían
con silencio
los milenarios egipcios,
(llenos de creencias graves)
muerto el Rey:
¡un halcón
voló largamente al cielo!

 

* Eduardo Dieste, en Teseo. "Problemas literarios". Ed. Nova. Buenos Aires.